.Una revista para todo cristiano · Nº 22 · Julio - Agosto 2003
PORTADA
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La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia

Mártires ayer y hoy

Una dama insobornable
En la Roma Imperial, bajo el emperador Decio (s.III), vivió Agata, una dama siciliana, notable por sus dotes personales y adquiridas como por su piedad. Tal era su hermosura que Quintiano, gobernador de Sicilia, se enamoró de ella, e hizo muchos intentos por vencer su castidad, pero sin éxito. A fin de gratificar sus pasiones con la mayor facilidad, puso a la virtuosa dama en manos de Afrodica, una mujer infame y licenciosa. Esta miserable trató, con sus artificios, de ganarla a la deseada prostitución, pero vio fallidos todos sus esfuerzos, porque la castidad de Agata era inexpugnable, y ella sabía muy bien que sólo la virtud podría procurar una verdadera dicha. Afrodica hizo saber a Quintiano la inutilidad de sus esfuerzos, y éste, enfurecido al ver sus designios torcidos, cambió su concupiscencia en resentimiento. Al confesar ella que era cristiana, decidió satisfacerse con la venganza, ya que no lo pudo hacer con su pasión. Siguiendo órdenes suyas, fue flagelada, quemada con hierros candentes, y desgarrada con aguzados garfios. Habiendo soportado estas torturas con una admirable fortaleza, fue luego puesta desnuda sobre ascuas mezcladas con vidrio, y luego devuelta a la cárcel, donde expiró el 5 de febrero del 251.
John Fox, "El libro de los mártires"

El valor concedido a un anciano
Durante el reinado de Luis XIV, conocido como “el Rey Sol”, fueron perseguidos con gran saña los cristianos no católicos. Uno de ellos, Honnel, pastor de 71 años de edad, fue condenado a morir atado a una rueda. Estando en el suplicio, exclamaba: “Durante 43 años no he enseñado más que la Sagrada Escritura y yo os exhorto a que jamás la abandonéis. Mis sufrimientos son horribles; pero si mil vidas tuviera otras tantas sacrificaría por el amor de mi Señor que sufrió en la cruz”.
El verdugo le dijo: “¿Quieres predicar aún?”, y con un golpe le rompió el brazo derecho. “Señor, Dios mío, ten piedad de mí –exclamó el mártir–. Dame fuerzas para sufrir”.
Y el Señor se la otorgó, pues durante cinco horas le quebrantaron todos los huesos, uno tras otro, y no se le escapó ni una queja.
Samuel Vila, "El cristianismo evangélico"

El ejemplo del hijo
Siglo XX. Rumania. Un pastor, cuyo nombre era Florescu, fue torturado con cuchillos y hierros al rojo vivo por los comunistas. Lo golpearon salvajemente. En seguida introdujeron enormes ratas hambrientas a través de un caño en su celda. No podía dormir porque tenía que defenderse. Tan pronto se descuidaba y cabeceaba, las ratas lo atacaban.
Los comunistas querían obligarle a denunciar a sus hermanos en la fe, pero él resistió firmemente. Por último, trajeron a su hijo, de catorce años, y comenzaron a azotarlo en su presencia, advirtiéndole que el castigo continuaría hasta que entregase la información pedida. El pobre hombre ya casi había perdido la razón. Resistió todo lo que pudo, pero al final, cuando no podía más, se dirigió a su hijo: “Alejandro, debo decirles lo que quieren. ¡No puedo soportar que te sigan torturando!”. Su hijo le respondió: “¡Papá, no cometas conmigo la injusticia de tener por padre a un traidor. Sopórtalo. Si me matan, moriré gritando: Jesús y mi patria!”. Los comunistas, enfurecidos por tal respuesta, se lanzaron sobre el muchacho y lo mataron a golpes. Murió alabando a Dios. Después de ver aquello, nuestro querido hermano Florescu nunca pudo ser el mismo de antes.
Richard Wurmbrand, "Torturado por Cristo"

Mayor que Mao
Siglo XX, década de los ’60, China. Un médico chino fue detenido por los Guardias Rojos. Por negarse a decir que el presidente Mao era mayor que “su Cristo” fue golpeado hasta quedar inconsciente. Lo cubrieron con una manta y lo dejaron tendido en el suelo del hospital. Le prometieron regresar a los pocos días. Cuando lo hicieron, su respuesta fue muy sencilla: “Mi Cristo es mayor que el presidente Mao. Es el Señor de señores y Rey de reyes. Se le ha dado un nombre que es sobre todo nombre en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra.”
Le dieron otra paliza; pero la respuesta siguió siendo la misma: “Mi Cristo es mayor”.
Al cabo de varios días decidieron poner fin a esta situación. Lo desnudaron por completo y le hicieron permanecer de pie sobre un banco angosto, de apenas unos quince centímetros de ancho. “¡Ahora –le gritaron–, si tu Cristo es mayor que el presidente Mao, que te salve! Nuestro presidente Mao puede salvarte. Basta que lo admitas.”
Con voz calmada y en tono casi inaudible, les repitió el relato bíblico de los hombres en el horno de fuego. Elevó la voz mientras miraba a sus torturadores, y les dijo: “No recibieron quemaduras porque el Señor estaba con ellos. ¡Y Él está conmigo ahora!”
Pasaron las horas sin que temblara un músculo en su cuerpo. La gente comenzó a darse cuenta. “¿De dónde saca este anciano tanta fuerza?”, se preguntaban.
Su presencia se estaba transformando no sólo en un testimonio para Cristo, sino en causa de vergüenza para los otros que lo veían de pie, desnudo, sobre el banco. Por último, el dirigente comunista no pudo seguir soportándolo. Desnudo y sin lanzar una sola queja, el “hombre que creía que Cristo era mayor que el presidente Mao” había estado en equilibrio sobre un banco angosto desde las siete de la tarde hasta las diez de la mañana siguiente. Al cabo de quince horas de lo que denominó “paz y comunión”, lo empujaron al suelo. Los Guardias Rojos le prometieron que volverían otro día. Regresaron una semana después, lo tomaron frente a sus pacientes, se lo llevaron arrastrando y lo colgaron.
Los Guardias Rojos pelearon entre ellos. Estaban asustados. Varios de ellos querían cortar la soga y dejar que el hombre cayera al suelo antes de que muriera. Después de unos instantes, uno de ellos cortó la soga. El anciano cayó al suelo y les predicó su último mensaje: “Mientras estaba colgado, mi corazón se llenó de compasión por ustedes”. Luego murió como había muerto Esteban mucho antes.
Carl Lawrence, "La iglesia en China"

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