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El gozo de una mujer despreciada Todas
los sanidades que hizo el Señor son preciosas, pero hay una que
destaca entre todas. En ella se demuestra más que en otras su amor
y compasión. Cierta
vez estaba el Señor Jesús en una sinagoga judía un
día de reposo. Como era la costumbre, a un lado del salón
estaban los hombres, y al otro, las mujeres. El
Señor estaba allí enseñando la Palabra de Dios. De
pronto, su mirada se fijó en alguien que estaba en el sector de
las mujeres. Así que, interrumpió su enseñanza, y
dijo:
¡Eh, mujer! Tú ... ¡ven! La
mujer a quien señaló el Señor no pudo verlo de inmediato.
Tuvo que ser ayudada por su compañera de asiento. Y aun cuando
comprobó que se dirigía a ella, no podía creerlo.
¿Por qué a ella? ¿Y para qué? Era
una mujer muy especial. No por sus méritos, sino por sus sufrimientos:
tenía una seria enfermedad física, que le impedía
caminar erguida. Andaba encorvada y en ninguna manera se podía
enderezar. ¿Se imaginan lo que eso significaría para ella? Ella
tenía un solo panorama que ver todos los días: el suelo.
Para ella no existía cielo, ni pájaros volando, ni nubes
con aspecto de corderitos, ni una hermosa puesta de sol. Sólo veía
el suelo, las charcas en la calle después de una lluvia, los pies
de la gente, los perros callejeros. Tampoco podía ver el rostro
de las gentes cuando caminaba por la calle. ¡Y lo que es peor (qué
pena tener que decirlo), a veces debía sufrir las burlas de los
muchachos en las calles! Vivía
con una continua tristeza en su corazón. Desde que se había
enfermado, muchas veces había llorado delante de Dios para que
la sanara (o para que se la llevara), pero no había respuesta.
Aun en la sinagoga se sentía menospreciada. Por
eso, cuando Jesús la llamó, ella no podía creerlo.
Desde hacía 18 años, cuando se enfermó, sólo
había recibido desgracias, ¿qué bien podría
ahora sobrevenirle? Tímidamente
avanzó al frente de la sinagoga. El Señor la miró
con ojos compasivos, y sin preguntarle nada, ni comentar nada, le dijo:
Mujer, eres libre de tu enfermedad. ¿Libre
de la enfermedad? Para la mujer esas palabras sonaban como música
a sus oídos. Sin embargo, más que las palabras, lo más
maravilloso fue poder enderezarse. ¡Sí, se enderezó!
¡Y sin dolor, ni esfuerzo! ¡Ahora
podía mirar a los ojos de las personas! ¡Ah, qué distinto
y hermoso se veía todo desde esta nueva posición! ¡Y
sobre todo, qué maravillosa mirada la del Señor! Su
indignidad desapareció. Su corazón dio un vuelco hacia la
felicidad. Su alma halló reposo. Casi
no se dio cuenta del altercado que a continuación tuvo el Señor
con el jefe de la sinagoga por defenderla a ella, ¡tanto era su
gozo! Pero sí pudo percibir que Jesús no sólo la
sanó, sino que se expuso a la ira de esos hombres importantes por
causa de ella. ¿No era maravilloso? Ese
día conoció el amor de Dios, el inmerecido amor de Dios.
¡Qué
precioso es cuando un hombre, una mujer, y también cuando un niño
o una niña conocen el amor de Dios! Este amor se puede manifestar
de muchas maneras, no sólo en las sanidades y milagros. ¿Lo
conoces tú? Historia basada en Lucas 13:10-17 Con esta enseñanza Nuestro Señor Jesús nos demuestra su gran amor y poder para cambiar y mejorar nuestras vidas. No olvides nunca que el Señor conoce todas nuestras necesidades y sólo nos pide que creamos en él con todo nuestro corazón. El
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