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Uno de los más grandes misioneros de todas las épocas, quien hizo más por el avance de la causa de las misiones durante el siglo XVIII fue el noble alemán, el conde Nicolaus Ludwig von Zinzendorf. Pero no sólo eso, él fue también un coherente defensor de la unidad de todos los cristianos. El joven rico que dijo "Sí" Nicolaus Ludwig von Zinzendorf nació en 1700 en una familia rica y noble. Desde 1662 todos los hombres del clan Zinzen-dorf portaban el título de conde, por lo cual Nicolaus es conocido también como el Conde Zinzendorf. La muerte de su padre y el nuevo matrimonio de su madre hizo que quedara al cuidado de su abuela y de su tía, las cuales lo criaron. Un
niño piadoso El joven conde creció en una atmósfera impregnada por la oración, la lectura bíblica y los cánticos. Con sinceridad infantil, él escribía cartas de amor para Jesús y las lanzaba desde la ventana de la torre del castillo, con la certeza de que el Señor las recibiría y las leería. Cuando los soldados suecos invadieron Sajonia, ellos entraron en el castillo e irrumpieron en el cuarto donde el conde de 6 años se encontraba en sus acostumbradas devociones. ¡Ellos quedaron paralizados de temor y reverencia cuando oyeron al pequeño orar! Este
incidente fue profético de la forma cómo el conde habría
de mover a otros con la profundidad de sus experiencias espirituales. De niño, le impresionaron fuertemente los sufrimientos de Cristo. Él frecuentemente meditaba en las palabras de un himno de Gerhardt: La cabeza tan llena de heridas / tan llena de dolor y de desprecio / en medio de otros insultos dolorosos / escarnecido fue con una corona de espinas. Sin embargo, esta inclinación piadosa era férreamente contrastada por su educación secular. No le era permitido al joven Lutz como le llamaban que olvidase que él era un conde. Él era entrenado y enseñado para el futuro servicio en la corte. Un
joven aventajado A
la edad de diez años fue enviado a estudiar a Halle, donde recibió
la inspiradora enseñanza del pietista luterano August H. Francke.
Allí Zinzendorf se reunió con otros jóvenes devotos,
y de su asociación surgió la «Orden del Grano de Mostaza»,
una hermandad cristiana dedicada a amar a «toda la familia humana»
y a la propagación del evangelio. Usaban como emblema un pequeño
distintivo, con las palabras Ecce Homo (He aquí
el hombre), y el lema: Sus llagas son nuestra salud.
Cada miembro de la orden usaba un anillo dorado con la inscripción:
Ningún hombre vive para sí. Con frecuencia,
durante las comidas en casa de Francke compartían edificantes narraciones
de regiones distantes, testimonios de predicadores y de prisioneros por
la fe. Todo esto aumentó su celo por la causa del Señor
de una manera poderosa. De Halle, Zinzendorf fue a Wittenberg a estudiar Derecho como preparación para la carrera de estadística, única vocación aceptable para un noble. Allí, Zinzendorf demostró ser un alumno aventajado. A los 15 años podía leer a los clásicos y el Nuevo Testamento en griego; y poseía fluidez en el latín y el francés. Mostró, además, un claro talento poético. Sin embargo, él no estaba contento con lo que le deparaba el futuro. Anhelaba entrar al ministerio cristiano, pero el rompimiento de la tradición familiar parecía imposible. La cuestión lo abrumó hasta 1719, cuando un incidente cambió el curso de su vida. ¿Qué
haces tú por mí? Ocurrió
durante una gira por Europa después de terminar sus estudios. En
una galería de arte, vio una pintura (el Ecce Homo
de Domenico Feti) que mostraba a Cristo sufriendo el dolor producido por
la corona de espinas, y una inscripción que decía: «Yo
hice todo esto por ti, ¿qué haces tú por mí?».
Desde ese instante, Zinzendorf supo que nunca podría ser feliz
viviendo al estilo de la nobleza. A pesar del precio que tendría
que pagar, buscaría una vida de servicio al Salvador que había
sufrido tanto por salvarlo. Cuando regresó a casa, al término de su viaje que lo llevó a renovar su consagración, hizo una visita a su tía, la Condesa de Castell y su hija, Teodora. Durante su estada cayó enfermo con fiebre, viéndose obligado a permanecer con ellas más tiempo de lo presupuestado. A los pocos días descubrió que estaba enamorado de su joven prima. Ella, todavía un poco fría, le regaló su retrato. El Conde aceptó el regalo con alegría, como una promesa inicial de amor. Poco días después, en un encuentro fortuito con su amigo el Conde Reuss, se percató de que su amigo deseaba casarse con Teodora. Cada uno expresó su deseo de desistir en favor del otro y, no estando en condiciones de resolver el asunto, los dos jóvenes estuvieron de acuerdo en ver lo que la propia Teodora diría. Zinzendorf
contaría más tarde cuáles eran sus verdaderos sentimientos
en ese momento: Aunque me costase mi propia vida el tener que renunciar
a ella, si esto era más aceptable a mi Salvador, yo debía
sacrificar lo que me era más querido en el mundo. Los dos
amigos llegaron a Castell, y Zinzendorf se dio cuenta de que Teodora amaba
a su amigo. Los esponsales fueron sellados inmediatamente en una ceremonia
cristiana. El joven conde compuso una cantata para la ocasión,
que fue presentada ante toda la casa Castell. Al término del festivo
espectáculo, el joven compositor ofreció a favor de la pareja
una oración tan tierna que todos fueron movidos a las lágrimas. Después de estudiar en el Nuevo y el Antiguo Testamento lo que el Señor habla sobre el matrimonio, y seguido de mucha oración y consultas con sus amigos, el conde decidió casarse escogiendo sólo un cónyuge que compartiera sus ideales. Encontró esa persona en la condesa Erdmuth von Reuss, con quien se casó en septiembre de 1722. Con ella formó un hogar aún más dedicado y piadoso que el suyo propio. La mira del conde era servir a Cristo, y su esposa lo apoyaría en ese objetivo. Erdmuth llegó a ser la Madre adoptiva de los Hermanos. Nace
Herrnhut Ese
mismo año, Zinzendorf se inició en el oficio de Consejero
real en Dresden. En las tardes de domingo, dirigía estudios bíblicos,
y oraba para que la villa en que vivía se transformara en una real
comunidad cristiana, sin saber cómo Dios respondería a este
deseo. Además de los moravos, comenzaron a llegar luteranos, calvinistas, hermanos bohemios, schwenkfelders y desertores diversos de iglesias establecidas. Al crecer la población, también aumentaron los problemas. Los diferentes fundamentos doctrinales de los residentes crearon discordias y, en más de una ocasión, se puso en peligro la propia existencia de Herrnhut. Zinzendorf fue muy paciente y pacificador. Escuchaba a todos lo que tuvieran que decir, intentando comprender su punto de vista, hasta el máximo que podía sin contradecir la verdad. Evitó todo lo que significara una naturaleza violenta. Cuando Zinzendorf se hallaba en Herrnhut todo parecía estar bien, pero apenas salía de sus contornos, los problemas resurgían. Un
pacto de unidad Un
día, el 12 de mayo de 1727, decidido a hacer algo que marcara una
solución definitiva, Zinzendorf convocó a todos los hermanos
y les habló durante tres horas acerca de la impiedad de la división.
Ese día, los hermanos hicieron un pacto con él en la presencia
de Dios. Los hermanos, uno tras otro, estuvieron de acuerdo y se comprometieron
a pertenecer solamente al Salvador. Se avergonzaron de sus desacuerdos
religiosos y unánimemente estuvieron dispuestos a enterrar para
siempre sus diferencias. Ellos renunciaron a amarse a sí mismos,
a su propia voluntad, a su desobediencia y pensamientos libres. Desearon
ser pobres en espíritu y ser enseñados por el Espíritu
Santo en todas las cosas. Acto
seguido el Conde estableció algunas responsabilidades personales
y entregó algunas reglas para orientar la relación mutua.
Así fue cómo, cinco años después de la llegada
de los primeros refugiados, todo el ambiente cambió. Comenzó
un período de renovación espiritual que llegó a su
clímax en un servicio de comunión el 13 de agosto de ese
año con un gran avivamiento que, según los participantes,
señaló la venida del Espíritu Santo a Herrnhut. Esta
gran noche de avivamiento produjo un nuevo entusiasmo por las misiones,
que fueron la principal característica de este movimiento. Las pequeñas diferencias doctrinales ya no constituyeron causa de discusión. Al contrario, había un fuerte espíritu de unidad y una elevada dependencia de Dios. Se realizaban tres reuniones al día, la primera de ellas a las 4 de la mañana, para orar, adorar y leer la Biblia. Por ese tiempo se comenzó una vigilia de oración que continuó veinticuatro horas al día, 7 días a la semana, sin interrupción, durante más de cien años. Un
visitante ilustre El
predicador inglés Juan Wesley conoció a los moravos en una
travesía en barco por el Atlántico. Él era un joven
piadoso, pero aún no conocía su salvación. En medio
de una tempestad en el mar, mientras todos los pasajeros estaban espantados,
un grupo de moravos permanecían perfectamente tranquilos. Concluida
la tormenta Wesley se acercó y le preguntó a uno de ellos:
Vuestras mujeres y vuestros niños, ¿no tenían
miedo?. No, señor, nuestras mujeres y nuestros niños
no temen la muerte, fue la simple respuesta. Wesley comprendió
que aún no tenía una fe tan grande como la de ellos. Más
tarde, Wesley viajó a Alemania para conocerlos más de cerca.
Allí tuvo oportunidad de admirar la pureza de sus costumbres. Estaban
siempre ocupados dice, siempre gozosos y de buen humor en
sus tratos unos con otros: no se dejaban dominar nunca por la cólera;
evitaban todo motivo de querella, toda clase de acritud y las malas palabras;
dondequiera que se encontrasen, andaban siempre de una manera digna de
la vocación cristiana. En
Marienborn, cerca de Francfurt se encontró con Zinzendorf, a quien
deseaba conocer. Sus conversaciones con él le fueron sumamente
útiles y placenteras. He encontrado lo que buscaba escribió
después: pruebas vivas del poder de la fe, individuos librados
del pecado interior y exterior por el amor de Dios derramado en sus corazones,
y libres de dudas y temores por el testimonio interior del Espíritu
Santo. En Herrnhut quedó maravillado por lo que vio: Me encuentro en el seno de una iglesia cuya ciudadanía está en el cielo; que posee el Espíritu que estaba en Cristo y que anda como él anduvo. Quedó impresionado con la solemne sencillez de sus cultos, que contrastaban con el ceremonial de la iglesia anglicana de aquellos días. La gran sencillez y solemnidad de aquella escena me remontaron 17 siglos atrás a una de aquellas asambleas presididas por Pablo o por Pedro escribió Wesley. Bien hubiera querido pasar aquí toda mi vida, pero el Maestro me llamaba a otras parte de su viña, y tuve que abandonar este lugar dichoso. ¡Ah!, ¿cuándo este cristianismo cubrirá la tierra, como las aguas cubren el mar? El
auge de las misiones La
participación directa de Zinzendorf en las misiones en el extranjero
no ocurrió sino hasta unos años después del gran
avivamiento espiritual en Herrnhut. En 1731, mientras asistía a
la corona-ción del rey danés Christian VI, le presentaron
a dos personas de Groenlandia y a un esclavo negro de las Indias Occidentales.
Quedó tan impresio-nado con su solicitud de misioneros que invitó
al esclavo a visitar Herrnhut, y él mismo volvió a casa
con un sentido de urgencia por empezar inmediatamente la obra misionera.
Antes de un año se enviaron los primeros dos misioneros moravos
a las Islas Vírgenes, y en las dos décadas siguientes enviaron
más misioneros que los enviados en conjunto por todos los protestantes
durante los dos siglos anteriores. Aunque
a Zinzendorf se le conoce principalmente como iniciador y motivador de
misiones, también participó personalmente en ellas. En 1738,
unos años después que los primeros misioneros habían
ido al Caribe, Zinzendorf acompañó a tres nuevos misioneros
que habían recibido la comisión de unirse a sus colegas
allí. A su llegada, vieron con tristeza que sus colegas estaban
en la cárcel; pero Zinzendorf, sin pérdida de tiempo, usó
su prestigio y autoridad de noble para obtener su libertad. Durante su
visita celebró servicios religiosos diarios para los caribeños,
y dispuso la organización y las asignaciones territoriales de los
misioneros. Cuando vio que la obra misionera estaba firme, regresó
a Europa. Después de dos años, zarpó de nuevo, esta
vez hacia las colonias norteamericanas. Allí trabajó, hombro
a hombro con los hermanos que laboraban entre los indígenas. Aunque
Zinzendorf había renunciado a su vida de noble, no le era fácil
asumir el rango de misionero. Por naturaleza, no le gustaba la vida de
campo ni sobrellevaba fácilmente las molestias de la obra cotidiana.
Pero el que lo hiciera con toda pasión demostraba su victoria sobre
sí mismo, y el profundo amor por su Señor, a quien procuraba
seguir en todo. Como
administrador de la misión, Zinzendorf pasó treinta y tres
años supervisando misioneros en todo el mundo. Sus métodos
eran sencillos y prácticos. Todos sus misioneros eran laicos preparados,
no en Teología sino en evangelismo personal. Como laicos que se
sostenían a sí mismos, se esperaba que ellos trabajaran
lado a lado con sus posibles conversos, dando testimonio de su fe por
la palabra hablada y por el ejemplo vivo. Se debían mostrar como
iguales, no como superiores a ellos. Su mensaje era el amor de Cristo,
sin considerar las verdades doctrinales hasta después de la conversión;
y aun entonces, la comunión devota con el Señor tenía
más importancia que la enseñanza teológica. Por el año 1742, más de 70 misioneros moravos, de una comunidad de no más de 600 habitantes, habían respondido al llamado para ir a Groelandia, Surinam, África del Sur, Algeria, América del Norte, y otras tierras, llevando el evangelio. Dificultades
y pruebas Cuando
más ardía el fuego misionero en Herrnhut, Zinzendorf sufría
más oposiciones. En 1736 fue expulsado de Sajonia. Salió,
entonces, con su familia y algunos hermanos, y fueron hasta las inmediaciones
de Frankfurt, donde se estableció en un antiguo castillo llamado
Ronneburg. Una década después, una nueva colonización
se estableció allí, Herrnhaag, que superaba a Herrnhut en
tamaño. Durante
su exilio, y por cuestión de necesidad, Zinzendorf formó
un comité ejecutivo itinerante, el cual se hizo conocido
como la Congregación Peregrina. Este comité
sirvió para dirigir la obra de la iglesia de misión foránea
y el ministerio para sociedades de la diáspora. La Congregación
Peregrina seguía el régimen de Herrnhut en relación
a las oraciones y la disciplina, pero era movible. Los años de
exilio encontraron al grupo en Wetteravia, Inglaterra, Holanda, Berlín
y Suiza. De Hernnhaag, sólo en 1747, 200 hermanos saldrían
como misioneros. En
1755, su hijo Christian Renatus, de 24 años de edad, murió
en Londres y el año siguiente la condesa Erdmuth falleció
en Herrnhut. El remordimiento y el sentimiento de culpa acometieron al
conde después de la muerte de su esposa, por haberle dado cada
vez menos atención en las dos últimas décadas. Un
año después de la muerte de la condesa, él se casó
con Anna Nitschmann y renunció a su posición en el Estado
como cabeza de su noble familia. Abdicó a favor de su sobrino Ludwig,
pues estaba cada vez menos inclinado a las honras del mundo. Al
año 1760 se registraban 28 años de misiones maravillosas.
Cerca de 226 misioneros habían sido enviados. Como un gran visionario
y un peregrino incansable, Zinzendorf vivió sus últimos
años en Herrnuht. Legado
de Zinzendorf Zinzendorf
tenía una relación muy cercana con el Señor. Él
vivió día tras día en una comunión viva con
Cristo, como con un amigo cercano. Investigó en las Escrituras
todos los pasajes que hablan de la comunión amistosa y amable de
Dios con el hombre, para exhortar a los hermanos a mantener una relación
confidencial con su Salvador. Nada debe ser tan valorado como la
conciencia de que él siempre está cerca, que pueden decirle
todo. Los hermanos debían considerarle y escucharle sobre
todas las cosas, porque él es el amigo más querido y más
fiel. Él debía ser su primer pensamiento cuando se despertaran
por la mañana, y debían pasar el día entero en su
presencia; traer todas las quejas ante él, esperar toda la ayuda
de él, concluir sus trabajos con él y retirarse en su presencia
para descansar. Zinzendorf
vivió en la expectativa constante de la venida del Señor.
Él dijo: La esperanza de que el Salvador pronto vendrá,
y nos recibirá en su descanso, es un pensamiento noble, dichoso,
sensible y cautivador. Zinzendorf
tuvo una fuerte convicción de la unidad de todos los cristianos.
Vio que la unidad es un asunto de la vida divina compartida por todos
los creyentes. Alentó la comunión con todos los cristianos,
incluso con aquellos que tienen una posición no bíblica
por ignorancia. Consecuentemente, Zinzendorf prefería el término
hermanos para llamarse unos a otros, por ser simple y bíblico,
en tanto que rechazaba los epítetos de bohemio o moravo,
porque promovían el sectarismo. Zinzendorf
decía que la Iglesia es la congregación de Dios en el Espíritu
en el mundo entero, que constituye el cuerpo espiritual cuya Cabeza es
Cristo. Comprendió que la iglesia en general había sido
degradada al hacerla parte del mundo y unirla con la estructura política.
Sin embargo, sabía que algunos creyentes genuinos todavía
podrían ser encontrados dentro de las denominaciones. Para explicar
esta situación confusa, Zinzendorf sostuvo la enseñanza
de la ecclesiola, la iglesia dentro de la iglesia,
compuesta por fieles que seguían al Señor. Él veía
a los hermanos moravos juntándose como una ecclesiola;
sin embargo, él nunca abandonó el luteranismo. Los hermanos de Herrnuht practicaban una intensa vida de iglesia, hecho que era facilitado por la diaria convivencia. Tenían diversos tipos de reuniones para atender las diferentes necesidades de la comunidad: de oración, para la palabra, para la alabanza, de niños, para visitantes, de hermanos, de hermanas, etc. Se preocupaban de los enfermos, de las viudas y de los huérfanos. En su vida de iglesia, ellos experimentaron la vida del cielo sobre la tierra. Mil
veces le oí Respecto
de Zinzendorf, se ha escrito: Hasta el día de su muerte,
Cristo su Salvador fue para él el todo en todos. Él vivió
sólo para su gloria y mantuvo con él una comunión
ininterrumpida de fe y amor. Posesiones terrenas, honras y fama eran para
él como nada en comparación con Cristo. Él
decía de su Señor: Yo tengo sólo una pasión;
y ésta es Él, solamente Él. Mil veces
yo lo oí hablar en mi corazón y le vi con los ojos de la
fe.De todas las cualidades de Cristo la mayor es su nobleza;
y de todas las ideas dignas en el mundo, la más noble es la idea
de que el Creador debería morir por sus hijos. Si el Señor
fuese abandonado por el mundo entero, yo todavía me apegaría
a él y le amaría. Herder,
el poeta alemán, escribió de él: Fue un conquistador
en el mundo espiritual. John Albertini, el elocuente predicador,
describe la nota clave en la vida de Zinzendorf: Fue el amor a Cristo
que ardió en el corazón del niño, el mismo amor que
ardió en el joven, el mismo amor que lo hizo vibrar en la adultez,
el mismo amor que inspiró cada una de sus obras. Un
día antes de su muerte, Zinzendorf estaba muy debilitado. Apenas
en un susurro, le dijo al obispo Nitschmann, que estaba al lado de su
lecho: ¿Usted suponía en el inicio que el Salvador
iría a hacer tanto, como ahora nosotros vemos realmente entre los
hijos de Dios de otras denominaciones, y entre los incrédulos?
Yo sólo le pedí algunas de las primicias de nuestros días,
mas ahora hay millares de ellas. Nitschman, ¡qué formidable
caravana de nuestra iglesia ya está en dirección al Cordero! Zinzendorf ha sido identificado por algunos como alguien genuinamente cristocéntrico; por otros como un líder espiritual que dio forma al curso del cristianismo en el siglo XVIII, y todavía por otros como el gobernante joven y rico que se encontró con Jesús y le dijo fervorosamente Sí. *** Fuentes:
Revista À Maturidade, www.countzinzendorf.org |