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Una revista para todo cristiano · Nº 32 · Marzo - Abril 2005
PORTADA
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Al tratar el primer problema de la iglesia en Corinto, Pablo muestra la clave para tratar todos los problemas en la iglesia local.

La palabra de la cruz

Cristian Cerda

Cuando Pablo se dispone a hacer su segundo viaje misionero, en su corazón estaba el ir a Asia, pero el Espíritu Santo, en una acción sobrenatural, le prohíbe hablar allí (Hch. 16:6-10). La revelación, la Palabra del Señor, iba a llegar seguramente por otros siervos, porque después se escribe a los hermanos que estaban en Bitinia, en el Ponto, en Capadocia. Pero aquí el Señor le prohíbe hablar la Palabra, y luego le muestra dónde tiene que ir.

Me imagino al apóstol con un corazón bullendo por testificar, por anunciar el evangelio, viendo que hay un mundo que no ha escuchado nada del evangelio. Y entonces el Espíritu Santo le señala el camino. A Pablo le tenía que decir: «Aquí no tienes que hablar». A algunos nos tiene que decir: «Aquí tienes que hablar». Dios le mostró esta visión, y Pablo entendió que era Dios quien le estaba llamando a encaminarse a Macedonia, llevando el evangelio a Europa. Y así llega a Corinto.

El evangelio llega a Corinto

Y en Corinto, el Señor le dice: «No temas, sino habla, y no calles. Ahora necesito que hables, porque aquí yo tengo mucho pueblo». Pablo empieza a compartir el evangelio, y establece la iglesia en Corinto. Pasaron alrededor de siete o diez años, y la iglesia en Corinto enfrentaba situaciones muy complejas: inmoralidad, litigios en público, al punto que los incrédulos participaban de los pleitos que tenían los hermanos. Algunos llegaron a entender que la fornicación, el trato con rameras, no estaba prohibido y que lo podían hacer. Había abusos serios en las reuniones. Una situación bien compleja.

Pablo había establecido bien el fundamento. De hecho, eso es lo que les dice a los corintios: «Yo, como perito arquitecto, puse el fundamento». Pero en el corazón del apóstol no sólo estaba el poner el fundamento, sino saber la marcha de la iglesia, conocer el crecimiento de la iglesia. Cuando escribe a los tesalonicenses, el apóstol dice que estaba tan angustiado que «tuve temor de que mi trabajo haya resultado en vano, así que no soportándolo más, envié para informarme».

Cuando Pablo establece el fundamento, está también preocupado de que lo que se edifique sobre ese fundamento sea conforme a lo que el Señor ha determinado. La carta a los corintios nos muestra que había muchas situaciones que no estaban conforme a ese fundamento. Corinto era una región de mucho libertinaje, pecaminosidad y paganismo. También era una región de mucho comercio. Y ahí se estableció el evangelio, se colocó el fundamento; pero a la vuelta de los años había situaciones delicadas que el apóstol tuvo que considerar.

La carta a los corintios por momentos es muy fuerte, pero por momentos es muy tierna. Quiero centrar lo que quisiera compartir en esta carta, pasados siete años desde que Pablo les anunció a Cristo. Ellos se convirtieron de todo ese libertinaje y paganismo. Sin embargo, a la vuelta de los años, la situación era bastante compleja.

Ahora piense. Nos acercamos a Corinto y vamos conversando las distintas cosas que ahí acontecen. ¿Cuál de ellas le importó más al apóstol para escribir? Porque había cosas graves. Dice en un momento a la iglesia en Corinto: «Hay tal fornicación, hay tal inmoralidad, que ni siquiera entre los gentiles se nombra». Era una situación gravísima. «Vosotros estáis envanecidos», les dice, «porque tendrían que haberlo juzgado, y el tal sea entregado a Satanás». Era una decisión que debía tomar la iglesia.

El comienzo de Pablo

Fíjense por dónde comienza Pablo, y en esto, el Señor nos dé claridad del corazón apostólico. Cuando comienza a escribir, luego de haberse identificado, Pablo dice: «...a la iglesia de Dios». ¡Qué expresión más preciosa! Con todo lo que allí pasaba, Pablo aún como apóstol y habiendo establecido en aquellos hermanos el fundamento que es Cristo, no puede llamar a los creyentes en Corinto de la manera en que Dios no le permite llamarles. Él les llama «la iglesia de Dios».

Cuando Pablo se acerca a lo más santo que hay en la tierra, a aquello que le costó la vida al propio Hijo de Dios, a los que están redimidos y lavados, él no levanta su voz para decir lo que Dios no dice de esos hermanos, y tiene que iniciar su carta habiéndose rendido antes al Señor y diciéndoles: «Yo les escribo a ustedes que son la iglesia de Dios. No importa que la inmoralidad sea tan grave; ustedes son lo que Dios dice que son: son iglesia de Dios». Qué bueno cuando nuestro corazón está limpio, para no usar palabras que Dios no va a usar. Qué bueno que nuestro corazón haya sido tratado por el Señor, para cuidar lo que Dios cuida, para amar lo que Dios ama. Pablo no puede decir lo que Dios no dice de la iglesia.

Entonces, al acercarnos a la iglesia, tenemos que acercarnos con reverencia, con humildad, conociendo a Dios, y sabiendo que la iglesia es pertenencia de Dios. Si nos acercamos de otra manera, mejor corrijamos nuestro corazón. Pero si nos acercamos correctamente a la iglesia, como Dios quiere que nos acerquemos, y como lo muestra Pablo, podemos edificarnos, podemos consolarnos e incluso corregirnos, podemos ayudarnos y enseñarnos.

Nos acercamos confesando que hay iglesia de Dios. Es como cuando tenemos que hablar con los hijos y decimos: «Mira, eres mi hijo, eres mi hija». Afirmamos, establecemos bien la relación, para luego poder hablarnos. Pablo dice: «Ustedes son iglesia de Dios». Y fíjese en el versículo 4, es precioso: «Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros». Pablo lo está diciendo honestamente, no usa palabras lisonjeras o zalameras; no procura adornar un poco antes de decir las cosas. Es como si nos estuviera mostrando que al acercarnos a la iglesia y al confesar que ellos son la iglesia de Dios, tenemos que darle gracias a Dios por nuestros hermanos.

Lo que Pablo tiene que tratar luego es bastante complejo. Pero antes, Pablo dice: «Yo he dado gracias a Dios». Así que él no está hablando enojado, no escribe airado; porque dio gracias. Y cuando uno hace el ejercicio de dar gracias, se empieza a ir la rabia, el enojo. ¡Gracias por la iglesia, en la que estoy! ¡Gracias por mi esposa, gracias por mis hijos, gracias por todo lo que nos has dado! ¡Gracias por los hermanos con los cuales comparto! «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios».

Podemos dar gracias por el bien, pero ¿podemos dar gracias por el mal que recibimos? Si toda la iglesia fuera de nuestro agrado, ¡qué hermoso sería! Me llevaría bien con todos. Pero no es así, y Dios quiso que no fuera así. Porque yo no soy la medida para la iglesia; la medida para la iglesia es Cristo. Así que es bueno que Dios nos coloque con aquellos que no nos son de tanto agrado, y es bueno que demos gracias por aquello, porque seguramente lo que Dios quiere hacer antes de hacer algo en otros es hacer algo en mí.

Pablo tiene este corazón, él da gracias a Dios siempre. Él muestra un corazón enseñado por Dios, corregido por Dios, tratado por la cruz, un corazón que no va a decir lo que Dios no quiere que diga. Luego que él muestra gratitud hacia los hermanos, recién empieza a escribir. Y esto es muy importante. Pablo tiene una actitud corregida antes de hablar a la iglesia.

El primer problema, y cómo se resuelve

Luego que la actitud ha sido corregida por el Señor, Pablo empieza a tratar algunos asuntos. ¿Y cuál es el primero? El primer problema (es posible que los hermanos no lo vieran tan grave) es que ellos decían: «Yo soy de Cefas», o «Yo soy de Pablo», o «Yo soy de Apolos». Eso no parecía tan delicado, porque eran dichos de los hermanos. Tal vez nadie se peleaba por esto, podían hacer la reunión, partir el pan, tomar de la copa, o reunirse en un solo lugar. No parecía tan grave, pero cuando Pablo lo oye, lo coloca en primer lugar. Él empieza por lo que le parece más importante.

«Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo». ¿Cómo resuelve Pablo este asunto? No empieza a argumentar, sino que dice: «Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa». ¿Está nuestro corazón rendido al Señor para hablar una misma cosa? «...y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer».

¿Qué hay que hablar? Pablo nos lo dice: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios». ¿Por qué les habla de la palabra de la cruz? Ellos recibieron esta palabra siete años atrás; el Espíritu de Dios empezó a correr el velo que impedía ver la gloria de Dios en la faz de Jesucristo por la palabra de Pablo. Pero cuando Pablo dice que hablen una misma cosa, les menciona la palabra de la cruz.

¿Qué es la palabra de la cruz? ¿Te salvó Pablo, te salvó Cefas, te salvó Apolos? La palabra de la cruz es la de aquel Hombre que fue crucificado, y cuando él estaba muriendo, Dios estaba cargando sobre él todo el juicio que yo debía cargar. Y cuando empiezo a hablar la palabra de la cruz con todos mis hermanos, digo: «Hermano, el mismo que pagó por tus pecados es el que pagó por mis pecados; la misma sangre que derramó para hacerte limpio es la que me ha hecho limpio, la misma muerte que te ha dado vida eterna es la que me ha dado vida eterna».

Hablamos la palabra de la cruz, que el Hijo de Dios se humilló hasta lo sumo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, y en la sabiduría eterna planificada en la Deidad, en un consejo sabio que nosotros no hubiéramos alcanzado nunca, aquello que estaba velado a nuestros ojos, aquella sabiduría que sólo estaba en la comunión eterna, se ejecutó hace dos mil años, y un Hombre muriendo en una cruz fue toda nuestra salvación.

Pablo dice: «Hablen eso entre ustedes, vean a Jesús en la cruz, vean el precio que él pagó por ustedes». Y si empiezo a hablar así, ¿cuándo voy a hablar de lo que me separa de ti? Si empiezo a hablar de la humillación del Señor, de la obra de la cruz; si empezamos a compartir la palabra de la cruz; si nos relacionamos hablando con el entendimiento y la verdad que Cristo ha hecho reposar en nuestros labios, y la empezamos a proclamar unos a otros, y nos vamos recibiendo y edificando en la palabra de la cruz, ¿no terminaremos hablando todos una misma cosa, nuestra mente no se va a renovar en el entendimiento que le agrada a Dios?

La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; para los griegos, la palabra de la cruz es insensatez. Mas para los llamados, es sabiduría de Dios. Que Dios haya procedido de la manera que procedió, para la mente griega, es una locura. Pero para los llamados es la más alta sabiduría, oculta a los príncipes, oculta a los entendidos. Esa sabiduría de Dios está a nuestro alcance, para tomarla y compartirla, para entenderla por revelación del Espíritu, y hablar lo que Dios quiere que hablemos. La palabra de la cruz, siendo sabiduría de Dios, es la palabra que tenemos que empezar a hablar, porque Pablo dice que hablemos una misma cosa.

Una misma mente. ¿Cuál mente? Pablo dice que tenemos la mente de Cristo. Si tenemos la mente de Cristo, podemos estar perfectamente unidos en esa misma mente. Si está Cristo en ti, y está Cristo en mí, ¿qué nos separará? ¿Qué vamos a decir a eso? Empecemos a hablarnos la palabra de la cruz, empecemos a decirnos lo que entendemos de la cruz, y que la cruz no sólo es un hecho objetivo: encierra una verdad gloriosa que está en nuestros labios, en nuestra mente, en nuestro corazón, y respecto de la cual tenemos que empezar a hablar.

Pablo no entra en mayores discusiones hasta aquí. Simplemente muestra que el camino es éste: «Hablen una misma cosa, sean de una misma mente y un mismo parecer», e introduce todo por medio de la palabra de la cruz.

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