.Una revista para todo cristiano · Nº 20 · Marzo - Abril 2003
PORTADA

Una reivindicación de la maternidad como un acto de consagración a Dios, para la operación del milagro de la vida y para la expresión del propósito divino en los hijos.

Mi embrión vieron tus ojos

Marcelo Díaz P.

Conozco a una madre creyente a quien, años después de tener su último hijo, le fue diagnosticado un cáncer uterino. Los médicos plantearon varias vías para abordar el problema, y la más viable para la salud de ella fue la extracción total del útero. La situación en ese momento fue angustiante, pues, en medio del proceso, los médicos se dieron cuenta de que ella estaba embarazada. Sin embargo, para nuestra sorpresa, ocurrió un hecho maravilloso: el bebé comenzó a crecer, y a medida que crecía en el útero, el cáncer fue desapareciendo hasta llegar a una completa normalidad. ¡Qué maravilloso! La vida que se gestó allí fue más poderosa que la muerte amenazante.

Los cristianos sabemos que la gestación es más que sólo un simple acto de la naturaleza. Dios está presente en cada concepción.

Dios está presente

El misterio de una vida que se gesta no está oculto a los ojos de Dios y tampoco a la operación de su poder. En las Escrituras, todas las mujeres que fueron estériles, oraron a Dios con fe, y concibieron hijos.

Dios mismo es quien nos ha formado en el vientre de nuestra madre: “Porque tú formaste mis entrañas; tu me hiciste en el vientre de mi madre ... mi embrión vieron tus ojos” (Sal. 139:13). Dios nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo, para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Ef. 1:4-5).

Por esta causa, valoramos la maternidad, y dignificamos a quienes en un acto de amor consagran sus vientres como una ofrenda y sacrificio a Dios. “Pues todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos” (1Cr. 29:14).

Así, pues, los padres cristianos tenemos todo el derecho a esperar que el Espíritu Santo, que opera en nosotros la filiación de hijos de Dios, pueda posesionarse completamente de la vida que se está gestando en el vientre. Esta es, sin duda, la esperanza más valiosa de la maternidad.

Llenos del Espíritu Santo

En cuanto a gestación y nacimiento, Lucas, “el médico amado”, registra detalles no capturados en los otros evangelios en relación al embarazo de María y Elizabeth. Conocemos las circunstancias generales de la vida del Señor y también de Juan el Bautista aun antes de que fueron concebidos.

Quisiera poner especial atención en la vida de Juan a partir de una declaración del Señor que involucra a todos los hijos del Reino: “Os digo que entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Luc. 7:28).

La verdad que se nos revela aquí es de un valor incalculable para una madre creyente. La realidad de que ella pueda llevar en su vientre la bendición de Dios es vigente y real. Si de Juan –el último profeta del Antiguo Pacto– se dijeron estas palabras, ¿cuánto más pueden ser llenos del Espíritu Santo desde el vientre materno los hijos de aquellos que gozan de la gracia del Nuevo Pacto? Si nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo (1 Co. 6;19), ¿no lo será también el hijo que se gesta en el vientre? ¡Aleluya! Nuestros hijos pueden ser llenos del Espíritu de Cristo aún desde su concepción. ¡Qué gloriosa verdad, qué bendita gracia!

A Zacarías se le dice: “No temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elizabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre” (Lc. 1:15.)

Consideremos lo que dice el ángel acerca de Juan el Bautista, para extraer los principios de un niño gestado y nacido bajo estas condiciones.

“No temas, tu oración ha sido oída y tu mujer Elizabeth te dará a luz un hijo...” Israel estaba bajo la opresión del yugo romano, de modo que mientras Zacarías ofrecía el incienso en el altar, el pueblo pedía por su liberación. Por su parte, tal vez Zacarías, ya viejo, se atrevió a presentar por ultima vez, casi sin fe, la oración que por tanto tiempo pronunció junto a su esposa: “Señor, danos un hijo”. Y Dios respondió.

Fue tan sorpresiva la respuesta, que Zacarías quedó perplejo. Elizabeth era estéril, y ambos eran de edad avanzada. No tenían nada más en que confiar, excepto en Dios (Lc. 1:6). Así, pues, los hijos no vienen por nuestra virilidad, nuestra fecundidad, sino por voluntad divina.

Respetar el deseo divino

“...Y llamarás su nombre Juan.” A cada hijo se le ha concedido una gracia particular, diseñada en la eternidad, implantada en la gestación y lista para desarrollarse en el nacimiento. Zacarías se atreve a ir contra toda una tradición familiar judía al ponerle como nombre Juan, afirmando en su corazón el camino que Dios había trazado para ese hijo. Así también, los padres cristianos debemos tener la firme determinación de respetar el deseo divino, creer en la operación del Espíritu Santo en la vida de nuestros hijos y criarlos en la disciplina y amonestación del Señor.

Un motivo de gozo

“Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento...” La presión que ejerce hoy el mundo sobre las personas genera angustia ante la llegada de un hijo. El énfasis hedonista en la independencia hace que los hijos sean una carga difícil de sobrellevar. La presión socioeconómica dificulta la llegada de los hijos; muchos padres cristianos están presos de un estilo de vida mundanal y egoísta. Es preciso que la presencia de Dios por su Espíritu posesione la vida de los niños aún antes de nacer. El fruto del Espíritu es gozo. La conciencia de la operación de Dios en la llegada de un hijo a un matrimonio cristiano, cualquiera sean las circunstancias, provocará una explosión de júbilo que no es producto de una actividad del alma, sino del mismo espíritu.

El vínculo de Juan el Bautista con la redención en Cristo, hizo que muchos se regocijaran con su nacimiento. Así, nuestros hijos nacen íntimamente ligados a la obra redentora de Cristo, teniendo todas las posibilidades de permanecer en la fe, asumiendo su profesión como hijos de Dios.

Aquí hay un punto importante a destacar. Es claro que aquellos que asumen la fe obtienen las promesas, involucrando a todos los de su casa. Es falsa la idea de que nuestros hijos tienen que conocer primero el mundo y sus afanes para luego venir a la fe. Muchos padres cristianos, por no apropiarse de las promesas de Dios, se han debilitado, siendo permisivos con sus hijos, consintiéndoles caprichos que les llevan cada vez más lejos de Cristo, obteniendo como consecuencia sólo desazón y tristeza. La equívoca premisa que aquí se esconde está en pensar que la acción del pecado es más poderosa que la acción del Espíritu Santo. Tenemos todo a nuestro favor para que nuestros hijos crezcan y se desarrollen en la gracia. Sin duda, esto es motivo de gozo.

Grande a los ojos de Dios

“...porque será grande delante de Dios...” Esto es glorioso, el ser grande a los ojos de Dios. Puede ser que nuestros hijos no lleguen a la estatura que el mundo exige, que no lleguen a ser personas de renombre, pero serán grandes delante de Dios.

La vida de Juan el Bautista fue absolutamente atípica. Su vestido, su comida, el lugar donde moraba, no eran cosas que se pudiesen envidiar, pero de él dijo el Señor: “Entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista”. ¡Qué importa no ser grande ante el mundo, si somos grandes a los ojos de Dios!

Consagración

“No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre.” Esta restricción nos revela la esencia del carácter del Espíritu Santo en la consagración de los hijos al propósito divino. Para Juan significó un voto que cumplió todos los días de su vida. Para nuestros hijos implica el ser consagrados a la vida de Cristo que crece en ellos. El Espíritu Santo se encargará de guiarlos, tomando lo de Cristo y haciéndolo saber tanto a nosotros los padres como a nuestros hijos. La voluntad de Dios es que ninguno de los suyos se pierda, y todos crezcan conformados a la imagen del Hijo.

“Desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios” (Sal. 22:10).

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