.Una revista para todo cristiano · Nº 20 · Marzo - Abril 2003
PORTADA

"Bocetos" · Suplemento Juvenil
Para jóvenes dispuestos a servir

¿Cuál es tu vía de escape?

Álvaro Soto V.

Los seres humanos necesitamos una vía de escape. Necesitamos desconectar-nos de nuestros trabajos, estudios y actividades diarias. Cambiamos de ambiente, hacemos otras cosas. ¿Cuál es tu vía de escape? ¿Practicas algún deporte, cantas en un coro, te gusta bailar, te gusta salir con tus amigos, quizás beber alcohol? Hay muchas posibilidades.

Vivimos en un mundo de consumismo. Hacemos muchas cosas. Compramos lo que no necesitamos con el dinero que no tenemos. Sin embargo, ni las cosas ni las actividades han podido satisfacer la necesidad espiritual del hombre. Pascal dijo: “El hombre tiene un vacío con forma de Dios, que sólo Dios puede llenar”. Las “vías de escape” antes mencionadas pueden ser beneficiosas para el cuerpo y el alma, pero el espíritu del hombre sólo puede llenarse con el Espíritu de Dios.

Hubo un rey llamado David, que ostentaba las mismas riquezas y el poder de cualquier gobernante de la actualidad, quien dijo: “En Dios solamente descansa mi alma; de Él viene mi salvación” (Salmos 62:1). Tenía el poder para obtener placer, fama, riquezas. Pero tuvo la capacidad de humillarse, de reconocer que sólo era un hombre y que necesitaba a Dios.

La única “vía de escape” para el espíritu del hombre es volver a la comunión con Dios, es decir, regresar a la amistad con Dios. ¿Cómo puede hacerse esto? No es tan difícil como podríamos pensar. Sólo se necesita creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, el único mediador entre Dios y los hombres. Sólo en Jesús puede descansar nuestra alma. Solamente Jesús es nuestra salvación.


Tiempo de orar

Rodrigo Calderón U.

«Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible» (Mateo 17:20).

Cuando pasamos por una gran necesidad, debemos humildemente buscar el rostro de Dios y consultar sobre su voluntad. Podemos decir: “Padre, ¿qué te propones hacer en esta situación?”. Jesús escuchó la voz del Padre, y le puso atención. A veces, nosotros escuchamos la voz del Padre, pero pocas veces ponemos atención a lo que nos está diciendo, por medio de las experiencias que nos toca vivir.

Cuida de no comenzar y terminar tus oraciones diciendo torpemente: “Si es tu voluntad”. En lugar de ello, debes tratar de conocer la voluntad de Dios en cada situación particular y basar en ella tu oración. Orar por un milagro constituye una invitación al Espíritu Santo para que se manifieste. Cuando ese es su propósito, Él te lo hará saber. Entonces puedes pedir el milagro, sabiendo que Dios lo hará.

Amados hermanos jóvenes, el Señor Jesús nos ha dado autoridad –en su Nombre– sobre las enfermedades, los demonios, las tormentas. La Biblia dice: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 10:1). “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10: 19).

A veces le pedimos a Dios que actúe, cuando, de hecho, Él nos llama a emplear su autoridad en el nombre de Jesús. Podemos ordenar que la tormenta cese, que una aflicción nos deje o que una enfermedad desaparezca.

Las palabras de Jesús fueron: “Cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho” (Marcos 11: 23).

¡Cree en tu corazón que ya ha sido hecho! Con la fe que Dios te ha dado, proclámalo. Pero recuerda, los milagros nacen de la fe en el poder de Dios, no de un ritual, una fórmula o la fuerza de la voluntad humana.

Señor Jesús, enséñanos a poner siempre nuestros ojos en ti, a tomar autoridad en tu Nombre y proclamar tu victoria en nuestras vidas. Amén.


Testimonio

Marco Antonio, Temuco

Gracias a tu poder reflejado en la naturaleza, me quebrantaste. Con el sol imponente apareciendo tras las montañas; con el alba anunciándome que ese era el día que me dabas para reconciliarme contigo; con el cielo despejado, como si lo hubieras preparado para mí.

En ese gran cielo azul se extendían tus brazos para estrecharme con amor. Rompí en llanto. Podía sentir tus caricias. Sentía cómo me seducías. No quería soltarme de tu mano.

Mientras lloraba, una voz consoladora me decía: “No llores más, hoy tus lágrimas serán enjugadas”. Perdóname, Señor, por todos estos años que me alejé de ti. Esos años que perdí sin adorarte ni alabarte. Crucé durante años un desierto, engañado por espejismos. Pasando hambre, frío, calor y una sed insaciable.

Estuve expuesto a mordeduras de serpientes. Pasé en medio de escorpiones, pero Tú me guardaste. Y ya, cansado de no poder seguir por mis propias fuerzas me vuelvo a ti, me rindo a ti, me entrego a ti. «¡Ayúdame!», grité con voz desfalleciente. Como un animal en año de sequía, después de caminar y caminar, flaco, con la cabeza gacha, cansado, con las últimas fuerzas, he llegado a ti.

Me recibiste. He bajado al río a beber, a recuperar fuerzas, a saciar mi sed en Jesús, el manantial de agua viva. Luego levantaste mi cabeza. Pude ver el cielo reflejando tu poder. Señor, gracias a ti, soy libre. Tú rompiste las cadenas que me ataban. ¡Gracias, Señor, por haberme llamado!

 

Jesús, Nombre sobre todo nombre

Andrew Webb

¿Comprendemos el privilegio maravilloso que tenemos al pedir a Jesucristo que interceda ante el Padre por nosotros todos los días? ¿Nos damos cuenta de que estamos pidiendo en el Nombre más poderoso en todo el universo? Si no es así, puede ser que una de dos cosas nos impida ver esta bendición maravillosa. La primera, es entender lo que significa usar el nombre de Jesús en la oración y la alabanza. La segunda, y que sólo viene después de la anterior, es experimentar este poder.

Hay un versículo importante que encontramos en Juan 17:18: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.” Ser un enviado, es ser un representante. Al embajador de un país, por ejemplo, se le da autoridad para hablar en nombre de esa nación. No es que la persona, en sí misma, tenga tal poder, sino que es la nación que se lo concede. De la misma manera, cuando un juez está condenando a un delincuente, dice: “por el poder que me confiere la ley.” Es decir que no es el juez, sino el poder que otorga el Estado. En esta porción del evangelio de Juan, Jesús está diciendo que Él también estaba dándonos autoridad para representar su nombre. Pablo reitera esto diciendo, “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros.” (2ª Corintios 5:20).

Nosotros representamos a Jesucristo en la tierra. Entonces, cuando usamos su Nombre, ministramos su poder. Cuando dejamos de actuar en ese Nombre, perdemos toda la autoridad. Así como un juez no puede decir: “por el poder que yo me doy”, no podemos orar ni actuar en nuestro nombre. No tenemos justicia ante el Padre, ni poder sobre Satanás, en nosotros mismos. El Padre sólo escucha al Hijo, en quien tiene complacencia.

¿Y cuál es la posición de Aquel de quien usamos el Nombre?. “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre.” (Filipenses 2:9). Eso significa que no hay ningún nombre mayor al que nosotros representamos. No hay ningún otro nombre tan poderoso como el Suyo. Podríamos pensar que si tuviéramos la autoridad o la firma del presidente de los Estados Unidos, para hacer algo, tendríamos el éxito asegurado. A fin de cuentas, su nombre es reconocido a lo largo de toda la tierra. Sin embargo, los demonios no huyen ante tal nombre, y no caen montañas en el mar por su nombre.

Salgamos entonces, seguros de que representamos el Nombre más grande en el universo, y experimentemos la autoridad que tenemos en Jesús, Nombre sobre todo nombre.


Poemas

Alejandro Zárate (Iquique).

ANTES DE CONOCERTE

Señor, antes de conocerte,
no sabía qué hacía.
Nunca me di cuenta de mis errores,
nunca pedí perdón,
nunca le dije a mi hermano: «Te quiero».
Nunca pensé
en elevar mis manos a Tu Nombre,
ni en abrir mi boca a favor tuyo.
Tampoco pensé que me quebrantaría por Ti.
Nunca me di cuenta si dañaba a un hermano.
No sabía lo que era ser bienaventurado.
No conocía el camino angosto.
No me importaba la congregación de los santos.
No te alababa con entendimiento.
Me avergonzaba al orar.
Me avergonzaba que supieran
que yo era creyente.
Sólo escuchaba al mundo.
No me importaba decir malas palabras.
No me importaba pecar contra alguien.
No me importaba nada.

AHORA QUE TE CONOZCO

Señor, ahora que te conozco,
sé lo que es el amor.
Sé lo que hiciste por mí.
Alzo mis manos a tu Nombre.
Puedo pensar en mis hermanos.
Tengo el valor para pedir perdón.
Puedo decirle a mi hermano:
«Te quiero, te amo».
Puedo andar en tus caminos de paz.
Ahora me gusta estar en comunión.
Ahora puedo guardarme del mundo.
Ahora te sirvo de por vida.
Nunca me alejaré de ti.
Ahora puedo proclamar tu Nombre en las calles,
no me avergüenzo de decir
que Tú me has salvado.
Ahora puedo decirle al mundo que soy creyente.
Ahora sólo te escucho a ti.
Ahora alzo mi voz a los cielos y proclamo
que JESÚS ES EL SEÑOR de toda la tierra,
y confirmo que Tú nunca me dejarás.
Ahora sé que Tú venciste al Enemigo.
Ahora sé que me compraste,
por un precio que sólo Tú podías pagar,
con tu sangre preciosa.
Ahora soy uno más de tus redimidos.


EQUIPO DE REDACCIÓN: Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón U.
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Dámaris Apablaza A. · Rocío Soto V. · Andrés Contreras L.

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