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Tiempos peligrosos Alvaro Soto V. “También debes saber esto; que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. 2ª Timoteo 3:1 Durante
los últimos meses, nuestro país ha sido impactado por extraños
acontecimientos. Primero, una jovencita de 17 años se paseó
desnuda por las calles de Santiago de Chile. Después, se realizó
un desnudo masivo, con alrededor de 3000 participantes, también
en la capital. Hemos sido remecidos por tristes noticias: violaciones
y homicidios por parte del llamado psicópata de La Dehesa y por
el descubrimiento de una red de pedófilos que traficaban imágenes
pornográficas de niños por Internet. No
hay que ser muy inteligente para darse cuenta que la maldad del hombre
está llegando al cielo. Parece que nuestra sociedad
se asemeja cada día más a Sodoma y Gomorra, aunque en ciertos
aspectos, la corrupción actual supera a la vista en aquellas famosas
ciudades. Por
eso las palabras del apóstol Pablo a Timoteo se nos hacen tan familiares.
Han llegado los tiempos peligrosos: La corrupción,
la decadencia moral, el pecado desenfrenado. Es como un auto sin frenos
que va derecho a un precipicio. A
pesar de este desolador panorama, los hijos de Dios, somos privilegiados.
El mundo está ciego, pero nosotros tenemos la luz de Dios dentro.
El mundo no sabe lo que está pasando. Nosotros sabemos que la segunda
venida del Señor Jesucristo está muy cerca, mejor dicho,
es inminente. El
apóstol Pablo, advirtiendo sobre la llegada de los tiempos peligrosos,
nos recuerda que sólo lo que es de Dios es firme y seguro. Pero
el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el
Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo
aquel que invoca el nombre de Cristo (2ª Timoteo 2:19). Tenemos
seguridad en Dios. Él nos conoce. Él ha puesto su Espíritu
dentro de nosotros para guiarnos a toda verdad. Pero esto es sólo
la primera parte del versículo: Hay algo que nos corresponde hacer
a nosotros. Tenemos que apartarnos de la iniquidad, es decir, del pecado,
de la maldad. Más aun, debemos aborrecer el pecado así como
Dios lo aborrece. Hay
muchos malos ejemplos de jóvenes que han jugado con el pecado,
como niños ingenuos que juegan con el fuego hasta que se queman.
A veces, el dolor de una quemadura pasa rápido pero la cicatriz
queda para siempre. Lo mismo acontece con el pecado. Dios perdona, la
iglesia perdona, los padres perdonan, pero las consecuencias pueden quedar
para siempre. Seamos sobrios, amemos al Señor, no juguemos con el pecado y Él nos librará del fuego de prueba que ha de venir sobre el mundo. Vivimos tiempos peligrosos, pero el fundamento de Dios está firme. Todo se desmorona, pero lo que es Dios permanece para siempre. “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”. (2ª Timoteo 2:22). Huye de las pasiones juveniles Rolly Hermosilla M. Huir,
desde siempre, ha sido considerado como un signo de cobardía. Huir
de peligros o de situaciones y personas desagradables, es común
o normal, y a la vez, relativamente fácil. Pero, huir de personas
o situaciones que nos son agradables, tales como: un momento de intimidad
con tu pareja, una película con escenas eróticas o páginas
pornográficas en Internet, etc., es sumamente difícil para
el común de las personas, y además parece como anormal. Un
creyente debe ser VALIENTE para huir de las pasiones juveniles. Pues sólo
un valiente nada contra la corriente de este mundo. En
la Biblia, el Señor nos muestra varios ejemplos de siervos que
huyeron en vez de enfrentar algunas situaciones. Uno de ellos
fue José, el hijo de Jacob, quien, estando en Egipto fue tentado
sexualmente, en forma continua, por la esposa de Potifar, su amo. José,
por amor a Dios, prefirió ser avergonzado antes que pecar: «...entonces
él dejó sus ropas en las manos de ella, y huyó y
salió» (Génesis 39:12). El
mismo Señor Jesús huía de los judíos cuando
aún no era su tiempo (Marcos 11:18-19). No
podemos decir, por ningún motivo, que José o que el mismo
Jesús eran cobardes, al contrario, fueron más valientes
que ninguno. Esta
valentía, no sólo es privilegio de los grandes hombres de
la Biblia, sino que también la tiene todo aquel que tiene a Cristo.
« Porque no nos ha dado Dios Espíritu de cobardía,
sino de poder, de amor y de dominio propio» (2ª Timoteo 1:7). ¡Tomémonos de esa valentía y huyamos de las pasiones juveniles! Enfrentando la pérdida de un ser querido Rodrigo Calderón U. El
tema de la muerte nos toca a todos, de manera cercana o lejana. Nos evoca
muchas emociones, que pueden ser muy distintas, variadas y confusas. Casi
todos los servicios que se ofrecen en la sociedad tienden a hacer la vida
agradable, cómoda, segura, confortable. Entonces, el aproximarnos
a la muerte, es acercarnos a algo que nos es desagradable. Por este motivo
es que cuando tenemos que enfrentar el duelo, lo evadimos. Sin
embargo, el duelo es algo tan natural como llorar cuando te lastimas,
dormir cuando estás cansado, comer cuando tienes hambre. Es la
manera como Dios sana un corazón herido. El
duelo es la reacción de dolor ante cualquier pérdida. Se
dice que la vida está llena de grandes y pequeñas pérdidas.
El dolor es un proceso y un trabajo, es más que una emoción.
Es un proceso porque implica tiempo, y pasa por distintas fases. El duelo
requiere de elaboración, no es algo automático. También
es un trabajo porque requiere esfuerzo, es decir, asumir día a
día el dolor, especialmente cuando es una pérdida importante,
cuando había un vínculo estrecho. En este caso, es más
difícil enfrentarlo porque requiere de un trabajo emocional. El
duelo implica posibilidades y riesgos. Riesgo en nuestra salud mental,
cuando nos deprimimos, cuando hay crisis en el hogar. Pero también
una posibilidad para que Dios haga algo hermoso en nuestra vida. El dolor
nos capacita, nos hace crecer, nos prepara para enfrentar otras cosas
con más madurez. En lenguaje bíblico, nos impulsa a ensanchar
el sitio de nuestra tienda (Isaías 54:1-2). Suele
ocurrir que la muerte se asocie con la culpa. Cuando fallece un ser querido,
podemos culparnos, pensando que no lo hicimos bien, que algo más
pudimos haber hecho por esta persona. Frente a esto, el Señor es
poderoso para guardar nuestro corazón. Enfrentar
el duelo, sirve para aceptar la pérdida, para expresar sentimientos,
identificarlos, comprenderlos e integrarlos. De esta forma no nos quedamos
con culpa, penas ni rabias. Experimentar
la pena y el dolor permite que nuestro corazón sea restaurado,
para que después estemos en condiciones de abrirlo y amar tan intensamente
como antes, pero más profundamente. Permitamos que nuestro corazón
sea sanado por el Espíritu Santo. A
veces, no estamos dispuestos a dejar partir al ser amado. Nos apegamos
tanto que no permitimos que el dolor se vaya. Consideremos la vida de
José, que fue vendido por sus hermanos. Ellos dijeron a su padre
que había muerto. Jacob sufrió mucho esta pérdida
y le costó mucho superar su dolor. Por el contrario, José
sanó mucho más rápido, se decidió a ser feliz,
no permitiendo que el dolor lo apartara del camino que Dios le había
preparado. A veces una persona puede pasar muchos años sin permitirse
dejar
ir al ser querido, y eso, no es parte de un duelo normal. El
aislarse por mucho tiempo, es como decir, estoy yo y mi dolor.
Es como caer en un estado de victimización. Hay veces
en que las personas tienden a aislarse, especialmente cuando están
deprimidas. Pero, si se aíslan por mucho tiempo, y cortan todas
sus relaciones, no enfrentan el duelo de una manera sana. Jesús no es ajeno al dolor. Jesús no sólo es el Hijo de Dios, también fue Hijo del Hombre. Sufrió y conoce perfectamente nuestros dolores y pérdidas. Cuando un joven tiene a Jesús en su corazón, y sufre alguna pérdida, puede decir confiadamente: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tu estarás conmigo, tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Salmos 23:4). Tu amor Tu
amor, ancho, alto, profundo, eterno, Mi
Señor pagó un precio cruel A
todo yo renuncio Satanás,
el mundo y la carne Watchman
Nee (traducción libre)
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“Venid, aclamemos alegremente a Jehová; Cantemos con júbilo a la roca de nuestra Salvación. (Salmo 95:1). Más allá de los fundamentos Andrew Webb Este
es un mensaje de aliento para todos los jóvenes en la Iglesia:
un llamado a gozarnos en las riquezas que tenemos en Cristo Jesús,
en la obra que Él está haciendo en nuestras vidas y en la
revelación que tenemos a través de su Palabra preciosa.
Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!
(Filipenses 4:4) Muchos
de los hombres de Dios en el Antiguo Testamento recibieron revelación
de Dios como nuestra Roca. Moisés, David e Isaías se refirieron
directamente a Dios por este nombre, porque supieron de su fidelidad y
de estar seguros en Él, no sólo en su fe sino en sus experiencias
de cada día. Sin
embargo, había una revelación más grande que se cumpliría
en Jesucristo. ¡Una revelación en la que hoy tenemos la honra
de participar! No obstante, Jesús primeramente llama nuestra atención
al mismo rasgo revelado a Moisés, David e Isaías. Al
terminar su Sermón del Monte, Jesús habla de algo parecido
a un cuento de niños: de un hombre construyendo una casa. Sin embargo,
encontramos en este cuento el contenido principal y más
profundo de todo el Sermón del Monte: que si no ponemos en práctica
todo lo que Jesús ha dicho, no servirá de nada. Pero
cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé
a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena...
(Mateo 7:26). Pero,
éste no es un mensaje para aquellos que están construyendo
sobre la arena, sino para el hombre prudente, que edificó
su casa sobre la roca. Notemos que Jesús no dice una roca,
sino la roca. Esta es la misma roca de la que hablaron Moisés,
David e Isaías: ¡el eterno e inmutable Dios de Israel! Si
tenemos a Dios como nuestro fundamento, nunca seremos conmovidos por este
mundo, ni por el pecado, ni por los ataques de Satanás, que son
representados en el pasaje por la lluvia, los ríos, los vientos,
y en Lucas 6, por la inundación. Sin
embargo, es importante notar que Jesús no dice si descienden las
lluvias y si los ríos vienen, sino descendió la lluvia y
vinieron los ríos, porque si fuera de otra manera, podríamos
construir sobre la arena. ¡No! Necesitamos poner nuestros fundamentos
sobre Dios. Lucas también dice que el hombre prudente,Cavó
y ahondó (Lucas 6:48) para poner el fundamento. Entonces,
también necesitamos tomar las enseñanzas de Cristo, guardarlas
en nuestros corazones, y ponerlas en práctica para que podamos
resistir el ataque que vendrá. Jesús
no sólo habló de Dios como la Roca, sino que ¡Él
mismo era la manifestación y el cumplimiento de esta revelación!
Para entender este concepto, tenemos que ir más allá de
los fundamentos. En Mateo 7:25, dice, Descendió lluvia, y
vinieron ríos y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa;
y no cayó. Entonces Jesús no sólo está
hablando de poner fundamentos, sino de construir casas. Cuando
alguien empieza a construir una casa, para poner los fundamentos, tiene
que poner una piedra angular, a fin de que las otras piedras estén
alineadas y puestas derecho. Así, todas las otras piedras estarán
modeladas y cinceladas hasta que se asemejan a la piedra angular. El Señor
habló de esto a través de su profeta Isaías diciendo,
He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra,
piedra probada, angular, preciosa de cimiento estable; el que creyere,
no se apresure. Y ajustaré el juicio a cordel, y a nivel la justicia.
(Isaías 28:16) Esta
enseñanza contiene una verdad gloriosa, y una aplicación
para el individuo y la iglesia, para la construcción de nuestra
propia fe y nuestro lugar en el cuerpo, del cual ¡Cristo es el fundamento
y la cabeza!. ¡Gloria al Señor!. Él es la imagen
del Dios invisible, y nosotros somos transformados, de gloria
en gloria, en la misma imagen. Sin Cristo, sólo habrían
fundamentos vacíos, pero por medio de su redención, estamos
siendo transformados en una ciudad santa. Tenemos un Dios que es fiel
e inmutable por los siglos. Nuestro Señor es la Roca, pero también,
¡estamos siendo transformados en un templo viviente de Dios, individual
y colectivamente! ¡Qué maravilloso y hermoso es nuestro Señor Jesucristo! Él es nuestra piedra angular, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, entonces, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual (1 Pedro 2:4-5). Gocémonos entonces en el Señor, nuestra Roca, en Él nunca seremos conmovidos, y en la revelación completa de su Hijo, la Piedra Viva, quien ¡está transformándonos a su semejanza! Testimonios Queridos
hermanos en Cristo: ***
*** *** *** Más allá Oh
Señor, llévanos más allá. Llévanos
a tu monte santo Queremos
llevar tu estandarte más arriba Señor,
llévanos más allá Más
allá, más allá Alvaro Soto V. |
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"Maté a mi bebé" «I
Killed My Baby!» INOCENCIA
PERDIDA Cuando
ingresé a la universidad, aún no sabía de besos,
novios y esas cosas. Una noche, durante una fiesta, me gustó mucho
un muchacho, y yo también le gusté. Nos quedamos solos,
nos besamos. Al ver que todo iba muy rápido, le dije que no quería
tener relaciones sexuales, pero él no me quiso oír, y yo,
por miedo, vergüenza o no sé por qué, no pude escapar
de la situación. Yo
guardaba mi virginidad como un regalo para mi futuro esposo, y la perdí,
en una noche que marcó mi vida. Me
sentí sucia, usada, ya que desde esa noche nunca más supe
de ese muchacho. Me culpaba a diario por no evitar lo que pasó,
y fue tanto el dolor, que creí que mi vida estaría manchada
para siempre, y que el pasado no tenía remedio. Lo más fácil
fue esconder mis culpas en el fondo de mi ser, y largarme a vivir sin
freno la vida. Comencé
a faltar a la universidad, iba de fiesta en fiesta, me embriagaba, tenía
sexo con cualquier hombre, sin importarme mis antiguas reglas. Mi vida
giraba fuera de control. Después
de un tiempo de desenfreno, conocí a Roberto y comencé una
relación semi-estable con él. Realmente él me gustaba.
Durante tres meses fue mi única pareja, hasta que en una fiesta
en la cual no estaba Roberto, me emborraché y dormí con
un tipo que nunca supe quién fue. Decidí
no contarle nada a Roberto, pero a las pocas semanas y luego de unos cuantos
tests de embarazo, mi vida se marcaba otra vez. Estaba esperando un bebé
sin saber quién era el padre. EL
DIA QUE QUIERO OLVIDAR Cuando llamé a la clínica, me dieron cita para dos semanas después. Fueron las peores semanas de mi vida. Durante las noches lloraba y le pedía perdón al bebé por lo que haría. Pero sabía que no podía hacerme responsable de un hijo. Mis padres morirían de vergüenza. Finalmente, aborté el 17 de abril de 1998, a las ocho semanas de embarazo. NECESITO
AYUDA Me
costó mucho recuperarme. Todo me recordaba al bebé, lloraba
todo el tiempo. Me enojé con Roberto y hasta con el médico
por no advertirme del dolor que sentiría después del aborto.
Parecía un fantasma, ya no me reconocía. Mi conciencia me
recriminaba, ¿en qué me había convertido?. Realmente
necesitaba ayuda. En
el directorio telefónico encontré una Consejería
Cristiana, no me importaba quiénes eran, ya que era gratis. Mi
vida necesitaba urgentemente un cambio. Durante
una sesión, mi consejero me dijo que Jesús me amaba, pero
yo no entendía, ¿cómo podía amarme si yo cometí
semejante barbaridad? El consejero me contactó luego con un grupo de apoyo para mujeres que habían abortado. Olga, quien lideraba el grupo, nos contó que estando en la universidad se sometió a un aborto, pero que ahora estaba casada y tenía dos hijos. Ella me contó que Dios cambió su vida, dándole paz y gozo. Yo necesitaba eso para mí. SORPRENDIDA
POR SU GRACIA Comenzamos
a estudiar la Biblia, pero era difícil entenderla. Seguí
asistiendo y escuchando que Dios había enviado a su hijo Jesús
a la tierra a morir por nuestros pecados, y que nosotros debíamos
recibir a Cristo en nuestro corazón y aceptar su perdón. Lo
que más me costó fue perdonarme a mí misma, por eso
es que después de un tiempo volví a vivir con Roberto. No
estaba lista para entregarle mi vida a Jesús. Pero
esta vez no soporté el vivir en ese ambiente, algo me decía
que ese no era mi lugar y que había algo mejor para mí. Terminé
mi relación con Roberto, y decidí que quería el amor
de Cristo en mi vida, así es que, le pedí a Jesús
que entrara a mi corazón. Hoy
me siento perdonada, y también me perdoné a mí misma.
Ahora que estoy en Cristo las cosas viejas pasaron y soy nueva criatura. Le doy gracias a Dios por perdonarme y por mostrarme su amor a través de tan dura experiencia. EQUIPO
DE REDACCIÓN:
Alvaro Soto V. · Andrew Webb · Bernardo Hermosilla M. · Rodrigo Calderón
U. Suplemento
"BOCETOS" en versión PDF (Acrobat Reader). |
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