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Una
hermosa aplicación espiritual del significado tipológico
de Canaán. Canaán y Cristo F. B. Meyer (1847-1929) En
1ª Corintios 10:11: leemos: Y estas cosas les acontecieron
como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a
quienes han alcanzado los fines de los siglos. En otro tiempo estábamos
en Egipto. Todo lo que ha sido redimido por la sangre de Cristo, estuvo
primero en Egipto. Egipto tiene tres significados. Primero, placer sensual,
puerros, ajos y cebollas. Segundo, servidumbre, el capataz, el ladrillo
y la ciudad del tesoro. Tercero, la angustia del alma. Suponemos que no
hay ninguno que sea de Cristo que no recuerde al placer sensual, la servidumbre
y las ansiedades del alma. De
todo eso nos ha traído Dios. Lo hizo cuando trajo a Cristo por
medio de la muerte a la resurrección; nos trajo cuando cada uno
de nosotros, por decirlo así, se ha cubierto detrás del
Cordero Pascual, de cuyo lugar su sangre hablaba a Dios. Feliz momento
aquel en el que entramos en la paz, en el que pusimos la sangre sobre
el dintel y los postes de las puertas, para que al ver Dios la sangre,
fuésemos rescatados y saliéramos con gozo de la tierra de
esclavitud. ¡Y al pasar a la otra orilla del Mar Rojo, repetimos
con María el himno de la libertad, regocijándonos en Dios
nuestro Salvador! Nos
entregamos para seguir la dirección de la nube, y nos refugiamos
debajo de ella de día y de noche. Dependíamos de Dios para
todo, para el agua que manara de la roca, y para el maná que cayera
sobre el suelo del desierto. Días felices aquellos, en los que,
acabados de redimir, y con el sentimiento de nuestra libertad, andábamos
con Dios en las primeras horas de nuestra conversión. Después
de haber estado allí oímos el mandato de Dios de levantar
las tiendas y partir, y después de algunos días, llegamos
a Cades-Barnea. Cades- Barnea está en las fronteras de la tierra
de Canaán, y allí la extensa pradera da lugar a la aridez
del desierto de arena. En Cades miramos atrás, hacia Egipto, y
adelante, hacia Palestina. A Cades llegaron los espías trayendo
consigo cestos llenos de las frutas que habían encontrado en la
tierra prometida, uvas, granadas e higos dulces y grandes. En Cades los
inspeccionáis, los saboreáis, y decís: Es una
buena tierra. Muchos de nosotros hemos estado en Cades. Nos hemos
alojado en distintas Convenciones cristianas; y hombres que regresaban
de la tierra de las promesas nos han dado, con discursos y libros, de
las frutas admirables de ella, y hemos dicho: Esto es muy bueno.
Pero allí nos hemos detenido, y en vez de cruzar la frontera y
de ir a vivir en la tierra, nos hemos vuelto de nuevo al desierto. ¿Por
qué se detuvo allí Israel? Porque no creyó a Dios.
Pensó que Dios podría sacarle de Egipto, pero no pudo creer
que Dios pudiera hacerlo entrar a Canaán. Creía en el Dios
del pasado, pero no podía creer en el Dios de cada momento. Tenía
un corazón dañado por la incredulidad, y se apartaba del
Dios viviente. Tal vez creemos en el Calvario, pero no en la ascensión. Creemos en el Cristo que murió, pero no en el Cristo que se levantó de entre los muertos, y que vive eterno. Creemos en la conversión como un acto realizado, pero no tenemos idea de que Aquel que nos convirtió está dispuesto a toda hora para llevarnos al interior de la tierra de Canaán y conservarnos en ella. Lo
que significa el desierto El
desierto tiene tres símbolos: Primero, falta de quietud. El pueblo
estaba redimido, pero no tenía reposo. Hay un capítulo en
el libro de Números en el cual se lee que por treinta y tres veces
el pueblo se movió en nuevas direcciones. Esa ha sido durante años
nuestra vida: de aquí para allá, probando esta iglesia y
aquella, tal ministerio y el otro; sin haber obtenido reposo en el Señor.
Segundo,
significa descontento: allí murmuraron. Tal vez nuestra vida no
es más que una constante murmuración. Hemos conseguido riquezas,
amor, amables asociaciones, pero siempre hay algo que quisiéramos
ver cambiado. ¡Descontentos! Si es verano, porque hace demasiado
calor; si es invierno, porque hace demasiado frío. Si se tiene
amor, se desea dinero; y si tenemos dinero, suspiramos por el amor. Si
se retrocede o si se avanza encontramos motivo de constante murmuración
y descontento. Esa ha sido nuestra vida como cristianos. Tercero,
significa nostalgia, deseo de lo que se abandonó. El pueblo había
salido de Egipto, pero estaba siempre recordándolo. Nuestra vida
es negativa. Nos encontramos fuera de Egipto, pero vivimos tan a lo Egipto
como es posible. Y se recuerdan con sentimiento sus placeres, y se pasa
revista a sus hechos. Se recuerda con placer sus pasiones y liviandades,
y aunque estemos fuera de él, el corazón experimenta deseos
de él. Somos cristianos, pero cualquier hombre mundanal pasa mejor la vida que nosotros, pues éste nunca ha tenido la ventaja de dirigir una mirada a lo que nosotros hemos visto. Él vive contento; pero nosotros tenemos lo suficiente como para sentirnos desgraciados. Cruzando
el Jordán ¿Qué
más? Venimos al Jordán. El poeta nos ha hecho comprender
que el Jordán significa muerte, la muerte del cuerpo; pero esto
es una concepción falsa. En la expresión imaginativa de
Dios, el Jordán queda como emblema de muerte, pero no de la muerte
del cuerpo, sino de la muerte de la vida del yo. No creemos en el desarraigo
definitivo del yo, pero sí creemos que llegamos a la cruz, al Jordán,
y que colocamos la muerte de Cristo entre nuestra vida pasada y nosotros
mismos. Cruzamos
el Jordán cuando nos identificamos con la muerte de Cristo, y somos
plantados con él en la semejanza de su muerte. Desde ese instante,
penetramos a la tierra de Canaán. En Cades mirábamos de lejos, pero ahora estamos ya dentro de ella. Tal vez no tengamos la sensación de ello. Al despertar, creeremos sentir gozo, pero no es así. Estamos tranquilos y sin emociones, pero no importa. Un hombre cruza en barco la línea del Ecuador sin darse cuenta de ello, porque esa línea está marcada en el mapa, pero no en el Oceáno, y se puede cruzarla sin saber. Sin haber experimentado sensaciones especiales, confiando que el Espíritu Santo hará evidente nuestro conocimiento del hecho, hemos pasado al Jordán, y estamos en la tierra prometida. La
tierra prometida Y
¿cuál es la tierra prometida? La tierra prometida es Cristo.
Canaán es Cristo. Él es la tierra de las promesas. Esas
montañas son las montañas de su fortaleza. Esos valles representan
su humildad; esos manantiales son su gozo; esos ríos son los símbolos
de su Santo Espíritu; esos tesoros son sus riquezas. Esa tierra
... ¡Oh contempladla! Toda es vuestra. Cristo está en nosotros,
y nosotros en Cristo. Eso es el Paraíso. Se
prueba esto en Hebreos 3:14: Somos hechos participantes de Cristo.
El tercer capítulo de Hebreos es la experiencia de desierto; el
cuatro es la posesión de Cristo; y el apóstol dice que nosotros,
los que creemos, somos hechos participantes de Cristo. ¡Cristo en
nosotros!, Cristo en torno a nosotros, Cristo en la gloria! Meditemos
más en esto. Lo primero que hay que hacer es ir a conocer la tierra.
Recuerdo que cuando estuve en Chicago, alguien me dijo que una familia
puede comprar u obtener del Gobierno una finca en el lejano Oeste. Recogiendo
todo lo que poseen, el padre, la madre y los hijos se dirigen en caravana
hacia la tierra adquirida. Al llegar se sientan en la casa que está
en el límite de la propiedad, en tanto que el padre se aleja para
inspeccionarla. Dejando a su esposa y a sus hijos, escala la montaña,
y mira a un lado y a otro, a lo largo del río, a las lejanas cumbres,
y siente que toda aquella extensión es suya. Camina de acá
para allá; se dice a sí mismo: Es una buena tierra.
Vuelve a la casa y dice a su mujer: Tenemos una gran posesión.
Esto es lo primero que hace. Lo
segundo es esto: Toma algunas varas y estacas, cerca una parte, y empieza
a cultivarla. Al año siguiente, hace avanzar las estacas, tomando
más tierra y cultivando ya más. Y año tras año
va adelantando las cercas, hasta que, al cabo de veinte años, aquéllas
han llegado a abarcar la extensión completa de su dominio, y lo
cultiva ya todo. Apliquemos
esto ahora: Escalad conmigo esa montaña, la enseñanza del
Espíritu Santo y ved primero el Salvador que hemos obtenido; y
antes de terminar, tomaremos un poco de Cristo, y lo dejaremos aparte,
como un potrero; y, segundo, iremos tomando de él. Mañana
correremos la cerca más allá, tomando más de él
y algo más al día siguiente, y más a la otra semana
y más aun cada nuevo año. Sólo en la eternidad no
tendremos necesidad de adelantar la línea de cultivo de Cristo
hasta el límite de su plenitud, porque cuando hayáis llegado
hasta el último extremo, todavía Cristo será eternamente
más. Lo
que Cristo es Veamos
ahora lo que Cristo es. Abramos en 1ª Corintios 2:12: Para
que sepamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado. (Nuevo Testamento
interlineal Griego-Español de Lacueva). Dicen que un conocido predicador,
queriendo enseñar a sus hijos a estimar el honor, la verdad y la
confianza, colocó sobre el paño de la mesa, en la sala de
diario, dinero suficiente para el gasto de toda la familia. Si la esposa
necesita, toma de allí; si los niños necesitan, toman de
allí. Toda necesidad de aquella casa se suple con el tesoro colocado
en aquella mesa. Así Dios ha puesto en Jesús todo lo que
el alma puede necesitar, y nos dice: Id y tomad de ello; todo está
a vuestra disposición. ¿Estáis
en tristeza? En Cristo hay alegrías. ¿Estáis en tentación?
En Cristo hay socorro. ¿Estáis al final de vuestras fuerzas?
En Jesús hay poder. Pero estas palabras son muy débiles
aún, porque se pudiera pensar que Dios diera esto o aquello aparte
de Cristo. Digámoslo con más precisión: tomáis
de Cristo cualquiera cosa que podáis necesitar, y él es
la plenitud de vuestra necesidad, de vuestro deseo, de modo que sois bendecidos
con todas las gracias espirituales en Cristo en bienes celestiales. Todo
lo que podáis necesitar está en Cristo, y creemos que es
hermoso el necesitar, a fin de que aprendamos a conocer todo lo que hay
en Cristo. Recordamos
que cuando éramos niños nunca despertábamos tanto
interés en nuestra madre como cuando estábamos tristes,
decepcionados o enfermos. Creo que algunas veces fingíamos estar
así, sabiendo que entonces nuestra madre hacía más
por nosotros. Y así, cuando estáis debilitados y fatigados,
cuando la fe ha retrocedido, cuando la fuerza se ha agotado y las esperanzas
se han desvanecido, cuando todo en torno nuestro parece escapársenos,
entonces es cuando llega el momento de Dios, que viene a decirnos: Hijo
mío, yo he puesto en Jesús todo lo que tu espíritu
necesita; y aunque, como madame Guyon, tengamos que pasar diez años
en la cárcel, Cristo será para nosotros amigo, y consuelo,
y fortaleza, y satisfacción, y todo lo que podamos necesitar. ¡Ah, si se comprendiera bien lo que Cristo puede ser para el alma! Esos que han estado recurriendo a lo que se dejó en el pasado, creyendo obtener paz y gozo en medio de eso, y que sólo reciben nuevos desengaños. ¡Ah, poder decirles que en Cristo encontrarán montañas, lagos, ríos, arroyos, tesoros, campos de trigo y olivares y, en una palabra, todo lo que el alma pueda requerir para sentirse bendecida. ¡Oh Espíritu de Dios! ¡Toma todo lo que hay en Cristo y revélalo al corazón que espera en él! El
modo de tomar de él Juan
dice que de su plenitud hemos recibido todos, y Pablo añade que
los que reciben la abundancia de vida reinarán. ¡Recibir!
¿Sabéis cómo se recibe? Tal vez decís: Supongo
que usted quiere decir con eso que debo orar mucho. No, señor,
no quiero decir eso. Usted ha estado orando por mucho tiempo. Quiero que,
en cierto sentido, dejéis la oración y que empecéis
a tomar. Hay una diferencia inmensa entre orar por Cristo, y tomar de
Cristo. Nos explicaremos mejor. Hace
algunos años estábamos en compañía del doctor
Wilberforce, en Southampton, encontrándonos entonces en el primer
flujo de nuestra rendición. Una noche él nos dijo: Sentémonos
en torno al fuego, y hablemos de nuestras vidas cristianas. A mi
turno, yo hablé como lo haría un recién convertido,
de mi rendición a Cristo. Un anciano ministro que estaba en el
otro lado del círculo, se puso en pie y empezó a hablar.
Dijo que le sorprendía mucho que el Sr. Meyer no tuviera algo mejor
que lo que había referido. Que al oírle hablar, se podría
pensar que lo mejor que tenemos que hacer es dar, abandonar; pero que
su fe era contraria a eso, que ella consistía en tomar; tomar primero,
y dar después. Cuando
se obtiene oro, se arroja la escoria; cuando se obtienen diamantes legítimos,
se desechan los vidrios. Obtened a Cristo, y el mundo ya no tendrá
atractivos para vosotros. Dadnos luz del sol, y para nada querremos la
luz eléctrica. Dame la claridad del día, y para nada necesitaré
luces artificiales. El
anciano continuaba: Una vez me sentía siempre vencido por
mi mal carácter, y luché contra él. Un día,
cuando enseñaba a cierto número de niños y rehusaban
éstos a oír mi lección, yo llegué al extremo
de mi fortaleza. Estaba a punto de olvidarme de mí mismo, cuando
en aquel momento me volví a Cristo, diciéndole: Cristo,
sé tú mi dulzura de carácter. En
vez de luchar contra el mal carácter, tomaba a Cristo como su paciencia,
su humildad, su mansedumbre, su dominio de sí mismo. Al momento
comprendí que aquel era mejor sistema; y recuerdo que cuando a
la mañana siguiente el Dr. Wilberforce bajó de su cuarto,
me dijo: ¿Qué piensa usted de lo de anoche?
Le contesté: Creo que marcará una nueva era en mi
vida. Sí, repuso él, creo que también
será así en la mía. Desde
aquel momento, he tratado de vivir de esa manera; y al sentir que estaba
en necesidad de algo, he dicho: Cristo, sé esto en mí.
Éste es el buen fruto de la tierra. ¿Queréis
hacer así? Jesús os ama. Jesús está cercano
a vosotros. No me refiero tanto a la cruz, como a Jesús que fue
crucificado. No hablo tanto de la sepultura, como de Jesús, que
se levantó de ella. No hablo tanto de la ascensión, como
de Jesús, que ascendió. Él está siempre con
todos nosotros. No es la santidad, sino Jesús, que es el Santo.
No es la mansedumbre, sino Jesús, que es el manso. No es la pureza,
sino Jesús, que es el puro. Jesús, ¡no ello, no una
experiencia, no una emoción, no una fe, sino Jesús! Almas:
vosotras y Jesucristo estáis en pie frente a frente. Entregadle
todo vuestro ser a él y él os dará todo su ser a
vosotras. Id a vuestra vivienda miserable, id a donde yace vuestro niño
enfermo, id a los campos del dolor, del sufrimiento y de la tristeza:
Él irá también con vosotros. Habéis logrado
que el manantial brote junto a vosotros: no tenéis necesidad de
ir a llenar vuestro jarro en alguna fuente extraña. Tenéis
a Jesús en vuestros corazones, manantial que brota para vida eterna.
¡Oh, Alma: cuán rica eres tú que, pasando el Jordán,
has entrado a la tierra de reposo! *** Tomado
de Un reprobado y otros discursos. |