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¿Cuál es tu vía de escape? Álvaro Soto V. Los
seres humanos necesitamos una vía de escape. Necesitamos desconectar-nos
de nuestros trabajos, estudios y actividades diarias. Cambiamos de ambiente,
hacemos otras cosas. ¿Cuál es tu vía de escape? ¿Practicas
algún deporte, cantas en un coro, te gusta bailar, te gusta salir
con tus amigos, quizás beber alcohol? Hay muchas posibilidades. Vivimos
en un mundo de consumismo. Hacemos muchas cosas. Compramos lo que no necesitamos
con el dinero que no tenemos. Sin embargo, ni las cosas ni las actividades
han podido satisfacer la necesidad espiritual del hombre. Pascal dijo:
El hombre tiene un vacío con forma de Dios, que sólo
Dios puede llenar. Las vías de escape antes mencionadas
pueden ser beneficiosas para el cuerpo y el alma, pero el espíritu
del hombre sólo puede llenarse con el Espíritu de Dios.
Hubo
un rey llamado David, que ostentaba las mismas riquezas y el poder de
cualquier gobernante de la actualidad, quien dijo: En Dios solamente
descansa mi alma; de Él viene mi salvación (Salmos
62:1). Tenía el poder para obtener placer, fama, riquezas. Pero
tuvo la capacidad de humillarse, de reconocer que sólo era un hombre
y que necesitaba a Dios. La
única vía de escape para el espíritu
del hombre es volver a la comunión con Dios, es decir, regresar
a la amistad con Dios. ¿Cómo puede hacerse esto? No es tan
difícil como podríamos pensar. Sólo se necesita creer
en Jesucristo, el Hijo de Dios, el único mediador entre Dios y
los hombres. Sólo en Jesús puede descansar nuestra alma.
Solamente Jesús es nuestra salvación. Tiempo de orar Rodrigo Calderón U. «Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible» (Mateo 17:20). Cuando
pasamos por una gran necesidad, debemos humildemente buscar el rostro
de Dios y consultar sobre su voluntad. Podemos decir: Padre, ¿qué
te propones hacer en esta situación?. Jesús escuchó
la voz del Padre, y le puso atención. A veces, nosotros escuchamos
la voz del Padre, pero pocas veces ponemos atención a lo que nos
está diciendo, por medio de las experiencias que nos toca vivir.
Cuida
de no comenzar y terminar tus oraciones diciendo torpemente: Si
es tu voluntad. En lugar de ello, debes tratar de conocer la voluntad
de Dios en cada situación particular y basar en ella tu oración.
Orar por un milagro constituye una invitación al Espíritu
Santo para que se manifieste. Cuando ese es su propósito, Él
te lo hará saber. Entonces puedes pedir el milagro, sabiendo que
Dios lo hará. Amados
hermanos jóvenes, el Señor Jesús nos ha dado autoridad
en su Nombre sobre las enfermedades, los demonios, las tormentas.
La Biblia dice: Entonces llamando a sus doce discípulos,
les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen
fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia (Mateo 10:1).
He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones,
y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará
(Lucas 10: 19). A
veces le pedimos a Dios que actúe, cuando, de hecho, Él
nos llama a emplear su autoridad en el nombre de Jesús. Podemos
ordenar que la tormenta cese, que una aflicción nos deje o que
una enfermedad desaparezca. Las
palabras de Jesús fueron: Cualquiera que dijere a este monte:
Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón,
sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será
hecho (Marcos 11: 23). ¡Cree
en tu corazón que ya ha sido hecho! Con la fe que Dios te ha dado,
proclámalo. Pero recuerda, los milagros nacen de la fe en el poder
de Dios, no de un ritual, una fórmula o la fuerza de la voluntad
humana. Señor Jesús, enséñanos a poner siempre nuestros ojos en ti, a tomar autoridad en tu Nombre y proclamar tu victoria en nuestras vidas. Amén. Testimonio Marco Antonio, Temuco Gracias
a tu poder reflejado en la naturaleza, me quebrantaste. Con el sol imponente
apareciendo tras las montañas; con el alba anunciándome
que ese era el día que me dabas para reconciliarme contigo; con
el cielo despejado, como si lo hubieras preparado para mí. En
ese gran cielo azul se extendían tus brazos para estrecharme con
amor. Rompí en llanto. Podía sentir tus caricias. Sentía
cómo me seducías. No quería soltarme de tu mano.
Mientras lloraba, una voz consoladora me decía: No llores más, hoy tus lágrimas serán enjugadas. Perdóname, Señor, por todos estos años que me alejé de ti. Esos años que perdí sin adorarte ni alabarte. Crucé durante años un desierto, engañado por espejismos. Pasando hambre, frío, calor y una sed insaciable. Estuve
expuesto a mordeduras de serpientes. Pasé en medio de escorpiones,
pero Tú me guardaste. Y ya, cansado de no poder seguir por mis
propias fuerzas me vuelvo a ti, me rindo a ti, me entrego a ti. «¡Ayúdame!»,
grité con voz desfalleciente. Como un animal en año de sequía,
después de caminar y caminar, flaco, con la cabeza gacha, cansado,
con las últimas fuerzas, he llegado a ti. Me recibiste. He bajado al río a beber, a recuperar fuerzas, a saciar mi sed en Jesús, el manantial de agua viva. Luego levantaste mi cabeza. Pude ver el cielo reflejando tu poder. Señor, gracias a ti, soy libre. Tú rompiste las cadenas que me ataban. ¡Gracias, Señor, por haberme llamado! |
Jesús, Nombre sobre todo nombre Andrew Webb ¿Comprendemos
el privilegio maravilloso que tenemos al pedir a Jesucristo que interceda
ante el Padre por nosotros todos los días? ¿Nos damos cuenta
de que estamos pidiendo en el Nombre más poderoso en todo el universo?
Si no es así, puede ser que una de dos cosas nos impida ver esta
bendición maravillosa. La primera, es entender lo que significa
usar el nombre de Jesús en la oración y la alabanza. La
segunda, y que sólo viene después de la anterior, es experimentar
este poder. Hay
un versículo importante que encontramos en Juan 17:18: Como
tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.
Ser un enviado, es ser un representante. Al embajador de un país,
por ejemplo, se le da autoridad para hablar en nombre de esa nación.
No es que la persona, en sí misma, tenga tal poder, sino que es
la nación que se lo concede. De la misma manera, cuando un juez
está condenando a un delincuente, dice: por el poder que
me confiere la ley. Es decir que no es el juez, sino el poder que
otorga el Estado. En esta porción del evangelio de Juan, Jesús
está diciendo que Él también estaba dándonos
autoridad para representar su nombre. Pablo reitera esto diciendo, Así
que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio
de nosotros. (2ª Corintios 5:20). Nosotros
representamos a Jesucristo en la tierra. Entonces, cuando usamos su Nombre,
ministramos su poder. Cuando dejamos de actuar en ese Nombre, perdemos
toda la autoridad. Así como un juez no puede decir: por el
poder que yo me doy, no podemos orar ni actuar en nuestro nombre.
No tenemos justicia ante el Padre, ni poder sobre Satanás, en nosotros
mismos. El Padre sólo escucha al Hijo, en quien tiene complacencia. ¿Y
cuál es la posición de Aquel de quien usamos el Nombre?.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo,
y le dio un Nombre que es sobre todo nombre. (Filipenses 2:9). Eso
significa que no hay ningún nombre mayor al que nosotros representamos.
No hay ningún otro nombre tan poderoso como el Suyo. Podríamos
pensar que si tuviéramos la autoridad o la firma del presidente
de los Estados Unidos, para hacer algo, tendríamos el éxito
asegurado. A fin de cuentas, su nombre es reconocido a lo largo de toda
la tierra. Sin embargo, los demonios no huyen ante tal nombre, y no caen
montañas en el mar por su nombre. Salgamos entonces, seguros de que representamos el Nombre más grande en el universo, y experimentemos la autoridad que tenemos en Jesús, Nombre sobre todo nombre. Poemas Alejandro Zárate (Iquique). ANTES DE CONOCERTE Señor,
antes de conocerte, AHORA QUE TE CONOZCO Señor,
ahora que te conozco, |
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EQUIPO
DE REDACCIÓN:
Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón
U. Suplemento
"BOCETOS" en versión PDF (Acrobat Reader). |
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