.
Una revista para todo cristiano · Nº 31 · Enero - Febrero 2005
PORTADA
.

La consagración es un milagro de gracia.

Consagración

Andrew Murray
(1828-1917)

«Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos» (1 Cr. 29:14).

Ser capaz de ofrecerle algo a Dios es un perfecto misterio. La consagración es un milagro de gracia. «Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos». En estas palabras hay cuatro pensamientos muy preciosos que quiero revisar y aclarar a ustedes:

1. Dios es el dueño de todo, y nos lo da todo.
2. Nosotros no tenemos nada, sino lo que hemos recibido –sin embargo, todo lo que necesitamos podemos recibirlo de Dios.
3. Es nuestro privilegio y honra devolver a Dios lo que recibimos de él.
4. Dios tiene una alegría doble cuando recibe de retorno lo que él nos dio.

Y cuando aplico esto a mi vida –a mi cuerpo, a mi riqueza, a mi propiedad, a mi ser entero– entonces entiendo lo que debería ser la consagración.

Dios nos da todo

Es la gloria de Dios, y su especial naturaleza, estar siempre dando. Dios es el dueño de todo. No hay ningún poder, ninguna riqueza, ninguna bondad, ningún amor, fuera de Dios. Es su naturaleza misma no vivir para sí, sino para sus criaturas. El suyo es un amor que siempre se deleita en dar.

Aquí llegamos al primer paso en la consagración. Debo ver que todo lo que tengo es dado por él; debo aprender a creer en Dios como el gran dueño y dador de todo. Que pueda tener una clara conciencia de ello. No tengo nada, sino lo que real y definitivamente pertenece a Dios. Tal como mucha gente dice: «El dinero que está en mi bolso me pertenece», así Dios es el propietario de todo. Es suyo y sólo suyo. Y es su vida y delicia estar siempre dando.

Oh, tomemos este pensamiento precioso: no hay nada que Dios tenga que él no quiera dar. Tal es su naturaleza, y por consiguiente cuando Dios solicita algo, él mismo lo da primero. Nunca tenga miedo cuando Dios le pida algo; porque Dios sólo pide lo que le es propio; lo que él pide que usted dé, él ya se lo ha dado previamente. ¡El propietario, dueño, y dador de todo, es nuestro Dios! Aplique esto a usted mismo y sus dones, a todo lo que usted es y posee. Estúdielo, créalo, viva en ello, cada día, cada hora, cada instante.

Nosotros recibimos todo

Así como la naturaleza y gloria de Dios es siempre estar dando, es la naturaleza y gloria del hombre estar siempre recibiendo. ¿Para qué nos hizo Dios? Cada uno de nosotros ha sido hecho un vaso en el cual él puede derramar su vida, su belleza, su felicidad, su amor. Cada uno de nosotros fue creado para ser un receptor y un depositario de tanta vida y bendición celestial como Dios pueda poner en nosotros.

¿Hemos entendido esto, que nuestro gran trabajo –el fin de nuestra creación– es siempre estar recibiendo? Si entramos totalmente en ello, nos enseñará algunas cosas preciosas. He aquí una: la absoluta necedad de ser orgulloso o presumido. ¡Qué locura! Imagínese pedir prestado un hermoso traje, y caminar alardeando de él como si fuese propio. Todos dirían: «¡Qué necio!».

Y aquí está el Dios Eterno, dueño de todo lo que tenemos; ¿nos atreveremos a gloriarnos en nosotros mismos por aquello que es todo suyo? ¡Entonces qué bendita lección nos enseñará lo que es nuestra posición! Estamos relacionados con un Dios cuya naturaleza es siempre estar dando, y la nuestra es siempre estar recibiendo. Así como la cerradura y llave encajan, Dios el dador y yo el receptor coincidimos. A menudo nos preocupamos por las cosas, y oramos por ellas, en lugar de remontarnos a la raíz de las cosas, y decir: «Señor, yo sólo pido ser el receptor de lo que tu voluntad significa para mí; del poder, los dones, el amor y el Espíritu de Dios». ¿Qué puede ser más sencillo? Venir como un receptor –limpio, vacío y humillado. Venir, y entonces Dios se deleitará en dar.

Si puedo decirlo con reverencia, él no puede ayudarse a sí mismo; es su promesa, su naturaleza. La bendición está siempre fluyendo de él. Hemos visto cómo el agua siempre fluye en los lugares más bajos. ¡Si sólo nos presentamos vacíos y postrados, no siendo sino sólo receptores, ¡qué vida dichosa viviríamos! Día a día alabándole. Él dando y yo aceptando. Él concediendo y yo feliz de recibir.
Cuántas decenas de miles de personas han dicho esta mañana: «¡Qué bello día! Abramos las ventanas para que entre la luz del sol con su grato calor y alegría!». Que nuestros corazones aprendan cada momento a disfrutar en la luz y el gozo del amor de Dios. «Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos».

Nosotros devolvemos todo

Si Dios da todo y yo lo recibo todo, entonces el tercer pensamiento es muy simple: yo debo devolverlo todo. Es un privilegio que, por causa de tenerme en amorosa y grata comunión con él, y dándome la dicha de agradarle y servirle, el Dios Eterno diga: «Ven ahora, y devuélveme todo lo que yo doy». Alguien dirá: «Oh, ¿pero debo devolver todo?». ¡Hermano, usted no sabe que no hay felicidad o bienaventuranza alguna excepto en dar a Dios! David lo sentía así. Él dijo: «Señor, es un privilegio indecible que nos permitas devolverte lo que es tuyo». Sólo recibir, y luego por amor devolver a él como Dios, lo que él da.

¿Sabe por qué Dios lo necesita a usted? Las personas dicen: «¿No nos da Dios todas las buenas dádivas para disfrutarlas?». Pero, ¿sabe usted?, el verdadero goce está en devolver. Simplemente mire a Jesús: Dios le dio un cuerpo maravilloso. Él lo guardó santo y lo dio en sacrificio a Dios. Ésta es la belleza de tener un cuerpo. Dios le ha dado a usted una alma; ésta es la belleza de tener una alma –usted puede devolvérsela a Dios.

Las personas hablan sobre la dificultad de tener una voluntad muy fuerte. Usted nunca puede tener demasiada fuerza de voluntad. Sin embargo, el problema es que no entregamos esa fuerza de voluntad a Dios, para hacerla un vaso en el que Dios pueda y vierta su Espíritu, que lo capacite para hacer un servicio espléndido para él mismo.

Hemos tenido ahora tres pensamientos: Dios da todo; yo recibo todo; yo dejo todo. ¿Hará usted ahora esto? ¿No dirá cada corazón: «Mi Dios, enséñame a abandonarlo todo»? Tome su cabeza, su mente con toda su capacidad de expresarse, su propiedad, su corazón con sus afectos –los mejores y más secretos– tome oro y plata, todo, deposítelo a los pies de Dios y diga: «Señor, aquí está el convenio entre tú y yo. Tu deleite es darlo todo, y mi delicia es devolver todo». Eso es lo que Dios nos enseña.

Si esa simple lección fuera aprendida, terminarían muchos problemas relacionados con la búsqueda de la voluntad de Dios, y acabarían todas nuestras vacilaciones, porque se escribiría, no en nuestras frentes, sino en nuestros corazones: «Dios puede hacer conmigo lo que a él le plazca; yo le pertenezco con todo lo que tengo». En lugar de decir siempre a Dios: «Dame, dame, dame», debemos decir: «Sí, Señor, tú eres dador, tú amas dar, y yo amo devolver». Pruebe esa vida y averigüe si no es ésta la vida más alta.

Dios se regocija en nuestro dar

Dios da todo, yo recibo todo, yo doy todo. Ahora viene el cuarto pensamiento: Dios se regocija grandemente cuando nosotros damos a él. No sólo es que yo soy el receptor y el dador, sino Dios también es el Dador y el Receptor, y, puedo decirlo con reverencia, él se goza aún más en la recepción que en la dádiva. En nuestra pequeña fe, nosotros pensamos a menudo que los dones vuelven a Dios todos manchados. Dios dice: «No, ellos retornan hermosos y glorificados». La entrega de su amado Hijo, con sus aspiraciones y acciones de gracias, regresa a Dios con un nuevo valor y belleza.

Ah, hijo de Dios, usted no sabe cuán precioso es a los ojos del Padre el regalo que usted le trae. ¿No hemos visto cuando una madre da un pedazo de pastel, y el hijito viene y le ofrece un trocito para compartirlo con ella? ¡Cómo valora ella el regalo! Y Dios, oh, mis amigos, su amoroso corazón de Padre, anhela que usted le dé todo. Esta no es una demanda, no es la dura demanda de un amo, sino el llamado de un Padre amoroso, que sabe que cada regalo que usted le trae lo enlazará más a él, y cada entrega que usted hace abrirá más ampliamente su corazón para obtener más de sus dones espirituales.

¡Oh, amigos! Un regalo a Dios tiene ante sus ojos un valor infinito. Es su delicia. Él ve la aflicción de Su alma y está satisfecho. Y trae a usted bendición indecible.

Consagrémonos

Introduzcámonos en el espíritu de David, con el espíritu de Jesucristo en nosotros. Alcemos nuestra oración de consagración. Y el bendito Espíritu dé gracia a cada uno de nosotros para pensar y decir lo correcto, y para hacer lo que agrada los ojos del Padre.

***