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Una revista para todo cristiano · Nº 30 · Noviembre - Diciembre 2004
PORTADA
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El accionar de Dios en este postrer tiempo le muestra, entre otras, en estas dos facetas distintas: como el Juez que juzga y como el Padre que disciplina.

Dios el Juez y el Padre

Eliseo Apablaza

Si miramos alrededor, vemos que el mal aumenta en el mundo hasta extremos alarmantes. Entonces nos preguntamos: ¿Hasta cuándo esperará la paciencia de Dios? A la luz de las Escrituras, vemos que en épocas pasadas varias veces la paciencia de Dios se agotó, y entonces sus juicios cayeron implacables sobre la humanidad.

El ‘colmo’ del pecado marca el límite en el mundo

Hay un nivel de pecado en el mundo que Dios tolera, pero hay otro nivel de pecado que Dios no tolera. Por eso, cuando se anuncian los juicios de Dios, la Escritura suele sugerir que se ha llenado la medida, o se ha llegado al colmo. ¿Cuál es el colmo de pecado que Dios no tolera? Revisemos brevemente cuál ha sido ese colmo, y veamos cómo, cada vez que se alcanzó, los juicios se desataron.

En tiempos de Noé, Dios «vio que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre, y le dolió en su corazón» (Génesis 6:5-6). El contexto nos indica que se habían mezclado «los hijos de Dios» con «las hijas de los hombres», y habían dado lugar a una raza híbrida, los ‘nefilim’ (gigantes). Esto desencadenó la corrupción, la violencia, y la maldad. Este pecado marcó el primer ‘colmo’ y fue para Dios intolerable. Entonces decidió raer al hombre de sobre la faz de la tierra, incluso con los animales, porque al parecer también ellos se vieron involucrados en la maldad del hombre.

Más tarde, en días de Abraham y Lot, de nuevo se desató la ira de Dios, esta vez sobre las ciudades de Sodoma Gomorra, Adma y Zeboim. Los hombres habían caído en el horrible pecado de aquellos ángeles «que no guardaron su dignidad» (Judas 6-7). Ellos pecaron, al igual que aquéllos, ‘con carne diferente’1, y también cayeron en una sexualidad ‘contra natura’. Eso marcó el colmo, un límite intolerable para Dios. Cuando Dios comprobó que ellos habían «consumado su obra» de pecado, es decir, había llegado hasta el colmo («el pecado de ellos se ha agravado en extremo»), entonces actuó.

En días de Moisés, vemos que Dios envió sus terribles juicios (plagas, azotes) sobre Egipto. ¿Cuál fue el colmo del pecado en Egipto? Fue la abundancia y perversión de sus dioses (Éxodo 12:12 b), la hechicería llevada al extremo – representada por Janes y Jambres, que desafiaron el poder de Dios pretendiendo imitar los milagros de Aarón (Éxodo 7:11-12), la maldad de los capataces egipcios con que maltrataban a los israelitas, y la dureza diabólica del corazón de faraón, que se opuso tenazmente a la voz de Dios. Todo esto marcó un colmo intolerable para Dios, por lo cual derramó las nueve plagas y exterminó a los primogénitos de los egipcios, incluso de sus animales.

En días de Josué, encontramos otro ‘colmo’ de pecado que desata los juicios de Dios. Los antiguos habitantes de Canaán llevaron al extremo su pecado – tal como Dios lo había profetizado a Abraham («A su colmo la maldad del amorreo», Génesis 15:16). ¿Cuál fue ese colmo, que llevó a Dios a ordenar el exterminio total de sus habitantes, incluso de sus animales? En Levítico capítulo 18 Dios dice a Israel: «En ninguna de estas cosas os amancillaréis; pues en todas estas cosas se han corrompido las naciones que yo echo de delante de vosotros, y la tierra fue contaminada; y yo visité su maldad sobre ella …» (vv. 24-25). ¿Cuáles eran «esas cosas» en que ellos se habían corrompido? Incesto (vv. 6-18), impureza (v. 19), adulterio (v. 20), sacrificio de niños a los demonios (v. 21), sodomía y bisexualidad (v. 22), y bestialismo (v. 23).

Estos cuatro juicios que hemos mencionado hasta aquí son los más grandes que Dios ha enviado sobre la humanidad, según lo registran las páginas de la Biblia. Y en todos ellos vemos que Dios tiene un límite de tolerancia. Cuando se traspasa ese límite, entonces actúa.

Ahora, si miramos a nuestro alrededor, al mundo en que vivimos, podemos advertir que el colmo del pecado está llegando. Todos estos pecados antes mencionados están campeando a rienda suelta. La fina sensibilidad de los moralistas de otro tiempo, que de alguna manera ponía freno a la barbarie, se ha perdido. Los medios de comunicación están dando amplia difusión y aprobación a todas estas depravaciones. Internet lleva la delantera en todo esto como instrumento del mal, y los límites están llegando al colmo. ¿Nos sorprenderemos que Dios envíe sus juicios, si las condiciones se están cumpliendo?

El Juez de toda la tierra, que es santo y habita en la santidad, ¿dejará de hacer justicia?

El pecado y la carne bajo juicio permanente en la iglesia

Ahora bien, ¿cuál es el accionar de Dios en medio de la Iglesia? También es de juicio, pero de muy diversa índole a los juicios que vienen sobre el mundo. La iglesia no recibirá daño de los juicios que vendrán sobre la humanidad (hablamos de la iglesia, no de la cristiandad). Noé escapó del diluvio, Lot escapó de los juicios sobre Sodoma y Gomorra, Abraham no fue tocado por ellos, e Israel no fue tocado por los juicios de Egipto.

Sin embargo, la iglesia vive permanentemente bajo los juicios de Dios. En la iglesia «están las sillas del juicio» (Salmo 122:5). En la iglesia también hay sanciones severas por el pecado (Mateo 18:15-17). El Espíritu Santo dice, por medio de Pedro: «Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?» (1ª Pedro 4:17-18). Desde que la iglesia existe, ha vivido bajo los juicios y la disciplina de Dios. En ella se juzga el pecado (Ananías y Safira lo sufrieron en Jerusalén), y se disciplina al creyente para llevarlo a la madurez (el creyente con el pecado de incesto, en Corinto). Los hijos en la casa de Dios son disciplinados, si no fuera así, no serían hijos, sino bastardos.

Desde que creímos en el Señor Jesucristo, Dios el Padre y el Espíritu Santo comenzaron una obra de demolición en nosotros, que echa por tierra todo lo que es de Adán, del viejo hombre, y una obra de reconstrucción, para que quede en pie el Segundo Hombre, celestial, el cual a imagen de Cristo, se va completando en nosotros, con miras a la madurez para el reino. El Padre, con la mano firme de un padre, nos disciplina, y el Espíritu Santo, nos derriba especialmente utilizando la cruz y las circunstancias, en una labor primorosa y paciente.

Tanto la disciplina, que corrige amorosamente al creyente por los pecados y tendencias pecaminosas, como la cruz, que también actúa sobre lo aparentemente inocuo y aún bueno de nuestra naturaleza – quebrantando nuestra alma, colaboran para el fin. Todo ello suele ser extremadamente doloroso, pero su fin es la transformación en la imagen de Cristo, en un carácter santo y apacible (Hebreos 12:10-11).

Nuestro bendito Dios es Juez severo, y también es Padre amoroso. Tanto en su papel de Juez como en su papel de Padre, él juzga. En el primer caso, para castigar con ira al mundo por su pecado, y en el segundo, para disciplinar con amor a los hijos en Su casa. ¡Qué terrible es tener a Dios como Juez implacable! ¡Pero qué bendición y dicha es tenerle como Padre amoroso!
Temamos caer en las manos del Juez, pero no dudemos de las amorosas manos con que nos disciplina nuestro Padre.

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