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Una revista para todo cristiano · Nº 31 · Enero - Febrero 2005
PORTADA
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Estudios sobre el libro de Éxodo.

Las salidas de Dios

J. Alec Motyer

1. EL DIOS PERSEVERANTE (1:1 a 7:7).

En su cuidado por nuestro bienestar espiritual, la Biblia trata con situaciones reales. Una forma más exacta de decir esto es señalar que nuestro Dios amoroso escribió la Biblia para nosotros de modo que a través de su Santa Palabra él pudiera ejercer su propio cuidado pastoral sobre su iglesia aquí en la tierra. Nos recuerda que el pueblo de Dios está en este mundo: «Estos... entraron en Egipto» (1:1).

Los dos capítulos iniciales del libro tratan del matrimonio, nacimiento y muerte; porque el pueblo de Dios tiene que enfrentar las realidades de la vida aquí. Hay hostilidad: Faraón que incita a sus sirvientes y a todo su pueblo contra el pueblo de Dios. Hay también buena fortuna: Moisés es llevado inesperadamente a casa del rey, para ser presentado como hijo de la hija de Faraón. Y hay también fracaso: Moisés, buscando aprovechar las oportunidades propias de su situación especial, se equivoca rotundamente. Todo esto se encuentra en dos capítulos.

También notamos que el pueblo de Dios es presentado en su globalidad y su individualidad. Empezamos con los nombres de cada hombre que vino con Jacob y entonces se dice que: «todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta». El pueblo de Dios, tanto en un sentido global como individual, es visto profundamente envuelto en los asuntos mundiales, afectado por sus políticas, preocupado con sus cuidados, duramente golpeado por hostilidades, sujeto a diferentes grados de fortuna, y por sobre todo siendo considerados por Dios.

Ustedes se preguntarán cómo puedo sugerir que Dios fuera capaz de olvidarse, pero las palabras son: «Dios oyó el gemido de ellos, y se acordó...» (2:24). Es parte del atractivo de la Santa Escritura su forma deliciosamente humana de hablar sobre Dios. Podemos entender este revivir súbito de la memoria sólo contra un fondo de olvido. Cuando Moisés escribió el relato, miró hacia atrás y vio este punto en la línea de tiempo de la historia del pueblo de Dios: este fue el día cuando Dios empezó a actuar. En retrospectiva, esto le pareció a él tan dramático que, para denotar un cambio en los sentimientos de Dios, sólo podía describirlo diciendo: «Ese fue el día cuando Dios nos recordó». No obstante, cuando él escribía todo lo que había pasado antes de esa fecha, tenía que llamar la atención del pueblo al hecho de que Dios nunca se había olvidado de ellos. Esto, entonces, es la primera lección de estos capítulos iniciales de Éxodo, a saber, los perseverantes caminos de Dios con su pueblo escogido.

Los caminos de Dios con su pueblo

La sola cantidad numérica del pueblo de Dios produjo el terror en los gobernantes egipcios. Ellos sentían que había un peligro dentro de sus fronteras y que debían tomar medidas para contenerlo. El nuevo Faraón, que no había conocido a José, no estaba ligado por ninguna obligación al pueblo de Dios, así que tomó medidas para tratar con lo que él sentía era una amenaza a su reino. Entonces empezó a descubrir que este es un pueblo que no puede ser destruido. La narración de 1:1 a 2:22 nos muestra:

1. Cuidado providencial

Hablando humanamente, todo estaba dispuesto para su destrucción. «Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (1:12). Esto está de acuerdo con muchas expresiones en las Escrituras que se resumen para nosotros en las palabras del Señor Jesús: «...nadie las arrebatará de mi mano». Faraón era grande, y sus capataces muchos y fuertes, pero ningún esfuerzo de ellos podría competir con el cuidado providencial de Dios hacia su pueblo escogido. Es interesante contrastar las dos frases similares: «para que no se multiplique» (v. 10) y «tanto más se multiplicaban» (v. 12). El rey del mundo puede haber estado decidido a destruir, pero el Rey del Cielo señoreaba con su preservación sobrenatural.

2. Socorro oportuno

Aquí aprendemos lo que se dice en un pasaje del Nuevo Testamento: «...a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Faraón tenía un segundo plan. Si él no podía aplastar al pueblo por medio de la opresión general, llamaría a las parteras en su ayuda e intentaría impedir que naciesen los varones de Israel. Sin embargo, su política de infanticidio fue anulada por Dios, que en su maravillosa sabiduría hizo que el plan se encomendara a las mismas personas que deberían frustrarlo: «Pero las parteras temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey de Egipto». Así que ellas estuvieron bajo la bendición de Dios (v. 20) y en lugar de perecer, «el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera». El Dios Soberano vino con su auxilio oportuno y se enfrentó al enemigo de una forma que éste nunca esperó y con la cual no podía enfrentarse.

Lo que es verdad de la globalidad del pueblo de Dios es igualmente verdad para los individuos. El individuo está bajo el cuidado de Dios, como vemos al encontrarnos por primera vez a Moisés, el hombre que protagoniza el resto de los primeros cinco libros de la Biblia. Aquí, sin embargo, él no se nos presenta en la luz de su subsiguiente grandeza, sino simplemente como una lección objetiva de cómo Dios cuida a todo individuo de su pueblo. En el caso de Moisés, había un cuidado especial en relación al propósito divino, pero esto no se menciona aquí. Sólo vemos que el mismo Dios que guarda a todo su pueblo con providencial cuidado es también cuidadoso para albergar a cada individuo bajo su gracia preservante.

Dios guardó celosamente a Moisés de cada amenaza. Sus padres se casaron y el niño nació en los mismos días en que el decreto real ordenaba que debía ser arrojado al río. A su debido tiempo, él fue llevado al río, pero el río no podía reclamar a este niño. Cuando él fue dejado allí, bajo la mirada amorosa de Miriam, quien habría de venir no era sino la hija de Faraón. No era ninguna egipcia corriente, sino una princesa de la casa real.

La disputa fue llevada a un punto particular: fue la misma casa real que decretó el infanticidio la que intervino para salvar al infante. La princesa pidió que la arquilla que estaba flotando en el río le fuese traída, y cuando la caja fue abierta, el niño empezó a llorar. En un notable acto de providencia, Dios inspiró ternura en el corazón de la princesa de esa salvaje casa real. Desde el palacio que no dudó en asesinar infantes en gran escala, vino una muchacha cuyo corazón fue conmovido por el llanto de un bebé. Por la diestra intervención de Miriam, él fue devuelto a sus padres para ser criado. Justo allí, en medio del pueblo cuyo rey había decretado su destrucción, el niño creció sin que nadie se atreviese a tocarlo. «Lleva a este niño y críamelo», había dicho la princesa.

La providencia conservadora de Dios había rodeado de tal manera la vida de este niño que no importa cuánta hostilidad sentían los egipcios y cuánto detestaban a los hebreos, no pudieron y no se atrevieron a tocarlo. Nuestro Dios es un Dios de socorro oportuno.

3. Cuidado con propósito

Pronto vemos que el cuidado providencial de Dios es también un cuidado con un propósito. La próxima cosa que se nos dice sobre este hombre muestra cuán consciente era él de su vocación. Vio a un egipcio golpear a un hebreo, y no pudo quitar sus manos del agresor. Había eso en Moisés, porque súbitamente reaccionó en forma violenta contra la indefensión y la injusticia. Él fue más bien como su madre real adoptiva, que había asumido su causa en su infancia. Moisés necesitó ese tipo de corazón, porque esto era parte de la preparación de Dios para el hombre que iba a sufrir por el resto de su vida con personas malhumoradas e ingratas sin perder la entrañable compasión por ellas.

Vemos el propósito pleno de Dios con Moisés desde el principio mismo: tal como empezó con este hombre iba seguir con él a través de su larga vida de servicio.

Un incidente posterior en la vida de Moisés lo muestra de nuevo así, saltando en defensa del desvalido: «Los pastores vinieron y las echaron de allí (a las hijas de Jetro), entonces Moisés se levantó y las defendió» (2:17). Esta participación en la casa de Jetro significó que Moisés se estableciera allí y pasara cuarenta años cuidando las ovejas de otro hombre. Esta es una historia de evidente fracaso, pero ni aun el fracaso pudo apartar a Moisés de los propósitos de Dios, que soberanamente presidió todo para llevarlos a cabo. Así, por cuarenta años Moisés cuidó las ovejas de otro hombre hasta que vino el día cuando Dios estuvo listo para decir: «Yo guiaré a mis ovejas, a mi pueblo, como un rebaño, por mano de Moisés».

4. El recurso de la oración

Si el capítulo 1 muestra que el pueblo de Dios no puede ser destruido por agente humano alguno, el capítulo 2 deja en claro que ellos tampoco pueden ser librados por un simple agente humano. Si Faraón no puede destruirlos, tampoco Moisés puede librarlos. «Las armas de nuestra milicia no son carnales», era una lección aprendida hacía tiempo en tierra de Egipto. A pesar de toda su capacidad y toda su autoridad, Moisés no podía ser el libertador del pueblo de Dios. Ellos no podrían ser destruidos por el hombre y no podrían ser salvados por el hombre.

Sin embargo, misericordiosamente, el pueblo poseyó un recurso espiritual, como aprendemos en los versículos finales de este capítulo. «Aconteció que después de muchos días... los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron» (2:23). El alivio no se encontró con el paso del tiempo, sino pasados muchos días. El cristiano nunca dice que el tiempo es el gran sanador. No, el paso del tiempo no trajo alivio; sólo trajo continua esclavitud. Lo que trajo alivio fue el lugar y la práctica de la oración; «y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre».

La repetición de esta última frase muestra que su clamor a Dios fue originado por un profundo sentimiento de necesidad, y es también la explicación de la respuesta de Dios: «y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre». El motivo para el lamento desde la tierra era la esclavitud y el motivo por el cual la oración fue oída en el cielo fue también la esclavitud. Nuestras verdaderas necesidades son en sí mismas una apelación a Dios, y una garantía de que él nos oirá.

Los próximos dos versículos dan una cuádruple explicación de por qué tal oración es eficaz. Primero, es porque Dios oye. Luego, porque Dios recuerda. Él recuerda su pacto, que significa simplemente que Dios había hecho una promesa solemne. Él había dicho que él sería un Dios para Abraham y su descendencia, y juró efectivamente a ese efecto. Faraón lo desafió, diciendo: «Ellos son mi pueblo, y yo los destruiré», pero Dios no podía permitir esto, porque ellos eran pueblo suyo y él se había comprometido con ellos. Dios siempre recuerda sus promesas y nunca las abandona.

Se nos dice entonces que Dios miró. Debemos notar que, aunque el pacto estaba asociado con Jacob, Dios los vio como Israel. Él siempre mira a su pueblo a la luz de lo que él ha hecho por ellos a través de su gracia. Él no los ve en relación con su herencia pecadora en Jacob, sino en relación con su herencia de gracia en Israel. Dios siempre ve a su pueblo a través del prisma de la gracia.

En cuarto lugar, dice que Dios los reconoció. Esto significa que él lo supo todo. Él inclinó su mirada a la situación de ellos y la asumió; no sólo tuvo información acerca de ella, sino que él sentía profundamente sus agonías. Las necesidades del pueblo de Dios y sus circunstancias impactaban directo a su corazón. Por aquellos israelitas, había Uno en el trono alcanzado con las punzadas de sus sufrimientos, y fue por eso que la oración tuvo eficacia.

Volvamos ahora a las medidas que Dios tomó para contestar estas oraciones agonizantes, y a medida que pasamos al capítulo 3, dejamos la consideración de los caminos perseverantes de Dios con la totalidad de su pueblo, para abocarnos a un hombre y lo que Dios hizo por él.

Los caminos de Dios con su siervo

Toda la sección de 3:1 a 7:7 opera según un modelo. Primeramente, hay una secuencia de visión, certeza y fracaso. El mismo modelo que se repite luego con una diferencia significativa es: visión, certeza y éxito. Tales sucesiones nos llevan a indagar cuál es el significado de la visión y qué es aquello que torna el fracaso en éxito.

La respuesta a esta primera pregunta es que la preparación esencial de un individuo para el servicio consiste en conocer a Dios en el lugar secreto, a través de los tratos entre Dios y su alma. Esto se muestra claramente en las ocasiones cuando Dios vino a Moisés como individuo solitario y habló con él en secreto. La preparación de Moisés para el servicio tuvo su punto de origen y sus lecciones más eficaces allí en el lugar secreto, donde él llegó a conocer Dios a través de su acción reveladora. No era cuestión de la destreza de Moisés, sino de la acción reveladora de Dios. Dios quitó el velo y se mostró a Moisés; ahí es donde empieza el servicio.

La segunda pregunta se relaciona con la diferencia entre el rotundo fracaso de la primera vez y el éxito al final del segundo modelo. ¿Qué fue lo que hizo la gran diferencia? La visión era la misma; la confianza era la misma; pero en el primer caso Moisés falló, en tanto que en el segundo triunfó. Investiguemos más allá.

El modelo empieza con la visión, y comenzamos en el capítulo 3 viendo a Moisés en el camino de la revelación, cuando él atiende diligentemente asuntos rutinarios. ¿No dijo el Señor Jesús que cuando somos fieles en cosas muy pequeñas, entonces se nos dará mayor autoridad? Moisés es una lección objetiva de esta verdad: él era fiel guardando las ovejas de otro hombre en un lugar desierto, y Dios le asignó una gran autoridad. Aquí le fue dada una triple revelación, una revelación de Dios, de la necesidad de su pueblo y de su propia vocación en la satisfacción de esa necesidad.

«Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y el miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía» (v. 2). Este es llamado a menudo ‘el pasaje de la zarza ardiente’; sin embargo, el arbusto no se estaba quemando, sino que Dios mismo era la llama de fuego. De esta forma, Dios estaba diciendo a Moisés: «Yo soy el Dios Viviente – viviente en el sentido más absoluto».

¿Vio usted alguna vez un fuego que no necesitara combustible? Todo fuego se alimenta con combustible. Aquí, sin embargo, era una llama eterna que no requería combustible. Y, maravilla de maravillas, este Dios viviente lleno de gracia se ha reducido a habitar en la cosa más ordinaria y la ha hecho resplandecer con su propio fulgor. Era la visión de la llama eterna de Dios en un pobre arbusto del desierto.

La visión enfatizaba la santidad de Dios. Donde está Dios, está la santidad. Y significa que Dios se reveló como el Dios fiel –»Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob». Él es el Dios que va fiel y pacientemente con su pueblo escogido. Es más, él es un Dios guardador y libertador (vv. 7 y 8). Esto, entonces, fue la primera revelación, la visión del Dios santo, fiel y guardador, presentándose ante un pecador. Y en base a esto, Dios abrió los ojos de Moisés a una necesidad y a un llamamiento. Moisés, sin embargo, era reacio a oír ese llamado y necesitó una larga sesión con Dios sobre eso. Así, pasamos a la materia de la certeza.

Moisés presentó cinco excusas diferentes; pero antes de mirarlas, debemos registrar que Dios no las aceptó, sino que se empeñó en remediar las quejas de su siervo. Aquí están:

1. Insuficiencia. «¿Quién soy yo?» (v. 11). A esto, Dios contestó: «Pero Moisés, ¡yo nunca dije que tú eras alguien! ¡No eres tú quien importa, soy yo! Yo estaré contigo con todo mi poder, toda mi santidad, toda mi fidelidad y toda mi determinación a ser un Libertador».

2. Ignorancia. La excusa de ignorancia de lo que él debería decir cuando se reuniera con los hijos de Israel. «¿Qué les responderé?» (v.13). Inmediatamente Dios lo tranquilizó diciéndole que, si la ignorancia era el problema, entonces él no podría venir a un lugar mejor para ser remediado. Moisés sólo quería saber una cosa, pero Dios le dijo tres. Él quería saber lo que debía decir acerca de Dios, y el Señor no sólo le habló sobre sí mismo, sino sobre sus planes (vv. 16-18) sobre el curso de los acontecimientos (vv. 19-21), e incluso sobre el resultado final (v. 22). Él cargó a Moisés con información. Si usted es ignorante, entonces el Señor es el único que le pondrá al día. ¡Cuán ampliamente cubre él nuestras necesidades y nuestras excusas!

El punto central sobre la revelación de Dios se contiene en las palabras: «Yo soy el que soy» (v. 14). Hace muchos años, yo estaba presente en un encuentro de mujeres, no para hablar sino oyendo a una hermana. Para mi deleite, ella escogió hablar sobre Éxodo 3:14, así que me acomodé en el asiento con avidez, listo para aprender más sobre este versículo en el que me había ejercitado a menudo. La sustancia de la dirección fue así: «Estimados amigos, ¿qué necesidades tienen ustedes?». Entonces, ella empezó a perfilar lo que podrían ser las necesidades de una típica reunión de mujeres en una tarde de lunes. Y continuó: «Ahora, miren esas necesidades. Aquí están: una, dos, tres, cuatro, cinco... Nombren cada una de sus necesidades y entonces con respeto a cada una de ellas, escuchen a Dios que dice: «¡Yo soy eso! ¡Yo soy!».

Esto pudiera parecer risible, pero aun así transmite el sentido de lo que Dios dijo. Cual sea la necesidad, él es la respuesta. ¿Hay una necesidad? Entonces él afirma: «¡Yo soy eso! ¡Yo soy!». Este es el mensaje y la teología que Dios envió a Moisés que declarara en Egipto. El pueblo necesitaba salvación, así que el Señor mismo sería su Salvador. En cualquier necesidad, el gran Yahvé se ofrece a sí mismo como la respuesta. «¡Yo soy eso! ¡Yo soy!».

3. Ineficacia. Moisés prosiguió alegando ineficacia: «Ellos no me creerán» (4:1). Esto es contestado a través de tres señales. «¿Ineficacia respecto a los recursos? ¿Qué has conseguido tú? Pero si arrojas delante de mí lo que tienes en tu mano, se volverá una cosa poderosa». Así que Dios contestó a la ineficacia de Moisés señalándose a sí mismo como el Dios de poder transformador. «¿Ineficacia de tu persona? Tienes razón sobre eso. Pon tu mano en tu pecho y siente latir tu propio corazón. Ahora saca tu mano y mírala. Tiene el contagio de la lepra de tu corazón. En tu hombre interior estás absolutamente mal. Ahora repite la acción y verás que la lepra ha desaparecido». Dios es el único que puede quitar toda corrupción interior y transformar a su siervo en un nuevo hombre. «¿Ineficacia ante el enemigo? Anda y recoge agua del Nilo. Anda al lugar mismo donde la vida de Egipto está latiendo, aquello que ellos adoran como un dios. ¡Ve y toma agua de ese río y mírame convertir su vida en muerte!». Él es el Dios de poder victorioso que puede enfrentar al enemigo y reducir todo su poder a nada. ¡La objeción no se sostuvo!

4. Incapacidad. «Ay, Señor, yo soy torpe de lengua» (4:10). A esta objeción, el Señor dio la respuesta que aplicaría en principio a cualquier incapacidad que nosotros pudiéramos clamar: «¿Quién hizo ese órgano, esa capacidad que tú te quejas es tan inadecuada para el propósito? ¿No soy yo su Creador que hizo tu boca? ¿Cómo puedo yo entonces dejarte sin una palabra que hablar? Yo, el que hizo tu boca, estaré con esa boca y te enseñaré lo que has de hablar».

5. Incredulidad. Esta fue la última de las objeciones de Moisés e hizo a Dios enojarse contra él. «Ay, Señor, envía, te ruego, por medio del que debes enviar» (4:13). ¡Cómo aborrece el Señor la incredulidad! Pensar que él había dado tantas certezas a Moisés y todavía el hombre no confiaba en él. Pero sobre el enojo del Señor prevaleció su gracia: «Bueno, Moisés, debes ir, porque yo insisto en ello; pero si sientes que no puedes ir solo, yo arreglaré que Aarón vaya contigo».

Con esta certeza de la gracia, Moisés fue. La próxima sección del capítulo lo evidencia: Dios fue con él. Dios no es como un arrendador de botes en las riberas de un lago, que asigna a alguien para el bote Nº 9, lo empuja al agua y lo deja seguir solo. Ese no es el concepto bíblico del llamamiento. Es Dios quien determina lo que se hará, Dios escoge al siervo, y Dios va con él.

Vemos que hubo tres vías en las que Dios ejerció esta supervisión pastoral sobre su siervo. Primeramente, le enseñó una lección concerniente a la dirección divina. Moisés regresó a pedir el permiso de su suegro y aún estaba en eso cuando Dios interrumpió la conversación rudamente, diciendo: «Perdona, Moisés, pero soy yo, no Jetro, el que te está enviando: Vé y vuélvete a Egipto» (v. 19). Dios debe permanecer a cargo de su propia obra.

La segunda lección, relativa a la justicia divina: «Jehová le salió al encuentro, y quiso matarlo» (v. 24). ¡Qué asombroso incidente! ¡El Señor luchando contra su siervo escogido! Debemos escudriñar en esto. El Señor estaba luchando contra él porque su hijo Gersón no había sido circuncidado. Esta es la clara lección del pasaje. Luego que el muchacho fue circuncidado, el Señor dejó ir a Moisés (v. 26). Es peligroso andar en los negocios de Dios en un estado de desobediencia. Moisés iba al pueblo del pacto para hablarles en el nombre del Dios del pacto y comprometerlos en las promesas del pacto, y él aún andaba en desobediencia al pacto. Por consiguiente, no podía continuar; Moisés no podría poner un pie en Egipto o asumir la obra de Dios, hasta haber hecho justicia.

Ahora, ¿qué pasó con Séfora? Bueno, temo que todos nosotros hemos sido descaminados por esa traducción infortunada de las palabras: «un esposo de sangre». Hemos llegado a considerar esto como si fuera un término de reproche e incluso de abuso. ¡No es así! Séfora supo la causa del enojo de Dios, y como su marido estaba incapacitado, ella tomó el cuchillo, circuncidó el muchacho y tocó a Moisés con la sangre de la circuncisión1, asociándolo con este acto de obediencia. Tan pronto como él fue tocado por esta sangre, fue restaurado a su esposa desde su lecho de muerte. ¡Ella lloró de alegría: «He aquí, nuestro matrimonio ha vuelto a empezar de nuevo! ¡Tú eres de nuevo mi novio, restaurado a mí por la sangre derramada». ¡Qué indicación de su amor por Moisés y la felicidad de su hogar juntos: Él es su novio, restaurado a la vida, restaurado de la muerte, porque ella lo trajo al lugar de la obediencia!

La tercera lección que Dios dio a Moisés en esta sesión final de información y cuidado pastoral concerniente a la gracia divina fue: «Y Jehová dijo a Aarón: Vé a recibir a Moisés al desierto. Y él fue, y lo encontró». (v. 27). ¡Qué emocionante debe haber sido para Moisés! Por esos días no había correo, ni teléfono, ni medios de comunicación; y Aarón vino a la cita así como Dios lo había prometido. La gracia había ido adelante, la gracia había provisto una bienvenida humana para demostrar que Dios estaba a su lado.

¿Qué más podía un hombre desear? «Moisés, permíteme ser tu Guiador. Moisés, sobre todas las cosas guardadas, sé recto conmigo en la obediencia. Moisés, yo estoy contigo en la gracia». Con ese trasfondo, Moisés arribó a la tierra de Egipto, ¡sólo para encontrarse con un fracaso total y desconsolador! «Entonces Moisés se volvió a Jehová y dijo: Señor, ¿por qué afliges a este pueblo? ¿Para qué me enviaste? Porque desde que yo vine a Faraón para hablarle en tu nombre, has afligido a este pueblo; y tú no has librado a tu pueblo» (5:22-23). ¡Un absoluto fracaso!

Los caminos de Dios con sus fracasos

La razón para el fracaso de Moisés fue su obediencia parcial. Dios le dio instrucciones muy precisas y él las ignoró o las cambió. Se le dijo que llevara una delegación de los ancianos (3:18) y él sólo trajo a Aarón (5:1). Se le dijo que viniera diplomáticamente, y vino como un explosivo viento oriental. Se le encomendó que dijera: «Jehová el Dios de los hebreos nos ha encontrado» y él dijo: «Jehová el Dios de Israel dice así». Se le dijo que hiciera una demanda provisional para una jornada de tres días en el desierto, y él hizo una demanda absoluta de liberación. En un sentido, hizo lo que Dios le dijo que hiciera, pero en otro sentido falló absolutamente en materia de obediencia. Como resultado, Faraón endureció la servidumbre del pueblo y sus ancianos vinieron y maldijeron a Moisés.

La obediencia parcial de un hombre dio al enemigo la victoria sobre todo el pueblo de Dios. Puso al pueblo –no a Moisés, sino al pueblo– bajo severo juicio y privación, y fragmentó el compañerismo a tal grado que los ancianos vinieron a Moisés y le dijeron que ellos no querían ver nada más con él. La sola obediencia a medias de un hombre hizo todo esto. Siempre lo hace. Le da poder al enemigo, trae sufrimiento a la Iglesia y quebranta el compañerismo. A pesar de la visión y la certeza, Moisés termina esta fase en completo fracaso.

Ahora veremos el modelo durante el segundo tiempo con la visión más extensa, la certeza más amplia y luego el éxito.

Veamos lo que Moisés hizo en su desesperación: se volvió al Señor (5:22). Esa es la forma de tratar con el fracaso. Satanás siempre nos hará refugiarnos en nuestro fracaso, replegándonos, ocultándonos y sucumbiendo a un sentimiento de condenación. El ejemplo de Moisés nos dice que no hagamos así, sino que traigamos nuestro fracaso a la luz, a la presencia de Dios. Volverse al Señor y decirle todo a él. Expresar en palabras la calamidad. «Tú no has librado a tu pueblo». Es lo que Moisés hizo con su fracaso; ahora veamos lo que Dios hizo con ello. Esto es simplemente hermoso: «Ahora verás lo que yo haré». Lo que es más, Dios apuntó a sí mismo, abriendo los ojos de Moisés a una nueva revelación, una revelación salvadora: «Yo soy JEHOVÁ» (v. 2).

Dios enfrentó a Moisés con una esperanza firme. Le dijo: «Ahora que te tengo en el lugar de la desesperación absoluta, yo puedo realmente mostrarte mi poder. Por fin, ahora, te tengo donde yo quiero, y hay un terreno amplio para la esperanza segura».

La visión renovada consistió en la declaración más maravillosa del significado del nombre divino (6:2-8). Este pasaje empieza y termina con la aserción majestuosa: «Yo soy Jehová», y contiene siete verbos por los cuales Dios se compromete a la acción. «Yo os sacaré... os libraré... os redimiré...». En base a su gran nombre de Salvador, el Señor hace tronar su «Yo...» una y otra vez, dando a Moisés una visión renovada de sí mismo, con todo su poder viviente como el eterno Salvador. Es en este pasaje que el verbo «redimir» se usa por primera vez en su sentido bíblico característico.

La visión es seguida por la certeza. Moisés todavía estaba consciente de su debilidad e insuficiencia, y enfatizó de nuevo su debilidad como orador (v. 12). Él había diagnosticado acertadamente este punto central en cuanto a su debilidad; era en la facultad del habla que él se sentía tan incompetente, y de hecho parece que cuando él fue a Faraón, dijo todas las cosas mal. Entonces, cuando se volvió a Dios, preguntó: «¿Qué puedes hacer tú con un hombre de labios incircuncisos?». Y Dios le dijo que él –el Señor– podría hacerlo, y no se lo dijo una, sino dos veces: «Jehová habló a Moisés y a Aarón y les dio mandamiento» (v. 13), y el Señor dijo: «Mira, yo te he constituido dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta» (7:1). Dios le dio a Moisés una doble certeza allí donde él estaba muy consciente de su debilidad. Él preparó para Moisés un completo sistema de comunicación para ponerlo en este lugar de necesidad fundamental.

Y, ¿qué pasó entonces? ¡Ya no hubo más fracasos! Moisés va a tener una sólida carrera de éxito y nunca fallará de nuevo hasta esa última acción infortunada de golpear la roca con violencia dos veces. La razón se encuentra en la respuesta a esta renovada visión y certeza: «E hizo Moisés y Aarón como Jehová les mandó; así lo hicieron» (7:6). Las palabras resuenan en un estribillo constante desde ahora en adelante: «Como Jehová mandó a Moisés». Por fin, el fracasado había encontrado el secreto del éxito.

En el capítulo 2, Moisés aprendió que era imposible ir como un libertador con sus propios recursos. En el capítulo 5, vio que era inadecuado aun ir al llamado de Dios para ser un libertador. Pero en el capítulo 7, él había aprendido por fin la lección de que la victoria y el éxito salen al camino del hombre que es obediente. «Como Jehová les mandó; así lo hicieron». Ésa era la llave de la empresa completa del éxodo. (Continuará).

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De «Toward the Mark» Nov-Dic., 1977.