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¡Despierta,
Laodicea!
(Claudio
Ramírez Lancién)
«Y
escribe al ángel de la iglesia en Laodicea:
He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio
de la creación de Dios, dice esto:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre
la puerta,
entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo». (Apocalipsis 3:14-22).
¿Qué
piensa Laodicea de sí misma,
que en sus laureles se quedó dormida
y a Cristo tiene expuesto a la intemperie?
¿O tiene merecido privilegio?
¡En ti buscamos a Jesús, y no lo hallamos!
Más bien la gracia ha sido desvirtuada,
y lo que sólo queda de tu nombre,
es desnudez y desventura primitiva.
¡Vistió
de reina, y ha perdido todo
el digno sello de la vida en Cristo;
parece mujer pobre y arrugada,
que tuvo su riqueza y ya no tiene!
La otrora virgen pura está arruinada.
Y estando Cristo ante su puerta: lo resiste.
Perdió capacidad de oír y amarlo,
endureció su corazón, !qué triste!
¿Qué
dices, Laodicea, en tu defensa?
¿De qué conocimiento te llenaron
tus "santos reverendos", tibios y apagados?
¿En dónde se perdió tu luz, tu fuego?
¡Oh vuelve, Laodicea, al oro refinado,
y cubre tu vergüenza en blanca veste!
¡Tus ojos unge con colirio! ¡Sé celosa!
¡Es tu Señor que está a la puerta y llama!
¡Oh
vuelve, Laodicea, al verdadero,
y vuelve a abrir tu puerta a Jesucristo;
renuévate en su gracia y en su vida!
¡No dejes que se pase, ésta, tu gloria!
De ti levantará el Señor sus santos,
el remanente no contaminado.
Su voz escucharán los que vencieron.
¡Levántate: que es hora ya de Cristo!
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