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Para meditar Tengamos
cuidado de no poner una piedra de tropiezo en el camino del otro, empujándolo
a un estado de fe más avanzado al que nosotros ya hemos sido llevados.
Es aquí que hay el peligro de hacer fuerza sobre las almas. Demos
testimonio de todo lo que hemos comprobado por la gracia de Dios, pero
al mismo tiempo dejemos al Espíritu Santo que haga su obra de testimonio
a aquellos a quienes conducen, siempre según ellos pueden aceptar. El
acercarse a Dios significa tiempo para estar quieto. Cuando se pronuncia
la última oración, cuando la última nota de alabanza
ha resonado, entonces, en el silencio, el corazón puede esperar
y escuchar a Dios. Nunca lo he hecho sin escucharle que me habla. No tiene
que ser con una voz articulada; pero, tan pronto como he hecho cesar mis
prisas, y mi ajetreo, y mi confusión, y he dejado de prestar atención
a la babel que suena alrededor de mí, y he dicho: Habla,
Señor, que tu siervo oye. Él lo ha hecho, a veces
para reprenderme, las más de las veces, pero siempre con amor.
Nació
en un establo prestado. No tuvo un hogar que pudiera llamar suyo. Celebró
su última cena en un aposento prestado. Entró en Jerusalén
cabalgando en un asno prestado. Fue crucificado en una cruz prestada y
enterrado en un sepulcro prestado. Abramos
los ojos y veamos si hay ramas secas alrededor nuestro en las iglesias.
Jóvenes cuyas profesiones de fe habían sido brillantes pero
que se han enfriado. O viejos que han retenido su profesión pero
en los cuales ha muerto la vida espiritual que una vez apareció
en ellos. ¡Que los ministros y los creyentes tomen en serio las
palabras de Cristo y vean y pidan al Señor si se puede hacer algo
para las ramas que empiezan a secarse! *** |