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Alejándose de Dios «Yo
soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí
y yo en él, Pueden existir muchas cosas que nos alejen de Dios. Sin duda lo que más nos separa de Él es el pecado, porque el Señor es santo y rechaza el pecado. También la Biblia nos dice que «las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (Lucas 8:14) hacen que se ahogue la palabra de Dios en los creyentes, impidiendo que se produzca el fruto. La mayoría de las veces nuestro alejamiento del Señor es gradual, casi imperceptible. Dejamos de orar, no tenemos ganas de leer la Biblia o de congregarnos. Otras cosas comienzan a acaparar nuestra atención y nuestros afectos. Algo pasa en nuestro corazón, nos entibiamos y finalmente nos enfriamos. Creo que esto nos ha pasado a todos los creyentes. Peor aún, hay muchos que se han quedado a un lado del camino. Estar lejos de Él es lo peor que le puede ocurrir a un hijo de Dios. Cuando se aprende a depender del Señor no se puede volver atrás y pretender defenderse solo en el mundo. Sin Él, estamos indefensos frente al diablo. No hay paz, no hay alegría, no hay satisfacción. Por eso la Escritura dice: «el estado final de aquel hombre viene a ser peor que el primero» (Lucas 11:26). Que el Señor hable a nuestras conciencias. Que nos muestre nuestra condición. Separados de Cristo nada podemos hacer, o en otras palabras, todo lo que hagamos estando separados de Él será nada. Quizás esta palabra guiará a alguno a estar más cerca del Señor, en algún aspecto. Quizás será retomar la oración para comunicarse con Dios cada día. O ser más diligente en el estudio de la Palabra de Dios, o volver a congregarse. Cualquiera sea tu condición, el llamado de Jesús es claro: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Juan 15:4). EDITOR: Alvaro Soto V. |
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Tocando al Señor «Pero Jesús, alcanzando a oír lo que se hablaba, dice al principal de la sinagoga: No temas, sólo sigue creyendo» (Marcos 5:36, Biblia Textual Reina-Valera). Cuando pasamos momentos difíciles experimentamos miedo, angustia, dudas. Pareciera que el Señor se ha ido. Que es indiferente a nuestro dolor. Sin embargo para el creyente la prueba puede ser una tremenda oportunidad para el crecimiento espiritual. Quizás antes de la prueba nuestra vida espiritual estaba estancada. Asistíamos a las reuniones de la Iglesia por inercia, sin compromiso. Entonces, llega la prueba, quizás la mayor y más crucial prueba de nuestra vida. Tenemos dos alternativas: nos rebelamos contra Dios o nos acercamos a Él para obtener socorro. El Señor espera que optemos por la segunda alternativa. Si nos rebelamos no habrá crecimiento ni madurez. Pero si dependemos de Dios, Él promete sanar, guiar y dar consuelo a los quebrantados y contritos. «Yo habito en la altura y la santidad, pero habito también con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados» (Isaías 57:15). En cierta ocasión, yo estaba pasando una prueba muy dura y dolorosa. Entonces encontré en la Biblia las palabras del Señor Jesús antes de resucitar a la hija de Jairo: «No temas, sólo sigue creyendo». Necesitaba una palabra de aliento. No tenía una fe tan grande que pudiera mover montañas, pero sentí que al Señor le importaba esa fe pequeña y lo único que me pedía era seguir creyendo en Él. Estoy seguro que también a ti te ha socorrido más de una vez. Si estás en medio de la prueba, recuerda lo que Dios ha hecho por ti, y piensa que lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Las palabras de Jesús también son para ti: «No temas, sólo sigue creyendo». Alvaro Soto |
Obedecer a Dios «Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos...» (Deuteronomio 27:10). Algunas veces la voluntad de Dios es tan clara como el sol en un día sin nubes. Sin embargo, el hacerla puede ser tan difícil como capturar el sol y ponerlo en tu bolsillo. Tú sabes qué hacer, pero ponerlo en la práctica es una tarea imposible. Los israelitas enfrentaron este dilema cuando estaban al borde de entrar a Canaán. Tenían que escoger. Podían quedarse quietamente en un pedazo del territorio e intentar establecer convenios con las otras naciones vecinas, o podían obedecer a Dios y tomar la tierra prometida a la fuerza. Después de deambular por 40 años en el desierto, sin duda estuvieron preocupados sin saber si tenían lo que necesitaban. Sin embargo, en Deuteronomio 27:10 Moisés les advirtió: «Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos, que yo te ordeno hoy». Moisés entendió que Israel no estaría bajo la protección de Dios si ellos no tenían fe y obedecían. Este sentimiento se hace eco en Santiago: «...y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (4:17). Si tu deseas servir a Dios, si deseas Su protección, no tienes otra alternativa que obedecerle. Por lo tanto, no temas, pues Él está contigo. Él te dará la fuerza cuando tu confíes en Él y haces lo que Él dice. Rodrigo Calderón |
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La importancia de los compañeros (as) En estos días recibí un correo electrónico con una petición de oración de parte de una hermana. Si bien entre los hermanos siempre estamos pidiendo oración por casos puntuales, esta solicitud me llamó la atención especialmente porque no estaba dirigida a todos los contactos, sino a un pequeño grupo que para ella era significativo. Esto me hizo considerar lo que es el compañerismo entre hermanos. En las Escrituras encontramos dos muy buenos ejemplos sobre este tema. En Jueces 11, vemos a un hombre que hace una promesa a Dios, la cual involucraba un sacrificio, cuya víctima iba a ser su hija, aunque él nunca lo quiso así. La joven aceptó su futuro, pero hizo una petición a su padre: «...déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras». Este es un caso triste, en que la joven necesitó compañeras para llorar su pena. Ellas no sólo la acompañaron, sino que se hicieron partícipes de su tristeza. Vemos otro ejemplo en el capítulo 2 de Daniel. Él necesitaba interpretar un sueño del rey para salvar su vida y la de sus compañeros. Entonces «...Daniel se fue a su casa e hizo saber lo que había a Ananías, Misael, Azarías, sus compañeros ... para que pidiesen misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia». No está de más decir que Dios les respondió. Somos un edificio construido por muchas piedras vivas, en donde las de arriba no pisotean a las de abajo, sino que éstas sostienen a las de arriba. Las piedras que están a tu lado no son enemigos, sino compañeros de batalla con quienes compartir las alegrías y también las lágrimas. Somos un cuerpo con muchos miembros, pero siempre es necesario tener cerca nuestros compañeros de batalla, hermanos que puedan prestarnos su ayuda en la oración, que puedan aconsejarnos, que se gocen y lloren junto a nosotros, que nos sean de estorbo cuando nos estamos desviando del camino, o nos apoyen en decisiones difíciles. Gracias al Señor, he experimentado lo que es tener estos compañeros. ¿Y tú? Si no es así, pídele al Señor que te conceda el privilegio de tenerlos. Rolly Hermosilla EQUIPO
DE REDACCIÓN:
Alvaro Soto V. · Rodrigo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón U. Te
invitamos cordialmente a participar en nuestro Suplemento. *** |
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