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¡Ah,
esos niños!
Una
gran excusa
Mi hija Bárbara de cinco años me había desobedecido
y la mandé a su dormitorio. Después de algunos minutos entré
para conversar sobre lo que ella había hecho. Ella me preguntó
con sus ojos llenos de lágrimas:
Mami, ¿por qué hacemos cosas malas?
le dije:
A veces el diablo nos dice que nos portemos mal, y nosotros le
hacemos caso, en vez de oír lo que nos dice Dios.
A lo que ella respondió sollozando:
Pero Dios no habla suficientemente fuerte.
Jo
M. Guerrero, Christianity Today
Una
nieta perspicaz
había un hombre mayor que frecuentaba las reuniones de la iglesia,
pero no era salvo. Él pensaba que ir a la iglesia era un buen hábito,
así que iba frecuentemente y quería que la familia lo acompañase.
Muchas veces después de las reuniones él iba a casa y tenía
accesos de mal genio. Toda la familia le tenía miedo.
Cierto día su hija casada fue a verlo. Esta hija pertenecía
al Señor. Cuando lo visitó, fue en compañía
de su hijita de cuatro años. El abuelo, naturalmente, llevó
a su nieta a la iglesia. Después de la reunión, cuando salían,
la pequeña miró al abuelo y sintió que él
no parecía un creyente en el Señor Jesús. En el camino
a casa ella le preguntó si creía en Jesús. El anciano
abuelo replicó que una niña no debía hablar. Después
de algunos pasos, la niña repitió: para mí,
usted no parece un creyente en Jesús. El viejo nuevamente
respondió: Una niña no tiene permiso para hablar.
después de algunos momentos, la pequeña insistió:
¿por qué usted no cree en Jesús?. Esta
vez el abuelo fue cogido. Aquel que era temido por los demás, fue
llevado al Señor a través de esas simples preguntas.
Watchman
Nee, en Cómo llevar personas a Cristo
La
belleza de la gracia
¿Cómo fue usted salvado? se preguntó
a un muchachito que quería unirse a la iglesia.
Yo y Jesús lo hicimos contestó.
¿Qué parte hizo usted, y cuál Jesús?
preguntó un diácono.
Jesús me salvó, y yo ... le dejé hacerlo, no
más.
Ningún teólogo podría expresarlo mejor.
En
"tras las almas perdidas", de Austin Crouch
El
niño más cariñoso
Cierta vez se hizo un concurso bien peculiar, cuyo propósito era
encontrar al niño más cariñoso. El ganador fue un
niño de 4 años cuyo vecino era un anciano a quien recientemente
se le había fallecido su esposa.
El niño, al ver al hombre llorar, fue al patio de la casa de éste,
se subió a su regazo y se sentó. Cuando su mamá le
preguntó qué le había dicho al vecino, el pequeño
niño le contestó:
Nada, sólo le ayudé a llorar.
Una
estrella en la ventana
Durante la Segunda Guerra Mundial era costumbre en los Estados Unidos
que una familia que tuviera un hijo sirviendo en el ejército colocara
una estrella en la ventana frontal de su casa. Una estrella dorada indicaba
que el hijo había muerto apoyando la causa de su país.
Una noche, un hombre iba caminando por una calle de Nueva York, acompañado
de su hijo de 5 años. El niño estaba interesado en las muy
iluminadas ventanas de las casas y quería saber por qué
algunas tenían una estrella en la ventana. El padre explicó
que esas familias tenían un hijo peleando en la guerra. El niño
aplaudía cuando veía otra estrella en la ventana y exclamaba:
¡Mira, papá, otra familia que dio a su hijo por su
país!
finalmente, llegaron a un lote vacío y a una brecha en la hilera
de casas. A través de la brecha se podía ver una estrella
brillando en el cielo.
¡Papá! dijo el niño.Mira esa estrella
en la ventana del cielo. Dios debe haber dado a su hijo también.
M.R.D.
En Nuestro Pan Diario, vol. V
Extraños
misioneros
cuando el misionero inglés charles T. Studd venía de regreso
de China, traía consigo su pequeña prole nacida en ese país,
compuesta por cuatro pequeñas niñas.
En Shangai se embarcaron en un vapor del Lloyd Alemán. Los camareros
eran todos músicos, los cuales formaban una banda que todas las
tardes tocaba en el salón. Las cuatro niñas se sentaban
entonces embelesadas a escuchar música. El tercer día, luego
de la diaria sesión de música, las niñas entraron
en el camarote de sus padres, muy excitadas, diciendo: No podemos
comprender estos misioneros de ninguna manera, pues no hacen más
que tocar música y nunca cantan himnos ni oran. ¡en
su vida en el interior de la China nunca habían visto un hombre
o una mujer blancos que no fueran misioneros!
En"C.T.
Studd, deportista y misionero", por norman P. Grubb
Una
ilustración sobre el amor
meditaba en su cuarto de estudio un predicador, buscando una ilustración
sobre el amor.
De pronto entró en el cuarto su hijita pequeña, diciendo:
Papá, siéntame un poco sobre tus rodillas.
No, hijita, no puedo ahora; estoy muy ocupado contestó
el padre.
Quisiera sentarme un momento en tus rodillas, súbeme, papá
dijo ella.
El padre no pudo negarse a una súplica tan tierna, y tomó
a la niña y la subió a sus rodillas, y dijo:
Hijita mía, ¿quieres mucho a papá?
síque te quiero contesta la niña te quiero
mucho, papá.
¿Cuánto me quieres, pues? preguntó el
padre.
La niña colocó sus manecitas en las mejillas de su padre,
y apretándolas suavemente, contestó con afecto:
Te quiero con todo mi corazón y con mis dos manos.
Esta respuesta encerraba en pocas palabras lo que debe entenderse por
una dedicación completa, y dio al predicador el ejemplo que buscaba.
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