.Una revista para todo cristiano · Nº 22 · Julio - Agosto 2003
PORTADA
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El verdadero ministerio cristiano es aquel que contribuye a la plenitud de Cristo, y sólo puede ser realizado por un siervo que trasunte y ministre a Cristo mismo.

El servicio cristiano desde el punto de vista de Dios

T. Austin-Sparks

Contribuir a la plenitud de Cristo

Cuál es la obra del Señor? ¿Cuál es el servicio cristiano desde el punto de vista de Dios? Es contribuir a la plenitud de Cristo. En la medida que cada una de las partes de Su Cuerpo ministren con ese fin, todas las cosas serán resumidas en Cristo y Él será la plenitud de todas las cosas.

Ese gran objetivo divino tiene muchas formas y muchos medios de realización, y no es una cuestión de si usted o yo estemos sirviendo al Señor de la misma manera que otros. Ese no es en absoluto el punto.

Nosotros estandarizamos y parcelamos la obra cristiana, y pensamos en las actividades de los ministros, misioneros y similares como funciones y a eso llamamos la obra del Señor; en esto pensamos cuando hablamos de entrar en el servicio cristiano. No digo que esa no sea la obra del Señor, pero es una manera muy estrecha y artificial de ver las cosas.

La obra del Señor sólo consiste en contribuir a la plenitud de Cristo, y ministrar de esa plenitud a él y desde él. Cómo lograrlo, es materia del llamamiento divino, pero esa es la obra del Señor. Así que no es necesariamente un asunto de si yo estoy en lo que se llama el ministerio, un misionero o un obrero cristiano, en esta categoría particular u otra, o si estoy sirviendo al Señor del modo en que otros están sirviendo. Esa es realmente una cuestión secundaria. Nosotros quisiéramos hacer lo que otros están haciendo, y hacerlo de la manera que ellos lo hacen. ¡Usted podría aspirar a ser un apóstol Pablo, y probablemente si entendiera un poco más, no querría serlo! Pero, usted ve, si Pablo está haciéndolo de acuerdo a su llamamiento divino, en la forma determinada por Dios –o Pedro, o Juan, o éste, o ese otro–, el objeto viene primero, la forma después.

El servicio del Señor, independientemente de los medios o el método, es atender a la plenitud de Cristo y ministrar de esa llenura, y usted puede ser llamado para hacerlo en cualquier lugar. Esto puede ser realizado tanto en forma privada como en público. Muchos que han servido al Señor y por quienes él ha sido ministrado maravillosamente, son aquellos de quienes el mundo no ha oído ni ha leído nada. Esto, como vemos, es materia del ‘Cuerpo’, y un cuerpo no es todo manos, no es todo miembros y facultades principales. Un cuerpo se compone de numerosas, casi incontables funciones, muchas de ellas remotas y muy ocultas, pero todas ellas sirven coordinadamente al propósito total por el cual existe el cuerpo; y ése es un cuadro real del servicio a Dios.

Pensémoslo de nuevo. No le disuadimos a abandonar su aspiración al lugar más pleno de servicio, ni diríamos que usted está equivocado deseando ser un misionero para salir al mundo en una obra espiritual a tiempo completo, pero recuerde que incluso antes de que el Señor lo ponga en ese trabajo específico, usted ya es un ministro. Porque ‘ministro’ no es un nombre, un título o una designación, sino una función, y la función está contribuyendo algo a la llenura de Cristo y ministrando algo de esa plenitud.

Así que viene a nosotros una interrogante: ¿Qué estoy ministrando yo de Cristo, qué estoy contribuyendo yo a esa llenura total? Si es llevando inconversos a él, yo estoy agregando a Cristo, por así decirlo. Eso no es todo lo que significa, pero eso es lo que significa. Yo estoy ampliando a Cristo. Si yo estoy animando a los santos, estoy ministrando a Cristo y de Cristo. Ése es ‘’mi siervo... en quien mi alma tiene contentamiento’’ (Is.42:1). ¿En quién se agrada Dios como su siervo? en aquellos que ministran a su Hijo, que es el principio y el fin; sin embargo, eso sólo puede ser factible por el llamamiento divino.

Primero el siervo, luego su servicio

«He aquí, mi siervo...’’. Dios centra la atención en el siervo en quien su alma se agradó. El principio de todo servicio a Dios es el siervo mismo. ¿Qué hace a un siervo de Dios? Nosotros pensamos que un siervo de Dios ha de ser formado a través de entrenamiento académico, enseñanza bíblica, por esta o aquella forma de capacitación; y que cuando tenemos todo eso, cuando hemos terminado el curso y tenemos en nuestra mente todo lo que nos fue impartido, entonces somos siervos del Señor. Pero ésa no es en absoluto la forma en que el Señor lo ve.

En primer lugar, el Señor mira al siervo, y demanda poder apuntarlo y declarar: ‘’he aquí, mi siervo’’. Sé que hay un sentido correcto en que el instrumento tiene que estar fuera de la vista, pero sólo en un sentido; es decir, que él en sí mismo, su propia impresión personal como un hombre, su propia naturaleza, no ha de ser la huella que quede en las personas; sólo en ese sentido él tiene que estar fuera de la vista.

Hay otro sentido en el cual él tiene que ser muy visible. Si eso no fuera verdad, todos los rasgos autobiográficos en los escritos de Pablo estarían equivocados en principio. En un sentido correcto, Pablo se mantiene muy a la vista. Frecuentemente, él llama la atención hacía sí mismo, con mucha propiedad y fuerza.

El Señor requerirá ser capaz de decir: ‘’he aquí, mi siervo», y el siervo hacia quien él llamará la atención será el siervo que es la impresión de Cristo. Sí, Cristo notado, Cristo presentado, Cristo evidente, en el siervo. El principio de todo el servicio, repito, es el siervo mismo. Dios está mucho más involucrado en tener a sus siervos dispuestos que en tenerlos provistos con todo tipo de calificaciones y títulos académicos. Es el hombre, es la mujer, con quien Dios está interesado.

Si ustedes repasan las cartas a Timoteo, hallarán ese hermoso calificativo del siervo del Señor: ‘’Oh, hombre de Dios’’ (1 Tim.6:11). Así designa Pablo a Timoteo. Y luego, hablando del estudio y conocimiento de las Escrituras, él usa la misma frase de nuevo: ‘’...que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra’’ (2 Tim. 3:17). Pero noten el orden: él dice: ‘’que el hombre de Dios sea ... enteramente preparado», no que se requiera una preparación completa para hacer a un hombre de Dios; el hombre de Dios ya existe. Ahora, todo el estudio de la Palabra es hacer del hombre de Dios un obrero eficaz. El hombre de Dios viene antes de todo su estudio. Él lo es antes de tener un conocimiento de las Escrituras.

Las credenciales del ministerio

Ustedes saben que ‘hombre de Dios’ fue el título dado a algunos de los antiguos profetas. Elías, en una ocasión, habiendo sido escondido por Dios en el arroyo de Querit, encontró que el arroyo se había secado; y vino a él palabra del Señor, diciendo: «Levántate, vete a Sarepta ... he aquí, yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (1 Reyes 17:9). Elías fue, y ustedes recuerdan cómo se encontró con la escasez de alimentos. La viuda estaba recogiendo dos ramitas para cocer un último pan para su hijo y ella, y luego dejarse morir. Sin embargo, la provisión de comida no falló: el Señor fue fiel a su palabra. Pero después de eso, sucedió que el hijo de la mujer cayó enfermo, y la enfermedad fue tan grave que él ya no respiraba. La mujer hizo una súplica muy patética al profeta. Él llevó al niño a su propia cámara, clamó al Señor, y vio al niño revivir; y lo presentó vivo a la madre, quien dijo: ‘’Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra del Señor es verdad en tu boca’’.

¿Cuáles eran las credenciales de su ministerio? queél tenía el secreto de la vida que triunfa sobre la muerte. Él tenía las palabras de vida, y la palabra de vida no siempre es el mero uso de la Escritura. Usted puede usar la Escritura y esto puede no tener efecto en absoluto, o usted puede usarla y producir un efecto poderoso. Depende mucho de quién usa la Escritura. Es el hombre de Dios quien puede usarla de ese modo y ser acreditado como verdadero siervo del Señor. Es el poder espiritual de la vida que está en un hombre el que lo hace –para usar las palabras de Pablo a Timoteo– un siervo aprobado por Dios.

‘’He aquí, mi siervo’’. ¿Comprenden ustedes el punto? es con usted y conmigo que el Señor está interesado; es con lo que nosotros somos; es con nuestro conocimiento personal de él. Es por tener en nuestro interior los secretos del Señor, que puede ser real en nosotros –como lo fue en el Señor Jesús y en otros– que la llave de la situación esté espiritualmente en nuestras manos. Nosotros, como Elías escondido lejos en secreto, hemos estado en contacto con Dios. Aquí hay un trasfondo. Dios había dicho a Elías: ‘’Escóndete’’; y él estuvo un largo tiempo oculto antes de que viniera la palabra del Señor diciendo: «Ve, y muéstrate». Alguien ha comentado que para cada siervo de Dios debe haber mucho más de vida oculta que de vida pública. ¡Cuán verdadero es eso!

El Señor se esmerará por asegurar que la historia secreta, la historia espiritual, de cada verdadero siervo suyo sea vista más tarde. ¡Con toda nuestra impaciencia por salir a hacer la obra, y tener que esperar! Con todo nuestro entusiasmo de estar activos, todo nuestro ferviente anhelo de servir, recordemos que el primer elemento es el siervo, no el servicio. La primera cosa, el principio de todo el servicio, es el instrumento. Vemos que el siervo viene primeramente a la vista de su Señor, quien tendrá así uno en quien fijar su atención y decir con propiedad: «Miren a ese siervo mío y vean mi obra. Vean mi gracia, vean mi poder, vean las huellas de mi mano».

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