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Una reivindicación de la maternidad como un acto de consagración a Dios, para la operación del milagro de la vida y para la expresión del propósito divino en los hijos. Mi embrión vieron tus ojos Marcelo Díaz P. Conozco
a una madre creyente a quien, años después de tener su último
hijo, le fue diagnosticado un cáncer uterino. Los médicos
plantearon varias vías para abordar el problema, y la más
viable para la salud de ella fue la extracción total del útero.
La situación en ese momento fue angustiante, pues, en medio del
proceso, los médicos se dieron cuenta de que ella estaba embarazada.
Sin embargo, para nuestra sorpresa, ocurrió un hecho maravilloso:
el bebé comenzó a crecer, y a medida que crecía en
el útero, el cáncer fue desapareciendo hasta llegar a una
completa normalidad. ¡Qué maravilloso! La vida que se gestó
allí fue más poderosa que la muerte amenazante. Los cristianos sabemos que la gestación es más que sólo un simple acto de la naturaleza. Dios está presente en cada concepción. Dios
está presente El
misterio de una vida que se gesta no está oculto a los ojos de
Dios y tampoco a la operación de su poder. En las Escrituras, todas
las mujeres que fueron estériles, oraron a Dios con fe, y concibieron
hijos. Dios
mismo es quien nos ha formado en el vientre de nuestra madre: Porque
tú formaste mis entrañas; tu me hiciste en el vientre de
mi madre ... mi embrión vieron tus ojos (Sal. 139:13). Dios
nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo, para ser
adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Ef. 1:4-5). Por
esta causa, valoramos la maternidad, y dignificamos a quienes en un acto
de amor consagran sus vientres como una ofrenda y sacrificio a Dios. Pues
todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos (1Cr. 29:14). Así,
pues, los padres cristianos tenemos todo el derecho a esperar que el Espíritu
Santo, que opera en nosotros la filiación de hijos de Dios,
pueda posesionarse completamente de la vida que se está gestando
en el vientre. Esta es, sin duda, la esperanza más valiosa de la
maternidad. Llenos
del Espíritu Santo En
cuanto a gestación y nacimiento, Lucas, el médico
amado, registra detalles no capturados en los otros evangelios en
relación al embarazo de María y Elizabeth. Conocemos las
circunstancias generales de la vida del Señor y también
de Juan el Bautista aun antes de que fueron concebidos. Quisiera
poner especial atención en la vida de Juan a partir de una declaración
del Señor que involucra a todos los hijos del Reino: Os digo
que entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista;
pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él
(Luc. 7:28). La
verdad que se nos revela aquí es de un valor incalculable para
una madre creyente. La realidad de que ella pueda llevar en su vientre
la bendición de Dios es vigente y real. Si de Juan el último
profeta del Antiguo Pacto se dijeron estas palabras, ¿cuánto
más pueden ser llenos del Espíritu Santo desde el vientre
materno los hijos de aquellos que gozan de la gracia del Nuevo Pacto?
Si nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo (1 Co. 6;19),
¿no lo será también el hijo que se gesta en el vientre?
¡Aleluya! Nuestros hijos pueden ser llenos del Espíritu de
Cristo aún desde su concepción. ¡Qué gloriosa
verdad, qué bendita gracia! A
Zacarías se le dice: No temas; porque tu oración ha
sido oída, y tu mujer Elizabet te dará a luz un hijo, y
llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría,
y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande
delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del
Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre (Lc. 1:15.)
Consideremos
lo que dice el ángel acerca de Juan el Bautista, para extraer los
principios de un niño gestado y nacido bajo estas condiciones.
No
temas, tu oración ha sido oída y tu mujer Elizabeth te dará
a luz un hijo... Israel estaba bajo la opresión del yugo
romano, de modo que mientras Zacarías ofrecía el incienso
en el altar, el pueblo pedía por su liberación. Por su parte,
tal vez Zacarías, ya viejo, se atrevió a presentar por ultima
vez, casi sin fe, la oración que por tanto tiempo pronunció
junto a su esposa: Señor, danos un hijo. Y Dios respondió.
Fue tan sorpresiva la respuesta, que Zacarías quedó perplejo. Elizabeth era estéril, y ambos eran de edad avanzada. No tenían nada más en que confiar, excepto en Dios (Lc. 1:6). Así, pues, los hijos no vienen por nuestra virilidad, nuestra fecundidad, sino por voluntad divina. Respetar
el deseo divino ...Y llamarás su nombre Juan. A cada hijo se le ha concedido una gracia particular, diseñada en la eternidad, implantada en la gestación y lista para desarrollarse en el nacimiento. Zacarías se atreve a ir contra toda una tradición familiar judía al ponerle como nombre Juan, afirmando en su corazón el camino que Dios había trazado para ese hijo. Así también, los padres cristianos debemos tener la firme determinación de respetar el deseo divino, creer en la operación del Espíritu Santo en la vida de nuestros hijos y criarlos en la disciplina y amonestación del Señor. Un
motivo de gozo Y
tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de
su nacimiento... La presión que ejerce hoy el mundo sobre
las personas genera angustia ante la llegada de un hijo. El énfasis
hedonista en la independencia hace que los hijos sean una carga difícil
de sobrellevar. La presión socioeconómica dificulta la llegada
de los hijos; muchos padres cristianos están presos de un estilo
de vida mundanal y egoísta. Es preciso que la presencia de Dios
por su Espíritu posesione la vida de los niños aún
antes de nacer. El fruto del Espíritu es gozo. La conciencia de
la operación de Dios en la llegada de un hijo a un matrimonio cristiano,
cualquiera sean las circunstancias, provocará una explosión
de júbilo que no es producto de una actividad del alma, sino del
mismo espíritu. El
vínculo de Juan el Bautista con la redención en Cristo,
hizo que muchos se regocijaran con su nacimiento. Así, nuestros
hijos nacen íntimamente ligados a la obra redentora de Cristo,
teniendo todas las posibilidades de permanecer en la fe, asumiendo su
profesión como hijos de Dios. Aquí hay un punto importante a destacar. Es claro que aquellos que asumen la fe obtienen las promesas, involucrando a todos los de su casa. Es falsa la idea de que nuestros hijos tienen que conocer primero el mundo y sus afanes para luego venir a la fe. Muchos padres cristianos, por no apropiarse de las promesas de Dios, se han debilitado, siendo permisivos con sus hijos, consintiéndoles caprichos que les llevan cada vez más lejos de Cristo, obteniendo como consecuencia sólo desazón y tristeza. La equívoca premisa que aquí se esconde está en pensar que la acción del pecado es más poderosa que la acción del Espíritu Santo. Tenemos todo a nuestro favor para que nuestros hijos crezcan y se desarrollen en la gracia. Sin duda, esto es motivo de gozo. Grande
a los ojos de Dios ...porque
será grande delante de Dios... Esto es glorioso, el ser grande
a los ojos de Dios. Puede ser que nuestros hijos no lleguen a la estatura
que el mundo exige, que no lleguen a ser personas de renombre, pero serán
grandes delante de Dios. La vida de Juan el Bautista fue absolutamente atípica. Su vestido, su comida, el lugar donde moraba, no eran cosas que se pudiesen envidiar, pero de él dijo el Señor: Entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista. ¡Qué importa no ser grande ante el mundo, si somos grandes a los ojos de Dios! Consagración
No
beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo
aun desde el vientre de su madre. Esta restricción nos revela
la esencia del carácter del Espíritu Santo en la consagración
de los hijos al propósito divino. Para Juan significó un
voto que cumplió todos los días de su vida. Para nuestros
hijos implica el ser consagrados a la vida de Cristo que crece en ellos.
El Espíritu Santo se encargará de guiarlos, tomando lo de
Cristo y haciéndolo saber tanto a nosotros los padres como a nuestros
hijos. La voluntad de Dios es que ninguno de los suyos se pierda, y todos
crezcan conformados a la imagen del Hijo. Desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios (Sal. 22:10). *** |