.Una revista para todo cristiano · Nº 21 · Mayo - Junio 2003
PORTADA

Dios tenía muchas expectativas respecto de Israel en Canaán en tiempos de Josué, pero ellas no fueron todas cumplidas, a causa de la negligencia del pueblo. Así también, Dios tiene expectativas respecto de nosotros y de nuestra actitud hacia su amado Hijo.

La tierra que yo les doy

Eliseo Apablaza F.*

“Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel” (Josué 1:2).

Dios tenía un sueño con su pueblo; él lo preparó con quinientos años de anticipación para que entrara a habitar en la buena tierra. Cuando leemos Levítico y Deuteronomio encontramos las expectativas que Dios tenía con él. Muchas veces se repite esta frase: “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra ... Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da ...”

Así también, Dios tiene un sueño con su pueblo hoy. Dios no quiere que él se conforme con haber sido sacado de Egipto, o con recibir el maná en el desierto cada día. El sueño de Dios es que su pueblo entero entre a disfrutar de Canaán. No quiere que seamos un pueblo vagabundo que no tiene norte, que sólo espera el día de su muerte. Él tiene un sueño con su pueblo, y es que todos nosotros sepamos cuán glorioso es Cristo, cuán suficiente, cuán rico y maravilloso es él, y cuán abundante es la herencia que en él nos ha dado. Porque ciertamente las cuerdas nos cayeron en lugares deleitosos y es hermosa la heredad que nos ha tocado. (Salmo 16:6).

Dios le da mandamientos a Israel para que les vaya bien en la tierra. Quiere que prolonguen allí sus días para siempre. Las metas y los objetivos de Dios eran muy hermosos: un pueblo santo viviendo en una buena tierra. El Señor quiere que en estos días nosotros también, como pueblo santo, habitemos en la buena tierra y disfrutemos plenamente de ella. No como Abraham, que anduvo en ella como en tierra ajena. Ni como Moisés, que la vio desde lejos sin poder entrar en ella.

El paso del Jordán

Cuando Israel entró en la tierra prometida, ellos no tuvieron que hacer grandes preparativos. Dios les dijo: “Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán”. Luego dice que “reposaron antes de pasarlo”. Muchos cristianos hoy piensan que las bendiciones de Dios –Cristo como nuestra herencia y como la vida abundante– se logran si somos capaces de hacer cosas. Muchos están enseñando que los dones hay que comprarlos, pero Dios no vende la vida; ¡él la ha dado de gracia! El dice: “Venid, comprad sin dinero, vino y leche” (Is.55:1).

Cuando Israel atravesó el Jordán, bastó que los sacerdotes tomaran el arca sobre sus hombros, y sus pies tocaran el agua. Entonces el agua se detuvo, como en un montón. Los sacerdotes estuvieron en el fondo del lecho del río, y el pueblo pasó en seco. Bastó que Cristo fuera alzado, y las aguas se detuvieron. Esa arca que alzaron los sacerdotes es Cristo. Basta que el pueblo de Dios exalte a Cristo, que los sacerdotes de esta nueva dispensación, que somos tú y yo, sostengamos el testimonio sobre nuestros hombros. Si Cristo es levantado, entonces nosotros podemos pasar en seco el río. 

Ellos pasaron el río Jordán en seco, lo mismo que el Mar Rojo. Israel fue dos veces bautizado: en el mar, y en el río Jordán. Ambos son, además, muros que nos separan de lo que ha quedado atrás. El Mar Rojo es una pared entre nosotros y el mundo. Nosotros no podemos ir allá y el mundo no nos puede alcanzar. Y luego está el Jordán. Por él quedamos separados de una época triste en que no encontrábamos satisfacción, en que Cristo nos parecía lejano.

Los primeros pasos en la tierra

Apenas pasamos el río, hay unos cuchillos afilados más allá, en Gilgal. Allí está la circuncisión, allí es quitado el oprobio de Egipto. A la luz del Nuevo Testamento, es la circuncisión de Cristo, por la cual nosotros hemos sido despojados de nuestro cuerpo pecaminoso carnal. La circuncisión es también el extremo debilitamiento a que puede llegar un hombre. La circuncisión de Cristo nos deja absolutamente debilitados en nuestras fuerzas, al extremo que parece que nunca podremos servir a Dios. 

Sin embargo, luego viene la Pascua, una conmemoración feliz, bendita, en que se celebra la fidelidad de Dios. Una familia reunida en torno a un cordero. ¡Oh, qué hermoso es ver una familia reunida en torno a un cordero! ¡Qué hermoso ver a la iglesia reunida en torno a Cristo! ¡Bendita es nuestra Pascua, la cual es Cristo, que por nosotros fue sacrificada!

Luego están los primeros frutos. Por cuarenta años, el pueblo de Israel vagó por el desierto deseando comer los frutos de la tierra. Ahora ese sueño se hace realidad. Ellos no habían plantado nada, ni habían sembrado nada. Simplemente, entraron a comer lo que otros habían sembrado.

Jericó

Mientras el pueblo todavía está de fiesta, hay un hombre que está preocupado. Josué sale a caminar, solo. Allá está Jericó. Se ven los muros altos y gruesos. Josué está preocupado. “¿Cómo tomaremos esa ciudad? Si la sitiamos, nuestros enemigos, nos van a destruir”. Sin embargo, se le aparece un Varón con una espada desenvainada, y le dice: “Yo soy el Príncipe de los ejércitos de Jehová”. Josué se quita su calzado, se inclina delante de él. Y entonces todas las interrogantes de Josué quedan respondidas. He ahí, el varón con la espada desenvainada va a pelear las batallas de Israel. Israel no tendrá que sacarle filo a la espada, no tendrá que arreglar sus escudos, no tendrá que sacarle punta a la lanza. No será necesario, ¡porque Dios irá delante de Israel!

Algunos principios espirituales

Cuando miramos el libro de Josué para extraer algunos principios espirituales, lo primero que encontramos es que la tierra no fue conquistada, sino simplemente tomada en posesión, como una herencia. En ninguna parte del libro de Josué se usa la palabra conquista. Sólo se habla de tomar la heredad, de recibir una posesión. La palabra conquistar significa adquirir algo a fuerza de armas. En el Antiguo Testamento, encontramos la palabra conquistar asociada a otros pueblos, como Etiopía, o Asiria, o Babilonia. Israel nunca conquistó nada. ¡Israel todo lo recibió en herencia!

Un segundo principio es que Dios fue delante de ellos preparando el camino, y el pueblo fue detrás, recogiendo lo que Dios ya había hecho. El pueblo que Israel enfrentó era un pueblo atemorizado; ellos estaban espantados y temblando. 

¿No pasa así también con nosotros? El Señor Jesús ha derrotado a todos nuestros enemigos, y nosotros vamos detrás de él, reclamando lo que él ya ganó. ¡Jesús es el gran vencedor! Nosotros vamos recogiendo el botín de su victoria. ¡Bendito es el Señor! 

Un tercer principio se resume en lo que significa Gilgal. Gilgal fue el centro de operaciones mientras el pueblo avanzó en la toma de posesión. Gilgal nos habla, como dijimos, del despojamiento del viejo hombre. Sólo puede vencer uno que ha sido quebrantado, uno que ha sido debilitado casi hasta la muerte. El pueblo salía, peleaba una batalla, y volvía a Gilgal. Iba hacia el sur, y volvía a Gilgal. Avanzaba hacia el norte, y volvía a Gilgal. En la medida que estemos parados sobre este principio, en la medida que la carne es despojada de su fuerza, y que peleemos las batallas de Dios en el Espíritu, en esa medida todo Cristo será nuestro.

Un cuarto principio podríamos resumirlo así: sólo recibimos lo que hemos explorado. El Señor dijo a Josué: “Yo os he entregado todo lugar que pisare la planta de vuestro pie”. La clave es caminar por la tierra, para ir tomando posesión de ella. Entonces vamos diciendo: “Esto es mío”, “Esto también es mío”.

Dios le dijo a Josué: “No se aparte de tu boca este libro de la ley, sino de día y de noche meditarás en él”. (1: 8). ¿Dónde conoceremos nosotros cuál es nuestra herencia? ¿Dónde encontraremos nosotros a Cristo? Iremos a la Palabra, leeremos sus páginas. Recorreremos desde Génesis a Apocalipsis una y otra vez, nos pasearemos por ella buscando qué nos dice de Cristo, cuánto nos muestra de la herencia que tenemos en Cristo. Así que, caminar por la tierra es explorar en las Escrituras para encontrar a Cristo.

Un quinto principio es lo que alguien ha denominado como una “actitud de disponibilidad”. Alguien ha dicho que los más grandes hombres de Dios no son aquellos que hacen más cosas, sino los grandes receptores. Mucho tiempo a solas con Dios, disponibles para él, poniendo el oído atento, apegando el corazón al corazón suyo. Diciéndole: “¿Tienes algo que comunicarle a tu siervo? ¿Hay algo que tú quieres decir a tu pueblo? ¿Hay una nueva medida de Cristo que tenemos que conocer? ¿Hay una nueva vislumbre de su gloria, un nuevo acento de su persona?”

Dios quiere darnos completamente a Cristo, pero no siempre estamos disponibles. Estamos demasiado ocupados. Él no podrá dejar su marca en nosotros si no estamos disponibles. Imaginémonos las siguientes escenas: Un padre va con su hijo de cuatro años a la casa de un pianista famoso, para que convierta a su hijo en pianista. El pianista no sólo le exigirá dinero, sino que esté con él todo el tiempo –seguramente años– que lo requiera. Un joven padre lleva a su hijo a la academia de policía. El padre dice al director: “Quiero que mi hijo sea un policía”. El jefe le dirá: “Déjeme a su hijo aquí, y en tres años lo convierto en un policía que sea útil a la nación”.

¿Podremos nosotros ser transformados a la semejanza de Cristo, si no estamos disponibles para él? Creo que Dios nos dice: “¿Quieres ser tú como mi Hijo? Entonces, ponte a mi disposición los próximos veinte años, y yo te voy a convertir en lo que tú quieres ser”. Tenemos que estar disponibles, tiene que producirse un encuentro, en el tiempo y en el espacio. Tiene que haber disponibilidad.

Dios no espera nuestra contribución, sino nuestra disponibilidad. En Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. En esta buena tierra hay tesoros que están disponibles para buscadores de tesoros espirituales, para aquellos que han sido atraídos por Cristo para recostarse sobre su hombro; que están disponibles como aquella María que se sentó a los pies de Cristo. 

Hay una vieja estrategia de Satanás que él sigue usando hoy, la estrategia de Faraón: “¿Israel quiere ir al desierto a adorar a Dios? Bueno, háganlos trabajar el doble para que olviden esos deseos. No les den la paja; que ellos vengan a buscarla, y que produzcan lo mismo”. Cuando un hombre tiene aspiraciones espirituales, Satanás lo llena de afanes, para mantenerlo ocupado. 

La estrategia de Satanás le dio resultado un poco de tiempo en Egipto con el pueblo de Israel, pero en este tiempo le ha dado más resultados con los hijos de Dios. Ellos tienen mucho que trabajar, tienen mucho que comprar, tienen cosas que vender, tienen negocios que hacer. Son esclavos del trabajo, así que no están disponibles para Dios. No hay sentido de disponibilidad. Por eso la buena tierra está ahí, esperando, sin ser tomada aún. (Ver Josué 18:2-3).

Un cambio de perspectiva

Creo que Dios hoy nos está invitando, no para que traigamos nuestro dinero e intentar comprar una porción más de Cristo. Dios nos invita para que vengamos a él, con nuestras manos vueltas hacia arriba, para recibir de la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Al principio, nosotros vinimos a la fe cansados, y el Señor nos hizo descansar. Pero tal vez hoy tú estás cansado por haber tratado de cumplir la ley. No te has dado ni cuenta y te has deslizado de la fe a las obras. 

Tiene que haber un cambio de perspectiva. Tenemos que venir con nuestras manos vacías. Lo que tenemos en ellas –nuestras obras, nuestra justicia, nuestros métodos– larguémoslo; jamás nos darán la victoria. Podremos luchar setenta, o cien años, y todo será inútil.

Vengamos con nuestras manos abiertas, mirando hacia el cielo, diciendo: “Señor, Dios nuestro, no sólo quiero a Cristo como mi Salvador; sino también como mi herencia, mi reposo, mi plenitud. Abre mis ojos para ver que Su obra fue consumada en la cruz, para ver que no sólo fui reconciliado contigo en la cruz, sino que ahora, estando reconciliado, soy salvo por Su vida. Quiero la vida superior, no la vida mía que es tan frágil, que se desanima, que se decae tan pronto. Quiero esa vida eterna, esa vida abundante que es Cristo mi Señor. Amén”.

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* Síntesis de un mensaje oral compartido en Rucacura 2003.