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Un mensaje triple acerca del Siervo de Dios para los siervos. «He aquí mi Siervo» F.B. Meyer Lectura: Isaías 42:1-3. Cuando
nuestro Señor tomó sobre sí la forma de un siervo,
y se ciñó y comenzó a lavar los pies de sus discípulos,
no desempeñaba un oficio nuevo, porque la vida de Dios es siempre
de servicio, de ministerio. Rige para todos porque sirve a todos. Puesto
que Él es el más alto, tiene que ser el más humilde,
conforme a la orden eterna del reino espiritual. El ministerio de Jesús
era, pues, la revelación de la vida que Dios había estado
viviendo desde la eternidad en las profundidades azules del cielo; y si
una vez podemos aprender los principios de aquella vida que llenó
centenares y millares de hogares de bendición y gozo durante aquellos
maravillosos años de ministerio terrenal, tendremos un modelo por
el cual podemos formular nuestro servicio a Dios y a los hombres. La vida
y el ministerio de nuestro Señor revelaron el ideal de nuestro
servicio. No
hay duda que este pasaje de Isaías se aplica a nuestro Señor.
El Espíritu Santo, por el evangelista Mateo, lo refiere directamente
a Él, y dice que su significación fue cumplida completamente
por aquella vida sin par, que por un breve espacio arrojó su resplandor
sobre nuestro mundo (Mat.12:18). Estas son las cualidades que Jehová nos manda que miremos en el Siervo escogido en el que se deleita su alma: Una modestia divina; una humildad divina; una perseverancia divina. La
modestia de la mejor obra Dios
está siempre obrando en nuestro mundo, dirigiendo el progreso de
los soles, refrescando la hierba con el rocío, dirigiendo el vuelo
de los rayos de la mañana y la luz incierta de las luciérnagas,
rodeando nuestro andar y nuestro acostarnos. Pero todo este trabajo se
hace tan quieta, tan ocultamente, con tanta reticencia en cuanto a su
accionar personal, que muchos afirman que no hay Dios. Adereza
la mesa del almuerzo cada mañana para millares, en los bosques
y océanos y en los hogares de los hombres; pero se retira antes
de que podamos vislumbrar a Aquel a quien debemos todo. Sabemos que ha
estado obrando; pero se ha ido sin hacer ruido, sin dejar una huella,
dejando sólo el toque evidente de su mano. Así
fue con la obra de Cristo. Puso la mano sobre la boca de los que proclamaban
su deidad o anunciaban su fama. Repetidas veces dijo a los que recibían
sus favores, que no debían darle a conocer. Se retiró de
entre las multitudes que llenaban los pórticos de Betesda, de modo
que el paralítico sanado no sabía quién le había
sanado. Se quedó el tiempo necesario entre las montañas
de Galilea, hasta que sus hermanos le amonestaron. No voceaba, ni alzaba
su voz ni la hacía oír por las calles. Esta cualidad es la marca de Dios sobre el mejor trabajo. Sus más peritos artistas no inscriben sus nombres sobre sus pinturas, ni introducen sus retratos entre sus grupos. Les basta el haber dado testimonio de la verdad y hermosura del universo; no desean otra cosa sino revelar lo que han visto en los más puros santuarios de la naturaleza, o en los brillos transitorios de belleza en el rostro humano. Ganar
un alma para Dios; limpiar la cicatriz del leproso; hacer que los ojos
ciegos vean; devolver el amado muerto a la madre, a la hermana, al amigo
esta recompensa les basta. Mirar desde la obra cumplida al rostro
de Dios; recibir por respuesta su sonrisa; recibir el galardón
del Padre que está en lo secreto esto es el cielo, comparado
con el cual las alabanzas de los hombres valen tan poco como sus censuras. ¿Estás seguro, siervo-hermano, de que este es el carácter de tu alma, la cualidad de tu trabajo? Porque si no, si en tu alma secreta buscas agradar la dulce voz de la adulación humana, si abrigas el deseo de publicar los resultados de tu obra en los periódicos o que ellos sean tema de la plática de los hombres, te aseguro que el deterioro está corrompiendo rápidamente tu servicio, así como lo hace la podredumbre con la fruta del otoño. Ya es tiempo de que te retires a algún sitio solitario, donde el cieno que obscurece las aguas cristalinas de tu alma pueda quitarse, para que de nuevo no reflejen nada sino el cielo con sus profundidades azules y sus millares de estrellas. El único trabajo que Dios aprueba, que es permanente y fructífero, que participa de la naturaleza de Cristo, es el que ni busca ni necesita publicarse. El pájaro está contento con cantar; la flor con ser bella; el niño con desarrollar su naturaleza ante la amorosa mirada de su madre; y el verdadero obrero, con hacer la voluntad de Dios. La
humildad de la mejor obra Los
tratos más preciosos de Dios han sido con jóvenes pastores
tomados nuevamente de entre sus rebaños; con los hijos más
jóvenes sin reputación; con doncellas cuya belleza maduraba
en la oscuridad de alguna villa entre las montañas. Ha quitado
a los poderosos de su trono, y ensalzado a los mansos y humildes. Y así
hizo nuestro Señor. Pasó por alto el palacio de Herodes,
y escogió a Belén y su pesebre. Rehusó los imperios
del mundo y tomó el camino de la cruz. Escogió a sus apóstoles
y discípulos de entre los pobres. Reveló sus secretos más
preciosos a los niños. Dejó la sociedad de los fariseos
y escribas, y gastó sus energías en cañas cascadas
y pábilos que humean, con ladrones moribundos, mujeres caídas
y paisanos de Galilea. Una
caña. ¡Cuán típica es del corazón quebrantado,
abrumado por la pisada del desamor y la tiranía! No hay hermosura
en su penacho rojizo. No hay fuerza en su delgado tallo. No hay atracción
en el pantano lleno de fiebre donde crece. ¡Y si nadie va lejos
buscando una caña, cuánto menos lo hará para buscar
una que haya sido cascada por la alegría ruidosa del caballo marino,
o por la pisada del campesino. Así se quebrantan los corazones.
Demasiado frágiles para resistir la opresión del loco egoísmo
y la pisada de la crueldad inmisericorde, sin hacer un sonido se quebrantan,
y desde entonces son echados a un lado como una cosa inútil que
no merece ni un pensamiento. ¡El
pábilo que humea! ¡Cómo humea! ¡Cuán
lentamente las chispas siguen la una a la otra a lo largo de sus fibras!
¡cuán impotente es para encender la gasa más delgada
en una llama! Tan débilmente arde el amor en algunos corazones,
que sólo el que lo sabe todo puede saber que hay en realidad amor
allí. Tan espasmódico, tan irregular, tan destituido del
poder para encender. ¡Ay lector mío, tú y yo hemos
conocido horas cuando no las brasas de enebros, sino el pábilo
que humea, ha sido el emblema verdadero de nuestro amor! El obrero superficial los pasa por alto con prisa ruda. Los pasa con el fin de buscar un objeto que esté a la altura de sus capacidades. ¡Dame exclama una esfera en que pueda ejercer influencia sobre almas fuertes, nobles y heroicas! Dame una arena donde pueda trenzarme con enemigos dignos de mi espada. ¡Dame una tarea donde mi acopio de conocimientos pueda ejercerse adecuadamente! Y si fracasa en esto, considera que no ha sido bien tratado. No haré nada, si no puedo hacer lo mejor. ¡Qué
palabras tan fatuas! Lo mejor, lo más noble, es inclinarse con
humildad divina sobre aquellos a quienes el mundo descuida, ejerciendo
un ingenio santo, una invención sagrada; haciendo de las cañas
cascadas, flautas musicales, o varas para medir la nueva Jerusalén;
soplando la chispa del pábilo humeante hasta que casi el que se
había acabado en el corazón de un Pedro, enciende tres mil
almas dentro de siete semanas después de su extinción amenazada. Esta es también la prueba del verdadero trabajo. ¿Dónde te halla a ti, siervo-hermano? ¿Ambicionas tú una esfera más grande; no queriendo afanarte para explicar el evangelio a los ignorantes; ni interesarte en las constantes recaídas y apostasías de los débiles; ni combatir los temores de los miedosos y faltos de fe; ni componer las perpetuas disputas y querellas de nuevos discípulos; ni ajustar tu paso al de los más débiles y jóvenes del rebaño? ¡Ten cuidado! Tu obra corre peligro de perder su cualidad más noble; el calor está pasándose de la fruta del verano; el tono suave que ama Dios está borrándose de tu pintura; la gracia del día está muriendo. Antes de que sea tarde, vete a solas con Dios para aprender que las almas más nobles a veces se hallan en los cuerpos quebrantados, y la más grande obra a veces emana de las chispas más insignificantes. La
perseverancia divina Aunque
nuestro Señor se interesa principalmente con la caña cascada
y la mecha que arroja poca luz, Él no es ni la una ni la otra.
No desfallece ni se desalienta. En el mundo primitivo las plataformas
sucesivas, en las que obraba en la escala ascendiente de la creación,
fueron perpetuamente sumergidas por las olas del caos que se llevó
de ellas todo lo que les había hecho; pero a través de todo,
perseveró hasta que los cielos y la tierra que ahora existen se
presentaron vestidos de una hermosura que mereció de los labios
del Creador el veredicto: Es bueno. Así será
en el mundo espiritual. Los siglos que han seguido al supremo sacrificio
del Calvario han visto alternativas de caos con cosmos; de desorden con
orden; de confusión con la civilización. Pero el Maestro
ni una vez se desanimó ni encogió su mano; sino por honra
y deshonra persiguió su propósito. Esto
también es la cualidad del mejor trabajo. El que emana
de la carne está lleno de pasión, furia e impulso. Procura
librar a Israel por un espasmo de fuerza que deja a un egipcio muerto
en la arena; pero pronto se agota y se retira sin valor y gastado. La
renunciación de una empresa iniciada con prisa calurosa prueba
que se originó en la energía de la carne, y no en una iniciativa
del Espíritu. La perseverancia en medio del menosprecio y dificultades,
arrostrando la crítica despiadada y el odio obstinado, siguiendo
cuesta arriba o a través del pantano inseguro, es una prueba de
que la tarea ha sido dada divinamente, y que el alma ardiente alimenta
sus fuerzas de los recursos divinos. Si esta perseverancia te está
faltando, considera si tu tarea te fue escogida por el cielo, o si tú
mismo la has escogido; si es esto último, abandónala; pero
si es lo primero, entonces espera al Señor hasta que tus fuerzas
sean renovadas, y tú tampoco serás desanimado, ni fracasarás. Pero
cualidades como ésta, por más excelentes que sean, no pueden
valer, al menos entre nosotros, hasta que les haya sido agregada la investidura
del Espíritu Santo. He puesto sobre él mi Espíritu.
En las aguas del bautismo aquella promesa fue cumplida, porque emergiendo
el Señor de ellas, los cielos fueron abiertos, y el Espíritu
en forma corporal descendió y se posó sobre él. Entonces
comenzó su ministerio público. Treinta años había
estado contento con la vida oscura y contemplativa de Nazaret; ahora se
adelantó en el mundo diciendo: El Espíritu del
Señor Jehová está sobre mí y me ha ungido
para predicar. Lo
que fue aquella escena en la vida del Señor, lo fue el Pentecostés
para la iglesia. Entonces fue ungido para su misión divina entre
los hombres; la unción del Santo descansó sobre ella, para
ser continuada y renovada al paso que transcurrieron los lentos siglos.
Lo que sucedió para la iglesia debe verificarse en la historia
de cada miembro de ella. Esta unción es para todos; ha de ser recibida
por fe, y es dada especialmente para prepararnos para el trabajo. ¿Has
recibido tú tu parte? Si no, estás equivocándote
procurando hacer la obra de Dios sin ella. Quédate hasta que recibas
esta investidura. ¿La has conocido? Búscala al comenzar
cada nueva empresa. No estés satisfecho con cosa menor que el ser
ungido con aceite nuevo. Y
aún esto no es todo. En las palabras: Te sostendré
por la mano; te guardaré (Is.42:6), se hace una sugerencia
de la cooperación del Espíritu Santo con cada verdadero
siervo de Dios. Al empezar nosotros a hablar, cae sobre los que oyen la
Palabra. Al dar testimonio nosotros de la muerte, resurrección
y gloria de Jesús, él también da testimonio a la
conciencia y corazón. Cuando la voz del cielo habla por nuestros
labios, el Espíritu Santo dice Sí. Así
todas las palabras de Dios habladas por nosotros reciben la demostración
del Espíritu Santo. Es
imposible dar demasiado énfasis a la necesidad de depender, en
la obra cristiana, del co-testimonio del Espíritu de Dios. No sólo
alivia al obrero de hacer un esfuerzo indebido y agobiante, dividiendo
sus responsabilidades con su Socio divino, sino que le comunica poder
inconmensurable. Esto es lo que quiere decir el apóstol con las
palabras la comunión del Espíritu Santo, que
significan el tener en común. Feliz aquel que ha aprendido
tal comunión de propósito y método con el Espíritu
divino, que puede derivar la mayor ayuda posible de su cooperación. Tales
son los principios divinos del servicio; y necesitan ser estudiados por
cada uno de nosotros, si queremos oír a Dios decir de nosotros,
en nuestra medida: He aquí mi Siervo, a quien yo sustento;
mi Escogido, en quien se complace mi alma (Versión Moderna). *** Adaptado de Cristo en Isaías. |