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La
sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia
Mártires
ayer y hoy
Jacobo
el Mayor
Jacobo era hijo de Zebedeo, hermano mayor de Juan y pariente de nuestro
Señor (su madre Salomé era prima hermana de María).
El rey Herodes Agripa, recién designado gobernador de Judea, quiso
congraciarse con los judíos, por lo cual suscitó una intensa
persecución contra los dirigentes de la iglesia.
Clemente de Alejandría dice que cuando Jacobo estaba siendo conducido
al lugar de su martirio, su acusador fue llevado al arrepentimiento, cayendo
a sus pies para pedirle perdón, profesándose cristiano,
y decidiendo que Jacobo no iba a recibir solo la corona del martirio.
Por ello, ambos fueron decapitados juntos. Así recibió,
resuelto y bien dispuesto el primer mártir apostólico, aquella
copa que él le había dicho a nuestro Salvador que estaba
dispuesto a beber. Su muerte tuvo lugar el 44 d.C., diez años después
de la de Esteban.
Perpetua
Eran los días del Imperio Romano. Perpetua era una joven cartaginesa
de 22 años, recién casada con un hombre de alto rango. Fue
arrestada por no aceptar ofrecer sacrificios al emperador, como era costumbre
entre los romanos. En esos días, ella amamantaba a su pequeño
niño.
Estando en la cárcel, vino a verla su padre (no se tiene noticias
de que su esposo la haya visitado), quien le pidió por amor a sus
padres, que abjurase de la fe cristiana. Ella le dijo, mostrándole
un vaso: ¿Puedo llamar a este vaso otra cosa de lo que es?
Seguramente que no. Así tampoco yo puedo dejar de llamarme cristiana,
puesto que lo soy. Poco después fue encerrada en un pequeño
calabozo. Al verse privada de su hijo y del compañerismo de sus
hermanos en la fe, y expuesta al trato brutal de los soldados, se sintió
abrumada y tentada a retroceder. Perpetua consiguió que le trajesen
el hijo a prisión, lo estrechó sobre su pecho y se consoló.
Luego, sabiendo que tendría que morir, lo encomendó al cuidado
de su madre, quien también era cristiana.
En la sala de audiencias, ella y otros cristianos confesaron resueltamente
su fe en Jesucristo. Estando allí, su anciano padre entró
en el recinto, con un esclavo que traía al niño en brazos,
y le conjuró de tener piedad de su vejez y de la inocencia del
pequeño. El gobernador le dijo: Ten piedad de los cabellos
blancos de tu padre; ten piedad de tu hijo, y sacrifica al emperador.
No puedo, fue la resuelta contestación de ella. ¿Eres
cristiana?, le preguntó el juez. Sí, soy cristiana,
contestó. El juez entonces mandó que sacasen de la sala
al anciano padre; pero sólo pudieron sacarle por la fuerza.
Todos fueron condenados a ser lanzados a las fieras del circo en la próxima
festividad, que tendría lugar en el aniversario de la ascensión
del emperador. El día de la ejecución, siguiendo una costumbre
antigua, quisieron vestir a los hombres como sacerdotes de Júpiter,
y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Los mártires protestaron,
alegando que morían por no someterse a esas abominaciones, y que
era inicuo vestirlos así. La protesta fue tenida en cuenta y reconocida
como justa.
Cuando llegó la hora señalada, el cortejo de mártires
fue conducido al circo; Perpetua era la última. La tranquilidad
de su alma se reflejaba en su rostro, lleno de una santa alegría.
Antes del último momento se abrazaron y besaron como hermanos,
y murieron animados por la dulce seguridad de la gloriosa inmortalidad.
Juan
C. Varetto, La Marcha del Cristianismo
Los
26 mártires de Uganda
A fines del siglo XIX, unos misioneros católicos llegaron a Uganda
(África) y comenzaron a evangelizar. Como fruto de su labor, muchos
se convirtieron a la fe, incluso en el palacio del rey Muanga. Era conocido
de todos que este rey era homosexual. Cuando el jefe del personal de mensajeros
del palacio José Makasa se convirtió al cristianismo le
hizo saber al rey que la Biblia condena totalmente la homosexualidad,
declarándole que es un pecado merecedor de la muerte (Levítico
18), que es algo que va contra la naturaleza (Romanos 1:26), y que los
que lo cometen no entrarán al reino de Dios (1 Corintios 6:10).
Muanga, indignado, ordenó matar a Makasa por su osadía.
Al saber esta terrible noticia, los demás cristianos que trabajaban
en el palacio, se aferraron con más fuerza a su fe. Poco después
el rey Muanga pretendió seducir a un joven cristiano, Muafa, pero
éste se negó a ello, diciéndole que su cuerpo era
templo del Espíritu Santo. El rey averiguó quién
le había enseñado al joven esa doctrina, y cuando lo supo,
mandó a matar también a aquel cristiano.
Entretanto, Carlos Luanga, que sucedió a José Makasa en
palacio, alentaba a los cristianos a ser fieles hasta la muerte.
El rey tenía como primer ministro al brujo Katikiro, el cual estaba
disgustado porque los que se hacían cristianos ya no se dejaban
engañar por sus brujerías. Entonces convenció al
rey de que debía hacer morir a todos los cristianos.
Muanga reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: De
hoy en adelante queda totalmente prohibido, en mi reino, ser cristiano.
Los que renuncien a serlo, quedarán libres; los que no, irán
a la cárcel y a la muerte. Y agregó: Los que
quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia delante.
Carlos Luanga fue el primero en dar el paso; lo siguió Kisito,
el más pequeño de los mensajeros, y 22 jóvenes más.
Inmediatamente, entre golpes y humillaciones fueron llevados a prisión.
Más tarde, el rey los volvió a reunir y les preguntó:
¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?. Ellos
respondieron a coro: «Cristianos hasta la muerte». Entonces,
por orden de Katikiro, fueron llevados muy lejos de allí. Después
de haberlos tenido siete días en prisión, en medio de los
más atroces sufrimientos, les ordenaron reunir la leña,
y los envolvieron en esteras de juncos muy secos. Hicieron un inmenso
montón de leña seca, los colocaron allí y les prendieron
fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando
a Dios, hasta el último aliento de su vida.
Por el camino los verdugos se llevaron a dos mártires más.
Uno por haber convertido a unos niños, y el otro por haber logrado
que su esposa se hiciera cristiana. Ellos se unieron a los otros mártires,
que en total de 26, murieron por defender su fe y su castidad.
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