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Una revista para todo cristiano · Nº 28 · Julio - Agosto 2004
PORTADA
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«Yo no he perdido el interés en John».

¿Qué hacer con el rebelde de la clase?

Phyllis Swartz

Observo a John entrar con aire jactancioso a mi clase de séptimo año. Él ha regresado de una semana de suspensión por golpear a un alumno de sexto.

Cuando suena la campanilla de entrada, escribo un ejercicio introductorio en el pizarrón. Los estudiantes empiezan a copiar.

Excepto John. Él fija una mirada desafiante en su papel. Su actitud, hace afluir la sangre a mi cabeza; una vez más, está probándome, dibujando una línea de la batalla que él me desafía a cruzar.
«Debo enviarlo a la oficina del director», pienso. Probablemente lo castigará con otra suspensión, algo que a mí ni a los otros maestros les importaría.

Al verlo, sin embargo, el Espíritu Santo me toca. Siendo una maestra, sé cuán fácil es dejar que la justicia caiga duramente sobre los alborotadores como John. Pero también sé que ellos, de todos los estudiantes, necesitan particularmente una disciplina constructiva. Las persistentes súplicas de dos estudiantes de otros lugares donde he enseñado resuenan en mis oídos…

«¡No me dejes!»

Yo había conocido a Dina, una pequeña de cuatro años, visitando un hogar en Head Start, un programa de ayuda a pre-escolares de riesgo.

–¡Maestra, no me dejes aquí!–, me pidió ella, abrazándome, mientras su madre, de 21 años de edad, llevaba a su hermana, un bebé chillón –la menor de cinco niños–, a otra pieza. Otro hermano, de tres años, raspaba un cuenco encostrado con el cereal del día anterior. El servicio social estaba trabajando con la familia.

Cuando los grandes ojos castaños de Dina se fijaron en los míos, deseé poder sacarla de allí. El ambiente era pobre, sucio y maloliente. La propia Dina olía como si no se hubiera bañado durante un mes.
«Volveré la próxima semana», atiné a decirle cuando retiré sus brazos de mi cuello.

Supe que incluso los ojos cariñosos de una sucia pre-escolar como Dina podían sacar piedad de mí y de otros. Pero me pregunté cómo sería tratada ella cuando llegara ser una adolescente rebelde que ya no envolvería sus brazos alrededor de tu cuello implorando ayuda. Como una adulta, ella tendría, por supuesto, que aceptar la responsabilidad por sus propios actos –independientemente de su pasado– pero, ¿habría alguien que la entendiese cuando ella se volviera una madre adolescente que golpeara a sus hijos?
«Señor, ayúdame a recordar a Dina cuando me encuentre con personas desagradables», oré ese día. «Ayúdame por lo menos a considerar qué tipo de oportunidad han tenido ellos en la vida».

«No se rinda»

Pocos años más tarde, Dios me lo recordó. Yo había empezado a dar instrucción a los reos en una prisión estatal. Yo había decidido que mi aula sería un lugar donde estos hombres conocieran el amor y perdón de Dios.

Pero entonces empecé a oír sus historias. Un preso había asesinado a una muchacha de cuatro años. La había atado a un árbol y la había violado antes de verter gasolina encima de ella y quemarla. Me pregunté: ¿Podría Dios realmente amarlo, o perdonarlo?

Un día dirigí un corto seminario de alfabetización para cinco hombres condenados a muerte.

–¿Por qué quiere usted aprender a leer ahora?– pregunté a uno de ellos.

–Para leer la Biblia antes de morir– respondió.

Esa noche no pude dormir imaginando las atrocidades que esos presos habían cometido. ¿Habían sido ellos de verdad creados a imagen de Dios? ¿Desearía Dios que tales depravados leyesen la Biblia?

Después de cinco años de docencia en la prisión, acepté mi presente destinación en la escuela media pública de nuestro pueblo. En mi último día en la prisión, los reos supieron que yo estaría trabajando con alumnos de séptimo año.

–Diga a esos niños que no cometan los mismos errores que nosotros– me dijo un preso corpulento.

–Y, señora Swartz –agregó otro–, no pierda el interés por los chicos malos de su clase. Yo desearía que alguien no hubiera perdido el interés en mí.

...

John se mueve inquieto, volviéndome a la realidad. Todavía está malhumorado, sin trabajar. Por el momento, decido no seguirle el juego. Reparto otras tareas, respondo consultas y devuelvo papeles.

«¿Qué debo hacer con él?». Oro repetidamente mientras pasan los minutos. Mi mente ordena opciones, pero ninguna parece correcta para John hoy. Finalmente, cuando va a terminar el período, pongo un taburete al lado de su escritorio.

–¿Qué pasa, John?–, le pregunto reposadamente.

No hay ninguna respuesta, pero casi imperceptiblemente él se vuelve hacia mí, así que espero.

–Mi mamá nos abandonó anoche –dice por fin–. Dijo que nunca más volvería.

Aprieta sus dientes y sus ojos se encienden.

–Y yo me alegro. No quiero verla de nuevo. ¡La odio!

La campanilla suena y John abandona su pupitre. Al pasar, lo único que alcanzo a hacer es tocar torpemente su hombro. A tres pasos de su escritorio, sin embargo, él hace una pausa y momentáneamente me enfrenta. Por primera vez en todo el año veo un atisbo de suavidad en sus ojos. Entonces abruptamente, gira en sus talones y retoma su aire jactancioso de «chico duro».

El aula está ahora vacía, y mi suspiro hace eco en el piso enlosado. Sin embargo, estoy conmovida por lo que me ha dicho. En dos semanas el año escolar acabará, y como la mayoría de los estudiantes, él saldrá de mi aula y no le volveré a ver.

Entonces oigo de nuevo la voz del Espíritu: «Yo no he perdido el interés en John».

«Señor», oro, «si tu corazón es bastante grande para alcanzar a esos niños en Head Start y a esos presos en fila de muerte, ciertamente puede alcanzar a un rebelde en mi aula escolar media».

Las puertas se abren y los estudiantes empiezan a entrar para el siguiente período. Pero son otras dos voces las que oigo: la de una niña de cuatro años y la de un preso:

–¡Maestra, no me deje aquí!

–¡Señora Swartz, no pierda el interés por los chicos malos de su clase! Yo desearía que alguien no hubiera perdido el interés en mí.

Mañana, cuando John regrese –con la ayuda de Dios– volveré a intentarlo.

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Christian Reader (www.christianitytoday.com)