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Una revista para todo cristiano · Nº 27 · Mayo - Junio 2004
PORTADA
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Dios se propone que todo aquello que está en Cristo llegue a estar plenamente encarnado en la Iglesia.

Vino para servir

Rodrigo Abarca
Síntesis de un mensaje oral compartido en el Retiro de Rucacura 2004, Chile.

«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

El significado de los evangelios

En este versículo se resume lo que el Espíritu Santo nos ha querido decir acerca de Jesucristo en el evangelio de Marcos. Cada evangelio enfatiza algún aspecto principal del Señor, su vida y su ministerio. Y éste es el énfasis particular del evangelio de Marcos, descrito aquí de manera magistral y sintética.

Hermanos amados, quisiera compartir acerca del propósito que Dios tiene para su iglesia en el tiempo presente. Como todos sabemos, Dios tiene un propósito eterno para la iglesia, y ese propósito eterno está centrado en su Hijo Jesucristo, y en la iglesia como el cuerpo de Cristo. Pero, cuando digo «el tiempo presente», me refiero al tiempo transcurrido desde el momento en que el Señor se fue hasta el momento en que él regrese otra vez por su iglesia. La presente dispensación, como le llama el apóstol Pablo.

Los evangelios fueron escritos más o menos entre el año 55 y el año 63, cuando Pedro había dejado ya Jerusalén, y Juan Marcos estaba con él. Eso nos da mucho tiempo desde la época de la fundación de la iglesia en el año 33 en Jerusalén. Tenemos 30 años, por lo menos, de historia de la iglesia. 30 años de gloria, expansión y crecimiento. Cuando los evangelios se escribieron, Pablo había escrito la mayoría de sus cartas a las iglesias. Uno debiera preguntarse por qué el Espíritu Santo tardó tanto tiempo en inspirar a los hombres a escribir los evangelios. Cuando abrimos nuestra Biblia en el Nuevo Testamento, lo primero que encontramos son los evangelios. Pero en la historia de la iglesia, lo primero fueron las cartas de Pablo.

En los evangelios nosotros encontramos a Jesucristo. Pero el contexto para el cual fueron escritos es la iglesia, y la iglesia que ya ha recibido una revelación del propósito eterno de Dios.

Luego, hermanos, encontramos que Dios se propone que todo aquello que está en Cristo llegue a estar plenamente encarnado en la iglesia; que todo aquello que pertenece al Señor Jesucristo pertenezca también a la iglesia. Y éste es el tiempo que vivimos, cuando la iglesia está siendo preparada. Y su preparación no es otra cosa que el ir apropiándose progresivamente de toda la plenitud que está en Cristo.

Pablo ya había escrito de esto cuando Marcos escribió su evangelio. Entonces, cuando leemos este evangelio, debemos entender que aquí no tenemos sólo la vida de Jesús en términos históricos. Lo que leemos aquí acerca de Jesucristo es lo que Dios quiere para su iglesia. Que todo en ella sea conformado a Cristo.

Madurando para servir

Hoy quisiera compartir con ustedes un aspecto de Cristo que la iglesia está llamada a encarnar y manifestar. Es un aspecto que tiene que ver con la madurez y con la fructificación. El propósito de Dios es que podamos madurar y fructificar, y esto se expresa en el servicio. El servicio es el fruto de la madurez. Como dice el evangelio de Marcos: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir».

Cuando eres un recién nacido y durante todo el tiempo de tu infancia, eres mayormente una persona que está siendo servida. La característica de los niños pequeños es que son servidos. Necesitan absolutamente la ayuda de sus padres. Y mientras crecen son todavía tremendamente necesitados.

Así es también en la vida espiritual de los hijos de Dios. Cuando nacemos como hijos de Dios, también somos bebés espirituales y necesitamos ser servidos. Pero el propósito de Dios es que sus hijos crezcan. Si un niño no crece, algo anormal está pasando. ¿Y qué caracteriza el crecimiento? El que dejamos de ser servidos y comenzamos a servir. El servicio es una señal de madurez en la casa de Dios.

Por supuesto, hermanos, no estoy diciendo con esto que no podemos servir aun desde el principio. Porque aun a los niños pequeños se les da tareas y se les enseña a servir. Pero la voluntad de Dios es que nosotros lleguemos a ser semejantes a su Hijo.

Al abrir el evangelio de Marcos, ustedes van a encontrar que, a diferencia de los otros evangelios, éste comienza con el ministerio del Señor. Juan empieza en la eternidad, antes de que el mundo existiera. Lucas empieza con el ordenamiento de las circunstancias en el momento en que Jesús nació, y Mateo comienza con la genealogía del Señor.

Pero uno abre el evangelio de Marcos e inmediatamente se encuentra con Jesús sirviendo. Aquí Jesús ya alcanzó la madurez. Durante treinta años, el Señor creció. Durante treinta años, estuvo escuchando la voz del Padre, teniendo comunión con él, en intimidad con el Padre. Él se fue llenando de la voluntad del Padre, del pensamiento y del corazón del Padre. Él creció y maduró.

El propósito del servicio

Pero cuando llegó el tiempo, se nos dice: «Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Mar. 1:9-11). Aquí tenemos el momento en que el Padre reconoce a su Hijo, y Jesús entra en la edad madura, es decir, en la edad del servicio.

«El Hijo del Hombre no vino para ser servido». Recuerden esto. En Hebreos 10 vemos la profecía acerca de Cristo. Y en esta profecía, encontramos que el Espíritu de Cristo anuncia el propósito de su venida al mundo. Marcos dice que vino para servir, no para ser servido: «Por lo cual entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo» (Hebreos 10:5). ¿Quién entraba en el mundo? Jesucristo. Y, ¿para qué vino? Dice: «Mas me preparaste cuerpo». Dios preparó un cuerpo para que su Hijo pudiera entrar en el mundo. Pero, ¿para qué era ese cuerpo? El versículo 7 nos dice: «Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad». El cuerpo que el Padre preparó para su Hijo era para que él pudiera hacer la voluntad del Padre. ¿Cuál era la voluntad del Padre para su Hijo? Volvamos a Marcos 1:14-15. «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios». aquívemos cómo el Señor hizo la voluntad del Padre; cómo usó su cuerpo para hacer esa voluntad. «Vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio».

«El tiempo se ha cumplido». ¿Qué tiempo? El tiempo anunciado, el tiempo prometido en la ley, el tiempo de la gracia, el tiempo de la vida, el tiempo de la restauración de todas las cosas, el tiempo de la salvación y de la revelación del propósito eterno de Dios, cuando los cielos se abrirían sobre la tierra. Pues, hasta ese día, el cielo estuvo cerrado sobre la tierra.

Desde el día en que el hombre cayó en el huerto, el cielo era de bronce sobre la humanidad. El hombre podía clamar, podía inventarse religiones, pero los cielos estaban cerrados para él. El hombre moría en su pecado, dominado por los poderes de la oscuridad; pues el cielo estaba cerrado. Los hombres iban a la muerte, pero el cielo no hablaba, el cielo nada decía. Dios callaba.

Pero, de pronto, llega Jesucristo. Y anuncia: «Ahora el cielo ya no está cerrado. El tiempo se ha cumplido. Los cielos se han abierto, y el reino de los cielos ha descendido a la tierra». Es el cielo el que ha bajado a la tierra. Toda la autoridad del cielo, todo el poder, toda la gloria del cielo, ahora está en la tierra. Nunca antes en la historia de la humanidad había ocurrido que el cielo se abriera sobre la tierra. Pero ahora el cielo estaba abierto, y el trono de Dios y la autoridad de Dios habían descendido a la tierra.

Y, ¿para qué ha descendido? Para deshacer todo lo que el diablo, el pecado y la muerte han hecho al hombre desde el principio. Cristo descendió para deshacer todo lo que la muerte, la caída, el pecado le hizo al hombre. Cuando se lee esta palabra en el griego, dice: «El reino de los cielos está a las puertas». en el tiempo antiguo, cuando un ejército poderoso venía a tomar una ciudad, acampaba ante las puertas de ella, enviaban una embajada al rey de la ciudad, y le decían: «Allá afuera, a la puerta de la ciudad, hay un tremendo ejército, y anuncian que mejor te conviene rendirte, porque si no, van a tomar la ciudad, y no va a quedar nadie con vida».

Y ahora el Señor dice: «aquí, a las puertas, a la vuelta de la esquina...», y esto es para Satanás: «¡Escucha, aquí, a la vuelta de la esquina, está todo el ejército del cielo esperando para venir, para invadir y quitarte de tu lugar!». El reino de los cielos se ha acercado, y eso significa que todo el poder de los cielos está ahora actuando sobre la tierra. ¿Dónde? Encarnado en Jesucristo, el Hijo de Dios. Los ángeles de Dios, todo el poder del cielo, toda la autoridad, toda la voluntad del Padre, todo está reunido, concentrado, y llegando a través de él a la tierra.

Servir es impartir vida

Y eso significa vida. Si hay una palabra que puede resumir todo lo que hemos dicho, es la palabra Vida. Vida que entra en el dominio de la muerte y comienza a deshacer todo lo que la muerte ha hecho. Es la vida que vino de arriba, del cielo. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). ¡Oh, no un poco; el cielo no es escaso! ¡No un poquito de vida; vida en abundancia!

Porque nos falta la vida. La perdimos un día en el huerto. Pero ahora el camino está abierto. «Yo he venido para que tengan vida». ¡Bendito sea el Señor! «enél estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Juan 1:4-5). Y cuando leemos, se nos dice que el Hijo del Hombre vino para servir. Pero, ¿cómo podemos servir? Dando vida. Porque él dijo: «El Hijo del Hombre vino para servir... y dar... vida». ¿Cómo sirvió Cristo? dando su vida. Y la vida que él nos dio es la vida de Dios. Eterna, abundante, ilimitada, poderosa, y gloriosa, más allá de toda comprensión. Vida de Dios impartida al hombre.

¿Qué es servir? Impartir vida, vida de Dios, vida de Cristo. Servir no es hacer muchas cosas, no es llenarse de actividades; es impartir vida donde reina la muerte. Si tú no estás impartiendo vida, no estás sirviendo.

Áreas en que opera la Vida

Ahora bien, en el evangelio de Marcos encontramos esa vida impartida por Cristo tocando las distintas áreas donde reina la muerte, Satanás, y el pecado. Encontramos al menos cuatro áreas donde el Señor sirvió impartiendo vida, que también son aquellas áreas donde nosotros debemos servir impartiendo vida.

La primera de ellas, la que da origen a todo, es la predicación de la Palabra. Marcos 1:14: «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios». Jesús predicaba, impartía vida, predicando el evangelio, la palabra de Dios, a los hombres.

En 1ª a Timoteo se nos dice: «Dios ... quiere que todos los hombres sean salvos». Y el querer, allí, es la voluntad de Dios. ¿Comprendes lo que significa que algo sea la voluntad de Dios? No es simplemente cuestión de: «Yo quisiera, yo anhelo, me gustaría tanto...». No es eso. «Yo quiero. Toda mi voluntad, todos mis recursos, toda mi autoridad, todo mi poder está trabajando para que todos los hombres sean salvos». Eso es que sea su voluntad. Y esa voluntad comienza en el mundo, por medio de la predicación del evangelio del reino de Dios. Es la predicación de la palabra de Dios a los hombres que están perdidos, diciéndoles: «La puerta está abierta; se ha abierto una puerta de salvación y de vida. Hay salvación para todo aquel que quiera venir y beber de las aguas».

Luego, lo segundo es la liberación del pecado. Cristo impartió su vida liberando del pecado. Ese es el punto de partida del hombre: está esclavo del pecado. Y hay dos pasajes en Marcos donde encontramos la liberación del pecado. En el capítulo 2, la historia del paralítico, y en 1:40, la historia de un leproso.

La lepra es una figura del pecado. En el Antiguo Testamento, los leprosos eran echados fuera del campamento. Esa es la condición del hombre delante de Dios: está fuera de la voluntad de Dios. La lepra es una figura de lo que el pecado le hace al hombre. Es una enfermedad terrible que va carcomiendo la carne, y ésta se va cayendo a pedazos. Es incurable, y el hombre termina literalmente desintegrándose físicamente. Y el pecado hace lo mismo por dentro, en el alma del hombre. El pecado nos va desintegrando y destrozando por dentro.

Uno puede ver a la gente que, aparentemente, está disfrutando y pasándolo bien. Pero es sólo apariencia: el pecado los está carcomiendo como la lepra. El pecado destruye las relaciones familiares, las amistades, la valorización que el hombre tiene de sí mismo, haciéndolo cargar con la culpa, y vivir en un estado de abyección. Es como un monstruo, una segunda naturaleza, que no queremos que esté con nosotros, y que nos lleva a hacer cosas vergonzosas, que van destruyendo nuestra vida. Es una lepra, que invade y destruye al hombre.

Ah, pero Jesús vino para dar vida, y allí donde el pecado ha hecho su obra, la vida de Cristo es poderosa para sanar. Este leproso vino totalmente corrompido por la lepra, pero Jesús le dijo: «Yo quiero, es mi voluntad, porque es la voluntad del Padre que seas limpio. ¡Sé limpio!». ¡Y fue limpio! ¡eso es vida, vida que entró en el cuerpo podrido de ese hombre, y lo rehizo. Y su carne se hizo nueva! Así también, hermanos, venimos a Cristo llenos de pecado, y su vida entra en nosotros y nos renueva por dentro; nos hace una nueva criatura y nos libra del pecado para siempre. El pecado queda fuera, lejos de nosotros, clavado en la cruz con Cristo, y somos libres. Él nos da su vida para vivir por encima del poder del pecado.

Vamos al tercer punto: Liberación del poder de Satanás. Cuando leemos el evangelio de Marcos, encontramos lo siguiente: «Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba. Y se admiraban de su doctrina...» (1:21-22). ¿De qué se admiraban? cuando uno escucha la palabra doctrina, piensa con seguridad en su enseñanza. Pero Marcos explica su doctrina en otro sentido. El escribe: «Porque les enseñaba como quien tiene autoridad» (v. 22). La doctrina del Señor, su enseñanza, es una enseñanza con autoridad. No es que simplemente enseñaba. A través de lo que enseñaba, fluía el poder de Dios y la autoridad de Dios.

Hermanos, nosotros siempre debemos buscar que cuando hablemos o enseñemos, la autoridad y el poder de Dios estén fluyendo. Cuando la enseñanza no tiene vida, no tiene poder, se convierte en una carga pesada sobre los hermanos. Cuando hay vida y poder, hay liberación y una renovación del corazón. Los hermanos y hermanas sentimos que nuestro corazón empieza a elevarse, que las cadenas empiezan a caer, que las dudas quedan atrás, que los temores desaparecen y empezamos a vivir en victoria.

Así enseñaba Jesús, con autoridad. Y esto mismo que él hizo en su cuerpo de carne, ahora lo hace en su cuerpo espiritual que es la iglesia. Es lo que él quiere hacer a través de cada uno sus miembros
Liberación del poder de Satanás... «Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?» (1:23-27) ¡es una palabra con autoridad! Autoridad aun sobre los poderes de las tinieblas.

Aquí hay algo muy interesante. Cuando Jesús estuvo en la tierra, uno casi podría pensar que todos los demonios del mundo se reunieron en Israel, porque donde él andaba, los endemoniados surgían por todos lados. Esta era la nación que Dios había elegido. Y aquí en la sinagoga de ellos, en el lugar central del culto y la religión judía, ¡había un demonio! en verdad, ellos habían caído bajo el poder de Satanás. Esto es muy terrible y trágico. ¡Pero él vino para deshacer las obras del diablo! Mi hermano amado, la religión, la ley, los mandamientos, no tienen poder contra Satanás; pero Jesucristo sí; él vino para deshacer las obras del diablo.

Antiguamente había buhardillas en la parte alta de las casas o en el sótano, y no tenían luz, Y ahí se guardaban todos los cachivaches viejos, y había ratones y arañas, y todo eso. Y entonces, cuando tú entrabas a ese lugar sin luz y pisabas, por ahí se oía el chillido de un ratón. Más allá, tocabas algo pegajoso, quizá una telaraña, pues no tenías luz, y no veías nada. Pero cuando enciendes una luz potente, la luz alumbra toda la habitación, y todo lo que hay, aparece.

Hermanos amados, cuando Cristo vino a la tierra, encendió un inmenso faro. Todos los ratones, las cucarachas, las telarañas, salieron a luz. Los demonios quedaron al desnudo. Estaban bien escondidos, bien metidos en las doctrinas, escondidos en el corazón de los hombres; pero ante la luz de Cristo, ninguno quedó escondido. ¡Todo salió a la luz! Y entonces, cuando salieron a luz, el Señor simplemente dijo: «¡Fuera!». Y empezaron a huir, porque no podían soportar la presencia del Señor. Eso es el reino de Dios, esa es la vida de Cristo, que tiene poder sobre el imperio de las tinieblas.

Y una característica del evangelio de Marcos es que tú vas a encontrar que el Señor no descansaba. «Y al siguiente día», «y al siguiente día», «y al siguiente día...» es una expresión recurrente en este evangelio. Y el Señor seguía, y seguía, y seguía... Y allí, donde tenía que estar, allí estaba. Una vez estaba tan cansado que los discípulos tuvieron que subirlo a la barca, para que durmiera. Había trabajado toda la mañana sanando enfermos, echando fuera demonios. Estuvo todo el día hasta la tarde predicando. Luego le trajeron a los enfermos y toda la ciudad estaba a la puerta. Y, ¿qué dijo él? ¿»Esperen hasta mañana»? No, hermanos amados. «Yo vine para servir». Así que se quedó hasta las cuatro o cinco de la mañana sirviendo, hasta que cada hombre o mujer se fue sanado y libertado.

¿Y qué hizo después? ¿Se fue a descansar? se fue a orar, a recuperar fuerzas con el Padre, para seguir sirviendo. Esta es la fuente de la liberación del poder de Satanás y la vida que vence a las tinieblas.

Y por último encuentro, quizás lo más extraño de todo, lo que nunca esperaríamos encontrar aquí: liberación de los sistemas religiosos. No hay una obra de la muerte y de las tinieblas más terrible que un sistema religioso. ¿Por qué? porque los hombres están arrojados al poder de la enfermedad y el pecado de una manera burda y evidente. No ocurre lo mismo con los sistemas religiosos.

Desde Marcos 2:13 hasta 3:6, encontramos al sistema religioso. En 2:16 aparece en escena la gente religiosa. Cuando los religiosos escribas y fariseos lo ven comiendo con los publicanos, dicen a los discípulos: «¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?». Pero lo que tácitamente están diciendo es que ellos no son ni publicanos ni pecadores. Y por tanto: «Él debería juntarse con gente como nosotros; gente de bien, sana, buena, que ama la ley y a Dios». ¡La gente religiosa!

Pero esto es lo que le hace la religión al hombre. Porque estos pecadores y publicanos, tan perdidos como estaban, recibieron a Cristo, se arrepintieron y se convirtieron de sus pecados. Pero aquellos religiosos rechazaron a Cristo, nunca le creyeron, y finalmente lo crucificaron. No obstante, aún de esta terrible ceguera vino a libertarnos el Señor.

El segundo caso es el ayuno. «Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán. Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; pero de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar» (Marcos 2:18-22).

¿Qué es esto? Esta es la reacción de Jesús ante la religión. «La religión, dice él, es como un odre viejo, fabricado por el hombre. Y tiene dentro vino viejo y añejo. Pero él trae un vino nuevo, y una vida nueva. Pero, para su vino nuevo, necesita un odre nuevo. Aquí no hay lugar para la religión humana. Su vino no puede entrar en el odre de la religión construida por el hombre. Su vino necesita su odre. El va a poner el odre. El pone el vino, pero no va a permitir que nosotros pongamos el odre».

¿Qué era esto del ayuno? Ellos querían mezclar el odre viejo de su religión judía con el vino nuevo de la vida de Cristo. Tratar de poner ese vino en ese odre rancio y viejo de esa religión judía gastada y sin vida. Pero, la vida de Cristo nunca puede ser puesta en un odre viejo. Si la cristiandad se ha convertido en un odre viejo, entonces el Señor tendrá que hacer un nuevo odre para su vino nuevo.

Nosotros no podemos venir con nuestra religión, y traérsela al Señor para decirle: «Señor, aquí tenemos nuestra religión, pon aquí tu vino». porque nuestra religión no le sirve al Señor, nuestras costumbres no le sirven al Señor y nuestros modos de hacer las cosas no le sirven al Señor.

Nosotros queremos ponerle límites al Señor. Los fariseos decían: «Señor, tú no puedes juntarte con los pecadores. Pues nuestra religión nos ha enseñado así por cuatrocientos años; nuestros rabinos, nuestros grandes maestros, nos han dicho que nadie se puede meter con esa gente, porque se contamina».
eso es religión, y es una mentira. Pero Jesús no está atado a ella. El suyo es un odre nuevo. Es el río de Dios que está corriendo y no puede ser detenido por el hombre. Dios nos guarde de construir diques, estructuras, religiones, odres viejos, que impidan que Cristo se mueva libremente entre su pueblo. El sistema religioso quería limitar al Señor. Si el Señor sanaba a un hombre un día sábado, decían: ¿por qué está sanando a un hombre un día sábado?

Eso es la religión. ¿Qué es una religión? Reglas, y más reglas. Hombres llenos de reglas, llenos de modos de hacer las cosas. Es bueno tener modos de hacer las cosas, pero cuando esos modos se vuelven «sagrados», entonces se han convertido en una religión. Los modos tienen que ser usados, y dejados de lado cuando ya no sirven. Un día lo hicimos así, porque el Señor nos mostró que era así. Pero mañana tenemos que estar dispuestos a dejar de hacerlo así y hacerlo de otra manera. Lo que debe permanecer inalterable es el vino; lo que nunca debe cambiar es Cristo en medio de nosotros, su gloria y su centralidad. Pero los modos tienen que adaptarse a Cristo, y no Cristo a nuestras formas y a nuestros modos.

Él vino para liberarnos de toda religión, de todo odre viejo, de todo sistema religioso con su vida poderosa. La vida de Cristo tiene poder para libertar también de los sistemas religiosos.

La misión de la Iglesia

Termino con esto. «Después subió al monte...». Y he aquí la misión más importante del Señor. El vino para predicar el evangelio, impartir vida a través del evangelio, para libertar del pecado, para libertar del poder de Satanás, para libertar de la muerte y para libertarnos de todo sistema religioso. Eso es el poder de la vida de Cristo, y ese es el servicio que Cristo vino a hacer. Pero todo esto va a confluir hacia un propósito mayor: «después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él» (3:13).

¿Para qué vino a libertar el Señor? ¿para qué vino a salvar, a romper cadenas? ¡para que vinieran a él! para que se unieran a él, y viniesen a ser una sola cosa con él. Es decir, para edificar su iglesia. Y así comenzó a edificar su iglesia: llamó a doce. Y estuvieron con él. Y vieron todo lo que Jesús hizo. Y de ese modo, lo mismo que él vino a hacer, la misión que trajo hasta la tierra de parte de Dios, fue depositada también en ellos. Los llamó para que estuviesen con él, pero además para enviarlos a predicar. Y para que tuvieran autoridad para sanar enfermedades, poder sobre la muerte, poder para liberar a los hombres, y para echar fuera demonios, para terminar con las obras del diablo.

Pues, así como él tuvo un cuerpo físico como el nuestro en la tierra, para hacer la voluntad del Padre, y lo gastó haciendo la voluntad del Padre, ahora él tiene otro Cuerpo, un cuerpo espiritual, un cuerpo que él ganó para sí en la cruz, el cuerpo que es su iglesia. Y ese cuerpo está llamado a cumplir la misma misión que él cumplió.

Tú, hermano y hermana, estás llamado por Dios para hacer lo mismo. Para predicar. Tú estás llamado a sanar a los enfermos, estás llamado a libertar a los hombres del poder de la muerte. Los sacerdotes de Dios y de Cristo, los ministros de Jesucristo, el cuerpo vivo de Cristo está aquí para hacer su voluntad, para terminar su voluntad en la tierra.

Hermanos amados, si nosotros no lo hacemos, nadie lo va a hacer. Porque Cristo va a usar a su iglesia para terminar su obra en el mundo. Lo que él comenzó en Galilea y en Nazaret, lo va a cumplir hasta lo último de la tierra por medio de su iglesia. Hasta que él venga, él va a seguir sanando, va a seguir libertando, va a seguir llamando, va a seguir rescatando, y va a seguir juntando para sí a los hombres, con el poder de su vida, con el poder de su autoridad, con el poder de su gloria, por medio de su iglesia.

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