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Una revista para todo cristiano · Nº 29 · Septiembre - Octubre 2004
PORTADA
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Cualquier cristología que no sea el resultado directo de la enseñanza del Espíritu es falsa, por cuanto el misterio de la persona de Cristo sólo puede ser comprendido a medida que la luz de Dios descienda sobre el hombre.

La revelación de Cristo por el Espíritu

G. Campbell Morgan
(1863 - 1945)

La restauración del hombre a Dios forzosamente resulta en la restauración al hombre del conocimiento de Dios. El propósito original en la creación del hombre era que fuese un ser capaz de conocer a Dios mismo, en comunión y cooperación con él. A todo esto es restaurado en Cristo. Así como la unión vital entre Dios y el hombre es creada y mantenida por el Espíritu, también la obra de revelar a Dios al hombre es la del Espíritu. «El Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios», y estas «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre … que Dios ha preparado para los que le aman», es decir, las cosas del amor de Dios en Cristo, de las que el hombre en inteligencia nublada era ignorante, «Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu» (1ª Corintios 2:9, 10). Así, mientras que en Cristo Dios se ha provisto de un Medio de revelación propia, Cristo es revelado al hombre por el Espíritu.

Este esquema de la revelación debe ser comprendido si ha de haber una verdadera apreciación de la revelación en sí. Este perfecto sistema está revelado en los últimos discursos de Jesús a sus discípulos antes de su pasión. Cuando Felipe, como portavoz de la humanidad caída (aunque no lo comprendía cabalmente), dijo a Jesús: «Muéstranos el Padre, y nos basta» (Juan 14:8), no hubo ni duda ni incertidumbre en la contestación del Señor. Claramente dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

Esta declaración está en perfecta armonía con la inspirada afirmación de Juan de que «a Dios nadie le vio jamás; el unigénito hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). No hay manera en que él pueda conocer a Dios salvo por medio de Cristo. Toda tentativa de parte del hombre de formular un concepto de Dios, o declarar una doctrina concerniente a él, es inútil, a menos que el concepto y la doctrina se basen sobre la revelación que él ha hecho de sí mismo en Cristo, y sean siempre fieles a ella.

La obra del Espíritu Santo

Reconociendo la inhabilidad del hombre para conocer a Dios por sí mismo, el Señor también reconoce que los hombres eran incapaces de comprender la revelación de Dios en sí mismo, salvo que les fuera explicada por ese Espíritu que «todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1ª Corintios 2:10). Por lo tanto, inmediatamente después de la pregunta de Felipe, dio la promesa del Espíritu, junto con una enseñanza acerca de él, que prepararía a los discípulos para su venida y obra. De esa enseñanza final serán suficientes como encabezamiento, tres declaraciones principales:

a) «El Espíritu Santo – el que os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26)

b) «El Espíritu de verdad – él dará testimonio acerca de mí» (Juan 15:26).

c) «El Espíritu de verdad – él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:13, 14).

Estas palabras claramente demuestran dos cosas. Primero, que la obra del Espíritu es esencialmente la de revelar a Cristo a aquellos en quienes él ha hecho morada; y segundo, que el hombre sólo puede conocer a Cristo mediante la iluminación del Espíritu, así como el hombre sólo puede conocer a Dios por la revelación de Cristo.

Cualquier cristología que no sea el resultado directo de la enseñanza del Espíritu es falsa, por cuanto el misterio de su persona y el significado de su obra son igualmente inescrutables para la mente entenebrecida del hombre, y sólo pueden ser comprendidos a medida que la luz de Dios descienda sobre ellos. Por medio de Cristo, el Espíritu de verdad habita en el creyente y por medio del Espíritu de verdad, por lo tanto, Cristo llega a ser el Morador. Siendo él revelado al hombre por el Espíritu, el hombre es restaurado al conocimiento de Dios que había perdido por el pecado.

El conocimiento que el hombre tiene de Dios mediante Cristo por el espíritu puede contemplarse, entonces, considerando primero la revelación de Cristo por el Espíritu; luego, la comprensión de Cristo por medio del Espíritu; y finalmente el consiguiente conocimiento de Dios.

Una revelación individual e histórica

La revelación que el Espíritu ha hecho de Cristo ha sido individual e histórica. Comenzó su obra con individuos, y después por consideración a las generaciones venideras y en cooperación con ellas, procedió a preparar para el futuro. Por revelación personal de Cristo a individuos preparó a hombres para dejar un registro escrito tocante a Cristo. Luego mediante hombres así preparados vino a ser el Autor del nuevo registro. Completada esa narración, ha dado una exposición de ella a través de los siglos, en constante cooperación con los hombres.

El Espíritu comenzó su obra cuando en el día de Pentecostés bautizó a la compañía de almas que se hallaban en actitud de espera, en una nueva unión con Dios en Cristo. Al trazar su obra, pues, es necesario comenzar con los Hechos de los apóstoles, mientras que, por supuesto, al estudiar su revelación, la estructura del Nuevo testamento es el verdadero orden. En los Hechos de los apóstoles vemos al Espíritu comunicando vida a los hombres individuales, y luego dirigiéndolos definitiva e inmediatamente en todos los asuntos de su vida.

Una de las notas destacadas de la narración de la iglesia primitiva es de cómo estos hombres fueron específicamente guiados por el Espíritu, y no obstante, siempre se observa que su acción bajo su dirección es de lealtad a Cristo. El Espíritu impide o impele, pero son restringidos cuando él impide, o siguen adelante cuando él impele, siendo leales a Cristo. Así es evidente que si bien estos hombres eran conscientes de la constante interposición del Espíritu, reconocían que ésta era una interpretación de la voluntad de su coronado Señor para ellos.

Eventualmente, para la consolación de la iglesia en su relación a Cristo, y para la continuidad de su sentido de Cristo, era necesario que se escribiera ese relato de él como una persona en la historia, constituyendo una base perpetua para la interpretación del Espíritu. De esta necesidad surgieron las Escrituras que ahora se conocen como las del Nuevo Testamento. En estos escritos el único tema del Espíritu es Cristo. En los Evangelios están registrados los hechos que son necesarios tocantes a su persona y enseñanza. En ellos se le ve mayormente en espléndida soledad, separado pero en medio de los hombres; glorioso en verdadera y regia dignidad, como lo muestra la narración de Mateo; paciente en incesante servicio, según los registra Marcos, supremo en la realización del ideal divino de la humanidad, como lo demuestra el Evangelio de Lucas, y misterioso en la Majestad esencial de la Deidad como lo declaran los escritos de Juan.

Luego sigue ese tratado en el cual Cristo es manifestado en nueva unión con los hombres, continuando esa obra comenzada en aislamiento, en cooperación con aquellos que están unidos a él por el Espíritu Santo. Este testimonio tiene que ver casi exclusivamente con Cristo llamando a Sí mismo a los hombres para la remisión de pecados, para la renovación de la vida, para la restauración del orden perdido.

Pasando de esto, en los grandes escritos didácticos, el Espíritu revela a Cristo como realizado en el creyente, y expresándose a sí mismo por medio de la iglesia. Mientras que en los Hechos se le ve casi enteramente llamando al pecador, en las epístolas se le ve casi exclusivamente en su relación con aquellos que han acudido en obediencia a su llamado. Después, en el Apocalipsis, a un hombre que está «en el Espíritu» se le concede la propia visión que Cristo tuvo de su victoria venidera, y la consumación de todos los propósitos de Dios concernientes a los hombres, hechos efectivos en Cristo.

Una comprensión más amplia y profunda de Cristo

Al llegar a este punto, estando completos los escritos, el Espíritu no cesó su obra, sino más bien la comenzó en toda su plenitud y hermosura. A través de los siglos de la era cristiana puede trazarse una comprensión de Cristo siempre más amplia y profunda, debida invariablemente a la revelación del Espíritu a la iglesia de Cristo, una revelación que constantemente está en armonía con los escritos inspirados, de modo que no se ha revelado nada fuera de los hechos inspirados, de modo que no se ha revelado nada fuera de los hechos registrados en aquéllos, si bien en una comprensión siempre más amplia, ha llegado esta siempre creciente apreciación de Cristo.

Puede con seguridad afirmarse que la persona y obra de Jesús son más perfectamente comprendidas ahora que nunca antes, y que él, por el Espíritu, está demandando y recibiendo una mayor y más profunda lealtad que en cualquier tiempo pasado. Esta afirmación se hace con un reconocimiento muy intenso de que el conflicto que ha ido produciéndose en la periferia de la revelación cristiana se está concentrando alrededor de la ciudadela central de la persona de Cristo. En vista y en presencia de ese conflicto, no hay temor en el corazón de quienes sean conscientes de la continuada presencia y trabajo del Espíritu. El resultado tiene que ser una nueva vindicación de la personalidad del Dios-hombre, y una nueva apreciación de aquello que, relativo a él, siempre estará más allá de la posibilidad de declaraciones formuladas por parte del hombre.

Así se ve que el Santo Espíritu de verdad, mediante procesos de infinita paciencia, ya sea con el individuo o en la historia de la raza, continúa su sagrada obra de revelar a Cristo, interpretando su palabra y administrando su obra.

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Tomado de Las Crisis de Cristo, Tomo 2.