.Una revista para todo cristiano · Nº 22 · Julio - Agosto 2003
PORTADA
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"Bocetos" · Suplemento Juvenil
Para jóvenes dispuestos a servir

“Levantarán alas como las águilas...”

Rodrigo Calderón U.

¿Has tenido alguna vez un período en tu vida en que has sentido que ya no puedes más? Estabas deprimido, debilitado, y cansado. ¿Sabías que los grandes hombres de la Biblia, aquellos que nos transmiten más consolación, son los que enfrentaron las circunstancias más difíciles?
Cuando Isaías predijo que el pueblo sería llevado cautivo a Babilonia, les dio estas palabras de aliento: «¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:28-31). Isaías les está diciendo que «soporten como valientes», cuando todo parece estar perdido, ya que hay promesa para ellos.
Espera la ayuda de Dios. Entonces podrás ascender por encima de tus problemas, así como las águilas vuelan alto con sus poderosas alas. Las águilas no se esconden cuando viene una tormenta como hacen las demás aves, sino que vuelan directo hacia ella. Debemos ser como las águilas, sin miedo a las tormentas que rugen a nuestro alrededor, confiando en Dios.
Las águilas hacen sus enormes nidos en una roca alta donde saben que estarán seguras. Nosotros también debemos anidar sobre una Roca más alta que las cosas del mundo. Nuestra roca es Cristo (1ª Corintios 10:4).
Las águilas no comen animales muertos. No comen basura. Tampoco nosotros debemos alimentar nuestras mentes con cosas impuras. Si lo hacemos, moriremos espiritualmente.
Las águilas pasan por períodos en que mudan sus plumas y no pueden volar bien. En esos momentos ellas sólo esperan quietas hasta que su nuevo plumaje crezca, sabiendo que son vulnerables al enemigo. Cuando las diferentes situaciones de la vida parecen habernos quitado nuestro poder, debemos quedarnos quietos y esperar en Dios. Debemos descansar en su paz, sabiendo que todo tiene su tiempo y que ese momento difícil pasará (Eclesiastés 3:1).
El rey David sabía lo que era sentirse deprimido, pero también sabía lo que debía hacer para sentirse mejor: «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma. Como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma” (Salmos 131:2). Si confiamos en el Señor como niños, como lo hizo el rey David, Dios nos ayudará. Ordenemos a nuestra alma que espere reposadamente la pronta respuesta y el oportuno socorro que viene del Señor.


Padres e hijos:
¿Quién estorba a quién?

Rolly Hermosilla

“Y le mostraré que yo juzgaré su casa por siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado.” (1ª Samuel 3:13).

¿Sientes que tus padres muchas veces son un estorbo para ti, y para hacer lo que quieres?. No te dejan tranquilo, no hay muchos permisos para ir a fiestas, pololear o salir con tus amigos. Para qué hablar del domingo: cuando quieres quedarte durmiendo un poco más, te sacan de la cama y te llevan a la iglesia. Qué terrible, ¿no?
Si este es tu caso, debes dar gracias a Dios por tus padres, ya que su deber es estorbarnos para que no pequemos. Suena confuso o cruel, pero esto no se les ocurrió a ellos, ni menos a mí, sino que es un mandato de Dios. Si ellos no lo cumplen, o nosotros no les obedecemos, habrá consecuencias que pagar, y en vez de ser estorbados por nuestros padres, pasaremos nosotros a ser estorbo para su vida cristiana. ¿Cómo es eso? Sabemos que los que amamos al Señor, somos sus siervos. Por lo tanto cada uno tiene un servicio. ¿Quieres ser tú la causa por la cual tus padres pierdan su servicio y la gloria que conlleva el servir a Dios?
Veamos esto a la luz de 1 Samuel 2:12-36, y los capítulos 3 y 4 del mismo libro. Un siervo de Dios, el sacerdote Elí, tenía dos hijos que pecaban delante del pueblo de distintas maneras. Incluso durmiendo con mujeres a la puerta del tabernáculo de reunión. Todo el pueblo sabía esto, y los comentarios llegaron a oídos de su padre. Pero Elí no tuvo la suficiente autoridad para detener a sus hijos, y se limitó a pedirles explicaciones (v.23-25). Elí honró más a sus hijos que a Dios (v. 29). Esta situación produjo un gran celo en Dios, quien determinó cortar el servicio sacerdotal de la familia de Elí (su padre también había sido sacerdote en la casa de Jehová) y juzgó su casa por el pecado de sus hijos (1 Samuel 3:13). Después de esto, Israel perdió la guerra contra los filisteos, quienes capturaron el Arca del Pacto de Jehová y mataron a los hijos de Elí. Éste, al enterarse de lo ocurrido, cayó de su silla y se golpeó la cabeza, muriendo en el acto. También la nuera de Elí, que estaba encinta, al saber de la muerte de su esposo y su suegro, y la captura del arca, dio a luz un niño al que llamó Icabod, que significa “sin gloria”, y luego falleció.
Todo lo anterior es muy doloroso y terrible, pero es lo que puede llegar a suceder cuando los hijos no somos estorbados por nuestros padres. ¿Somos acaso los hijos más dignos de honra que Dios? Definitivamente, NO.
Honremos a nuestros padres, como el mandamiento lo dice, para que no estorbemos su servicio, y para que se alarguen nuestros días sobre la tierra.

 

Él escoge vasos de barro

L.E.P.

Puedo asegurarte que ese sábado había alrededor mío un montón de vasos disponibles. Estábamos uno al lado del otro. Algunos brillaban más que otros, porque no todos éramos de barro, pero estaban todos sanos, sin resquebrajaduras, impecables. Muchos habrán pensado: «...Éste es mi día. El dueño de la casa tiene invitados, entonces va a poner a los mejores en su mesa, así que cuando entre en esta habitación, al primero que escoja va a ser a mí». Y como ése, casi todos.
Pero no, el Señor nos asombró, como suele hacer siempre, pero esta vez hubo algo distinto. Entró en la habitación y miró a todos. Él ya sabía cuántos tenía y cómo éramos y estábamos, porque todos los días nos dedicaba tiempo, nos pulía y nos limpiaba con mucho amor. Nadie entendía a nuestro Señor, cómo podía ser que le dedicara tanto tiempo a un par de vasos vacíos.
Él entró y nos miró. Fijó su vista en uno en especial y fue hacia él. Era de barro, estaba feo, medio roto, tenía tierra, como si nadie hubiera sabido que existía por mucho tiempo. Pero Él lo tenía en mente y lo tomó justo ese día, el día que menos lo esperaba. Se sentía el menor, y al compararse con los otros, ni ganas tenía de mirar al Señor, por lo mal que se veía.
Su brillo se había apagado, hasta el mínimo resplandor que cada uno procuraba tener. En él no había nada, porque todo lo que ponían se perdía por las rajaduras. Él no lo esperaba, y sin embargo, el Señor lo tomó y le dijo: «Tú eres el indicado, tú eres lo que necesito, y así como estás, no te preocupes, no vas a hacerme pasar vergüenza frente a mis invitados, como piensas, porque así como estás eres especial, porque es así como, el que va a brillar en la mesa, voy a ser Yo y no mis utensilios. Es así como voy a darte la utilidad que quiero, y dependerás de mí para hacerlo. Cuando Yo te llene, tus ojos estarán puestos en mí, en que no vaya a quitar mis manos de tu alrededor, porque serás consciente de que si lo hago, todo lo que esté adentro se derramará y se perderá, y así, en ese temor, no te preocuparás más de agradar a otros, sino que tendrás tiempo sólo para mirarme a mí».
El vaso no pudo contener sus ganas de llorar, pero de alegría, porque entendió que el estar así, era el propósito del Señor, que no había sido por descuido, sino que el Señor lo había hecho con toda intención, para enseñarle una lección, a él y a los demás que estaban ahí. Aunque algunos no lo entendieron, todavía no salen de su asombro, y siguen pensando en lo que nuestro Señor y Maestro hizo.
Y es así como te aliento, en la condición en la que te encuentres, a que tus ojos se fijen en Él, y a que te dejes enseñar cuál sea tu camino a seguir, y no te asombres cuando el Maestro te diga: «El escogido eres tú, el especial para esta ocasión». No desmayes por ver tu condición, no desmayes por ver cómo estás, no juzgues tu futuro por cómo estás en el presente, porque sus ojos de amor se fijarán en ti, y así, te tomará y finalizará su obra en ti.


El maravilloso camino del perdón

Rodrigo Calderón U.

«“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mateo 6:14).
Si tú eres como muchas personas, a quienes les gustaría liberarse de las ofensas del pasado, pero que aún cargan recuerdos amargos de los que han sido injustos contigo, escucha esto: El perdón no es imposible; incluso de las peores ofensas que hayas sufrido, tú puedes encontrar la libertad del pasado y tener la paz que viene de Dios, aprendiendo a perdonar realmente de corazón.
Las ofensas siempre causan dolor, aunque nuestro orgullo nos hace negarlo. Algunas personas toman la siguiente actitud: «¿A quién le importa? ¡No significas nada para mí, no me puedes herir!». Eso nos aísla del agudo dolor del primer momento, pero permite que el agente infeccioso del resentimiento, como lo hace una bacteria tóxica, ingrese a nuestra alma, infectándola y produciendo una enfermedad espiritual llamada amargura. Tal condición gradualmente nos aparta de otros, e incluso de Dios.
Negar el dolor evita que iniciemos el camino del perdón. La intensidad del dolor, al comenzar este ejercicio es soportable. Su experimentación debe ser honesta, y lo suficientemente prolongada, para permitir entender la naturaleza exacta de la ofensa. Esto constituye el comienzo de la cura.
Cuando se ha producido una ofensa, a menudo, tratamos de ordenar clara y cuidadosamente las responsabilidades en un incidente en particular. Al igual que los niños, creemos que el mundo gira en torno a nosotros. Si bien esta tendencia es más fuerte en nuestros años de formación, siempre persiste de alguna manera en la vida adulta. Cuando ocurren eventos traumáticos, los niños creen, la mayoría de las veces, que es su culpa.
Una vez que los hechos están claros, podríamos imaginar que el perdón ocurre automáticamente. Sin embargo, con mucha frecuencia, nuestro Yo se atraviesa en el camino. Nuestros impulsos de autodefensa y venganza pueden lanzarnos a la autocompasión, la amargura y la rabia. Puede parecer heroico movernos más allá de nuestro propio dolor, para comprender lo que impide que digamos: «Te perdono».
Parece que los seres humanos siempre hemos tenido problemas con la idea de perdonar a alguien que nos ha ofendido. Esto no es algo natural para nosotros. Pero el Señor Jesucristo vino a mostrarnos una nueva manera, una forma sobrenatural, para vivir. Él nos enseña cómo adoptar nuevas actitudes del corazón que nos ayudan a vivir «por sobre» nuestros impulsos naturales. Tú también puedes ser sanado y liberado de la misma manera, siguiendo el maravilloso camino del perdón. El perdón es un regalo de la gracia de Dios - la sanidad de un corazón, es la libertad de otro - es un milagro real.


¿Por qué, Señor?

Alvaro Soto V.

Muchas veces, cuando estamos pasando momentos difíciles, cuando todo a nuestro alrededor es oscuro, pensamos que Dios nos ha abandonado. Lo único que decimos es ¿Por qué, Señor?, o ¿por qué a mí, Señor? Quizás puede tratarse de una mala calificación en la escuela o la universidad, de un castigo “injusto” por parte de los padres, de una desilusión amorosa, de la pérdida de un ser querido, en fin, tantas situaciones que nos pueden afectar profundamente.
Antes de seguir, quisiera preguntarte: ¿Crees en el Señor Jesucristo? ¿Amas a Dios? Si tu respuesta es Sí, tengo una noticia muy buena que darte: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). sí, es verdad. A los que aman a Dios todo les ayuda para bien. Sí, también las experiencias dolorosas, lo que nos puede parecer injusto o aquello que pensamos que no debería ocurrirle a un cristiano.
Cuando sentimos dolor, instintivamente clamamos: ¿por qué? Pero los hijos de Dios deberíamos preguntar: ¿para qué? Dios trabaja de manera oculta, a menudo penosa para nosotros, pero con un objetivo: que nos parezcamos más a su Hijo. Romanos 8:29 dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. Lo que nos acontece no es casual ni injusto. Todo lo que vivimos está incluido en el propósito de Dios.
Por eso, cuando enfrentemos situaciones penosas, no nos desanimemos. Dios es soberano. Él tiene todo bajo control. Él nos ama y nos quiere perfeccionar. No temamos a la voluntad de Dios. Porque su voluntad es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).
Si el Señor nos permite pasar por una situación difícil, es porque de alguna forma Él nos capacitará para salir adelante. “No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana, pero fiel es Dios, quien no os dejará ser probados más de lo que podéis; antes bien, juntamente con la prueba proveerá también la salida, para que podáis soportar” (1ª Corintios 10:13. Biblia Textual-RV).
Amado hermano joven. Nuestro Dios es bueno. El Señor Jesús intercede día y noche para que nuestra fe no falte, para que no desmayemos. No miremos sólo la prueba. Extendamos nuestra vista más allá. Veamos lo que Dios quiere hacer con nosotros. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11). Si ponemos nuestros ojos en Jesús, podremos soportar la prueba. Incluso podremos dar gracias al Señor por permitirnos ser perfeccionados.


EQUIPO DE REDACCIÓN: Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés Contreras L.

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