.Una revista para todo cristiano · Nº 21 · Mayo - Junio 2003
PORTADA

"Bocetos" · Suplemento Juvenil
Para jóvenes dispuestos a servir

La voluntad de Dios:
la pureza sexual

Rodrigo Calderón U.

Podemos encontrarnos con personas que se consideran cristianas, que no creen (o no quieren creer) en la pureza sexual. Consideran que tal enseñanza es anticuada. Pero aunque parezca anticuada, es completamente bíblica. Para responder a estas personas, la Biblia dice: “ Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios “ (1 Tesalonicenses 4:3-5). “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo” (1 Tesalonicenses. 4:7-8).

Este pasaje se basa en Levítico 19:2: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”. Un mandamiento dado en un contexto de advertencias sobre los extravíos sexuales. También, es necesario recalcar, que en 1ª de Tesalonicenses se nos llama a evitar la inmoralidad sexual y tres veces se nos pide ser “santos”. Desechar esto es pecar contra el Espíritu Santo. En otras palabras, si un cristiano rechaza esta enseñanza, rechaza a Dios mismo, y esto puede indicar una falsa fe.


¿Montes muy altos?

Rolly Hermosilla

“Alzaré mis ojos a los montes; ¿dé dónde vendrá mi socorro?. Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (Salmos 121:1-2).

El problema del creyente, es bajar la mirada, o quitar la vista de Dios. Entonces nos vemos rodeados de montes altos, es decir, de problemas que quizá siempre estuvieron ahí, pero que al bajar la vista de Dios, se nos agrandan y se nos hacen más evidentes. Así comienzan las quejas, discordias, cansancio, etc., y ya no encontramos solución a las situaciones que estamos viviendo.

De lo anterior pasamos al estancamiento. “Son tantos mis problemas”. “Pero mira como es tal hermano”. “Aquel no me saludó”. “El profesor me tiene mala”. “Mi jefe es un ogro”. “Mis padres no me entienden”. “Nadie me comprende”. Y el broche final es: “Mejor me quedo, antes tenía menos problemas”. ¡Qué fácil solución! Pero qué camino más errado para un cristiano.
En el Salmo 121 vemos que Dios es más grande y alto que los montes que nos rodean, ya que de Él viene nuestro socorro.

En Apocalipsis 4:1 dice: “Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de éstas”. ¡Qué dulce es la voz del Señor! ¡Qué gran amor el del Señor Jesús para con los suyos!
Hermanos, consideremos lo que se nos muestra aquí.

En primer lugar, “una puerta abierta en el cielo”. No sólo una puerta, sino que está abierta para que entremos en cualquier momento. Además, el mismo Jesús, “la primera voz que oí, como de trompeta” (Apocalipsis 1:10-11), nos invita a subir a su santuario, a recostar nuestra cabeza en su pecho, a descansar en Él. Y no sólo esto, sino que, además, dice que nos mostrará las cosas que sucederán más allá de lo que vivimos hoy. Nos mostrará su voluntad, lo que tiene en su corazón, y la gloria venidera que minimiza todo monte que nos rodea.

¡Cuán bueno es Jesús!. Ahora hermanos, sólo nos queda aceptar la invitación, y poner nuestra mirada y nuestros pensamientos en el Señor Jesucristo.


La motivación para servir

P.F.C

Todo lo que hacemos en nuestra vida requiere de motivación. Necesitamos de algo que nos aliente a conseguir lo que queremos. Es por eso que cada uno siente afinidad por algunas cosas y por otras no. En cuanto a nuestro servicio al Señor, también existen motivaciones. ¿Cuál es la tuya?.

En Salmos 111:10 vemos que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová”. Y en Job 28:28, “He aquí el temor del Señor es la sabiduría”. Aquí se habla del temor de Jehová y del Señor, indicándolo como algo bueno y relacionado con la sabiduría. Por lo tanto, hemos de tener siempre un temor hacia nuestro Dios, porque esto es bueno delante de sus ojos.

También existe una forma más drástica de temor. Como aparece en Salmos 119:120. “Mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo”. Podemos sentir esta clase de temor cuando el Señor nos disciplina. Cuando somos alcanzados por el juicio de Dios, al haber manchado su santidad con algún pecado. Debemos sentir temor de la santidad de Dios, para que no pequemos deliberadamente.

Sin embargo, existe en medio de la cristiandad una forma de temor que no viene de Dios. Y que, probablemente, nos ha tenido asustados y atados por algún tiempo. Este temor se produce cuando pensamos que si no servimos a Dios, Él se enfadará y sufriremos desgracias. Entonces, servimos a Dios y a los hermanos para no ser castigados.

Muchos que ven muy cercana la venida del Señor sirven a Dios para no quedarse en la Tribulación. Otros entregan su diezmo para no sufrir la pérdida de su trabajo o una escasez monetaria, lo mismo en las ofrendas. Otros oran para no ser castigados. ¿Hemos de buscar y servir a nuestro Dios en esta condición? ¿Será ésta la motivación que nos impulsa a ser cristianos? Permita el Señor que no sea así. Dios no nos quiere ver oprimidos. Él quiere que nos apropiemos de su herencia y que disfrutemos su salvación.

Hay un camino más excelente para servir. En el cual no hay lugar para la fatiga o el cansancio. El AMOR. Como dice 1ª Juan 4:18-19, “En el amor no hay temor sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero”.

Cuando el amor es nuestra motivación, todo cambia. Tenemos nuevas fuerzas, disfrutamos y nos gozamos en buscar y servir a quien amamos, a Dios. Si practicamos el amor en nuestro servicio, diezmo, ofrenda, oración, y en toda nuestra vida cristiana, gustaremos y viviremos el gozo del Señor.

Te invito a cambiar el miedo por el amor. Sin dejar de lado el temor reverente a nuestro amado Señor. Dios quiere traer bendición a tu vida y llenarte.


Mi Buen Pastor

Diego Bustamante R., 13 años.
Padre Las Casas, Chile.

Cuando leo en tu Palabra
que Tú eres mi Buen Pastor
y que tu vida das por las ovejas,
siento gozo, alegría y tu amor.

Porque yo también como muchos,
he tenido la bendición.
de oír tu voz, escucharte,
y recibirte en mi corazón.

Por eso me siento seguro,
pues sé, que tú, oh Jesús,
ya conoces mi futuro,
y que siempre me guardarás.

Quiero ser guiado por tu vara,
y que tu cayado me aliente,
y cuando llegue a tu presencia,
a mi nombre yo diga: ¡Presente!

 

Había un rey...

Colaboración de David Contreras P.

Había un rey que tenía una persona de su absoluta confianza, que llevaba siempre con él a cualquier lado, y ante cualquier duda le preguntaba. Esta persona siempre le decía lo mismo. «Mi señor, todo lo que pase es para tu bien».
Un día, estando de cacería el rey,  se amputó un dedo con su arco. Ante su infortunio le preguntó a su consejero: “¿Por qué me ha pasado esto a mí?» Él le respondió, como siempre: «Mi señor, todo lo que pase es para tu bien». Al escuchar esto el rey se enojó mucho y lo hizo encerrar de por vida.
Pasado unos meses, el rey salió nuevamente de cacería. Al pasar por un bosque que no conocía, fue atrapado por unos aborígenes antropófagos. Antes de comérselo, lo revisaron y vieron que le faltaba un dedo. Entonces se asustaron mucho y lo dejaron ir, ya que, si la persona no estaba entera no podían comerla. Según sus creencias tendrían mucha desdicha.
El rey con gran alegría volvió e hizo soltar a su consejero, y llenándolo de disculpas y de regalos le dijo: «Cuanta razón tenías mi buen amigo. Ahora déjame hacerte una pregunta. ¿Cuál fue tu beneficio en que yo te haya encerrado?». El hombre respondió: «Oh mi rey. Yo siempre estaba contigo día y noche, si no me hubieras encerrado habría ido contigo de cacería, y a mí no me falta ninguna parte del cuerpo».


La mente de Cristo

Andrew Webb

«Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto». (Ro. 12:2, La Biblia de las Américas).

Una lección importante de la carta a los Efesios es nuestra posición en Cristo. Estamos sentados juntamente con Él en los lugares celestiales. Aunque vivimos en la tierra. Es nuestro contacto con el Padre en los cielos lo que nos sostendrá en medio de un mundo seco y árido. Sin embargo, cuando estamos rodeados con amigos no creyentes, ambientes hostiles o tentación en el mundo, tendemos a olvidarnos rápidamente de Cristo. Esto nos deja a menudo sintiéndonos cargados y con una fuerte sensación de culpa o aun vergüenza. ¿Qué podemos hacer frente a esto?

Nuestra ciudadanía está en los cielos. Hay varios ejercicios prácticos que podemos realizar para permanecer en esa posición de victoria, como vivir con sencillez, ayunar, orar, meditar o estudiar. Practicar estas técnicas, a menudo llamadas “disciplinas espirituales”, no es contraria a la Escritura. Pablo exhortó a Timoteo “Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:7). Sin embargo, siempre debemos recordar que estos sólo son una ayuda para llevarnos a la presencia de Cristo. Ellas no deben convertirse en legalismo o nuestra justificación: solamente Cristo es nuestra santidad.

Una disciplina que nos ayudará diariamente, entonces, es llevar nuestros pensamientos a Cristo, o como Colosenses 3:2 nos dice, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” Por eso la comunión es tan saludable; el juntarnos con los hermanos lleva nuestros pensamientos a Cristo. Sin embargo, como individuos debemos ejercitarnos en todo momento en esto: “Acuérdate de Jesucristo”. Frank Laubach, un cristiano norteamericano prominente, llevó esta disciplina a un extremo. Programó su reloj para que sonara un segundo cada minuto del día para someter sus pensamientos a Cristo. ¡Él cuenta que transformó su sumisión a la voluntad de Dios aun en las áreas más pequeñas de su vida! Éste es claramente un llamamiento personal, pero muestra los beneficios de esta disciplina espiritual.

La vida de Jesús en la tierra y Su comunicación con el Padre es, por supuesto, el ejemplo mejor de esto. Podríamos pensar que es injusto esperar lo mismo de nosotros, pero la Palabra nos dice: “Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Col 2: 16). ¡Qué declaración! Así como el Señor dijo a los israelitas que él pondría sus leyes en sus mentes (Hebreos 8:10), nosotros también tenemos la capacidad de acercarnos al Padre porque él nos ha dado la mente de Cristo. En otras palabras, nosotros tenemos el Espíritu Santo que nos da el discernimiento de verdades espirituales, y quien nos guía hacia su presencia.

Que seamos transformados por medio de la renovación de nuestras mentes; pensando en Cristo para que seamos santos y no alejados de su presencia por causa de circunstancias externas. Dondequiera que estemos, cualquier cosa que podríamos estar haciendo, nosotros tenemos acceso a nuestro Padre Celestial y podemos vivir el cielo en la tierra.


Reflejando a Cristo

Alvaro Soto V.

¿Qué es lo que mostramos a los que nos rodean? ¿Qué es lo que más les impresiona de nosotros?.¿Qué dicen de nosotros en nuestra casa, en la escuela, en la universidad o en el trabajo? ¿Se nota que somos cristianos? O mejor dicho, ¿se nota que Cristo vive en nosotros?
Quisiera recordarte que el propósito de Dios es formar a su Hijo en nosotros. Lo que más le interesa es que en nosotros se produzca y se manifieste el carácter de Cristo. En Gálatas 5:22-23 dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. El fruto del Espíritu no es otra cosa que el carácter de Cristo, que se opone completamente a “las obras de la carne” enunciadas en Gálatas 5:19-21.
Es triste cuando se manifiestan las obras de la carne. Cuando se muestran los pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, etc., sentimos que el testimonio del Señor queda por el suelo. Entonces, sólo nos queda humillarnos delante del Señor. Sólo nos queda decir “Padre, yo quiero que formes a tu Hijo en mí. Yo quiero que los demás vean a Cristo en mí. Quiero menos de mí. Necesito más de ti”. Es bueno que nos decepcionemos de nosotros mismos para que amemos y anhelemos más lo que es de Cristo.
Que el Señor nos permita dejar “el grato olor de Cristo” en todo lugar (2ª Corintios 2:14-15). Un pastor en cierta ocasión dijo “predica a tiempo y fuera de tiempo, y sólo cuando sea necesario, habla”. No basta, con los muchos argumentos, con el conocimiento “espiritual” que podamos tener, con sabernos la Biblia de memoria, con tener una fe tan grande que pueda mover montañas. Lo más importante, y lo que el mundo más necesita es a Cristo mismo. Debemos reflejar a Jesucristo. Esa es nuestra misión. Así como la luna refleja la luz del sol, así también los creyentes (que no poseen luz propia), deben reflejar a su Señor.
Que con nosotros pase lo que aconteció con el profeta Eliseo y la sunamita. “Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios” (2ª Reyes 4:9). Había algo en Eliseo que llamó poderosamente la atención de esta mujer. Ella lo reconoció como “un varón santo de Dios”. Que así sea también con nosotros. Que todos se den cuenta que somos de Dios y que Cristo vive en nosotros. Sí, que sí sea.


EQUIPO DE REDACCIÓN: Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés Contreras L.