.Una revista para todo cristiano · Nº 24 · Noviembre - Diciembre 2003
PORTADA
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El propósito eterno de Dios no consiste meramente en salvar al hombre, sino en que la vida de Cristo sea expresada en los creyentes.

La tristeza de Dios

Andrew Webb
(Síntesis de un mensaje oral)

Lectura: Jeremías 2:5-14, 17-18.

Es preciosa esta Escritura que hemos leído. Sabemos que la Biblia tiene un solo tema, Jesucristo. Y cuando podemos encontrar aquí el propósito eterno de Dios, escondido en un tiempo tan lejano de la venida de nuestro Señor, realmente nos llena de gozo.

En los días de Jeremías, el pueblo de Dios ya había entrado a Canaán, ya estaba en la tierra prometida. Nosotros también, hemos encontrado salvación en uno, Jesucristo nuestro Señor, quien nos lavó con su preciosa sangre. Hemos hallado nuestro Canaán.

La tristeza del Señor

Pero aquí el Señor está triste, porque ellos han entrado en la tierra, pero no están disfrutando de la abundancia que hay en ella: “¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos? Y no dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre?”.

Nosotros sabemos que estamos llamados a disfrutar de la tierra de Canaán, que es Cristo. Sabemos que la salvación es tan sólo la primera etapa, que tenemos que seguir adelante. Entonces, aquí encontramos el propósito eterno de Dios. En estos versículos, vemos que Dios no está contento simplemente con salvarnos. Él quiere que su pueblo siga buscándole. El Señor quiere hijos maduros. Estos son los que han disfrutado de la tierra, los que han caminado por toda la tierra y han gustado y probado de sus frutos.

Encontramos en el versículo 10: “Porque pasad a las costas de Quitim...”. En mi Biblia hay una nota al pie que dice que eso representa todo el Occidente. “...y mirad; y enviad a Cedar...”. Y esto representa el Oriente. Entonces si miramos todo el mundo hoy, ¿qué encontramos? Encontramos que hay personas que están satisfechas simplemente con su salvación. Están exactamente en esta condición: “No dijeron: ¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto?”. Han salido de la esclavitud del mundo, y están contentos con eso.

Si miramos en el versículo 12, encontramos: “Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos, desolaos en gran manera, dijo Jehová”. ¿Por qué los cielos tienen que espantarse? Porque aun los ángeles anhelan mirar estas cosas. En los cielos había ángeles todavía esperando la venida del Cristo. Dice en varias partes de la Escritura que los ángeles esperaron, los profetas buscaron en la Escritura para encontrar cuándo vendría el Cristo, y aun la tierra gime para que los hijos de Dios manifiesten la gloria del Señor Jesucristo. Dios pone a los cielos por testigos sobre la apostasía de su pueblo. Ellos entraron en la tierra y se acomodaron. Pero el propósito eterno de Dios tiene que cumplirse. Dios no está satisfecho sólo con nuestra salvación.

Entonces, ¿cuáles son los resultados de estar satisfechos así? Miramos en el versículo 13: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva...”. ¡Ellos dejaron a Cristo! “...y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. Hoy día hay muchos cristianos que han cavado cisternas, y han dejado a Cristo a un lado. Ellos buscan llenarse con algo, sean obras, sean ministerios, obras de la carne, que no tienen el fin de que Cristo sea el todo en todos, y que no tienen como propósito que el cuerpo sea edificado.

Jesús dijo: “Permaneced en mí”. Muchas veces frases tan pequeñas tienen un tremendo misterio, una trascendencia que nosotros no alcanzamos a ver. “Permaneced en mí”. Es tan sencillo. Las palabras tan fácilmente caen al suelo; pero estas son palabras eternas. Este es el Verbo eterno. Esta palabra muestra la consecuencia de lo que pasa cuando cambiamos nuestra prioridad. Cuando cambiamos la fuente de agua viva por unas cisternas rotas no estamos nunca satisfechos, porque las obras de la carne –como las cisternas– no satisfacen, porque están rotas. Siempre hay que ir llenando, llenando, llenando, y nunca se puede estar satisfechos. Y nos esforzamos más y más, porque vemos que no estamos agradando al Señor.

No me considero mayor que los cristianos que hoy en el mundo están esforzándose, no conociendo estas cosas, porque es la misericordia del Señor la que revela estas cosas. ¡Qué triste es para el pueblo que sigue esforzándose, siempre bajo un sentido de tristeza por haber fallado al Señor! Yo creo que todos los hijos de Dios tienen el anhelo de servir y agradar a su Amo, pero ¿cómo hacerlo?

Hay dos caminos para los que han dejado el Camino

Hay una clave en la Escritura, pero no todos los cristianos en el mundo ven eso hoy día. Encontramos en el versículo 18 el resultado de dejar a Cristo. El versículo 17 dice: “¿No te acarreó esto el haber dejado a Jehová tu Dios, cuando te conducía por el camino?”. Otra vez, una palabra tan sencilla. Yo recuerdo una predicación sobre el versículo: “Yo soy el camino...”. Es tan sencillo; no hay otro camino. Ellos estuvieron en el camino, pero no permanecieron en el Señor. Lo dejaron. Entonces, ¿cuál es el resultado? “Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto ... y qué tienes tú en el camino de Asiria?”.

Aquí podemos encontrar dos resultados diferentes de dejar a Cristo. Los que no siguen en el camino hacia la madurez, los que dejan el único camino, tienen que ir o bien a Egipto, o bien a Asiria.
Egipto, como sabemos, representa el mundo. Es volver a las cosas que practicamos antes de conocer al Señor. Pero el Señor ha puesto en mi corazón sobre todo ver lo que significa Asiria. Creo que la iglesia ha alcanzado una cierta madurez y pocos son los que vuelven al mundo.

Pero hay otra tentación muy peligrosa. Asiria era una nación externamente muy grande. Todos podían mirar a Asiria y temblar. El reino del sur, Judá, fue llevado al cautiverio por Asiria. Externamente, ellos tenían un ejército muy poderoso y eran una nación muy poderosa. Pero en lo íntimo no tenían al Señor, no buscaban al Señor. Esto nos habla de una espiritualidad falsa.

Hay hermanos que han recibido mucha revelación acerca de la iglesia y de lo que significa vivir en el cuerpo. Cuando vemos la iglesia como cuerpo, entendemos que el edificio no significa nada, y que la vida del cuerpo se vive en todas partes. Entonces hay una tendencia de poner una cara de espiritual cuando nos reunimos. Pero, ¿qué sucede en las casas? ¿Cómo estamos relacionándonos unos con otros? Esposo y esposa, padres e hijos, hijos y madres. La vida del cuerpo se vive en todas partes. Los ojos del Señor están puestos sobre nosotros las veinticuatro horas de cada día, y él quiere ver al cuerpo funcionando en cada momento.

Muchas veces podemos ver a nuestros líderes espirituales, y anhelar su madurez, anhelar sus experiencias. No queremos tener que esperar una vida entera para alcanzar la madurez. Vemos a los que están alrededor y queremos de alguna forma imitar sus oraciones, su forma de hablar; pero este no es el camino.

Entonces encontramos el versículo 14, donde dice: “¿Es Israel siervo? ¿es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa?”. Todo este capítulo nos habla de personas que no fueron halladas en Cristo. Alcanzaron la salvación, y eso les bastó. Y de una forma u otra van a seguir adelante, pero a costa de un precio: van a seguir siendo niños, o bien van a tener una apariencia falsa. Que el Señor nos ayude a vivir la vida del cuerpo las veinticuatro horas del día.

¿Por qué Jeremías fue enviado?

Es interesante, cuando leemos Jeremías capítulo 1, ver que hay un contraste muy grande con el capítulo 2. Aquí podríamos hablar de un remanente, sea individualmente o como cuerpo. Es un caso tan diferente al resto del pueblo. Versículo 2 del capítulo 1: “Palabra de Jehová que le vino en los días de Josías hijo de Amón, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado”. Si uno va a 2 Crónicas 34:3-4, encuentra esto: “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre; y a los doce años comenzó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas, e imágenes fundidas. Y derribaron delante de él los altares de los baales, e hizo pedazos las imágenes del sol, que estaban puestas encima...”.

Como vemos, en los días de Josías, muchas obras externas habían empezado en el pueblo de Dios. Hubo muchas reformas; muchos de los ídolos estaban cayendo. Hubo mucha obra, pero aun así sus corazones estaban lejos de Dios. ¿Cómo se justifica el ministerio de Jeremías, si al mismo tiempo estuvieron haciendo toda esta obra? En 2 Crónicas se muestra que después de doce años de reinado recién habían empezado la obra. Entonces, Dios habló a Jeremías. Ellos habían estado haciendo muchas obras, pero sus corazones no estaban rendidos al Señor. Por eso Dios tuvo que enviar a Jeremías.

Puede ser que haya mucha obra en la iglesia hoy día, pero el Cuerpo tiene que estar viviendo de verdad la vida de Cristo en las casas. Se trata del carácter, no simplemente de obras. No podemos vivir esta vida ni en Egipto ni en Asiria. Sólo hay un camino angosto, difícil, duro. Pero es el único camino. Él es el camino.

Perfil de un vencedor

En el capítulo 1 encontramos un vencedor. Veamos, ¿cuál es la primera cosa que uno necesita para ser diferente a ese pueblo satisfecho? Versículo 4 del capítulo 1: “Vino, pues, palabra de Jehová a mí”. ¡Bendita es la revelación que el Padre nos ha dado hoy día: su Hijo Jesucristo, pues en él, por medio de él y para él fueron creadas todas las cosas! Él es el todo en todos. Sabemos ya el propósito eterno de Dios. Bendita es la revelación que el Padre nos ha dado, porque sin eso estaríamos como el pueblo en el capítulo 2. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!

¿Y qué dice esa revelación? “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”. Eso se parece mucho al libro de Efesios, donde dice: “...según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”. Estamos viviendo en tiempos en que el Señor está profundizando su revelación de lo que significa vivir en esta tierra conociendo el propósito eterno de Dios.

El Señor mostró a Jeremías que lo había apartado, santificado, para un propósito. No era simplemente su salvación. Estamos aquí para servir al Rey de reyes, estamos aquí para ver que su novia está en condiciones para que él vuelva, para que Jesucristo vuelva por su amada. Él nos escogió antes de la fundación del mundo con un propósito. No estamos aquí por casualidad.

Y, ¿cómo responde este hombre? Responde de una forma que hemos aprendido que es la respuesta necesaria para cualquier hombre o mujer que quiere ser vencedor en Jesucristo. Dice: “¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (1:6). En este tiempo Jeremías no era un niño; probablemente ya tenía veinte y tantos años. Y si leemos en el versículo 1 del capítulo 1, vemos que era hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot. Era hijo de un sacerdote, es decir que ya llevaba años aprendiendo del Señor.

Entonces, cuando él dice: “He aquí, no sé hablar, porque soy niño”, está hablando lo que encontramos en Romanos 7: “...en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. Está diciendo: “Yo no soy capaz en mí mismo”. Cuando el Señor le responde, yo no creo que esté enojado con Jeremías. Yo siempre lo leía así, pero dice: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová” (1:7-8).

El Señor nos dice: “No se preocupen porque no son capaces, no se preocupen de lo que van a hacer, no se preocupen a quién van a ir, no se preocupen de lo que van a decir en ese momento”. El Señor no está enojado con Jeremías, más bien está consolando su corazón, y está enseñándole las primeras cosas para ser un vencedor. Él no tenía expectativas de Jeremías, ni estuvo esperando para que a Jeremías se le ocurriera algo que pudiera hacer para él. “Te conocí antes que te formase”. Es el Señor quien habla, quien manda. Es el Señor quien hace su obra.

¡Qué diferencia hay entre el capítulo 1 y el 2! “Es Israel siervo? ¿es esclavo?”. ¿Estamos llamados para ser derrotados por Satanás, para luchar contra el pecado cada día de nuestra vida? ¡Israel no es esclavo! Por medio de la sangre de nuestro Señor Jesucristo, nunca más seremos esclavos.

Son precisamente las experiencias de Jeremías en todo este libro las que le muestran en qué había fallado el pueblo. Jeremías fue conducido por un camino angosto, muchas veces sufriendo aflicciones, pero él ya había recibido la palabra del Señor. Versículo 10: “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos...”. Y otra vez lo confirma en el versículo 18.

Qué maravillosa es esta Escritura, porque vemos en ella el propósito eterno de Dios: que no estemos satisfechos con la salvación, ni tampoco satisfechos con una apariencia de espiritualidad. Que la vida verdadera de Cristo sea expresada. Que tomemos más y más del carácter de nuestro Señor Jesucristo cada día, para que nos preparemos como su novia, para presentarnos como una novia santa y sin mancha delante de él.

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