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Levantarán
alas como las águilas...
Rodrigo
Calderón U.
¿Has
tenido alguna vez un período en tu vida en que has sentido que
ya no puedes más? Estabas deprimido, debilitado, y cansado. ¿Sabías
que los grandes hombres de la Biblia, aquellos que nos transmiten más
consolación, son los que enfrentaron las circunstancias más
difíciles?
Cuando Isaías predijo que el pueblo sería llevado cautivo
a Babilonia, les dio estas palabras de aliento: «¿No has
sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual
creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con
cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo
al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos
se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que
esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán
alas como las águilas; correrán, y no se cansarán;
caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:28-31).
Isaías les está diciendo que «soporten como valientes»,
cuando todo parece estar perdido, ya que hay promesa para ellos.
Espera la ayuda de Dios. Entonces podrás ascender por encima de
tus problemas, así como las águilas vuelan alto con sus
poderosas alas. Las águilas no se esconden cuando viene una tormenta
como hacen las demás aves, sino que vuelan directo hacia ella.
Debemos ser como las águilas, sin miedo a las tormentas que rugen
a nuestro alrededor, confiando en Dios.
Las águilas hacen sus enormes nidos en una roca alta donde saben
que estarán seguras. Nosotros también debemos anidar sobre
una Roca más alta que las cosas del mundo. Nuestra roca es Cristo
(1ª Corintios 10:4).
Las águilas no comen animales muertos. No comen basura. Tampoco
nosotros debemos alimentar nuestras mentes con cosas impuras. Si lo hacemos,
moriremos espiritualmente.
Las águilas pasan por períodos en que mudan sus plumas y
no pueden volar bien. En esos momentos ellas sólo esperan quietas
hasta que su nuevo plumaje crezca, sabiendo que son vulnerables al enemigo.
Cuando las diferentes situaciones de la vida parecen habernos quitado
nuestro poder, debemos quedarnos quietos y esperar en Dios. Debemos descansar
en su paz, sabiendo que todo tiene su tiempo y que ese momento difícil
pasará (Eclesiastés 3:1).
El rey David sabía lo que era sentirse deprimido, pero también
sabía lo que debía hacer para sentirse mejor: «En
verdad que me he comportado y he acallado mi alma. Como un niño
destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma
(Salmos 131:2). Si confiamos en el Señor como niños, como
lo hizo el rey David, Dios nos ayudará. Ordenemos a nuestra alma
que espere reposadamente la pronta respuesta y el oportuno socorro que
viene del Señor.
Padres
e hijos:
¿Quién estorba a quién?
Rolly
Hermosilla
Y
le mostraré que yo juzgaré su casa por siempre, por la iniquidad
que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él
no los ha estorbado. (1ª Samuel 3:13).
¿Sientes
que tus padres muchas veces son un estorbo para ti, y para hacer lo que
quieres?. No te dejan tranquilo, no hay muchos permisos para ir a fiestas,
pololear o salir con tus amigos. Para qué hablar del domingo: cuando
quieres quedarte durmiendo un poco más, te sacan de la cama y te
llevan a la iglesia. Qué terrible, ¿no?
Si este es tu caso, debes dar gracias a Dios por tus padres, ya que su
deber es estorbarnos para que no pequemos. Suena confuso o cruel, pero
esto no se les ocurrió a ellos, ni menos a mí, sino que
es un mandato de Dios. Si ellos no lo cumplen, o nosotros no les obedecemos,
habrá consecuencias que pagar, y en vez de ser estorbados por nuestros
padres, pasaremos nosotros a ser estorbo para su vida cristiana. ¿Cómo
es eso? Sabemos que los que amamos al Señor, somos sus siervos.
Por lo tanto cada uno tiene un servicio. ¿Quieres ser tú
la causa por la cual tus padres pierdan su servicio y la gloria que conlleva
el servir a Dios?
Veamos esto a la luz de 1 Samuel 2:12-36, y los capítulos 3 y 4
del mismo libro. Un siervo de Dios, el sacerdote Elí, tenía
dos hijos que pecaban delante del pueblo de distintas maneras. Incluso
durmiendo con mujeres a la puerta del tabernáculo de reunión.
Todo el pueblo sabía esto, y los comentarios llegaron a oídos
de su padre. Pero Elí no tuvo la suficiente autoridad para detener
a sus hijos, y se limitó a pedirles explicaciones (v.23-25). Elí
honró más a sus hijos que a Dios (v. 29). Esta situación
produjo un gran celo en Dios, quien determinó cortar el servicio
sacerdotal de la familia de Elí (su padre también había
sido sacerdote en la casa de Jehová) y juzgó su casa por
el pecado de sus hijos (1 Samuel 3:13). Después de esto, Israel
perdió la guerra contra los filisteos, quienes capturaron el Arca
del Pacto de Jehová y mataron a los hijos de Elí. Éste,
al enterarse de lo ocurrido, cayó de su silla y se golpeó
la cabeza, muriendo en el acto. También la nuera de Elí,
que estaba encinta, al saber de la muerte de su esposo y su suegro, y
la captura del arca, dio a luz un niño al que llamó Icabod,
que significa sin gloria, y luego falleció.
Todo lo anterior es muy doloroso y terrible, pero es lo que puede llegar
a suceder cuando los hijos no somos estorbados por nuestros padres. ¿Somos
acaso los hijos más dignos de honra que Dios? Definitivamente,
NO.
Honremos a nuestros padres, como el mandamiento lo dice, para que no estorbemos
su servicio, y para que se alarguen nuestros días sobre la tierra.
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Él
escoge vasos de barro
L.E.P.
Puedo
asegurarte que ese sábado había alrededor mío un
montón de vasos disponibles. Estábamos uno al lado del otro.
Algunos brillaban más que otros, porque no todos éramos
de barro, pero estaban todos sanos, sin resquebrajaduras, impecables.
Muchos habrán pensado: «...Éste es mi día.
El dueño de la casa tiene invitados, entonces va a poner a los
mejores en su mesa, así que cuando entre en esta habitación,
al primero que escoja va a ser a mí». Y como ése,
casi todos.
Pero no, el Señor nos asombró, como suele hacer siempre,
pero esta vez hubo algo distinto. Entró en la habitación
y miró a todos. Él ya sabía cuántos tenía
y cómo éramos y estábamos, porque todos los días
nos dedicaba tiempo, nos pulía y nos limpiaba con mucho amor. Nadie
entendía a nuestro Señor, cómo podía ser que
le dedicara tanto tiempo a un par de vasos vacíos.
Él entró y nos miró. Fijó su vista en uno
en especial y fue hacia él. Era de barro, estaba feo, medio roto,
tenía tierra, como si nadie hubiera sabido que existía por
mucho tiempo. Pero Él lo tenía en mente y lo tomó
justo ese día, el día que menos lo esperaba. Se sentía
el menor, y al compararse con los otros, ni ganas tenía de mirar
al Señor, por lo mal que se veía.
Su brillo se había apagado, hasta el mínimo resplandor que
cada uno procuraba tener. En él no había nada, porque todo
lo que ponían se perdía por las rajaduras. Él no
lo esperaba, y sin embargo, el Señor lo tomó y le dijo:
«Tú eres el indicado, tú eres lo que necesito, y así
como estás, no te preocupes, no vas a hacerme pasar vergüenza
frente a mis invitados, como piensas, porque así como estás
eres especial, porque es así como, el que va a brillar en la mesa,
voy a ser Yo y no mis utensilios. Es así como voy a darte la utilidad
que quiero, y dependerás de mí para hacerlo. Cuando Yo te
llene, tus ojos estarán puestos en mí, en que no vaya a
quitar mis manos de tu alrededor, porque serás consciente de que
si lo hago, todo lo que esté adentro se derramará y se perderá,
y así, en ese temor, no te preocuparás más de agradar
a otros, sino que tendrás tiempo sólo para mirarme a mí».
El vaso no pudo contener sus ganas de llorar, pero de alegría,
porque entendió que el estar así, era el propósito
del Señor, que no había sido por descuido, sino que el Señor
lo había hecho con toda intención, para enseñarle
una lección, a él y a los demás que estaban ahí.
Aunque algunos no lo entendieron, todavía no salen de su asombro,
y siguen pensando en lo que nuestro Señor y Maestro hizo.
Y es así como te aliento, en la condición en la que te encuentres,
a que tus ojos se fijen en Él, y a que te dejes enseñar
cuál sea tu camino a seguir, y no te asombres cuando el Maestro
te diga: «El escogido eres tú, el especial para esta ocasión».
No desmayes por ver tu condición, no desmayes por ver cómo
estás, no juzgues tu futuro por cómo estás en el
presente, porque sus ojos de amor se fijarán en ti, y así,
te tomará y finalizará su obra en ti.
El
maravilloso camino del perdón
Rodrigo
Calderón U.
«Porque
si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también
a vosotros vuestro Padre celestial (Mateo 6:14).
Si
tú eres como muchas personas, a quienes les gustaría liberarse
de las ofensas del pasado, pero que aún cargan recuerdos amargos
de los que han sido injustos contigo, escucha esto: El perdón no
es imposible; incluso de las peores ofensas que hayas sufrido, tú
puedes encontrar la libertad del pasado y tener la paz que viene de Dios,
aprendiendo a perdonar realmente de corazón.
Las ofensas siempre causan dolor, aunque nuestro orgullo nos hace negarlo.
Algunas personas toman la siguiente actitud: «¿A quién
le importa? ¡No significas nada para mí, no me puedes herir!».
Eso nos aísla del agudo dolor del primer momento, pero permite
que el agente infeccioso del resentimiento, como lo hace una bacteria
tóxica, ingrese a nuestra alma, infectándola y produciendo
una enfermedad espiritual llamada amargura. Tal condición gradualmente
nos aparta de otros, e incluso de Dios.
Negar el dolor evita que iniciemos el camino del perdón. La intensidad
del dolor, al comenzar este ejercicio es soportable. Su experimentación
debe ser honesta, y lo suficientemente prolongada, para permitir entender
la naturaleza exacta de la ofensa. Esto constituye el comienzo de la cura.
Cuando se ha producido una ofensa, a menudo, tratamos de ordenar clara
y cuidadosamente las responsabilidades en un incidente en particular.
Al igual que los niños, creemos que el mundo gira en torno a nosotros.
Si bien esta tendencia es más fuerte en nuestros años de
formación, siempre persiste de alguna manera en la vida adulta.
Cuando ocurren eventos traumáticos, los niños creen, la
mayoría de las veces, que es su culpa.
Una vez que los hechos están claros, podríamos imaginar
que el perdón ocurre automáticamente. Sin embargo, con mucha
frecuencia, nuestro Yo se atraviesa en el camino. Nuestros impulsos de
autodefensa y venganza pueden lanzarnos a la autocompasión, la
amargura y la rabia. Puede parecer heroico movernos más allá
de nuestro propio dolor, para comprender lo que impide que digamos: «Te
perdono».
Parece que los seres humanos siempre hemos tenido problemas con la idea
de perdonar a alguien que nos ha ofendido. Esto no es algo natural para
nosotros. Pero el Señor Jesucristo vino a mostrarnos una nueva
manera, una forma sobrenatural, para vivir. Él nos enseña
cómo adoptar nuevas actitudes del corazón que nos ayudan
a vivir «por sobre» nuestros impulsos naturales. Tú
también puedes ser sanado y liberado de la misma manera, siguiendo
el maravilloso camino del perdón. El perdón es un regalo
de la gracia de Dios - la sanidad de un corazón, es la libertad
de otro - es un milagro real.
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¿Por
qué, Señor?
Alvaro
Soto V.
Muchas
veces, cuando estamos pasando momentos difíciles, cuando todo a
nuestro alrededor es oscuro, pensamos que Dios nos ha abandonado. Lo único
que decimos es ¿Por qué, Señor?, o ¿por qué
a mí, Señor? Quizás puede tratarse de una mala calificación
en la escuela o la universidad, de un castigo injusto por
parte de los padres, de una desilusión amorosa, de la pérdida
de un ser querido, en fin, tantas situaciones que nos pueden afectar profundamente.
Antes de seguir, quisiera preguntarte: ¿Crees en el Señor
Jesucristo? ¿Amas a Dios? Si tu respuesta es Sí, tengo una
noticia muy buena que darte: Y sabemos que a los que aman a Dios,
todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito
son llamados (Romanos 8:28). sí, es verdad. A los que aman
a Dios todo les ayuda para bien. Sí, también las experiencias
dolorosas, lo que nos puede parecer injusto o aquello que pensamos que
no debería ocurrirle a un cristiano.
Cuando sentimos dolor, instintivamente clamamos: ¿por qué?
Pero los hijos de Dios deberíamos preguntar: ¿para qué?
Dios trabaja de manera oculta, a menudo penosa para nosotros, pero con
un objetivo: que nos parezcamos más a su Hijo. Romanos 8:29 dice:
Porque a los que antes conoció, también los predestinó
para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo. Lo que
nos acontece no es casual ni injusto. Todo lo que vivimos está
incluido en el propósito de Dios.
Por eso, cuando enfrentemos situaciones penosas, no nos desanimemos. Dios
es soberano. Él tiene todo bajo control. Él nos ama y nos
quiere perfeccionar. No temamos a la voluntad de Dios. Porque su voluntad
es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).
Si el Señor nos permite pasar por una situación difícil,
es porque de alguna forma Él nos capacitará para salir adelante.
No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana, pero fiel
es Dios, quien no os dejará ser probados más de lo que podéis;
antes bien, juntamente con la prueba proveerá también la
salida, para que podáis soportar (1ª Corintios 10:13.
Biblia Textual-RV).
Amado hermano joven. Nuestro Dios es bueno. El Señor Jesús
intercede día y noche para que nuestra fe no falte, para que no
desmayemos. No miremos sólo la prueba. Extendamos nuestra vista
más allá. Veamos lo que Dios quiere hacer con nosotros.
Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de
gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia
a los que en ella han sido ejercitados (Hebreos 12:11). Si ponemos
nuestros ojos en Jesús, podremos soportar la prueba. Incluso podremos
dar gracias al Señor por permitirnos ser perfeccionados.
EQUIPO
DE REDACCIÓN:
Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón
U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés
Contreras L.
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