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Una revista para todo cristiano · Nº 27 · Mayo - Junio 2004
PORTADA
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"Bocetos" · Suplemento Juvenil
Para jóvenes dispuestos a servir

Consideradas por nuestro Amado

Muchas veces pensamos que sólo los adultos, o los varones de la Iglesia, pueden servir al Señor. Que el servicio más importante es predicar en un púlpito. Pero esto no es lo único que cuenta para Dios. Queridas hermanas, el Señor tiene una especial consideración por las mujeres – también por las jovencitas.

En la Biblia encontramos muchas mujeres que cumplieron un rol trascendental en su tiempo. Así, podemos mencionar a Sara, Rebeca, Rut, Ester, Rahab, entre otras. Aun más, nuestro amado Señor Jesucristo nació de una mujer escogida por Dios. También sabemos que la mujer simboliza a la Iglesia de Cristo, su amada, por la cual Él dio su vida. ¡Cuán grande es el amor del Señor por nosotras!

Les cuento que por mucho tiempo yo me sentía muy inútil para el Señor. No podía hacer nada para Él. No tenía nada que ofrecerle. Esto me entristecía mucho. Hasta que un día presenté esta carga al Señor, y Él me hizo comprender que todo tenía su tiempo, y que la obra no era mía, sino de Él. Que si sentía que no tenía nada que entregarle, el Señor sólo quería mi corazón, para que toda la gloria fuera suya.

Pasó algún tiempo, hasta que se me presentó la oportunidad de hacer clases a los niños en la Iglesia. Mi primer pensamiento fue: “Yo no tengo paciencia con los niños, y no sé tratar con ellos, ¿cómo voy a enseñarles del Señor si yo no sé mucho de Él?”. A pesar de mis temores fui tan bendecida por el Señor, que no entendía de dónde provenía mi paciencia, ni de dónde salían las palabras, de modo que los niños las entendían y recordaban. Entonces comprendí que el Señor es quien capacita y quien da la gracia para desarrollar algún servicio. Desde ese día, brota desde mi corazón un amor tan grande hacia los niños, que no puedo explicar. Soy feliz por ser, en alguna medida, útil para el Señor, porque Él se merece todo de nosotras.

Así que, hermanas jóvenes amadas, dispongamos nuestro corazón al Señor, y Él nos dará gracia para servirle. Yo las insto en el amor del Señor a que le busquemos, y que renunciemos a todo aquello que estorba al Señor para usarnos en su obra, y Él nos recompensará de acuerdo a su infinita bondad y su gran amor para con nosotras.

Ingrid Romero M.

 

¿Quién ordena mi vida?

Todas nuestras acciones obedecen a un objetivo. Cuando intentamos alcanzar un determinado objetivo podemos actuar de dos formas: intentar guiar la mano de Dios hacia donde queremos, o dejar que la mano de Dios nos guíe como él quiera. Quisiera que descubriéramos, a través del ejemplo de dos mujeres en la Biblia, ambas formas de actuar.

Rebeca. Cuando ella estaba embarazada de sus hijos, Dios le reveló que “el mayor serviría al menor”; sin embargo, llegado el momento de la bendición del padre al primogénito, Rebeca engañó a su esposo para que su hijo menor recibiera esa bendición. Ella usó su astucia para “ayudar” a Dios a cumplir la profecía. Pero, ¿qué ganó con ello? A causa de esto, se generó una gran enemistad entre sus hijos. Esaú esperaba la ocasión de matar a su hermano, por lo cual Rebeca tuvo que llorar la ausencia de Jacob por 20 años. Rebeca actuó conforme al deseo de su propio corazón, y no según Dios.

Rut. Muy diferente es el caso de Rut. Después de quedar viuda, ella acompañó a su suegra de vuelta a Israel, aún siendo moabita. Amparándose en la ley del Señor, fue al campo para recoger espigas. “Por casualidad” fue al campo de Booz, un pariente que podría redimirla. Ella no conocía a Booz, en cambio él ya había oído hablar muy bien de ella.

Siguiendo la tradición judía, su suegra le envía una noche a la era, para hablar con Booz. Ella actúa con limpieza de corazón. Por eso, él la alaba, y más tarde arregla los asuntos para casarse con ella. Ella no actuó conforme a su corazón, más bien, Dios preparó las circunstancias para que ella no hiciera otra cosa que obedecer a Dios.

Sabemos que a nuestra edad debemos tomar decisiones que tendrán consecuencias para toda nuestra vida: la elección de una vocación, de un esposo(a), y también el servicio al Señor. En todo esto, podemos actuar de dos formas: intentar dirigir la mano de Dios donde “creemos” que más nos conviene utilizando la astucia, como Rebeca (¿obtendríamos así algún fruto espiritual?), o dejar que Dios tome el control de nuestras vidas y hacer todo infinitamente mejor de “lo que pedimos o entendemos”, aunque a veces esto signifique renunciar a nuestros propios anhelos. La Palabra nos alienta a “perder para ganar a Cristo”.
Dámaris Apablaza

 

Mujer de Dios

Hoy en día vivimos en un mundo lleno de peligros, libertinaje, promiscuidad y codicia sexual en proporciones epidémicas. Existe una decadencia moral en el mundo, y en este contexto es común observar a la mujer como un objeto sexual. Este estereotipo puede verse en programas de televisión (teleseries, reality shows), revistas eróticas, películas (incluyendo las pornográficas) e incluso en Internet.

La mujer moderna es independiente, exalta su belleza física con audacia. Sin tapujos exhibe su cuerpo de manera sugerente, con minifaldas, petos o grandes escotes, con peinados ostentosos, llenas de adornos, joyas, etc. Esta mujer ya no es objeto de pasión o romanticismo, antes bien, ha consentido la codicia sexual de los hombres, ha dado pie a un mundo de tinieblas, lleno de lujuria, lascivia y fornicación.

El mundo está convulsionado. La concupiscencia e inmundicia son normales para la juventud. Como jóvenes cristianos enfrentamos el peligro de aceptar, y no juzgar, el comportamiento de esta generación.

En las Escrituras entendemos la importancia de la mujer. La mujer representa a la Iglesia, la amada de Cristo. Una mujer de Dios, es un ser sublime, de belleza incomparable e incorruptible, posee un espíritu afable y apacible. La mujer cristiana no necesita los adornos que utilizan las mujeres del mundo; ella por sí sola resplandece. Una mujer es valorada, respetada y honrada. La mujer creyente es hermosa, es coheredera de la gracia del Señor, y su anhelo es ser desposada por Cristo su amado.

Bienaventurado el hombre que aprecia su infinita belleza, que ve más allá de lo externo. Que aprecia el contenido, el fruto de la aflicción de Cristo, reunido y representado en la mujer.

Hermana, tu naturaleza como mujer de Dios no es de este mundo. Poseemos una naturaleza celestial y ésta debe ser expresada dando buenos frutos, dejando que Cristo sea formado en nosotras. Por tanto, ¿quién podría negar la belleza de la mujer de Dios?
Mixsy Neira


BIOGRAFÍA

María J. Dyer

La historia de María J. Dyer es una maravillosa demostración de la fidelidad de Dios para quienes confían en él. María era hija de misioneros ingleses radicados en China. Quedó huérfana siendo muy pequeña, por lo que se crió al cuidado de su tutora Miss Aldersey. Más tarde, cuando era ya una joven, comenzó a trabajar en el campo misionero con el matrimonio Jones, en Ning-po. Como dominaba a la perfección el idioma nativo, fue de gran ayuda.

En ese tiempo conoció a Santiago, uno de los pocos misioneros que allí se encontraban. Al instante, sintieron una admiración mutua, ya que tenían ideas similares, aunque bastante distintas de las que sostenían los demás. María no le habló a nadie de sus sentimientos, sino sólo a Dios, quien era el único que podía comprenderla.

Pasado un tiempo, Santiago le envió una carta declarándole su amor, pero su tutora la obligó a rechazar la proposición. Santiago generaba cierto rechazo entre los misioneros más conservadores debido a que se adaptaba a las costumbres chinas para llevar el evangelio.

María sufrió mucho durante ese tiempo, pues lo amaba. Entre tanto, Santiago averiguó que su tutora no era familiar de María, sino que el familiar más cercano era un tío que vivía en Inglaterra.

Cierta vez se encontraron en una reunión de misioneros donde Santiago pretendía pedirle permiso a María para escribir a su tío. Cuando ambos se vieron, después de mucho tiempo de separación, sufrimiento y espera, se declararon su amor mutuamente, mientras sus amigos escuchaban en silencio. Luego él le dijo “Ahora pongámoslo todo delante del Señor en oración”.

La carta fue escrita; pero la respuesta no llegaba. Entretanto, la tutora de María hacía todo lo posible por evitar la unión. Durante este tiempo, María y Santiago no tuvieron paz de verse, aumentando así la angustiosa espera.

Un día, María fue de visita a casa de los misioneros Gough. El señor Gough hablaba de Santiago con tal aprecio, que el corazón de María se llenó de nostalgia. De allí su fue directamente a su cuarto, donde permaneció de rodillas por largo tiempo delante del Señor, quien le consoló con estas palabras: “Esperad en El en todo tiempo, ¡oh, pueblos! Derramad delante de El vuestro corazón: Dios es nuestro amparo” (Sal.62:8).

Finalmente llegó la respuesta, y era favorable.

Quince días antes de la boda, Santiago creyó conveniente recordar a su futura esposa cuál era su situación económica, que dependía absolutamente de Dios por medio de sus siervos, a quienes, sin embargo, él nunca pedía dinero. María le interrumpió: “¿Te has olvidado que cuando niña fui abandonada huérfana, en una tierra lejana? Dios ha sido mi Padre todos estos años, ¿y piensas que ahora tendré miedo de confiar en El?”.

“Mi corazón saltaba de alegría”, contaba después Santiago. “¡Y con razón, porque el precio de una mujer así es mucho mayor que el de los rubíes!”.

Santiago es conocido en la historia como el misionero Santiago Hudson Taylor, fundador de la “Misión al Interior de la China”, y María fue su fiel esposa, de inapreciable ayuda en su servicio.


Suministro Inagotable

Tú eres mi leche y mi miel,
el vino y el pan, suministro de vida,
vida eterna y abundante,
vida victoriosa,
vida de paz.
No escatimaste dar tu vida por mí
y hoy yo dependo de Ti.
Porque nada mío sirve,
nada bueno tengo para ofrecer,
sólo mi corazón para que habites,
todas sus habitaciones para que limpies,
mi espíritu rendido a tus pies,
mi alma alabándote.
Mosto a mis labios tu Palabra es,
leche las enseñanzas que tienes para mí,
lugar en tu mesa me has reservado,
y en tu habitación,
posada donde dormir.

  Oh Amado!

¡Oh Amado!
Refléjate en mí y hazme brillar
como la luna lo hace a causa del sol.
Así, al mirarte, Cristo bendito,
poder resplandecer a causa de tu belleza.
Prepara mis vestidos
haciéndolos blancos como nieve;
purifícame
para ser parte de esa novia gloriosa
ataviada sólo para Ti.
Las bodas se acercan ¡oh Amado mío!
Alegraremos el corazón del Padre
en el día de nuestra madurez.
Y diremos: ¡Ven Señor Jesús!
porque todas las cosas estarán rendidas
bajo Tu autoridad.

Chantal Olivares W.

EQUIPO DE REDACCIÓN: Alvaro Soto V. · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés Contreras L.

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