.Una revista para todo cristiano · Nº 20 · Marzo - Abril 2003
PORTADA

Una hermosa aplicación espiritual del significado tipológico de Canaán.

Canaán y Cristo

F. B. Meyer (1847-1929)

En 1ª Corintios 10:11: leemos: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.” En otro tiempo estábamos en Egipto. Todo lo que ha sido redimido por la sangre de Cristo, estuvo primero en Egipto. Egipto tiene tres significados. Primero, placer sensual, puerros, ajos y cebollas. Segundo, servidumbre, el capataz, el ladrillo y la ciudad del tesoro. Tercero, la angustia del alma. Suponemos que no hay ninguno que sea de Cristo que no recuerde al placer sensual, la servidumbre y las ansiedades del alma.

De todo eso nos ha traído Dios. Lo hizo cuando trajo a Cristo por medio de la muerte a la resurrección; nos trajo cuando cada uno de nosotros, por decirlo así, se ha cubierto detrás del Cordero Pascual, de cuyo lugar su sangre hablaba a Dios. Feliz momento aquel en el que entramos en la paz, en el que pusimos la sangre sobre el dintel y los postes de las puertas, para que al ver Dios la sangre, fuésemos rescatados y saliéramos con gozo de la tierra de esclavitud. ¡Y al pasar a la otra orilla del Mar Rojo, repetimos con María el himno de la libertad, regocijándonos en Dios nuestro Salvador!

Nos entregamos para seguir la dirección de la nube, y nos refugiamos debajo de ella de día y de noche. Dependíamos de Dios para todo, para el agua que manara de la roca, y para el maná que cayera sobre el suelo del desierto. Días felices aquellos, en los que, acabados de redimir, y con el sentimiento de nuestra libertad, andábamos con Dios en las primeras horas de nuestra conversión.
Llegamos entonces al pie de Sinaí. Obtuvimos una nueva idea de la santidad y de la justicia de Dios, y al aproximarnos a aquel lugar, dijimos con todo el fervor de la verdadera intención: “Haremos todo lo que Dios quiera”. Pero el gozo empezó a desvanecerse, y al tratar de cumplir la ley de Dios, fuimos cayendo hora tras hora en el pecado que detestábamos. Fue aquella la experiencia de lo que expresa Romanos capítulo 7. Según el hombre interior, amábamos la ley de Dios, pero cuando teníamos que hacer lo que queríamos, nos encontrábamos que no podíamos. Éramos como los que se levantan después de una grave enfermedad, que no pueden caminar bien, y que al empezar a dar los primeros pasos vacilantes, en el acto caen a tierra.

Después de haber estado allí oímos el mandato de Dios de levantar las tiendas y partir, y después de algunos días, llegamos a Cades-Barnea. Cades- Barnea está en las fronteras de la tierra de Canaán, y allí la extensa pradera da lugar a la aridez del desierto de arena. En Cades miramos atrás, hacia Egipto, y adelante, hacia Palestina. A Cades llegaron los espías trayendo consigo cestos llenos de las frutas que habían encontrado en la tierra prometida, uvas, granadas e higos dulces y grandes. En Cades los inspeccionáis, los saboreáis, y decís: “Es una buena tierra”. Muchos de nosotros hemos estado en Cades. Nos hemos alojado en distintas Convenciones cristianas; y hombres que regresaban de la tierra de las promesas nos han dado, con discursos y libros, de las frutas admirables de ella, y hemos dicho: “Esto es muy bueno”. Pero allí nos hemos detenido, y en vez de cruzar la frontera y de ir a vivir en la tierra, nos hemos vuelto de nuevo al desierto.

¿Por qué se detuvo allí Israel? Porque no creyó a Dios. Pensó que Dios podría sacarle de Egipto, pero no pudo creer que Dios pudiera hacerlo entrar a Canaán. Creía en el Dios del pasado, pero no podía creer en el Dios de cada momento. Tenía un corazón dañado por la incredulidad, y se apartaba del Dios viviente.

Tal vez creemos en el Calvario, pero no en la ascensión. Creemos en el Cristo que murió, pero no en el Cristo que se levantó de entre los muertos, y que vive eterno. Creemos en la conversión como un acto realizado, pero no tenemos idea de que Aquel que nos convirtió está dispuesto a toda hora para llevarnos al interior de la tierra de Canaán y conservarnos en ella.

Lo que significa el desierto

El desierto tiene tres símbolos: Primero, falta de quietud. El pueblo estaba redimido, pero no tenía reposo. Hay un capítulo en el libro de Números en el cual se lee que por treinta y tres veces el pueblo se movió en nuevas direcciones. Esa ha sido durante años nuestra vida: de aquí para allá, probando esta iglesia y aquella, tal ministerio y el otro; sin haber obtenido reposo en el Señor.

Segundo, significa descontento: allí murmuraron. Tal vez nuestra vida no es más que una constante murmuración. Hemos conseguido riquezas, amor, amables asociaciones, pero siempre hay algo que quisiéramos ver cambiado. ¡Descontentos! Si es verano, porque hace demasiado calor; si es invierno, porque hace demasiado frío. Si se tiene amor, se desea dinero; y si tenemos dinero, suspiramos por el amor. Si se retrocede o si se avanza encontramos motivo de constante murmuración y descontento. Esa ha sido nuestra vida como cristianos.

Tercero, significa nostalgia, deseo de lo que se abandonó. El pueblo había salido de Egipto, pero estaba siempre recordándolo. Nuestra vida es negativa. Nos encontramos fuera de Egipto, pero vivimos tan a lo Egipto como es posible. Y se recuerdan con sentimiento sus placeres, y se pasa revista a sus hechos. Se recuerda con placer sus pasiones y liviandades, y aunque estemos fuera de él, el corazón experimenta deseos de él.

Somos cristianos, pero cualquier hombre mundanal pasa mejor la vida que nosotros, pues éste nunca ha tenido la ventaja de dirigir una mirada a lo que nosotros hemos visto. Él vive contento; pero nosotros tenemos lo suficiente como para sentirnos desgraciados.

Cruzando el Jordán

¿Qué más? Venimos al Jordán. El poeta nos ha hecho comprender que el Jordán significa muerte, la muerte del cuerpo; pero esto es una concepción falsa. En la expresión imaginativa de Dios, el Jordán queda como emblema de muerte, pero no de la muerte del cuerpo, sino de la muerte de la vida del yo. No creemos en el desarraigo definitivo del yo, pero sí creemos que llegamos a la cruz, al Jordán, y que colocamos la muerte de Cristo entre nuestra vida pasada y nosotros mismos.

Cruzamos el Jordán cuando nos identificamos con la muerte de Cristo, y somos plantados con él en la semejanza de su muerte. Desde ese instante, penetramos a la tierra de Canaán.

En Cades mirábamos de lejos, pero ahora estamos ya dentro de ella. Tal vez no tengamos la sensación de ello. Al despertar, creeremos sentir gozo, pero no es así. Estamos tranquilos y sin emociones, pero no importa. Un hombre cruza en barco la línea del Ecuador sin darse cuenta de ello, porque esa línea está marcada en el mapa, pero no en el Oceáno, y se puede cruzarla sin saber. Sin haber experimentado sensaciones especiales, confiando que el Espíritu Santo hará evidente nuestro conocimiento del hecho, hemos pasado al Jordán, y estamos en la tierra prometida.

La tierra prometida

Y ¿cuál es la tierra prometida? La tierra prometida es Cristo. Canaán es Cristo. Él es la tierra de las promesas. Esas montañas son las montañas de su fortaleza. Esos valles representan su humildad; esos manantiales son su gozo; esos ríos son los símbolos de su Santo Espíritu; esos tesoros son sus riquezas. Esa tierra ... ¡Oh contempladla! Toda es vuestra. Cristo está en nosotros, y nosotros en Cristo. Eso es el Paraíso.

Se prueba esto en Hebreos 3:14: “Somos hechos participantes de Cristo”. El tercer capítulo de Hebreos es la experiencia de desierto; el cuatro es la posesión de Cristo; y el apóstol dice que nosotros, los que creemos, somos hechos participantes de Cristo. ¡Cristo en nosotros!, Cristo en torno a nosotros, Cristo en la gloria!

Meditemos más en esto. Lo primero que hay que hacer es ir a conocer la tierra. Recuerdo que cuando estuve en Chicago, alguien me dijo que una familia puede comprar u obtener del Gobierno una finca en el lejano Oeste. Recogiendo todo lo que poseen, el padre, la madre y los hijos se dirigen en caravana hacia la tierra adquirida. Al llegar se sientan en la casa que está en el límite de la propiedad, en tanto que el padre se aleja para inspeccionarla. Dejando a su esposa y a sus hijos, escala la montaña, y mira a un lado y a otro, a lo largo del río, a las lejanas cumbres, y siente que toda aquella extensión es suya. Camina de acá para allá; se dice a sí mismo: “Es una buena tierra”. Vuelve a la casa y dice a su mujer: “Tenemos una gran posesión”. Esto es lo primero que hace.

Lo segundo es esto: Toma algunas varas y estacas, cerca una parte, y empieza a cultivarla. Al año siguiente, hace avanzar las estacas, tomando más tierra y cultivando ya más. Y año tras año va adelantando las cercas, hasta que, al cabo de veinte años, aquéllas han llegado a abarcar la extensión completa de su dominio, y lo cultiva ya todo.

Apliquemos esto ahora: Escalad conmigo esa montaña, la enseñanza del Espíritu Santo y ved primero el Salvador que hemos obtenido; y antes de terminar, tomaremos un poco de Cristo, y lo dejaremos aparte, como un potrero; y, segundo, iremos tomando de él. Mañana correremos la cerca más allá, tomando más de él y algo más al día siguiente, y más a la otra semana y más aun cada nuevo año. Sólo en la eternidad no tendremos necesidad de adelantar la línea de cultivo de Cristo hasta el límite de su plenitud, porque cuando hayáis llegado hasta el último extremo, todavía Cristo será eternamente más.

Lo que Cristo es

Veamos ahora lo que Cristo es. Abramos en 1ª Corintios 2:12: “Para que sepamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado”. (Nuevo Testamento interlineal Griego-Español de Lacueva). Dicen que un conocido predicador, queriendo enseñar a sus hijos a estimar el honor, la verdad y la confianza, colocó sobre el paño de la mesa, en la sala de diario, dinero suficiente para el gasto de toda la familia. Si la esposa necesita, toma de allí; si los niños necesitan, toman de allí. Toda necesidad de aquella casa se suple con el tesoro colocado en aquella mesa. Así Dios ha puesto en Jesús todo lo que el alma puede necesitar, y nos dice: “Id y tomad de ello; todo está a vuestra disposición”.

¿Estáis en tristeza? En Cristo hay alegrías. ¿Estáis en tentación? En Cristo hay socorro. ¿Estáis al final de vuestras fuerzas? En Jesús hay poder. Pero estas palabras son muy débiles aún, porque se pudiera pensar que Dios diera esto o aquello aparte de Cristo. Digámoslo con más precisión: tomáis de Cristo cualquiera cosa que podáis necesitar, y él es la plenitud de vuestra necesidad, de vuestro deseo, de modo que sois bendecidos con todas las gracias espirituales en Cristo en bienes celestiales. Todo lo que podáis necesitar está en Cristo, y creemos que es hermoso el necesitar, a fin de que aprendamos a conocer todo lo que hay en Cristo.

Recordamos que cuando éramos niños nunca despertábamos tanto interés en nuestra madre como cuando estábamos tristes, decepcionados o enfermos. Creo que algunas veces fingíamos estar así, sabiendo que entonces nuestra madre hacía más por nosotros. Y así, cuando estáis debilitados y fatigados, cuando la fe ha retrocedido, cuando la fuerza se ha agotado y las esperanzas se han desvanecido, cuando todo en torno nuestro parece escapársenos, entonces es cuando llega el momento de Dios, que viene a decirnos: “Hijo mío, yo he puesto en Jesús todo lo que tu espíritu necesita”; y aunque, como madame Guyon, tengamos que pasar diez años en la cárcel, Cristo será para nosotros amigo, y consuelo, y fortaleza, y satisfacción, y todo lo que podamos necesitar.

¡Ah, si se comprendiera bien lo que Cristo puede ser para el alma! Esos que han estado recurriendo a lo que se dejó en el pasado, creyendo obtener paz y gozo en medio de eso, y que sólo reciben nuevos desengaños. ¡Ah, poder decirles que en Cristo encontrarán montañas, lagos, ríos, arroyos, tesoros, campos de trigo y olivares y, en una palabra, todo lo que el alma pueda requerir para sentirse bendecida. ¡Oh Espíritu de Dios! ¡Toma todo lo que hay en Cristo y revélalo al corazón que espera en él!

El modo de tomar de él

Juan dice que de su plenitud hemos recibido todos, y Pablo añade que los que reciben la abundancia de vida reinarán. ¡Recibir! ¿Sabéis cómo se recibe? Tal vez decís: “Supongo que usted quiere decir con eso que debo orar mucho”. No, señor, no quiero decir eso. Usted ha estado orando por mucho tiempo. Quiero que, en cierto sentido, dejéis la oración y que empecéis a tomar. Hay una diferencia inmensa entre orar por Cristo, y tomar de Cristo. Nos explicaremos mejor.

Hace algunos años estábamos en compañía del doctor Wilberforce, en Southampton, encontrándonos entonces en el primer flujo de nuestra rendición. Una noche él nos dijo: “Sentémonos en torno al fuego, y hablemos de nuestras vidas cristianas”. A mi turno, yo hablé como lo haría un recién convertido, de mi rendición a Cristo. Un anciano ministro que estaba en el otro lado del círculo, se puso en pie y empezó a hablar. Dijo que le sorprendía mucho que el Sr. Meyer no tuviera algo mejor que lo que había referido. Que al oírle hablar, se podría pensar que lo mejor que tenemos que hacer es dar, abandonar; pero que su fe era contraria a eso, que ella consistía en tomar; tomar primero, y dar después.

Cuando se obtiene oro, se arroja la escoria; cuando se obtienen diamantes legítimos, se desechan los vidrios. Obtened a Cristo, y el mundo ya no tendrá atractivos para vosotros. Dadnos luz del sol, y para nada querremos la luz eléctrica. Dame la claridad del día, y para nada necesitaré luces artificiales.

El anciano continuaba: “Una vez me sentía siempre vencido por mi mal carácter, y luché contra él. Un día, cuando enseñaba a cierto número de niños y rehusaban éstos a oír mi lección, yo llegué al extremo de mi fortaleza. Estaba a punto de olvidarme de mí mismo, cuando en aquel momento me volví a Cristo, diciéndole: “Cristo, sé tú mi dulzura de carácter”.

En vez de luchar contra el mal carácter, tomaba a Cristo como su paciencia, su humildad, su mansedumbre, su dominio de sí mismo. Al momento comprendí que aquel era mejor sistema; y recuerdo que cuando a la mañana siguiente el Dr. Wilberforce bajó de su cuarto, me dijo: “¿Qué piensa usted de lo de anoche?” Le contesté: “Creo que marcará una nueva era en mi vida”. “Sí”, repuso él, “creo que también será así en la mía”.

Desde aquel momento, he tratado de vivir de esa manera; y al sentir que estaba en necesidad de algo, he dicho: “Cristo, sé esto en mí. Éste es el buen fruto de la tierra”.

¿Queréis hacer así? Jesús os ama. Jesús está cercano a vosotros. No me refiero tanto a la cruz, como a Jesús que fue crucificado. No hablo tanto de la sepultura, como de Jesús, que se levantó de ella. No hablo tanto de la ascensión, como de Jesús, que ascendió. Él está siempre con todos nosotros. No es la santidad, sino Jesús, que es el Santo. No es la mansedumbre, sino Jesús, que es el manso. No es la pureza, sino Jesús, que es el puro. Jesús, ¡no ello, no una experiencia, no una emoción, no una fe, sino Jesús!
Habréis estado poco satisfechos de vuestra fe. ¡No penséis en eso! No contempléis vuestra fe; contemplad a Jesús, y tendréis fe sin notarlo. Habéis estado preocupados respecto de vuestros sentimientos: eso no vale nada. El sentimiento va y viene, como un barómetro. No penséis en él, pero vivid como en la presencia de Jesús.

Almas: vosotras y Jesucristo estáis en pie frente a frente. Entregadle todo vuestro ser a él y él os dará todo su ser a vosotras. Id a vuestra vivienda miserable, id a donde yace vuestro niño enfermo, id a los campos del dolor, del sufrimiento y de la tristeza: Él irá también con vosotros. Habéis logrado que el manantial brote junto a vosotros: no tenéis necesidad de ir a llenar vuestro jarro en alguna fuente extraña. Tenéis a Jesús en vuestros corazones, manantial que brota para vida eterna. ¡Oh, Alma: cuán rica eres tú que, pasando el Jordán, has entrado a la tierra de reposo!

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Tomado de “Un reprobado y otros discursos”.
Este artículo forma parte de una serie de mensajes sobre la vida interior que F.B.Meyer dio en Nueva York.