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Una revista para todo cristiano · Nº 26 · Marzo - Abril 2004
PORTADA
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El plan de Dios es edificar la iglesia, pero ¿cómo se edifica la iglesia? He aquí seis cosas que Pablo señala directa o indirectamente al respecto en la 1ª epístola a Timoteo.

La edificación de la Casa

Jorge Himitián

El plan de Dios es edificar la iglesia; eso es lo que Dios se propuso. A todo arquitecto, lo que le interesa es que el proyecto que él diseñó se realice tal cual lo diseñó. Y esto es lo que el Señor quiere. Ahora, ¿cómo se edifica la iglesia? Yo quiero señalar seis cosas que Pablo señala en una forma directa o indirecta en la 1ª epístola a Timoteo.

El amor

La primera cosa que señala Pablo a Timoteo es que la iglesia se edifica por el amor. “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Tim. 1:5). Pablo está diciendo: “Timoteo, cuidado con todas las palabrerías y las enseñanzas que engendran disputas y no realizan el plan de Dios; no es la edificación de Dios”. Pablo es también quien dice: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Co. 8:1). Es importante que tengamos conocimiento, y que podamos transmitir, pero el conocimiento solo nos puede envanecer. Pablo no está abogando por la ignorancia, está abogando por el amor. El amor edifica. Y si al amor agregamos conocimiento, ¡maravilloso! Pero lo importante aquí es el amor. En Efesios 4, Pablo dice: “Todo el cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (v.16).

La iglesia se edifica en amor. Hermanos, podemos tener grandes revelaciones, podemos tener tal fe que traspase los montes, podemos tener todos los misterios conocidos, todos los dones y los carismas, pero si no tenemos amor, ¿de qué nos sirve? Vamos a ser metal que resuena y címbalo que retiñe. Nada puede suplantar el amor. Dios es amor, y donde hay amor está Dios, y él en medio de la hermandad edifica la iglesia. Si tú quieres contribuir a la realización del plan de Dios, ¡ama a tus hermanos! El amor edifica. La iglesia se va edificando en amor.

¿Qué es edificar? Además del concepto de la edificación individual, edificar significa unir piedra con piedra. Uno toma una piedra le pone la argamasa, y la pega a otra piedra. Edificar es unir piedra con piedra, y así se va levantando la pared. Y dice el apóstol Pablo: “¿Cuál es el vínculo perfecto que nos une? ¡El amor!”. Así que, cuando estamos amándonos, la iglesia se está edificando. No es por muchas y elocuentes palabras. La palabra tiene su lugar, como ya veremos, pero primero es el amor.

Ahora, hermanos, el amor es fruto del Espíritu. Esta palabra, amor, ustedes ya lo saben, es ágape, que es el amor de Dios. Es un amor que piensa en el bien del otro, que se sacrifica para el bien del otro, que se entrega, que procura de todas maneras servir, ayudar, bendecir. Eso es lo que Dios ha hecho con nosotros. Este ágape, dice Pablo, “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. Dios es amor. El Espíritu Santo es Dios morando en nosotros. Y como Dios es amor, el Espíritu Santo es amor. Derrama este amor en nuestros corazones, y este amor fluye, nace, brota, de un corazón limpio. “El propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio”, dice Pablo, “de buena conciencia, y de fe no fingida”.

Jesús dijo, hablando del Espíritu Santo: “El que bebiere del agua que yo le daré, será en él una fuente que salte para vida eterna”. También dijo: “El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva”. Y Pablo dice que es el amor nacido de un corazón limpio. Este es el Espíritu Santo morando en nosotros, la vida de Dios fluyendo hacia los hermanos, hacia los nuevos, hacia los más antiguos, hacia todos. Este es el amor del Señor.

Cuando pecamos, el Espíritu se contrista en nosotros. Es muy sensible, y deja de fluir. Se apaga. Por eso dice: “amor nacido de corazón limpio”. Es importante mantener el corazón limpio. Y dice aquí: “de buena conciencia”. ¿Qué es la conciencia? Es ese conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Cuando pecamos, el Espíritu se contrista, se apaga. Nuestra conciencia, si es buena, es decir, si funciona bien, nos llama la atención. Cuando pecamos, se enciende una luz roja en nuestro interior. O es como el silbato del árbitro que suena en un partido. Es importante que obedezcamos a nuestra conciencia. Cuando la conciencia nos dice: “Lo que hiciste está mal, el Espíritu se contristó dentro tuyo”, obedezcámosle.

No somos perfectos, todos pecamos. Muchas veces pecamos con palabras. La palabra del Señor nos insta a no pecar, pero si pecamos nos indica cuál es el camino para limpiar nuestro corazón. Si pecamos, ofendemos, lastimamos, mentimos, robamos, o hacemos cualquier cosa que desagrada a Dios, necesitamos obedecer a nuestra conciencia, obedecer también a Dios, y confesar nuestro pecado. Si no obedecemos, la conciencia sigue diciéndonos: “Está mal lo que hiciste”. Pero si endurecemos el corazón al llamado de la conciencia, nos vamos insensibilizando.

Parece que cuando pecamos, la conciencia actúa más fuerte, y luego si no la atendemos, se va suavizando, hasta que puede llegar el momento en que ya es una cosa muy leve que sucede en nosotros. Tenemos que tener el cuidado de no rechazar el trabajo de nuestra conciencia.

Mira lo que le dice Pablo a Timoteo en el versículo 18 y 19: “Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos, de los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar”. Este cuadro es tremendo. ¿Qué es lo que desecharon ellos? Himeneo y Alejandro parece que pecaron, y su conciencia era buena. Les molestó la conciencia una y otra vez; pero desecharon la conciencia. Y al desecharla, hicieron naufragio en la fe.

¿Qué tiene que ver la fe con la buena conciencia? Tiene mucho que ver, porque la fe también es fruto del Espíritu. Es el Espíritu que produce en nosotros amor, y el Espíritu que produce en nosotros fe. Y aquí Pablo usa una figura o una palabra marítima, habla del naufragio en la fe. ¿Sabes cómo se produce el naufragio? Imaginémonos un bote y alguien que va remando y de repente percibe que se ha hecho en su bote un agujerito pequeño, y que está entrando agua. Cuando nosotros pecamos, se nos hace un agujerito en el bote y empieza a entrar agua. ¿Qué hay que hacer? Repararlo, no seguir así. Al principio parece que todo va bien, y flota el bote. Y sigue entrando el agua, despacito.

Así es cuando pecamos: la conciencia nos molesta, y nosotros la desechamos. Y seguimos predicando, seguimos cantando, seguimos orando. Parece que todo sigue igual, nada cambia. Pero de un momento a otro, ¿qué pasa con ese bote? Cuando el peso del agua ya es suficiente, en un instante, el bote se hunde.

Es importante tener esta práctica en nuestra vida: obedecer la voz de nuestra conciencia, obedecer al Señor en su palabra, confesar nuestros pecados cuando pecamos. Si ofendiste a tu esposa, a tu marido, si dijiste alguna mentira a algún hermano, a tu patrón, o a algún empleado, si cometiste algún pecado sexual en secreto, si miraste en la televisión o por Internet alguna cosa indecente –y hoy hay mucha– tu conciencia se manchó, tu conciencia te molesta, hiciste lo que no debías, te quedaste mirando lo que no tenías que mirar. Dios no te condena, te guía al arrepentimiento.

Confiesa tus pecados a quien los hayas cometido, y a uno de los hermanos. “Confesaos vuestras faltas los unos a los otros, y orad los unos por los otros para ser sanados”. Este amor es lo que edifica a la iglesia, y este amor nace de corazón limpio y de buena conciencia y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos se apartaron a vana palabrería, pero en el corazón no están creyendo lo que dicen.

Este amor es de Dios, no es obra nuestra. Es Cristo en nosotros. Necesitamos vivir en el Espíritu las 24 horas del día, para que fluya el Espíritu en nosotros, y este amor es el que edifica a la iglesia.

La oración

La segunda cosa que Pablo señala aquí que edifica a la iglesia y no sólo que edifica a la iglesia, sino que necesitamos también en nuestra responsabilidad ante el mundo, es lo que está en el capítulo 2: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres...” y así sigue hablando de cómo hemos de orar por los reyes, por los que están en eminencia.

En el versículo 8 dice: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda”. Hermanos, la iglesia se edifica por la oración. ¿Qué es la oración? Es el testimonio más elocuente de nuestra incapacidad, de nuestra debilidad.

¿Por qué oramos? Nosotros no podemos edificar la iglesia, no podemos siquiera convertir a un niño de ocho años, no podemos transformar al pecador. No podemos dar crecimiento; podemos plantar y regar, pero no podemos dar crecimiento. Podemos predicar, pero no podemos dar espíritu de sabiduría y de revelación. Es obra de Dios.

La edificación de la iglesia es obra de Dios, no es obra humana. Y nosotros tenemos que orar, como testimonio de humildad, de incapacidad. “¡Señor, yo no puedo. El único que puede edificar, el único que puede cambiar, transformar, visitar, bendecir, revelar, dar dones, eres tú!”. Nos postramos delante de él para decirle: “Señor, si tú no lo haces, nadie lo puede hacer”. Tenemos que orar con rogativas, con peticiones y acciones de gracias.

Hermanos, para que la iglesia sea la iglesia que Dios planeó desde antes de la fundación del mundo, necesitamos orar a solas, de a dos, en grupos pequeños o congregacionalmente, y orar en todo lugar.
Pablo dice esto: “Quiero que los hombres oren en todo lugar”. Hermano, cuando comes, oras; cuando manejas el auto, oras; cuando trabajas, oras; cuando vas, cuando vienes, cuando caminas, cuando duermes... En todo tiempo puedes estar orando; al acostarte, al levantarte. La iglesia se edifica por la oración.

El ejemplo

Tercera cosa. Encuentro al leer esta epístola algo muy importante: La iglesia se edifica por el ejemplo, por el buen ejemplo. Jesús era ejemplo de todo lo que enseñaba. Él podía decir a sus discípulos: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón ... que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Hermanos, la iglesia se edifica por el ejemplo.

En el capítulo 3, Pablo le dice a Timoteo: “Si alguno anhela obispado, buena obra desea, pero es necesario que el obispo sea –en otras palabras, en síntesis– un ejemplo de la grey”. Es lo que Pedro dice en su primera epístola, en el capítulo 5. La iglesia se edifica por modelos. Los que estamos al frente, y todos los que tenemos alguna responsabilidad, y todos los que tenemos que enseñar a otros. La forma de edificar a la iglesia es a través del ejemplo.

“Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador...”. Ejemplo. ¿Por qué? Porque si no, la gente no va a seguir sus enseñanzas, va a seguir su ejemplo. Puede al principio impresionar bien a los nuevos con su enseñanza y predicación, pero a la larga, van a seguir el ejemplo. Así le dice cómo tienen que ser los ancianos u obispos, cómo tienen que ser los diáconos, cómo tienen que ser las mujeres, y finalmente le dice a Timoteo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, amor, espíritu, fe, pureza. Timoteo, sí, tienes que enseñar; sí, tienes que instruir, pero es fundamental ser ejemplo”. La iglesia se edifica por el ejemplo.

Miren, hermanos, estuve leyendo, estudiando esta carta, y encuentro tantas virtudes de carácter que se mencionan aquí. Virtudes de carácter. ¿Qué es carácter? Es lo que nosotros somos, nuestra forma de ser. No es tan importante lo que hacemos, sino lo que somos; cómo nosotros somos y actuamos. Y en estos seis capítulos se mencionan alrededor de sesenta virtudes de carácter. Te desafío a que lo busques y lo estudies. Ya sólo cuando habla a los obispos y a los diáconos, ahí hay un montón de virtudes de carácter. A Timoteo le habla otras. No tenemos tiempo para entrar en detalles, pero en esencia, Pablo está afirmando este principio: La iglesia se edifica primero por el amor; segundo, por la oración; tercero, por el ejemplo.

Qué equivocadamente nos han enseñado: “No hay que mirar a los hombres, hay que mirar a Cristo”. Y cuántos pastores hemos dicho en los años de nuestra ignorancia ministerial: “No me miren a mí, miren a Cristo”. Pablo no decía eso. ¿Qué decía Pablo? “Sed imitadores de mí, como yo de Cristo”. Si tú criticas a los hermanos ausentes, los nuevos van a aprender a criticar; si tú criticas al que no está presente, tus hijos van a hacer lo mismo. Si te quejas, los que están cerca de ti van a aprender también a quejarse. Si hablas palabras de fe, de ánimo de esperanza, de victoria... Enseña con el ejemplo. Como nosotros somos, así serán las generaciones que vienen.

Pablo le dice a Timoteo: “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas”, hablando del amor al dinero, raíz de todos los males, “y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”. Si tú eres egoísta, los que vengan serán egoístas; si eres avaro, eso se impondrá en la iglesia. Si eres generoso, dadivoso, servicial, eso van a aprender los que te siguen. Los que vienen del mundo están mirando y observando, y necesitan referencia. La iglesia se edifica por el ejemplo. “Sé ejemplo de los creyentes”. ¿En qué? ¡En todo! En palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe, en pureza. Todo lo que quieres ver en los demás, sé ejemplo de lo que tú entiendes que tiene que ser la iglesia.

La Palabra

La iglesia se edifica por el amor; segundo, por la oración; tercero, por el ejemplo, y finalmente llegamos a donde queríamos llegar: la Palabra. Pero si hay palabra, y no hay amor, no hay oración, no hay ejemplo, estamos desperdiciando la palabra. Entonces, qué importante es lo que hemos dicho hasta aquí: el amor que nace de un corazón puro, la oración y el ejemplo. Ahora, sigamos a la Palabra.

Pablo, vez tras vez, habla aquí de la sana doctrina. Y en el capítulo 4 dice: “Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido ... Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad ... Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos ... Esto manda y enseña ... Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza ... No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio ... Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”.

La palabra de Dios llega a nosotros de dos maneras: Jesús predicaba y enseñaba. También sanaba a los enfermos, pero en cuanto a la Palabra, dice vez tras vez: “Jesús predicaba y enseñaba”. Las dos cosas son necesarias. Voy a explicarlo así: la palabra de Dios llega a nosotros de dos modos diferentes: como verdad, y como mandamiento. Por ejemplo, si yo digo: “Cristo murió por nuestros pecados”, ¿qué es eso? ¿Verdad o mandamiento? ¡Verdad! Si digo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, mandamiento.

En las Escrituras, a la suma de todas las verdades, se le llama kerigma en el griego. Y a la suma de todos los mandamientos se le llama didaké. La palabra didaké está traducida por doctrina o enseñanza. La palabra kerigma está traducida al castellano por predicación. Y Pablo dice en el capítulo 2 en el versículo 7 que el Señor lo constituyó “predicador y apóstol, digo verdad en Cristo, no miento, y maestro de los gentiles”. Apóstol significa enviado; predicador viene de kerigma. En el griego al predicador se le dice kerus, y maestro es didaskalos, que viene de didaké.

El kerigma es la proclamación de la verdad, que revela la persona de Cristo y la obra de Cristo. La verdad afirma; el tono es afirmativo. El mandamiento, en cambio, tiene tono imperativo, da órdenes, revelando la voluntad de Dios. Mientras el kerigma proclama y revela a Cristo, su persona y su obra, la didaké revela la voluntad de Dios para nosotros.

Para su edificación, la iglesia necesita estas dos cosas: El kerigma revelando a Cristo, y la didaké revelando la voluntad de Cristo para nosotros. Cuando alguien proclama el kerigma, el kerigma exige fe. El mandamiento exige obediencia.

La didaké es simple, es clara, directa. Todos la entienden. Toca todas las áreas de la vida: familia, trabajo, sexo, dinero, adoración, servicio, relaciones humanas, relación con Dios. La didaké equivale a la parte moral de la ley, es equivalente a los Diez Mandamientos, más profundizados. El objetivo de la didaké es hacernos como Cristo; por eso, siempre dice “como Cristo”, o “como yo os he amado”. “Maridos, amad a vuestras esposas... como Cristo amó a la iglesia”.

Tanto didaké como kerigma son palabra de Dios y revelan la voluntad de Dios para todos nosotros. Su contenido no se impone por la lógica o el razonamiento, sino por la autoridad de Jesús. “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer”, es un mandamiento. Lo obedecemos. Él es el Señor.

Necesitamos conocer la didaké, encarnarla en nuestras vidas, vivirla, y divulgarla. Y, hermanos, lo más maravilloso es que la didaké no es una cosa interminable. La didaké es relativamente breve. En Mateo 5, 6 y 7, tres capítulos, está la didaké de Jesús. Y si queremos completarla un poco, agreguémosle tres capítulos más: Efesios 4, 5 y 6. Tenemos así el 80% de toda la didaké del Nuevo Testamento. ¡Es una cosa sencilla, pero profunda, que comunica la voluntad de Dios! Y si quieren completar un poco más y llegar al 90% de la didaké, agreguemos Romanos 12, 13, 15 y 16, y tenemos allí ya diez capítulos del Nuevo Testamento, y está casi toda la didaké contenida ahí; mandamientos que revelan la voluntad de Dios.

Pero no podemos solamente dar la didaké, tenemos que dar el kerigma. No podemos solamente dar el kerigma, tenemos que dar la didaké. Estas dos cosas tienen que ir juntas, para edificar la iglesia. Sólo con kerigma nos inflamamos, nos entusiasmamos. Somos bendecidos en el momento, pero queda todo ahí, en la gloria del momento, en la inspiración del kerigma. Pero hay que bajar del kerigma a la didaké, a la vida práctica. En el kerigma hay dinamis, hay poder de Dios para nosotros.

En la didaké está la voluntad de Dios en nuestra vida práctica y cotidiana. Y así se edifica la iglesia.
Para darles el ejemplo, muchas veces comparamos el kerigma con la locomotora de un tren, y los vagones con la didaké. Es muy difícil tirar los vagones sin una máquina. Pero, ¿para qué sirve la máquina, sino para llevar los vagones? Lo importante es que lleguen los vagones a destino. Y así, los mandamientos de Dios sin la máquina que es el kerigma pueden resultar muy pesados, muy gravosos, difíciles e imposibles de cumplir. Pero Dios ha mandado a su Hijo, ¡bendito sea el Señor! “Es Cristo en vosotros ... ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí”.

La didaké te dice que tienes que bendecir al que te maldice, perdonar al que te ofende. Esa es la didaké, el mandamiento. Y el kerigma te dice: “Ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí”. Entonces, ¿cómo obedezco este mandamiento? A través de Cristo que vive en mí. La didaké sería una cosa muy pesada, muy difícil de cumplir; pero sólo el kerigma, sin la didaké, terminaríamos en gran entusiasmo, sin concretar en la vida. Por eso, Pablo pone este equilibrio, y muestra a Timoteo lo que realmente él tiene que hacer.

La autoridad de Dios

El quinto elemento que encuentro en esta carta es la autoridad, la autoridad de Dios. Quiero explicar. Pablo tiene una clara visión del reino de Dios. Él proclama en esta carta vez tras vez a Jesucristo como el Kyrios, el Señor. El Kyrios significa la autoridad absoluta, el dueño. Él proclama en el versículo 1:17, en una doxología muy linda: “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Él es el Rey. La autoridad del Rey. Y en el capítulo 6 hay otra doxología tremenda. Dice: “... la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén”. Estamos en el Imperio Romano cuando Pablo escribe, y todos los emperadores mueren, pero hay Uno que es inmortal, es invisible.

Los emperadores de Roma son visibles, pero todos ellos son mortales y van a pasar. ¡Hay uno solo que es Soberano, y es Rey de reyes y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, y habita en luz inaccesible! “Al cual sea la honra y el imperio sempiterno”. ¿Qué quiere decir sempiterno? Siempre eterno. Así que Pablo tenía al escribir esto muy claro el reino de Dios, la autoridad de Dios, el señorío de Cristo.

Pero Dios que es suprema autoridad dio toda autoridad al Hijo, el Kyrios, el Señor. Y Cristo dio autoridad a los apóstoles. Así que Pablo es apóstol, es autoridad delegada por Dios, es padre espiritual de Timoteo. Timoteo es hijo espiritual de Pablo. Aquí hay autoridad. Y le dice: “Te mandé a Éfeso, te rogué que fueses a Éfeso”, y el tono con que le habla, aunque es amable y amoroso, pero es autoridad, y le instruye en lo que tiene que hacer, en lo que no tiene que hacer. “Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo; desecha esto, evita aquello”. Y le está dando con autoridad del Señor todo lo que él tiene que hacer y no hacer.

La iglesia se edifica por la autoridad de Dios. Esa autoridad que viene de Dios a Cristo, de Cristo a los apóstoles, y de los apóstoles en este caso a Timoteo, un hijo espiritual, a quien envía a Éfeso. Pablo lo envía, y Timoteo obedece. Algunos dicen: “No, no, no; yo obedezco a Dios”. No, no sólo a Dios. Hay que obedecer a Dios, a los padres, hay que obedecer a los apóstoles, hay que obedecer a los pastores. Hay autoridad en la casa de Dios.

La iglesia se edifica por autoridad. Hebreos dice: “Obedeced a vuestros pastores, porque ellos velan por vuestras almas”. Mira otra expresión: “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos para que los demás también teman. Reprender delante de todos, sí, ¿a quién? No al que peca una vez o al que peca dos veces. Puedes amonestarle en privado. Pero el que persiste en pecar, quiere seguir pecando, repréndele delante de todos”.

Ahora, en el ejercicio de la autoridad no puede haber prejuicios. Como dice: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicio, no haciendo nada con parcialidad. No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro”. En el uso de la autoridad no tiene que haber abuso, ni prejuicio, ni parcialidad, no tiene que haber apuro. Tiene que ser algo puro, como el Señor realmente quiere.

Si no hay autoridad, la enseñanza se derrocha. Si no sabe, enséñale. Si sabe y lo hace, felicítale, anímale, alégrate con él, bendícele. Si no lo hace, amonéstale y recuérdale. Y si peca, la primera vez amonesta, la segunda vez reprende. Y así, todo lo que el Señor nos instruye. Sin autoridad, la enseñanza se derrocha.

Cuando hay autoridad, los hermanos aprenden que tienen que obedecer. Así es la iglesia. Es casa de Dios. Y en toda casa, y en toda familia, hay autoridad.

Instrucción particular

Y finalmente, el sexto elemento en esta epístola que es importante para la edificación de la iglesia es la instrucción particular o el discipulado. Voy a explicarlo. En el capítulo 5 especialmente se ve claramente esto. No todas las situaciones son iguales. Pablo le dice a Timoteo: “No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza. Honra a las viudas que en verdad lo son. Pero si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia...”.

¿Qué está diciendo? No se puede tratar a todas las personas igual. Cada persona es cada persona. No se puede tratar a un anciano como a un joven; no se puede tratar a un varón como a una señorita. Hace falta un trato personalizado y ajustado a cada uno, según la gracia, según la necesidad, y según la persona, según la situación de cada uno.

Luego habla de las viudas, y tú puedes observar al estudiar el capítulo 5 que hay viudas y viudas. Hay viudas jóvenes, a quienes recomienda que se casen de nuevo; hay viudas mayores que han tenido un testimonio excelente, que hay que ponerlas en la lista de las hermanas que sirven a la iglesia y que hay que sostenerlas económicamente; hay otras que no. Entonces, no son todos iguales. Desde el púlpito, no se puede conocer a todos, desde una reunión como ésta no se puede llegar adecuadamente a todos.

Por ejemplo, un día predico sobre la didaké que hay que trabajar, esforzarse, trabajar materialmente, ganar el sustento de cada día, y todos escuchan la misma palabra. Pero allí hay un hermano que trabaja demasiado, y yo estoy enfatizando que hay que trabajar. Él está trabajando 14 horas por día, y se siente confirmado en su trabajo material. Hay otro que es flojo para el trabajo, y ése toma la palabra así no más. No se puede a todos alcanzar para su edificación debidamente.

Al que está trabajando de más, y está sacrificando su familia, está descuidando la obra, quizás está trabajando de más, no porque necesite, sino porque es muy ambicioso. Y yo predico que hay que trabajar sosegadamente, y él se siente confirmado en su error. ¿Qué hace falta? La instrucción particular. Hay que conocer, hay que ser padre espiritual, hay que acercarse a ese hermano con amor, con oración, con gracia, pero con firmeza y decirle: “Hermano, estás trabajando de más; no hace falta que trabajes tanto”. A uno hay que decirle: “¡Afloja!”, y a otro hay que decirle: “¡Trabaja más!”.

Pero cuando se predica, la palabra es general; hace falta instrucción particular. La iglesia se edifica con la instrucción particular. Cada hermano tiene que ser conocido por alguien en forma más cercana, para instruirle, para orientarle más específicamente.

Un día predico y enseño que el varón es la cabeza de la iglesia y que tiene que asumir la autoridad y la responsabilidad, porque Dios lo puso como cabeza. Y resulta que hay un hermano que es un tirano en su casa, es déspota con su esposa, y después que me escucha predicar dice: “¿Viste lo que dijo el pastor? Yo soy acá la autoridad”. Y mi palabra, que era palabra de Dios, didaké, en vez de ayudarle, lo confirmó en su tiranía, en su error. Sin la instrucción particular no se puede edificar.
Hace falta conocer, acercarse, y decirle: “Hermano, la Biblia dice que seas cabeza, pero tú eres un cabezón. No es para tanto, tienes que aflojar. Dios te dio una esposa, escucha a tu esposa a veces. Fíjate que te dio una ayuda idónea. La estás anulando, la estás aplastando. No es así, hermano, no es así”. Necesita una instrucción particular.

Y otro necesita que se le fortalezca. A alguna hermana le tuve que decir: “Hermana, no aflojes, hazle frente a tu marido”, porque hacía falta decirle eso. Pero no puedo predicarlo como doctrina, era una instrucción particularísima. No se puede decir estas cosas desde el púlpito. Hay que edificar a los hermanos en forma particular, personal. Y aquí hay en el capítulo 5 bastantes instrucciones en forma personal, particular, y sobre todo, lo que le dice a Timoteo.

Por eso, hermanos, necesitamos la instrucción particular para saber en cada situación escuchar, aconsejar, exhortar. Algunos necesitan ánimo, otros necesitan oración, otros simplemente ser oídos, comprendidos, amados. A veces no sabemos qué decir, le damos un abrazo, y lloramos con el que llora, y ya se va consolado.

Así que es indispensable para la edificación de la iglesia la instrucción personal. Cada persona es valiosa, cada persona es amada por Dios, y Dios quiere llegar a cada uno con su gracia, con su amor, con la medida justa de lo que a cada cual le hace falta. Amén.

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