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Pocas vidas cristianas han sido más fructíferas que la de Theodore Austin-Sparks. Y esto, no porque fuera una clase especial de cristiano, especialmente dotado personal o humanamente, sino por su pasión –tal vez, obsesión– por Cristo, de quien fue un fiel heraldo y testigo por más de sesenta años. Pregonero de Cristo Al
leer los escritos de T.Austin-Sparks, hay una cosa que se hace clara,
y es la poca atención que se da a sí mismo o a su vida.
En lugar de esto, toda la atención es dada a Cristo. Nuestra atención
es desviada continuamente del mensajero hacia Él, que es el Mensaje.
No obstante, para aquellos a quienes les interesa la vida del mensajero
y el trabajo de Dios en él, he aquí un breve resumen. Theodore
Austin-Sparks nació en Londres en 1889, y fue educado en Escocia.
Su madre amaba al Señor, y dio a su hijo un gran ejemplo de piedad.
Su
vida cristiana comenzó en 1906, cuando él tenía 17
años. Caminaba abatido por una calle de Glasgow un domingo por
la tarde, cuando se detuvo a escuchar a algunos jóvenes cristianos
que testificaban al aire libre. Aquella noche él confió
su vida al Salvador, y el domingo siguiente se encontró él
mismo dando unas palabras de testimonio con los jóvenes en esa
reunión al aire libre. Fue el comienzo de una vida de predicación
del Evangelio que duró sesenta y cinco años. En
ese tiempo, el pueblo evangélico estaba todavía bajo la
fuerte influencia del avivamiento que hubo en Gales en 1904-1905, que
ahora se manifestaba en una búsqueda de una experiencia más
profunda con el Señor Jesucristo. Fue en este contexto espiritual
que el joven T. Austin-Sparks dio sus primeros pasos como cristiano. Él
siempre leía mucho, en su deseo de tener algún entendimiento
espiritual, y por sobre todo, estudiaba su Biblia, siempre buscando ardientemente
los tesoros nuevos y viejos que en ella pueden ser hallados. En aquellos días, uno de los mayores predicadores de Inglaterra, G. Campbell Morgan, deseando ayudar a un grupo de jóvenes en el estudio de la Palabra, comenzó a tener reuniones con ellos todos los viernes. Por 52 semanas, Campbell Morgan se reunió con ellos y los preparó para el servicio cristiano. Entre sus alumnos más aventajados estaba T. Austin-Sparks. Por esa razón, él pasó a ser muy requerido como expositor en conferencias. Su enseñanza bíblica era bien original en la época, especialmente en relación a los esbozos de los libros de la Biblia, o a los esbozos de la Biblia como un todo. El
cielo abierto Entre
1912 y 1926 fue pastor de tres iglesias evangélicas en Londres.
Por largo tiempo, buscó la comunión con otros pastores,
como George Patterson y George Taylor, con quienes oraba todos los martes
al mediodía. Cierta vez, mientras ministraba en una iglesia bautista,
él vio venir una tremenda transformación sobre toda la congregación.
Uno tras otro, los conocidos fueron siendo salvados. Pero Austin-Sparks,
pese a ser un joven bastante conocido y tener mucho futuro, sentía
una tremenda pobreza en su vida. Él sentía que estaba predicando
cosas que, en realidad, no eran su experiencia. Él no tenía
dudas de que había nacido de nuevo, de que Dios lo había
salvado, de que había sido justificado, de que el Espíritu
Santo era realmente el Espíritu de Dios, de que Cristo era el Ungido,
pero él sentía que estaba predicando cosas que él
mismo no experimentaba. Sentía que profetizaba mucho pero que poseía
muy poco. Por naturaleza, él era alguien que se entregaba completamente
a lo que creía, nunca se contentaba con una posición intermedia.
Gradualmente una tremenda tensión comenzó a crecer dentro
de él. Comenzó a sentirse un fracaso. Entonces,
cierto día, él le dijo a su esposa: Voy a mi estudio.
No quiero que nadie me interrumpa. No importa lo que suceda, yo no saldré
del cuarto hasta que tenga decidido qué camino voy a tomar.
Él sentía inmensamente la necesidad de que el Señor
lo encontrase de una forma nueva, o no podría continuar su ministerio.
Había llegado al final de sí mismo. Encerrado en aquel cuarto
pasó la mayor parte del día, quieto delante del Señor. En
un momento, comenzó a leer la epístola a los Romanos, pero
nada sucedía. Él la conocía muy bien, pues la había
enseñado muchas veces. Nada de nuevo le mostraba ahora, hasta que
llegó al capítulo 6. Él mismo diría después:
Fue como si el cielo se hubiese abierto, y la luz brilló
en mi corazón. Por primera vez él comprendió
que había sido crucificado con Cristo y que el Espíritu
Santo estaba en él y sobre él para reproducir la naturaleza
de Cristo. Eso revolucionó completamente su vida. Cuando salió
de aquel cuarto, él era un hombre transformado. Ahora realmente
comenzó a predicar a Cristo, a magnificar al Señor Jesús. Luego
comenzó a enseñar lo que llamaba el camino de la cruz,
dando gran énfasis a la necesidad de la operación subjetiva
de la cruz en la vida del creyente. Él predicaba un evangelio de
una plena salvación a través de la sola fe en el sacrificio
de Cristo, y enfatizaba que el hombre que conoce la purificación
por la sangre de Jesús debe también permitir que la misma
cruz opere en las profundidades de su alma para libertarlo de sí
mismo, y llevarlo a un caminar más espiritual con Dios. Él
mismo había pasado por una crisis y aceptó el veredicto
de la cruz sobre su vieja naturaleza, percibiendo que esa crisis fue el
comienzo para disfrutar completamente la nueva vida de Cristo, experiencia
tan grandiosa, que él la describía como un cielo abierto.
Sparks
recibió gran ayuda espiritual de la Sra. Jessie Penn-Lewis, a quien
el Señor le diera un claro entendimiento sobre la necesidad de
la operación interior de la cruz en la vida del creyente. Gracias
a ella, Sparks se libró también de un prejuicio anterior
que tenía contra cualquier cosa que estuviera relacionada con una
vida más profunda. Sparks se tornó un predicador
y maestro muy querido y popular en medio del llamado movimiento
Vencedor. Sparks
veía que no hay otro camino para experimentar plenamente la voluntad
de Dios, a no ser a través de la unión con Cristo en Su
muerte. Siempre volviendo a la enseñanza de Romanos 6, era convencido
de que tal unión es el medio seguro para conocer el poder de la
resurrección de Cristo. Sin
embargo, la experiencia que Sparks tenía, en vez de abrirle las
puertas para todos los púlpitos, le cerró la mayoría
de ellas. Los líderes le temían, pues hallaban que algo
extraño le había sucedido, algo peligroso, algo errado.
Y así comenzaron a oponérsele. Hubo un momento en que él se quedó en la calle, sin casa donde morar con su esposa e hijos. Pero el Señor luego le proveyó una morada en la calle Honor Oak. Una señora que servía al Señor como misionera en la India y había sido grandemente ayudada a través de su ministerio, oyó decir de una gran escuela en la calle Honor Oak que estaba a la venta. Entonces compró la propiedad y la dio a la iglesia. El local de esa escuela vino a ser un local de comunión cristiana, sede de la Christian Fellowship Center (Centro de Comunión Cristiana), y de las Conferencias Honor Oak. Allí se realizaban estas conferencias tres o cuatro veces al año, a las cuales venían personas de todas partes. Honor
Oak Desde
allí, y por un período de cuarenta y cinco años,
Austin-Sparks ejerció una amplia y profunda influencia entre los
cristianos de todas las confesiones y de diversos países. Muchos
llegaban a la calle Honor Oak para escucharlo, y para invitarlo,
a su vez, a dictar conferencias en muchos lugares. Austin-Sparks
se mantuvo en estrecho contacto con otros obreros cristianos como Bakht
Singh, de la India y Watchman Nee, de China. Con este último tuvo
una verdadera amistad, que se vio reforzada durante el año de estadía
de éste en Londres, en 1938. Algún tiempo antes, Nee había
leído algunos escritos suyos y había sido grandemente ayudado
por ellos. Algunos creen que Nee consideraba a Sparks como su mentor espiritual.
Sparks, a la sazón de 49 años, se sentía muy a gusto
con ese joven creyente chino de sólo 35 tan aventajado
en el conocimiento de las Escrituras. Poco después, sin embargo, comenzó la 2ª Guerra Mundial y aquellas conferencias cesaron, pues el mundo todo estaba en turbulencia. Aun así, al terminar la Guerra hubo un período maravilloso en la historia de aquella obra y ministerio. De 1946 hasta 1950 hubo conferencias llenas de la presencia del Señor. Sufrimientos Por
diversas razones, muchos sufrimientos vinieron a la vida de T. Austin-Sparks.
A pesar de aparentar estar muy bien, el hermano Spaks sufría mucho
por causa de su precaria condición de salud, con dolorosas úlceras
gástricas, causadas tal vez por el hecho de ser tan reservado e
introvertido. Frecuentemente él se postraba por el dolor y quedaba
incapacitado de continuar la obra. Con todo, una y otra vez él
se levantaba, algunas veces muy debilitado por la enfermedad, y el Señor
lo usaba poderosamente. Algunas de las mejores conferencias fueron exactamente
en épocas en que él pasaba por muchos dolores. Por eso,
generalmente él hablaba sentado. El medio que Dios usó para
darle alivio fue a través de una cirugía en el estómago,
lo que le trajo gran mejoría física, y más de veinte
años de una vida activa por el Señor en muchos lugares. Por
varias razones, muchos otros sufrimientos vinieron a su vida. Él
creía que, si por un lado la cruz envuelve sufrimiento, por otro
lado, ella es también el secreto de la gracia abundante. Por ella
el creyente es llevado a un disfrute más amplio de la vida de resurrección,
y también a una verdadera integración en la comunión
de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Él reconocía
la gran ayuda que significaba para él la oración de los
hermanos, y ellos, a su vez, reconocían el impacto espiritual que
tales sufrimientos producían en ellos. La
oposición que enfrentaba Sparks era increíble. Libros y
panfletos se escribían contra él; predicadores predicaban
contra él, lo que le daba fama de ser un falso maestro, lleno de
ardides. Este aislamiento total en que lo colocaban era, de todas maneras,
la prueba más dura que él soportaba. Todos los años
él asistía a la Convención de Keswick. Allí,
tras la plataforma estaba escrito: Todos somos uno en Cristo;
sin embargo, solía ser ignorado por aquellos que alguna vez habían
servido a su lado. No le dirigían ni una sola palabra, y le volvían
la espalda. Eso era para él mucho más difícil de
ser soportado que todos los otros problemas. Sin
copyright Uno
de los principales instrumentos de su ministerio, fue la revista bimestral
A Witness and A Testimony (Un testigo y un testimonio) este
pequeño periódico como le llamaba él ,
en que publicó muchas de sus enseñanzas, junto con las de
otros obreros, como los ya citados, y F.B. Meyer, A.W. Tozer, Andrew Murray,
De Vern Fromke, Jessie Penn-Lewis, G.H. Lang y Stephen Kaung, para citar
los más conocidos. Muchos de los artículos de esta revista
jamás se han vuelto a publicar. El clamor que presentan sus mensajes
una y otra vez es que los creyentes crezcan en el conocimiento pleno de
Cristo, conocerlo a Él como el único, el todo en todo, la
Cabeza de todo. Desde el principio de la publicación de A
Witness and A Testimony él rechazó adscribirse a algún
movimiento, organización o misión, o a un cuerpo aislado
de cristianos, porque consideraba que su ministerio estaba dirigido a
todos los santos. Él nunca pudo pensar en cristianos
aislados, ni en asambleas de grupos aislados, sino que intentó
mantener siempre ante él el propósito divino de la redención,
que es la incorporación de todos los creyentes como miembros vivos
de un cuerpo. T. Austin-Sparks escribió alrededor de un centenar de libros, y compartió muchos mensajes que aún se hallan grabados en cintas, pero, por deseo expreso suyo, nada de ese material tiene copyright o derechos de autor, porque consideraba que lo que le había sido dado por el Espíritu de Dios debía ser compartido libremente con todo el Cuerpo de Cristo. Algunos
énfasis de su ministerio Sparks
siempre utilizaba algunas frases que, en la época, prácticamente
no eran oídas en otro lugar. Una de ellas era que la iglesia
es el cuerpo de Cristo, otra era que precisamos tener una
vida de cuerpo, que los miembros de Cristo son miembros los
unos de los otros. Cierta vez él dijo: Podemos tomar
la iglesia, que es el Cuerpo de nuestro Señor Jesús, unida
a la Cabeza que está a la diestra de Dios, y reducirla a algo terreno,
hacer de ella una organización humana. Todas estas frases
eran consideradas muy extrañas. En el mundo cristiano de entonces
se hablaba sobre conversión, sobre estudio bíblico, sobre
oración, sobre testimonio, sobre misiones, sobre vida victoriosa,
pero nada se oía sobre la Iglesia, sobre el Cuerpo de Cristo, sobre
el ser miembros los unos de los otros. Él era una voz profética
solitaria. Por eso fue aislado, rechazado y calumniado. Uno
de los énfasis de su ministerio fue la universalidad y la
centralidad de la cruz. Para él, todo comenzaba con la cruz,
venía a través de la cruz, y nada era seguro aparte de la
cruz. Él acostumbraba decir que ningún hijo de Dios está
seguro, hasta que le entregue su vida a Él. Que ningún hijo
de Dios realmente le sirve, hasta que le entregue su vida a Él.
Ninguna comunión entre el pueblo de Dios es segura, hasta que ellos
hayan entregado sus vidas a Él. Todo vuelto hacia el altar. Otro
énfasis era la preeminencia del Señor Jesús.
Para él el Señor Jesús era el inicio y el fin de
todo. El Alfa y la Omega, el Primero y el Último. Él veía
que todo está en Cristo, toda la nueva creación, el nuevo
hombre, todo. Tal vez uno de sus primeros libros La centralidad
y supremacía del Señor Jesucristo sea lo que
mejor caracterice toda su vida y ministerio. ¿Dónde
está el Señor? decía siempre. ¿Dónde
está el Señor en la vida de esa persona?, ¿dónde
está el Señor en el servicio de esa persona?, ¿dónde
está el Señor en el ministerio de esa persona?. Él
acostumbraba decir: Si nosotros quisiéramos que venga luz
del trono de Dios, sólo hay que hacer una cosa: Darle al Señor
Jesús el lugar que el Padre le dio. Esa es la forma de ser preservados
de errores, de compromisos, de desvíos, y de ser librados de comenzar
en el Espíritu y terminar en la carne. Austin-Sparks
veía la iglesia como la casa espiritual de Dios, como
la novia de Cristo, como el Cuerpo del Señor Jesús. Su entendimiento
sobre la iglesia era muy claro. Él creía en la casa espiritual
de Dios de la cual somos piedras vivas, edificados juntos, y que debemos
crecer como templo dedicado al Señor, para habitación de
Dios en el Espíritu. Esto decía es el
corazón de la historia, el corazón de la redención.
Él también acostumbraba decir: Hay algo mayor que
la salvación, por lo cual muchos se airaban contra él,
y decían que hablar de ese modo no era bíblico. Pero Sparks
siempre respondía: La salvación no es el fin, sino
el medio para el fin. El fin que el Señor tiene es su habitación,
es su casa espiritual, su habitación en el Espíritu, y la
salvación es el medio para colocarnos en esa casa espiritual de
Dios. Todavía
otro énfasis de su ministerio era la batalla por la vida.
Él acostumbraba decir que si hay alguna vida espiritual en
usted, todo el infierno se va a levantar para extinguirla. Si hay vida
espiritual en su ministerio, todo el infierno se va a levantar para acabar
con él. Si hay vida espiritual en la comunión de los cristianos,
todo el infierno se va a levantar contra ella. Tenemos que aprender cómo
pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna. Tenemos
que aprender cómo mantenernos en vida. Una
y otra vez él decía que todo lo que es relacionado con Dios
es vida. Vida, más vida, vida abundante. No muerte, sino vida.
Hasta la misma muerte de cruz es para traernos la vida, y cuanto más
conocemos la muerte de Cristo, más debemos conocer la vida de Cristo.
Por tanto, esa es una batalla por la vida. Un último énfasis era la intercesión. Él acostumbraba decir que el llamamiento real de la iglesia es para interceder. Intercesión es mucho más que oración. Cualquiera puede orar, pero usted necesita tener una madurez mínima para poder ver, para poder pasar por dolores de parto, para que haya nacimiento. Intercesión no requiere sus labios, sino requiere todo su ser. No requiere diez minutos de su día, ni una hora, sino requiere de usted veinticuatro horas cada día. Es la oración incesante. Su vida fue una constante batalla de oración, en que cogía literalmente a los enemigos invisibles de la voluntad de Dios para traerlos cautivos, oración que alternaba con aquella clase especial de oración en que se ofrece a Dios la alabanza y la adoración debida a su Nombre. Magnificaba
al Señor Austin-Sparks fue un gran hombre, y los grandes hombres también tienen fallas. Él poseía debilidades, mas la impresión que quedaba en quienes le conocían no eran esas debilidades, sino el hecho de que él siempre magnificaba al Señor Jesús, no sólo con sus palabras, sino con su vida. Su propia presencia traía algo del Señor Jesús. Siempre que él llegaba o hablaba, se recibía la convicción de cuán grandioso es el Señor Jesús. Él siempre magnificaba al Señor Jesús. Eso fue algo que el Señor hizo en él de tal forma que su presencia y su ministerio glorificaban al Señor. Otra impresión que él dejó fue de alguien que siempre estaba prosiguiendo. Nunca parecía que él estaba estacionado sino siempre prosiguiendo. Eso era sentido por su presencia y por su ministerio. Él acostumbraba decir: ¡No paremos! ¡Vamos adelante, prosigamos! El Señor todavía tiene más luz y más verdad para hacer brotar de Su Palabra. Prosiga, prosiga a todo aquello para lo que el Señor le conquistó. Otra impresión que él dejó es de que él siempre parecía ministrar bajo la unción. Ese era un secreto que este hermano poseía. Él sabía cómo permanecer bajo la unción, para no dar comida muerta, para no dar lo que él pensaba, sino para dar siempre aquello que Dios le había dado. Aun otra impresión que quedó de su vida es una gran determinación en cumplir aquello que Dios le había dado para hacer. En muchas situaciones que acontecían para hacerlo desanimar y detenerse, él sentía que no podía dejar a Satanás vencer era una batalla por la vida. Al final de su vida, T. Austin-Sparks estaba solo. Había muy pocas personas con él. Campbell Morgan, Jessie Penn-Lewis, F.B. Meyer y A.B. Simpson tuvieron gran influencia en su vida. Muchas veces y de muchas formas F.B. Meyer trajo a Sparks a una relación más profunda con el Señor. Meyer acostumbraba a decir que Sparks era una voz solitaria profética en un desierto espiritual, llamando al pueblo de Dios de vuelta a la realidad, a lo que es genuino, al propio Señor Jesús. En abril de 1971, el hermano Sparks partió a descansar, a la espera de la resurrección. La medida de un ministerio Si la medida del ministerio de un hombre se mide en relación a cuánto él exaltó a Cristo, entonces Austin-Sparks no admite comparación. Ciertamente, sus escritos hablan poco del Cristo de Galilea, pero él ha mostrado hermosamente al Señor resucitado y entronizado. Incluso más, al mostrar al insuperable Cristo dentro de nosotros. La línea de oro que une todos sus escritos es la exaltación de su Señor. Alguien ha dado el siguiente testimonio: Él nos ha dado más visión espiritual de Cristo que quizá cualquier otro hombre en los últimos 1700 años. Después de la muerte de Austin-Sparks en 1971, un hermano escribió: Quizá uno de sus primeros libros puede darnos un mejor indicio de su vida entera y de su ministerio: La centralidad y supremacía del Señor Jesucristo. Aquí fue donde empezó y fue aquí donde él terminó, porque fue notorio en sus últimos años que él perdió el interés en todas las cosas y concentró su atención en la persona de Cristo. Este era el objetivo de su vida y de todas sus predicaciones y enseñanzas. En su servicio fúnebre hubo centenares que dijeron sinceramente que el hermano Sparks les había ayudado a conocer a Cristo de una manera más plena y satisfactoria. Si alguien puede hacer que los hombres comprendan algo más del valor y maravilla de Cristo para que le amen más y le sirvan mejor, entonces el tal no habrá vivido en vano. *** Fuentes:À
Maturidade, www.austin-sparks.net, |