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Parábolas La máquina de escribir «Queremos que nuestros hijos sigan a una per-sona, no una serie de reglas. Debe-mos reconocer que al ir madu-rando la persona, disminuye la necesidad de reglas. Permítame usar una ilustración: Usted quiere aprender a usar la máquina de escribir. Se inscribe en un curso y se encuentra en un cuarto lleno de máquinas de escribir. Mira las teclas y ¡todas están sin letras! ¿Cómo podrá aprender a escribir sin las letras marcadas en las teclas? Entonces recibe un libro con la imagen del teclado. Durante el aprendizaje, no mira la máquina de escribir, sino la foto del teclado, la imagen. Sería inútil manipular en la foto; no tiene poder en sí. Sin embargo, viendo la foto y permitiendo que se forme una impresión indeleble en su mente, usted se capacita para usar el teclado. Después puede quitar la foto y escribir sin tener letras marcadas en las teclas. En
cierta manera, los padres somos la foto que miran los hijos cuando son
pequeños. Así como uno aprende a usar la máquina
de escribir usando la foto, los niños también aprenden a
confiar en Cristo mirando el modelo de sus padres. Después, cuando
son adultos, se relacionan con Cristo por sí mismos». La balanza I Una
vez un siervo del Señor dijo: «La oración es como
colocar tarjetas con nombres escritos en una balanza. Usted pone una pesa
de una onza en un plato de la balanza, y va poniendo tarjetas una tras
otra en el otro plato. Cuando usted tira la primera tarjeta, ésta
no puede levantar la pesa de una onza. Se van colocando tarjeta tras tarjeta,
pero la balanza no se mueve. Entonces, quizás en el mismo momento
en que tira usted la última tarjeta, el brazo de la balanza que
se encuentra en el lado opuesto al fin se levanta. Así sucede con
la oración. Usted ora una vez, dos, tres veces, y una vez más.
Quizá ésa sea su última oración
y entonces
viene la respuesta». La balanza II Aquel
que se aventura en un ministerio público sin haberse pesado debidamente
en la balanza del santuario, y sin medirse de antemano en la presencia
de Dios, se parece a un navío dándose a la vela sin haberse
equipado convenientemente, cuya suerte indudable es el naufragio al primer
embate del viento. El deseo de una madre Ninguna
madre ha deseado jamás tanto para su hijo como Dios para nosotros
cuando por primera vez llegamos al pie de la cruz. *** |