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Una revista para todo cristiano · Nº 27 · Mayo - Junio 2004
PORTADA
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Una efectiva y verdadera salvación tiene que salvar la voluntad del hombre.

La salvación de la voluntad

Roberto Sáez
Síntesis de un mensaje oral compartido en el Retiro de Rucacura 2004, Chile

«Porque Dios es el que produce en vosotros el querer como el hacer por su buena voluntad» (Fil.2:13). «... No queriendo que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento» (2ª Ped. 3:9). «El cual (Dios) quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1ª Tim.2:4).

El querer o desear algo, está directamente relacionado con la voluntad. La voluntad es aquello que define lo que somos; está en el centro de nuestro ser y es lo que podría llamarse el «yo». La voluntad es libre, nadie la puede obligar o esclavizar; cada cual la entrega voluntariamente a lo que más le parezca o convenga. Sin embargo, sabemos el daño que sufrió con la caída; quedó atrofiada y contaminada por el enemigo de Dios.

La desobediencia

La desobediencia tuvo lugar en la rebelión de Luzbel.Éste era el ángel principal. La maldad se halló en él y fue expresada en el acto de negarse a querer lo que Dios quiere. Desde luego, tal osadía fue un atentado contra la voluntad de Dios. Este es el pecado más grave que existe dentro de la escala de valores espirituales en el reino de Dios. La voluntad de Dios es soberana, absoluta, santa y justa. No se puede contender contra la voluntad de Dios porque él es Dios y el resto son criaturas. No puede el barro levantarse contra el alfarero para discutir por qué le están dando tal o cual forma.

La desobediencia rebelde trajo la separación y la enemistad total. A partir de entonces, Luzbel. pasó a llamarse «diablo», que significa «adversario», «enemigo» de Dios, a tal extremo de no querer nada que provenga de Dios. Se alejó infinitamente de Dios oponiéndose a todo lo que proviene de Dios. Así, éste no quiere el perdón de Dios, ni su amor, ni salvación, ni misericordia, ni nada que provenga de Dios.

El diablo hizo caer al primer hombre en su misma rebelión. Recordemos que rebelión es resistir la voluntad de Dios. Bastó una sola desobediencia para que la ruina se desatara hacia Adán y, a través de él, a toda la raza humana. Dios es Santo y en él no hay ni una tinieblas. El juicio y el castigo vinieron como consecuencia, y el hombre, al igual que Satanás, quedó destituido de la gloria de Dios por no querer lo que Dios quiere.

Cuando el hombre cayó, su voluntad quedó ligada a la voluntad de Satanás. El pecado forma parte de su naturaleza y, aunque sepa lo que es el bien, no puede hacerlo, y no puede evitar el pecado. Así, es un esclavo del pecado. Sin embargo, para el hombre, a diferencia de Satanás y sus ángeles caídos, hubo salvación de parte de Dios. La caída hizo un daño tremendo en la voluntad del hombre; la salvación de Dios consiste en traer a la obediencia de su reino la voluntad caída del hombre. Aunque esto es un proceso que dura toda la vida de un cristiano, en la salvación inicial se recuperó el deseo de hacer la voluntad de Dios.

La salvación de la voluntad caída

La salvación de la voluntad consiste en volver la voluntad del hombre a su estado original, esto es, una voluntad libre. El hombre que Dios creó fue hecho libre para tomar decisiones, de lo contrario sería una marioneta en las manos del Creador. Dios nunca obliga al hombre para que le obedezca, a diferencia de los demonios que siempre están violando este principio.

Una efectiva y verdadera salvación tiene que salvar la voluntad del hombre. El creyente puede experimentar muchas satisfacciones al creer en Dios, y obtener muchos conocimientos de la Biblia, pero si su voluntad no ha sido recuperada, su experiencia con Dios aún es superficial.

Existen dos voluntades opuestas: la de Dios y la de Satanás; el hombre se inclina ante una de las dos. Con la caída, la voluntad se hizo esclava de Satanás; desde entonces, el hombre ha estado asintiendo a la voluntad del enemigo y resistiendo la voluntad de Dios. Al aceptar las propuestas del enemigo, todos sus actos pasan a estar controlados por el adversario. Cuando nuestro Señor estuvo acá, encontró en los israelitas la naturaleza de Satanás: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer... (él) es mentiroso y padre de mentira» (Jn.8:44). ¡El querer y el hacer de los judíos estaban bajo la voluntad del diablo! Ellos tenían una religión, un culto, pactos y promesas de Dios; estaban orgullosos de ser descendientes de Abraham, sin embargo, su voluntad estaba sujeta a la voluntad del diablo. ¡Qué vanos son los recursos de la religión y los esfuerzos del hombre por su salvación!

No existe otra salvación que la que Dios le da de suyo. La salvación pertenece a nuestro Dios. Dios ha decidido salvar y lo manda a pregonar: «Es mi voluntad que todos sean salvos». La salvación de Dios es un decreto y una obra que sale de su propia voluntad. El hombre se encuentra muerto y, por lo tanto, imposibilitado de hacer nada por sí mismo en cuanto a la salvación. Aunque Dios quiere salvarlo, no se lo puede imponer, no lo obliga, no puede decidir por el hombre aunque es su voluntad salvar, pero no lo puede obligar a quererlo ni aceptarlo – a lo más puede persuadir con ruegos enviando a sus embajadores a pregonar su deseo: «Os rogamos en el nombre de Cristo: reconciliaos con Dios». ¡Dios quiere! El asunto es: ¿Quieres tú?

El hombre tiene que querer porque Dios no puede violar sus propias leyes. Sin embargo, la salvación que el hombre tiene que querer es solamente la que Dios le da desde arriba y no la que a él se le antoje, porque nada que venga de sí mismo le puede salvar. Debemos entender que es Dios el que quiere salvar y nosotros aceptamos o tenemos que querer la salvación que nos viene de él. Nada más.

La salvación jamás se origina en el hombre. Todo lo que se origina en el hombre es inaceptable a los ojos de Dios. La voluntad del hombre está caída y es Dios quien llega al hombre para levantarlo. Entonces, sólo tiene que aceptar lo que Dios le ofrece, pero la voluntad del hombre es rebelde y resiste. ¿Nos damos cuenta de lo perdido que está el hombre?

La responsabilidad de perderse o salvarse recae en el hombre. Así como la caída fue un pecado de la voluntad del hombre en desobedecer, en la recuperación de su voluntad caída ella debe regresar a la obediencia a Dios.

Cuando el hombre acepta la palabra de Dios por el evangelio, es socorrido por el Espíritu Santo para levantar su voluntad caída y traerla a la obediencia de la fe en el Hijo de Dios.

Abandono y entrega de la voluntad

En la salvación de la voluntad caída debe haber un deseo de abandonar la voluntad propia, abandonar su independencia y entregarla a Dios para unirla con la voluntad de Dios. Pablo dice que a causa de nuestra «humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia» (Rm.6:19). «Nuestra humana debilidad». Voluntariamente nos hicimos esclavos del pecado, luego éste nos esclavizó. Nada podíamos hacer para ser libres de él. Pero vino Cristo y nos libertó de la esclavitud, y ahora que somos libres, ¿qué haremos con nuestra libertad? Somos tan débiles que no sabríamos qué hacer, así que lo que más nos conviene es entregar nuestros miembros a la justicia y hacernos esclavos voluntarios de la justicia.

No basta dejar de servir a la inmundicia. En el camino de unir nuestra voluntad a la de Dios encontramos cuán horrendo es el «yo». ¡Cuán díscolo es, cuán engrosado, astuto, engañoso, individualista y difícil de conocer! Se esconde y se asoma, es sutil, aparatoso, especialista en autodefensa, a veces emocional y otras intelectual. ¡Cuán egoísta es, qué estorbo para la obra de Dios! ¡No tiene remedio! ¡Lo mejor es que se muera! –pero lo queremos tanto– oh, si comprendiéramos la necesidad de morir al «yo», ¡cuántos golpes nos evitaríamos!

El evangelio que predicamos tiene que producir una unión de nuestra voluntad con la de Dios, y si no es así, algo está fallando en nuestra misión. Tal vez hayas tenido una actitud de asentimiento intelectual a la palabra de Dios – sabes desde niño que Dios existe. Pero saber esas cosas en tu mente no te servirá si no has rendido tu voluntad a la de Dios. Estarás de acuerdo con Dios en muchas cosas y en otras tantas lo habrás sentido muy cerca al extremo de llorar al sentir su llamado y su presencia; sin embargo, aún retienes tu voluntad. Ni la mente ni las emociones harán que te unas a Dios sino la rendición de tu voluntad a la de él. Los hombres han inventado religiones para la mente y para la razón: ambas son totalmente inútiles para salvar la voluntad caída del hombre. Unos presentan la vida cristiana como un «sentimiento de gozo y paz», y otros la presentan como «un conocimiento muy profundo». Ni lo uno ni lo otro. Si el llamado de Dios no ha doblegado tu voluntad para que quieras lo que Dios quiere y aborrezcas lo que él aborrece, aún no es suficiente.

La disciplina de Dios

Debido a la obstinación de nuestra voluntad, Dios permitirá que nos pasen muchas cosas desagradables a fin de conseguir que unamos nuestra voluntad a la suya. Dios nos despojará de nuestros bienes, de nuestra salud, familia, fama, lo que sea –exceptuando nuestra voluntad– con tal de someter nuestra voluntad a la suya. No existe otro modo. Muchas veces seremos privados del gozo de su presencia, nos hará pasar por la sequedad espiritual a fin de que lo anhelemos sólo a él. A veces pasaremos por días oscuros, quedaremos sin el consuelo de Dios, seremos despojados de todo lo agradable si es necesario. Dios es amor, pero lamentablemente, muchas veces no respondemos al amor de Dios sino a su disciplina.

La voluntad del creyente ha de ser quebrantada, por lo cual Dios deja caer su mano rectora golpeando a sus hijos, afligiéndolos, a fin conseguir la unión de su voluntad con la de ellos. Dios hará que sus hijos se le rindan; no los puede obligar, pero sí los puede persuadir y puede emplear muchos medios de persuasión hasta hacerlos abandonar su ego.

La vida del alma tiene mucha fuerza y confianza en sí misma. La disciplina de Dios hará que paulatinamente el creyente vaya perdiendo esta clase de vida y prefiera a cambio la vida de Dios en él. Los hombres más espirituales han sido los que más han aprendido a negarse. Los que han llegado más lejos en el camino de nuestra unión con Dios son los que ya no viven, sino Cristo en ellos.

Discernir la voluntad de Dios

Aunque en nuestra experiencia inicial de salvación, cuando fuimos hallados por Dios, fuimos salvos de nuestra voluntad caída, el daño que causó la caída fue tal, que se necesita toda la vida de un creyente para unir de una manera perfecta la voluntad del creyente con la de Dios. El creyente no conoce la voluntad de Dios y necesita discernirla cada día y en cada circunstancia.

«No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti» (Sal. 32:9). Esta ilustración refleja muy bien nuestra condición; somos como el caballo o como la mula, sin entendimiento; necesitamos que Dios nos sujete, y para ello debemos pedirle que no permita que nos desviemos, que tire de las riendas para sujetarnos a él. Dios responderá creando en torno nuestro circunstancias que nos regulen; pero de la misma manera como cuando la mula se encapricha, nos pasará a nosotros porque nuestra voluntad va a resistir esas circunstancias. ¡Veamos a Dios en las circunstancias! No resistamos lo que Dios preparó para nuestra formación.

El Espíritu de Dios es el Espíritu de verdad y él tiene la misión de guiarnos a toda verdad. «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn. 8:32). La forma que Dios ha provisto para que sus hijos sean libres de su voluntad dañada es que confronten su corazón con la verdad. Cada creyente ha de discernir la voluntad de Dios mediante este acto de revisión interna: ¿es verdadero esto? ¿Hay algún engaño en esto? ¿Esto es de mi carne o es de Dios? No hay dónde perderse: el Espíritu da testimonio de la verdad. Sabemos que la verdad es Cristo y todo lo que no concuerda con Cristo no es de Dios, sea un pensamiento o una acción. En realidad, la voluntad de Dios es Cristo. Dios por su Espíritu nos está diciendo: Así como fue mi Hijo entre ustedes, así tienen que ser ustedes. Discernir eso es llegar a lo verdadero y será para nosotros la voluntad de Dios.

Restaurando la voluntad descarriada

Hay muchos cristianos que han quedado en el camino por haber permitido que el enemigo les venciera en un tipo de pecado. Perdieron el dominio propio gradualmente y llegaron a la conclusión de que la vida cristiana no era para ellos ¿Dónde se perdieron? ¿en qué punto de la carrera extraviaron el camino? es posible que hayan albergado en sus pensamientos los susurros del enemigo. Aceptaron las impurezas, luego el enemigo tomó el control su voluntad, aceptaron la tentación una y otra vez, el pecado dio a luz la maldad, y se enredaron hasta perder el dominio propio.

Recordemos que la voluntad es un sagrado templo que fue creado en libertad de tomar decisiones. Cuando el hombre es enfrentado a una realidad determinada, debe tomar una decisión. El enemigo es mentiroso y, por supuesto, usará todo tipo de artimañas para que el creyente piense que no es capaz de tomar esa decisión. Pero la verdad es que sí puede levantarse y decirle al enemigo que ya no quiera nada más con él. Será un forcejeo de titanes, una lucha tremenda. El cristiano necesita echar mano a todos los medios de gracia, reconocerá que le ha venido de Dios un querer ser libre y ser restaurado, por lo cual el arrepentimiento le sobrevendrá inquietándole a pedir perdón y a humillarse ante los hermanos para pedir ayuda. Confesará sus pecados, se enfrentará a la luz mediante la confesión, avergonzará su carne, se humillará ante todas las personas que afectó pidiéndoles perdón, buscará estar en las reuniones de la iglesia porque sabe que necesita del cuerpo de Cristo.

El Espíritu Santo le hablará para fortalecerlo, se reactivará la comunión de su espíritu con el Espíritu Santo, el enemigo duplicará las asechanzas (se le está escapando un esclavo), el hermano se volverá al Señor luchando en su interior por ser libre, la gracia de Dios lo sacará de todo compromiso con las tinieblas, usará a los hermanos para ministrarle liberación de espíritus inmundos –si fuera necesario, ejercerá la libre determinación de su voluntad para retirarla de los demonios y ofrecerla a Dios nuevamente. Habrá que insistir muchas veces hasta obtener la restauración del hermano. Es indispensable que en todo el proceso el hermano caído sea sincero y confiese sus debilidades abriendo su corazón a los hermanos que le están socorriendo. Si oculta sus pecados no habrá ni una posibilidad de liberarlo. «El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Prov. 28:13).

Confrontar el corazón con la verdad es la única forma de mantener siempre una voluntad libre de la esclavitud del pecado, dejar que la verdad nos reprenda, que actúe cual espejo para mostrar nuestros caminos torcidos, ser confirmado en la verdad. Todo esto es lo más saludable.

Renovando el entendimiento para comprobar la perfecta voluntad de Dios

«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Rm.12:1-2).

Por este pasaje, nos damos cuenta que unir la voluntad humana a la de Dios es un acto que está vinculado con el resto de las funciones de cada uno de los miembros del cuerpo. La voluntad es vulnerada cuando el cristiano no mantiene una higiene mental. La consagración de nuestros cuerpos en el altar de la cruz es algo que necesitamos hacer a diario. La mayoría de los pecados se cometen con el cuerpo, y la puerta de entrada es la mente. La mente es el órgano más cercano al espíritu y también es el que nos comunica con el mundo exterior. La mente tiene la función de discernir lo que nos viene por el espíritu y también decodificar los mensajes que nos vienen del exterior, entre los cuales vienen los susurros de Satanás. La forma de resistir esos mensajes del maligno es «presentando nuestros cuerpos en sacrificio vivo».

La voluntad no se encuentra aislada del resto de los miembros del cuerpo. La mente es el canal de información que tienen todos los órganos del cuerpo, el encargado de ejecutar esas informaciones sean espirituales o carnales es la voluntad. La voluntad debe estar entregada a Dios. A una voluntad unida a la de Dios le será fácil rechazar todo lo que no es de Dios, pero si el corazón (centro de los afectos del hombre) anhela y alberga deseos ajenos a la voluntad de Dios y el cristiano se descuida en presentar sus miembros en el altar del sacrificio, se relaja acariciando pensamientos impuros, la voluntad finalmente estará débil porque ella misma admitió tales pensamientos. La voluntad es la que determina y toma decisiones; la mente sólo informa lo que ve hacia dentro y hacia fuera.

Comprobar la perfecta voluntad de Dios es comprobar cuál sería la actitud de Cristo en tal o cual circunstancia. La voluntad de Dios no es un tratado de doctrina o un cúmulo de conocimientos, ni un manual de conducta cristiana, sino que la voluntad de Dios es una persona: Jesucristo el Señor. Siendo Cristo la voluntad de Dios, todo lo que tengo que hacer es permanecer en él, andar en él, vivir en él, descansar en él. Todo es en él, por él y para él.

La mente es un campo de batalla donde las fuerzas del mal quieren conquistar el terreno, y por otro lado Dios, que es el dueño –porque él nos creó– busca este terreno para que le pertenezca a él. El enemigo es un usurpador y quiere robar lo que es de Dios, por lo cual usará toda suerte de engaños para lograr su objetivo. Las personas se rinden a uno o a otro. En cuanto a nosotros, estamos por el Señor Jesucristo, quien nos ha salvado del poder del enemigo.

La mente es un terreno para ser sembrado con las semillas del reino de Dios. En este caso, el enemigo también tiene sus propias semillas, sólo que éstas son de maldad. El cristiano sabe a quién permitirle sembrar. «Porque los que son de la carne piensan en las cosa de la carne; pero los que son del Espíritu (emplean su mente para pensar) en las cosas del Espíritu» (Rm. 8:5).

Los cristianos tenemos la mente de Cristo. Los nuevos y los antiguos, sólo que los antiguos están más ejercitados en subordinar su mente a la de Cristo. El asunto está en el querer. ¿Qué es lo que quieres? ¿quieres hacer tu propia voluntad o la de Dios? Tú y sólo tú eres quien lo decide.

«Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas (imágenes) derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». El cristiano tiene armas espirituales. Ha sido dotado por Dios de armamentos que le dan la victoria: sólo tiene que usarlos.

Estas armas son: 1) La sangre de Jesús, 2) La palabra del testimonio, 3) El tomar la cruz. Sólo tiene que confrontar su fe con los susurros del diablo y sabrá qué hacer. Tendrá que confrontar su corazón con la verdad de Dios. Allí sabrá cuál es la perfecta voluntad de Dios, en ese punto fino donde renuncias a ti mismo y apruebas la voluntad de Dios; allí, en ese punto en que sabes cuál es la voluntad de Dios y te inclinas ante él para obedecer, allí se produce la renovación del entendimiento. Cuando obedeces a Dios, cuando no te conformas a esta era, cuando te sacudes la cultura mundana humanista y te vuelves a Dios para obedecerle a él. No es que primero entiendas, sino que primero obedeces a lo que sabes en tu espíritu que es la voluntad de Dios, y entonces vendrá la renovación del entendimiento. El espíritu conoce antes que la mente; la mente sólo comprende lo que el espíritu recibe de parte de Dios.

No pensemos que la renovación del entendimiento es la liberación de las cadenas del enemigo solamente, sino que se produce cuando llega a cooperar con el Espíritu de Dios, permitiéndole llenarla de luz y sabiduría de Dios con toda su creatividad, funcionando para Dios.

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