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Una revista para todo cristiano · Nº 28 · Julio - Agosto 2004
PORTADA
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«El matrimonio es una preparación y educación para el reino de Dios» (Larry Christenson).

El orden de Dios para el matrimonio:
Los maridos

Gran parte de los problemas matrimoniales se deben a que se viola el orden asignado por Dios para cada uno de los cónyuges creyentes. La influencia del mundo, un modelo paterno incorrecto, las deformidades de nuestro propio carácter, y una carencia de enseñanza bíblica sólida, han atentado una y otra vez contra la armonía familiar. Ante esto, sólo nos queda mirar al Señor y buscar la sana enseñanza de la Palabra de Dios.

Lo primero que debemos dejar claro es que Dios ha diseñado el matrimonio, por lo tanto, sólo él puede enseñarnos acerca de cómo éste debe funcionar. Dios le ha asignado un cierto papel a cada uno de los cónyuges. Ignorarlos, o inventar substitutos, es buscar el fracaso matrimonial.

El marido tiene un papel y la mujer tiene otro, de acuerdo a la configuración física, psicológica y espiritual de cada uno. El perfil de uno y otro no depende de la ideología o teoría de moda, sino del diseño de Dios.

1. El orden de Dios para el marido

El papel del hombre es representativo de algo que lo trasciende, y que está en Dios. En ese sentido, tanto el matrimonio como el papel del marido en él, encuentran su sentido sólo en el marco de la revelación divina.

La Biblia dice: «Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer» (1ª Corintios 11:3), lo cual le confiere al marido una posición de autoridad sobre la mujer, que no es, sin embargo, la suya en sí, sino que es un reflejo de la autoridad de Cristo sobre la Iglesia.

Pero, por otro lado, la Biblia también dice: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). Este amor tiene una característica sobrenatural, porque es el amor hasta el sacrificio con que Cristo amó a la Iglesia.

Por último, la autoridad del padre con respecto a sus hijos es una representación de la figura de Dios – Padre hacia todos nosotros. Por eso la Escritura les insta a portarse varonilmente, y a esforzarse. (1ª Corintios 16:13).

2. La razón de ser de la Cabeza

A. Escudo

El hombre, como Cabeza, es escudo para la familia: La familia (mujer e hijos) está expuesta en muchos frentes, por lo cual necesita la protección de la Cabeza.

a) A nivel físico: Esto se puede observar en el orden práctico, y descansa en la mayor fortaleza y reciedumbre del varón. Él puede realizar las labores domésticas pesadas que ni la mujer ni los hijos pequeños pueden hacer.

b) A nivel emocional (psicológico). Al asumir la responsabilidad en la toma de decisiones, en la disciplina de los hijos, y en la ‘lucha por la vida’, el marido está resguardando la salud emocional de su esposa, la cual no ha sido diseñada para enfrentar tales rigores.

c) A nivel espiritual: La mujer y los hijos están expuestos al ataque espiritual. El esposo es su escudo contra el ataque del mundo invisible de «principados y potestades» (Efesios 6:12). Así como Cristo, en cuanto Cabeza del varón, es, por así decirlo, escudo del varón, así lo es éste para la mujer. Si el marido no está ejerciendo su rol, el diablo tomará eventualmente a esa familia como «base de operaciones». Larry Christenson dice en su libro «La familia cristiana»: «Una mujer que no está protegida por la autoridad de su marido está expuesta a la influencia angélica maligna.»

B. Modelo

El hombre, como cabeza del hogar, es modelo de lo que Dios es con sus hijos: Un padre debe mostrar a sus hijos el carácter de Dios Padre, es decir, su amor y su autoridad. El autor Keith J. Leenhouts, en su libro «Una carrera de amor» atribuye su vocación de padre a la ejemplar figura de su padre: «Él me obsequió con el más valioso regalo. Cuando leí y escuché que Dios es como un padre, quise estar con Dios. Si Dios era como un padre, entonces Dios era poderoso, amante, bueno, cariñoso y grande. Tenía que serlo porque es como un padre, y eso es, exactamente, lo que fue mi padre.»

El ejercicio de la autoridad no debe producir ira, sino un sano temor (Salmo 119:120), y debe ir muy complementada con el amor. En la toma de decisiones, el padre podrá escuchar a su mujer (y eventualmente a sus hijos), pero en definitiva quien decide es él, y quien, a la hora de cometer errores, debe asumirlos enteramente.

3. La ruptura del orden

La ruptura del orden de Dios al interior de la familia se produce cuando: a) el hombre de ‘motu proprio’ cede su lugar a la mujer; b) cuando la mujer por sí misma usurpa el lugar del varón, o, c) cuando ambos, en un acuerdo tácito o explícito, así lo deciden. Entonces, el hombre asume un papel pasivo en cuanto a su rol de cabeza, y la mujer asume un papel activo en el mismo.

Esto se traduce a veces en asuntos tan prácticas como cuando el hombre realiza las labores domésticas, y la mujer se ocupa del sustento de la casa. O como cuando el hombre sigue los dictados de la mujer, y la mujer asume el gobierno de la casa. El resultado es una confusión de roles, confusión de modelos y anarquía. Christenson dice: «Cuando el esposo rehúye su responsabilidad de cabeza de su hogar, o cuando la esposa lo usurpa, el hogar sufre las consecuencias.» Muchas veces el hombre está demasiado dispuesto a rehuir esta responsabilidad –por la carga y molestia que implica– y la mujer está demasiado pronta a tomar lo que el esposo ha cedido.

Hoy existe una «feminización» de la cultura. La mujer, creada para ocupar un papel complementario («ayuda idónea»), ha ido ocupando un rol más y más protagónico. Esto ha ido produciendo hogares «unisex», en que ambos cónyuges se intercambian los roles, de modo que no hay nada ‘masculino’ ni nada ‘femenino’.

4. Causas en el hombre de esta ruptura del orden de Dios

a) Ignorancia: Esto puede deberse a una falta de instrucción en la Palabra de Dios, o a modelos familiares (o sociales) incorrectos. Tal vez el padre fue un hombre «gobernado» por su mujer, o él mismo creció con algún complejo por su personalidad débil.

b) Menosprecio. El hombre puede sentirse sobrepasado por los usos de la modernidad, por la influencia de una esposa autoritaria, o de unos hijos «educados». Es posible que el hombre se sienta «menos inteligente» o «menos espiritual». Esto se verá acentuado si «le cuesta expresarse con palabras» (ella puede decir las cosas más rápido y mejor), si tiene un carácter tímido o débil, si es «más lento» que ella, si no puede suplir las necesidades materiales de la familia como debiera, si se considera que ella es de una familia «bien» y él no, o si ella se considera «hermosa» y él demasiado «vulgar».

c) Pusilanimidad: Las continuas luchas con una esposa rebelde y de carácter fuerte pueden haber provocado en el hombre un cansancio, una falta de ánimo y una renuncia al ejercicio de la autoridad y los deberes de esposo y padre.

d) Comodidad: La habilidad de una esposa diligente y de carácter fuerte, puede haber provocado también en el esposo la comodidad, porque considera que ella lo hace mejor que él.

5. Consecuencias en el hogar:

a) Rencillas: Cuando el orden de Dios no está claro, todos los miembros de la familia procurarán imponerse unos a otros, la mujer al marido, los hijos a los padres, etc. Esto será causa de rencillas permanentes. «Dolor es para su padre el hijo necio, y gotera continua las contiendas de la mujer» (Prov. 19:13).

b) Inversión del orden de autoridad: La mujer será «el hombre» de la casa; el hombre, en tanto, será el que hace de «mediador» entre su mujer y los hijos, o en mero ‘ayudante’ de la mujer. Él tendrá un carácter apacible, en tanto, ella un carácter fuerte. Lo que debiera ser normal, es anormal. Estos son pésimos modelos para los hijos.

c) Confusión de roles sexuales (en los hijos): Ante tal espectáculo, si los hijos llegan a ser adultos con patrones de conducta normales, será casi por milagro. ¿Qué modelo le ha brindado el padre al hijo? ¿Qué modelo le ha brindado la madre a la hija? Probablemente ellos tendrán serias dificultades en sus propios matrimonios. Hay estudios que arrojan resultados alarmantes, como, por ejemplo, la incidencia en la homosexualidad.

d) Deformidad del carácter: La mujer perderá su delicadeza y femineidad. Ella adoptará una forma de hablar y de gesticular impropia de una mujer. El hombre, por su parte, exagerará su timidez, y tendrá actitudes de sumisión.

e) Ataques espirituales: Un hogar sin la cobertura espiritual y emocional de un marido provocará ataques diabólicos sobre la mujer y sobre los hijos. La mujer actuará bajo el engaño del diablo, y sus decisiones serán erradas. (2ª Tim. 2:14). Luego, recibirá permanentemente ataques espirituales que afectarán permanentemente su estado de salud, tendrá bruscos cambios de ánimo y depresiones. En los hijos, el diablo sembrará rebelión, y desaparecerá el temor de Dios. Muchas otras consecuencias podrían sobrevenir en un hogar caótico, donde se altera el orden de Dios.

f) Inutilidad en la obra de Dios. Un marido con tal familia, ¿podrá servir a Dios? Por muchos esfuerzos que realice, no le servirán de mucho. Dios no respaldará nada que se salga de su modelo y del orden que él estableció.

5. Solución: restablecer el orden de Dios. ¿Cómo?

a) Arrepintiéndose de corazón. Cada uno de los cónyuges deberá arrepentirse delante de Dios, y decidirse a cambiar su manera de pensar.

b) Aceptando que el orden de Dios fue diseñado para el bien propio y del matrimonio, con todas sus implicaciones; es decir, con un cambio real en la manera de actuar de aquí en adelante. El marido deberá asumir responsablemente el rol que ha abandonado por comodidad o debilidad.

c) Aceptando que la mayor responsabilidad en el hogar le corresponde al marido, y que ésta es indelegable.

d) El marido deberá someterse a la autoridad de Dios, para que él le permita establecer la suya propia en el matrimonio y el hogar. La autoridad del marido cristiano no se impone mediante la fuerza o la coerción, sino que es una autoridad espiritual.

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«Aguas Vivas», 2004.