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La crianza de los hijos es más que una tarea social o educativa; es, sobre todo, una tarea espiritual que debe apuntar a que los hijos coman del Árbol de la Vida. Hijo: echa mano de la vida eterna Marcelo Díaz P. Ser padres
es una tarea que requiere dedicación. Pero ser padres cristianos
es una tarea que requiere mucha dedicación, puesto que incluye
la transmisión de la fe. En general, son muchos los cristianos
que intentan sinceramente traspasar a sus hijos la fe. Pero muchos equivocan
el camino transmitiendo sólo conocimiento. Transmitir la fe en Jesucristo, es mucho más que un traspaso de valores. Para muchos es una tarea de la cual poco se sabe. Por esta causa, en esta ocasión extraeremos de la carta a Timoteo un principio fundamental para ir en ayuda de los padres cristianos. La súplica
de un padre Timoteo, echa
mano de la vida eterna, exhorta el apóstol al joven discípulo.
(1 Tim.6:12). Este consejo, que parece casi inadvertido en la primera
carta a Timoteo, es un principio de vida para la crianza de los hijos. Pablo adoptó
con Timoteo un vínculo de paternidad espiritual. El apóstol
amaba intensamente a Timoteo; en sus cartas le llama hijo
y su insistencia por verle era para Pablo una necesidad afectiva y espiritual.
La relación se estrechó en el servicio de la obra. Pablo
se rodeaba de muchos colaboradores con quienes servía, pero Timoteo
parece haber sido uno de los más cercanos al corazón del
anciano apóstol. Por eso, Pablo, con toda súplica y fervor,
apela a la conciencia del discípulo, como el padre que intenta
traspasar a su hijo la esencia de la vida, diciendo echa mano de
la vida eterna... Dos árboles
en el huerto Necesariamente nos
remonta al comienzo, allí al principio, en el cual Dios hizo los
cielos y la tierra. Las Escrituras nos señalan que Dios formó
al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de
vida, y fue el hombre un ser viviente. ( 1Cor. 15:45, alma viviente).
Luego, Dios plantó un huerto donde hizo nacer todo árbol
delicioso a la vista y bueno para comer. El árbol de la vida, que
estaba en medio del huerto y también el árbol de la ciencia
del bien y del mal. Más tarde, Dios introduce a la primera pareja
en el huerto para que lo labraran y lo cuidaran (Gn.2:15). Así,
de este trabajo, Adán y Eva recibirían su sustento alimenticio
para ellos y los suyos (Gn. 1:29). Pero Dios pone una restricción
en la comida. Adán y Eva podían comer de todo árbol
del huerto, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal
no debían comer, pues la sentencia dice: El día que
de él coman, ciertamente morirán (Gn. 2: 16-17) ¿Para qué
Dios puso un árbol del cual no se podía comer? Noten que
este árbol también estaba en medio del huerto (Gn.3:3).
A simple vista, parece que Dios ocultaba algo que le estaba velado al
hombre. ¿Para qué un árbol de la vida, si Adán
ya tenía vida (el soplo de Dios)? La respuesta es que
Dios tenía reservado en medio del huerto otro Árbol que
contenía una clase de vida inmensamente superior a la que Adán
ya poseía. Era otra vida, otra calidad de vida. Otra clase de vida
a la cual el hombre podía (debía) acceder: El Árbol
de la Vida, que representa a Cristo. Y lo que Adán debía
hacer era comer de este árbol, pues el hombre fue creado para heredar
la vida eterna. Dios tenía determinado para el hombre que echara
mano a la vida eterna. Por eso Pablo apela a su hijo Timoteo,
a extender su mano y comer de la Vida Eterna. Timoteo, que sabía
bien las Escrituras desde pequeño (2Tim.3:15) sabía muy
bien lo que Pablo le estaba hablando. Frente a sí se le presentaban
dos árboles: uno traería vida; el otro, conocimiento y muerte.
¿Por qué
el hombre comenzó a morir cuando comió del árbol
del conocimiento del bien y del mal? (Gn.3:22,2:15). Porque recibir conocimiento
de lo bueno y de lo malo sin la vida de Dios, sin haber comido del árbol
de la vida, es una tragedia. Ya que no se puede hacer el bien sin tener
la capacidad de hacerlo y no se puede evitar hacer el mal que no se quiere.
(Rom.7). La vida humana no puede contener el conocimiento del bien y del
mal. La vida humana no es apta para cumplir con lo bueno y lo malo, entonces
por eso muere. El árbol de la ciencia del bien y del mal reveló
lo que es bueno y malo según Dios, entonces desde ahí los
esfuerzos del hombre intentan acomodar lo que es bueno y malo a su manera,
para cumplirlo. Es tan fuerte esto
que ni el mismo Jesús habría podido vivir la vida cristiana
si no es a través de la vida que le daba el Padre. Jesús,
verdadero hombre, vivió por la vida divina. Definitivamente, la vida cristiana no es cuestión de empeño, la vida humana no puede cumplir con las expectativas divinas. Es sólo a través de la vida divina, la vida eterna. Llevar los hijos
a Cristo Ahora, ¿qué
tiene que ver esto con los hijos y la función paterna (materna)?
Mucho, pues nuestra misión es llevar los hijos a Cristo, darles
a comer el árbol de la vida, la vida eterna, de modo tal que la
experiencia de los hijos sea una vivencia real con la vida, con la persona
de Cristo. Como está escrito: El que come mi carne y bebe
mi sangre tiene vida eterna (Jn.6:54). No debemos escatimar
esfuerzo alguno hasta ver cumplido el deseo del Padre tocante a nuestros
hijos. Cristo no es una doctrina, no es un forma de culto, no es buenos
principios y valores, no es una religión. Cristo es una persona
real y palpable a quien se puede ver con los ojos de la fe, y nuestros
hijos deben experimentar la vida que nosotros hemos visto, oído
y palpado. Actualmente, lo que
los padres acostumbran hacer con los hijos es enseñarles lo bueno
y lo malo, pero esto es seguir dando de comer una comida que traerá
muerte. ¿Cuántos padres cristianos se han limitado enseñando
a sus hijos sólo lo que es bueno y lo que es malo? ¿No es
ésta una costumbre? ¿Cuántos padres cristianos traspasan
a sus hijos valores y principios cristianos y creen estar haciéndolo
bien? Mire, el fruto de esto son personas moralmente buenas y correctas,
pero no son hijos de Dios. El fruto de esto son hijos buenos, pero pecadores;
sí, pecadores, aunque no le hagan daño a nadie. Buenos y
correctos profesionales, pero no por eso discípulos de Cristo.
La preocupación
de muchos padres cristianos hoy es una buena educación, buenos
colegios, preuniver-sitarios, Universidad, un buen futuro económico,
una profesión. Pero nuestro desafío con los hijos es darles
de comer el fruto del árbol de la vida. Que echen mano de
la vida eterna. Hay tantos cristianos
que han abandonado a sus hijos dejándolos en el huerto, comiendo
del árbol equivocado. Hijos entregados a su propia suerte con padres
cristianos, por supuesto, pero al fin y al cabo, sin una gota de vida
divina. Hijos entregados a la educación secular, al sistema de
este mundo, siendo formados por profesores ateos aunque definiéndose
cristianos por tradición. Por esta razón Pablo, conociendo la obra destructora que es capaz de hacer el enemigo en las nuevas generaciones cuando los padres se relajan, elogia la fe de Timoteo, que primero habitó en su abuela Loida, y luego en su madre Eunice. Pablo, apóstol de Jesucristo, sabía muy bien que el traspaso de la fe en las generaciones jóvenes cumple con el propósito eterno de Dios, de reunir todas las cosas en Cristo. Loida y Eunice se ganaron un lugar en las Escrituras, no por las grandes proezas como los héroes de la fe, ni por la obra emprendida como los apóstoles del Señor, sino por su humilde pero trascendente y muy estimada labor de madres, traspasando la fe no fingida de una generación a otra, dándonos testimonio a nosotros de la importancia de esta digna tarea. Padres quebrantados Entonces, la pregunta
clave es: ¿Cómo se llevan los hijos a Cristo? ¿Cómo
se les enseña a comer del árbol de la vida? Es difícil
dar una respuesta certera. Parece ser que esas preguntas debieran quedar
abiertas para que dependamos absolutamente de su Gracia. Puesto que la vida
divina nos ha venido por el Espíritu de vida (Rom.8), así
también la enseñanza es netamente espiritual. Nuestro problema
es tener un alma (vida humana) demasiado fuerte y desarrollada que nos
entorpece el vivir por el Espíritu y, por lo tanto, a enseñar
por el Espíritu. Se requiere entonces la operación de la
cruz. El alma necesita ser quebrantada, subyugada, domesticada, y Dios
está tratando de debilitar nuestra alma para que pueda fluir el
Espíritu. En conclusión , se enseña a comer del árbol
de la vida, viviendo por el Espíritu de vida que es la única
vida que agrada a Dios. El Padre requiere de padres quebrantados, debilitados en su vida natural, tratados por la Cruz, pero fortalecidos en su hombre interior por su Espíritu (Ef.3:16). Justificados en el Espíritu, fluirá la vida y ellos mismos serán a sus hijos árbol de vida (Pr. 11:30). El ejemplo de Timoteo Observando la vida
de Timoteo podemos seguir respondiendo la pregunta en cuestión.
El niño Timoteo fue educado bajo una profecía de nacimiento,
su nombre le recordaba a cada instante el deseo divino, y su madre y abuela
se encargaron de que esto se cumpliera. Timoteo es un nombre griego que
significa honrar a Dios; su padre era griego (Hch. 16:1) y
su madre judía creyente. Tanto la madre como la abuela albergaron
la fe en Jesucristo y seguro es que desde su llegada, lo recibieron como
una bendición de Dios y así también lo criaron, profetizando
desde su nacimiento: este niño ha llegado para honrar a Dios. Luego
Timoteo creció y se fortaleció en esta profecía y
todos dieron buen testimonio de su fe.(Hch.16:2). Padres, los hijos
no son una carga, son la herencia de Dios y sus nombres pueden ser una
profecía que les testifique la buena milicia a la que han sido
llamados. Los hijos no vienen para ser una proyección de nuestros
anhelos, ni para nuestro ego, ni para cumplir nuestras frustraciones,
vienen para ser hijos de Dios y debemos recibirlos y educarlos como tales,
en la disciplina y amonestación del Señor.(Ef.6:4). Otro aspecto importante
en la vida de Timoteo fue el hecho de haber sido instruido desde pequeño
en las Sagradas Escrituras. (2Tim.3:15). Las Escrituras no son un fin
en sí mismas, ellas dan testimonio de Cristo. Frecuentemente se
emplean las palabras del Señor: Escudriñad las escrituras
porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna
(Jn.5:39), como para estimular la lectura y su estudio. Pero noten que
este es un reproche que el Señor hace a los fariseos, puesto que
ellos pensaban que en ellas obtendrían la vida eterna. El Señor
les corrige diciendo que ellas testifican de Él, que es la vida
eterna. Y les agrega: ... y no queréis venir a mí
para que tengáis vida (Jn.5:40). Por último,
Pablo le escribe a Timoteo añorando verle, le cuenta cuánto
se acuerda de él en sus oraciones, cuánto desea estar con
él al acordarse de sus lágrimas. En la memoria de Pablo
hay una sola cosa: la fe no fingida de Timoteo. El apóstol era
un hombre que había recorrido las iglesias, conocía la fe
de los hermanos, su autenticidad y su pureza. En Timoteo se hallaba ese
tipo de fe. Una fe no fingida, literalmente del griego no hipócrita.
La abuela traspasó esta fe a la hija, la hija al hijo. ¿Cómo
fue este traspaso generacional? Sin hipocresía. Aquí llegamos
a un punto gravitante, la fe es consecuente, no tiene doblez. Los hipócritas
en la cultura griega eran los actores que se encargaban de asumir diversos
papeles artificiales en sus obras. Bueno, la fe sin hipocresía
es sin actuaciones, no artificial, es pura, transparente. Es una vivencia,
es vida. Padres, la trasmisión
de la fe es vida, nosotros no trasmitimos un contenido, trasmitimos lo
que somos. Los hijos verán en nosotros no lo que creemos, si no
lo que vivimos. Padre: echa mano de
la vida eterna. *** |