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Para meditar Hay
una tensión continua entre la fe y la vista. Nuestra vieja naturaleza
se acomoda al mundo de los sentidos y nos demanda el ver.
Como cristianos debemos cultivar la nueva naturaleza que está dispuesta
a confiar en Dios y en su Palabra. ¡Sin demandar ninguna otra evidencia! Uno
necesita todo lo suyo. Nadie puede descartar una parte de su ser. Sin
embargo, he visto cristianos que hacen tonterías y todavía
tienen la audacia de decir: Dios me dijo que lo hiciera. Siguen
sueños tontos, se afligen con sentimientos de condenación,
o llegan al borde de un colapso nervioso: todo por el afán de cambiar
la vida misma. Arrojan al viento las mismas cualidades que hacen de ellos
lo que son y se convierten en cascos vacíos, incapaces de maniobrar. Una
de las razones de nuestra sensación de futilidad en la oración
es que hemos perdido capacidad de contemplación. No podemos imaginarnos
poniéndonos deliberadamente delante de Dios. Es más importante
ser pan roto y vino derramado en el área de la intercesión
que en nuestro contacto personal con otros. La capacidad contemplativa
es lo que Dios le da a un santo para que pueda ir más allá
de sí mismo y quedar firmemente situado en relaciones que nunca
había experimentado. Dos
elementos químicos que en sí mismos son muy suaves e inocuos,
con frecuencia tienen energía prodigiosa, al ser combinados. Así
sucede con el amor y la verdad. Los que predican el amor solamente son
con frecuencia los más débiles y menos efectivos testigos
de Cristo. Los que predican sólo la verdad, con frecuencia demuestran
la debilidad de una ortodoxia sin alma. Pero la verdad en amor es vital,
penetrante, y tiene la fuerza dinámica que buscamos. Los
ministros deben distribuir la palabra rectamente, y andar también
rectamente en su vida, y unificar así su vida y su enseñanza.
Si carecen de santidad los embajadores, deshonran al país de donde
vienen y al Príncipe de parte de quien vienen. Usted
no puede deshacerse de sus propias dificultades, a menos que lleve sobre
sí las dificultades de otros. Cuando usted se halle oprimido por
la melancolía, la mejor manera de escapar consiste en hallar algo
que usted pueda hacer a favor de otra persona. Cuando usted rescata a
un hombre de la aflicción, el hueco que queda es la tumba donde
usted entierra sus propias aflicciones. Salga usted todos los días
y haga algo que nadie haría, sino un cristiano. No pasará
mucho tiempo sin que usted olvide sus propias dificultades. En
el Nuevo Testamento, los mandamientos de Cristo ocupan un lugar de importancia
que no tienen en el pensamiento evangélico corriente. Actualmente,
muchos maestros influyentes de la Biblia consideran legalista la idea
de que nuestra relación con Cristo se revela mediante nuestra actitud
hacia sus mandamientos; y las palabras de nuestro Señor se rechazan
directamente, o se interpretan de una manera en que se puedan conformar
a las teorías religiosas aparentemente basadas en las epístolas
de Pablo. *** |