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Tomando
de Jesús cada día
Rodrigo
Calderón U.
Cuando
conocí el desierto hace unos días atrás
me di cuenta de que no tiene agua ni comida. Mientras los israelitas viajaban
por el desierto desde Egipto hasta su patria tuvieron que depender de
una provisión de alimento y agua que normalmente no existía.
Cada día Dios les enviaba una porción de maná que
caía del cielo. El maná duraba sólo un día,
ya no era comestible al día siguiente. De esta forma, el pueblo
dependía de Dios todos los días (Éxodo 16:13-24).
En la oración que Jesús enseñó a sus discípulos,
dice: el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy
(Mateo 6:11). No sólo pedimos suficiente comida para alimentarnos
físicamente, sino que, también, pedimos ese alimento espiritual
que es Jesús, el pan de vida (Juan 6:35). El maná
tenía que ser recogido y comido ese día, así que
cada día necesitamos un toque fresco de Jesús para crecer
espiritualmente. Él es el Verbo de Dios (Apocalipsis
19:13), con quien tenemos comunión como amigo personal. El maná
mantenía la vida física, el Pan del cielo nos da vida eterna.
Jesús dijo: Yo soy el pan vivo que descendió del cielo;
si alguno comiera de este pan vivirá para siempre; y el pan que
yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo
(Juan 6:51).
Jesús es también el Agua de vida (Juan 4:10).
El agua que él da es una fuente de agua que salta para vida
eterna (Juan 4:13). El agua del desierto salió de una roca
(Éxodo 17:6), y Cristo es esa Roca (1ª Corintios 10:4). ¡Sólo
Él puede dar vida eterna!.
Tú y yo somos tan dependientes del maná del cielo y del
agua de la roca, como lo fue el pueblo de Israel en el desierto. No podemos
cambiar el clima, ni cultivar grano para comer. No podemos crear vida,
porque la vida es creada por Jesucristo (Colosenses 1:16). Él es
la Palabra viva que crea y mantiene tanto la vida natural como espiritual.
Jesucristo es el pan de vida y el agua viva que nos sostiene y alimenta
cada día.
¿Primogenitura
o lentejas?
Rolly
Hermosilla
Y
dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró,
y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces Jacob dio a Esaú
pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió,
y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú
la primogenitura (Génesis 25:33-34).
Caminaba
junto a un hermano hacia la reunión, un domingo en la mañana,
conversando sobre la facilidad con que algunos jóvenes cristianos
se van al mundo, tras algún deseo de la carne, causando gran dolor
a la Iglesia. Hablábamos de cómo el Señor, durante
todos estos años nos ha guardado y sostenido. El hermano me decía:
Te imaginas, a esta altura del partido, ¿cambiar la primogenitura
por un plato de lentejas?. Me quedé sorprendido por la luz
que el Señor le dio al hermano, y como esa luz me alcanzó.
¿Cuántas veces hemos querido dejar todo, porque nos sentimos
cansados?. Nadamos contra la corriente de este mundo, somos bichos raros
para nuestros compañeros o colegas de trabajo. Nos cuesta tanto
correr esta carrera. Nuestra carne nos pide satisfacer sus deseos, y el
mundo nos ofrece muchas alternativas.
Ese día me pregunté si cambiaría las bendiciones,
la salvación, el amor de Dios, los privilegios de ser un escogido
de Dios, la gracia de haber sido perdonado y que mis ropas hayan sido
lavadas en la sangre de Jesucristo, todo eso y mucho más, por un
plato de lentejas. Llámese mujer mundana, fiestas, dinero, cualquiera
de las cosas que le agradan a mi alma. Debo ser sincero y reconocer que
muchas veces he querido hacerlo. Pero el Señor en su gracia y su
misericordia me ha librado, diciéndome al corazón Yo
no te traje hasta aquí para volver atrás. Te
he preparado lugar aquí en los cielos. El cielo y
la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mis
promesas son verdaderas.
Quizás en algún momento, sentirás mucho cansancio,
sentirás que la sed te quema la garganta, tal como Esaú,
y ten por seguro que Satanás estará atento para ofrecerte
y tentarte con comida de muerte. ¿Pero sabes?, Jesús dice:
Yo soy verdadera comida y verdadera bebida. El que come de
Cristo nunca tendrá hambre. Te aliento a no poner la vista en las
cosas que se ven, si no en las que no se ven. Avancemos como viendo al
Invisible, puestos los ojos en Jesús, comiendo y bebiendo de él.
No sea que después de haber caminado largo trecho, y recibido muchas
bendiciones, nos veamos cambiando nuestra primogenitura por un plato de
lentejas.
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A
los necesitados
Mixsy
Neira
Cuando
estamos pasando por necesidades es bueno orar a nuestro Padre celestial.
Pero a veces, tememos que nuestras oraciones no sean escuchadas. ¿No
nos hemos dado cuenta quiénes somos para Él? Somos sus hijos
(Juan 1:12-13). En Mateo 6:8-9, el Señor Jesús nos enseñó
a orar: Padre nuestro que estás en los cielos, identificándonos
como hijos de Dios.
Nuestro Padre desea una relación íntima con sus hijos. Él
desea comunicarse con nosotros. En Mateo 7:7,11 dice: Pedid, y se
os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas
a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está
en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?.
Dios nos ama incondicionalmente. Qué alegría es saber que
el Señor nos ama sin importar nuestra condición. Él
ha prometido suplir todas nuestras necesidades. Mirad la aves del
cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre
celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más
que ellas? (Mateo 6:26). Pero tenemos que reconocer que debemos ser obedientes
para recibir su bendición. Debemos pedir a nuestro Padre con un
corazón sincero. Él siempre estará ahí y nunca
nos dejará.
Si deseas que Dios bendiga tu vida, debes ser obediente. El Señor
nos disciplina como un padre a su hijo. No menosprecies la reprensión,
ni desmayes. Soporta la disciplina, porque ¿qué hijo es
aquel a quien el padre no disciplina? (Hebreos 12:5-8). Ésta es
una acción de amor. Es verdad que la disciplina puede causar tristeza
o dolor, pero después se ve el fruto y aparece el gozo.
En Hebreos 12:10 se nos dice que debemos participar de su santidad. Por
lo tanto, confesemos nuestros pecados. Pidamos perdón. Despojémonos
de todo peso para recibir la bendición de Dios. Pongamos nuestros
ojos en Jesús cada día.
El Señor es bueno, misericordioso y amoroso con sus hijos. Arraiguemos
esta verdad en nuestro corazón. Confiemos en que nuestras oraciones
serán oídas y procuremos ser santos y obedientes para que
Dios bendiga nuestras vidas.
No
tengo tiempo para Dios
Alvaro
Soto
Creo
que más de alguna vez, como jóvenes, hemos pensado o dicho
lo siguiente: Estoy muy ocupado, no tengo tiempo para Dios.
Tengo mucho que estudiar. Estoy muy cansado, tuve una
semana terrible. Ahora no, quizás otro día.
Primero están mis estudios, mi trabajo, mi familia.
Otros podrán argumentar: Estoy invirtiendo mi tiempo en lo
que es importante para mi futuro. Éstas pueden ser muy buenas
excusas para nosotros mismos o para los que nos rodean, pero no para Dios.
¿Acaso no es importante Dios en tu vida y para tu futuro? La Palabra
del Señor nos da un sabio consejo. Acuérdate de tu
Creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días
malos y vengan los años en que digas: No encuentro en ellos placer
alguno (Eclesiastés 12:8 NVI). Esta es una invitación
a hacer un alto en nuestras actividades para considerar a nuestro Creador.
Sí, ahora cuando somos jóvenes. Ahora, cuando tenemos más
fuerzas, debemos rendir nuestra vida al Señor Jesucristo y permitir
que él nos gobierne.
Quizás el Señor te ha estado hablando, pero tú has
seguido tu camino, tus proyectos. No has querido darle lugar. Has pensado
que tienes toda la vida por delante. Que es demasiado pronto para rendir
tu vida al Señor. Pero en medio de los agitados días que
vives, se escucha una voz muy potente que dice: Acuérdate
de Jesucristo (2ª Timoteo 2:8).
Te invito a reordenar tu vida. A replantear tus prioridades. A darle al
Señor Jesús el primer lugar. Él no nos pide grandes
esfuerzos, sólo quiere nuestro corazón. No se trata de un
asunto de tiempo sino de una actitud de amor hacia Jesús. Él
sabe que a veces tenemos mucho que estudiar. Que debemos cumplir responsablemente
en el trabajo, y con nuestra familia. Estas son actividades muy necesarias
e importantes que nos sirven para dar testimonio del Señor, y para
que él reciba toda la gloria.
Amemos al Señor. Digámosle que lo amamos, a cada instante.
En la calle, al despertar, antes de dormir. Pensemos constantemente en
él. Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo
pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías
26:3). Habrá momentos en no puedas pasar mucho tiempo con el Señor,
pero el solo hecho de pensar en él te bendecirá. Como ves,
¡siempre hay tiempo para Dios!
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Limpiando
el camino
Jair
Ramos
¿Con
qué limpiará el joven su camino. Con guardar tu palabra?
(Salmos 119:9).
Nosotros
los jóvenes, siempre vivimos con incertidumbres acerca del camino
a seguir. En lo terrenal y en lo espiritual, surgen muchas dudas y preguntas.
Necesitamos tomar las decisiones correctas para que sea despejado nuestro
camino.
El salmista hace una pregunta: ¿Con qué limpiará
el joven su camino? La respuesta del Espíritu es: Con guardar
tu Palabra. Gracias a Señor que tenemos esta respuesta, pero,
¿qué es guardar la Palabra?
La respuesta la encontramos en las palabras del Señor Jesucristo
en Mateo 7:24-27. Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y
las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó
su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos,
y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó,
porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas
palabras y nos las hace, le compararé a un hombre insensato, que
edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella
casa; y cayó, y fue grande su ruina.
Aquí vemos a dos individuos que están oyendo al Maestro.
Los dos están oyendo el mismo mensaje. Ambos se empapan de la Palabra
revelada, al igual que lo hicieron los discípulos que anduvieron
con Jesús. Pero, ¿cuál es la diferencia entre ellos?
Que uno la puso por obra y el otro no. ¡Esa es la diferencia! El
que practica la Palabra, edifica sobre la Roca; el que no la practica,
edifica sobre la arena.
Muchas veces creemos que guardar la Palabra es atesorar los mensajes en
nuestro corazón o en nuestro intelecto. Hoy se habla mucho del
logos y del rhema. Logos es el conocimiento de la palabra, rhema es la
palabra revelada. Pero existe algo más excelente que logos y rhema,
es la Palabra hecha vida. Por lo tanto podemos afirmar que
guardar la palabra es nada menos que oír y hacer.
Amado joven, tu camino se limpiará si guardas la palabra de Dios.
Cuando tengas que escoger, frente a una tentación, o a una duda,
cuando el camino no esté despejado, no serás tú quien
tome la decisión, no serás tú quien venza la tentación.
No serás tú sino la Palabra que está en ti, la Palabra
que has guardado. Y, ¿sabes?, ¡la Palabra es Cristo!
Sólo así puede ser limpiado nuestro camino. No hay otra
manera. Sólo Cristo puede limpiarlo. Porque cuando está
oscuro, él alumbra. Cuando hay mentira, él es la verdad.
Cuando hay duda, él es la fe. Cuando hay que escoger, él
es el camino. Cuando hay muerte, él es la vida. Cuando hay pecados,
él es el perdón. ¡Cristo es la Palabra! ¡Cristo
es todo!
Por tanto, ¿con qué limpiará el joven su camino?
Con oír a Cristo, con guardar a Cristo, con mostrar a Cristo.
EQUIPO
DE REDACCIÓN:
Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón
U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés
Contreras L.
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