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Cuando los que iban adelante ya no están, surge la pregunta inevitable. ¿Cuál es el camino? F.B. Meyer (1847-1929) El
principio de nuestra vida cristiana la senda parece estar claramente definida
para nosotros. Debemos seguir las pisadas de otros, depender de sus máximas,
seguir sus consejos, hasta que de repente nos hallamos a la cabeza de
la marcha, sin huellas delante de nosotros por toda la expansión
del desierto. Es sólo cuando los años han pasado sobre nuestra
cabeza cuando este sentido de que estamos sin camino, nos oprime. En semejantes ocasiones, los labios de Cristo contestan: Yo soy el camino. En todas partes de los Hechos de los apóstoles hallamos que el término casi invariable por el cual el Evangelio era conocido, era El camino, como si los primeros creyentes estuvieran embriagados con el éxtasis del sentimiento de que al fin habían descubierto el curso de la vida bendita, la senda que los llevaría por las perplejidades de la tierra y los traería a la ciudad de Dios. Y si hubiéramos suplicado a cualquiera de ellos que diera un equivalente del término que empleaba tan constantemente, habría contestado, sin vacilar ni un momento, JESÚS. Probablemente
no haya mejor manera de cerciorarnos del verdadero método de vida
que preguntarnos cómo Jesús habría obrado bajo circunstancias
semejantes. Su temple, su manera de mirar las cosas, su voluntad, resuelven
todas las perplejidades. Cuando
el pueblo salió de Egipto, el Señor precedía la marcha
en la nube Shekinah que se movía suavemente sobre el arca. Cuando
ésta se adelantaba, levantaban sus tiendas y seguían; cuando
se paraba, ellos se detenían y tendían el campamento. Era
la única guía visible y estable a través de aquel
desierto sin caminos. No había nada de esto cuando Esdras condujo
el primer destacamento de desterrados de Babilonia a Sion; pero, aunque
invisible, el divino guía estaba igualmente en frente de la marcha.
Así es, también, en la experiencia diaria. Cuando el camino
se divide, cuando la senda se pierde en la hierba, cuando la expansión
del desierto se extiende delante sin una senda marcada, párate;
haz una observación; haz callar todas las voces en la presencia
de Cristo; pregunta lo que Él querría que se hiciera. Acuérdate
de que el Buen Pastor, cuando echa fuera sus ovejas, va delante de ellas
y ellas le siguen. Jesús siempre va delante de nosotros en cada
llamamiento al deber, en cada demanda de abnegación, en cada llamamiento
para consolar, ayudar, y salvar. Teniendo a Dios detrás como Retaguardia,
y a Dios en frente como Conductor, y a Dios guiándonos con cánticos
de liberación, no puede haber duda de que al fin llegaremos a aquella
Sion en que no hay desiertos, y cuyos muros nunca han sido sacudidos por
el ataque de hombres armados. *** Tomado de «Cristo en Isaías» |