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Un padre afortunado Cierta
vez vino al Señor Jesús un hombre muy importante. Sus ropas
y su porte eran distinguidos. Sin embargo, su rostro revelaba un profundo
dolor. Tanto era así, que cuando vio al Señor, se postró
a sus pies, y le dijo:
Mi hija se está muriendo; ven a poner tus manos sobre ella, para
que sane y viva. El Señor
en ese momento parecía concentrado, y se quedó mirándolo
como si no le hubiese escuchado. El dolor de muchos estaba en su corazón.
Entonces el hombre que se llamaba Jairo volvió a decirle,
con lágrimas, las mismas palabras. Entonces
el Señor Jesús fue con él. La gente, que escuchó
hablar a Jairo, quiso ir para ver qué sucedería, y siguió
al Señor, apretujándole por todos lados. A Jairo le parecía
que la multitud molestaba al Señor, al impedirle caminar más
rápido. En su mente sólo estaba la imagen de su querida
hija, su única hija, que apenas respiraba en su camita. De pronto,
en medio del camino, el Señor detiene y habla con una mujer que,
al parecer, le ha tocado y ha quedado sana. Se arma un nuevo tumulto.
Pero Jairo apenas oye. Todo lo que siente es el dolor por la demora. Precisamente
en ese momento ocurre lo que Jairo temía. Por entre la multitud
se acercan unos amigos y le dicen:
Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas más al Maestro? El Señor
Jesús, que había oído estas palabras, le dice a Jairo:
No tengas miedo; cree solamente. La multitud,
al oír estas palabras se llenó de expectación. ¿Qué
haría Jesús? ¿Podría ayudar a ese hombre atribulado? Pero,
sorpresivamente, el Señor despidió a la multitud, y mandó
que le acompañasen sólo tres de sus discípulos: Pedro,
Jacobo y Juan. Al llegar
a la casa, vieron que la familia estaba desesperada. Incluso las vecinas
habían venido para llorar con la madre. El Señor entró,
y dijo:
¿Por qué hacen tanto ruido y lloran de esa manera? La niña
no está muerta, sino duerme. Por supuesto,
estas palabras les parecieron una burla a esa gente, y se rieron del Señor.
Sin embargo, él no se estaba burlando de ellos. El estaba simplemente
expresando su confianza. Entonces,
el Señor hizo salir a todos, excepto al padre y a la madre de la
niña, y a sus tres discípulos, y entró a la pieza
donde estaba la hija, y tomándola de la mano, le dijo:
Talita cumi (que significa Muchacha, a ti te digo, levántate). Al momento,
la niña, que tenía doce años, se levantó y
pudo caminar. Salió hacia donde estaba la gente, ¡Todos estaban
admirados! Los padres, luego de reponerse de su asombro, la besaban y
abrazaban, y se postraron a los pies del Señor, para adorarle. Jairo
había oído de los milagros del Señor, pero nunca
había prestado verdadera atención. Sin embargo ahora, cuando
su hija necesitó un milagro del Señor, el Señor lo
hizo. ¿Cómo no iba a alegrarse? ¿Cómo no iba
a creer en él con todo su corazón? El Señor Jesús aún hoy sigue estando muy atento a las necesidades de los hombres, y desde su trono de gloria, escucha las oraciones que se le dirigen con fe. (Marcos 5:22-42) Preguntas que los niños suelen hacer Me cuesta obedecer a mis padres... ¿Qué debo hacer? La desobediencia es
un gran problema para un niño (y también para un adulto). Cuando Dios hizo a
Adán le dijo que no comiera de cierto árbol. Tú sabes cuál
fue la respuesta de Adán. ¡El comió exactamente de
ese árbol! ¿Terrible, no? Todos los que descendemos
de Adán tenemos un gran problema: ¡¡¡Nos cuesta
obedecer!!! Así que lo que a ti te sucede no es extraño.
Y Dios lo sabe. Bueno, pero ¿qué
solución hay para esto? ¿Sabes? Dios
nos ha dado la solución. Tú sabes que
el Hijo de Dios nació como hombre: se llamó Jesús.
Él vino para hacer lo que Adán no pudo. Jesús vino
para corregir el mal que Adán nos transmitió a todos. Vino
para obedecer en todo. Jesús fue perfectamente obediente al Padre. ¿Y sabes? Jesús
vino para vivir dentro de nuestro corazón. Cuando Él está
dentro de nuestro corazón, todo lo que es suyo pasa a ser nuestro. Así que, no
sólo somos descendientes de Adán, el desobediente. Sino
que también tenemos a Jesús, el Obediente. ¿Qué
haremos cuando no podemos obedecer? ¡Simplemente
esto! Diremos: ¡Señor
Jesús, tú eres obediente, y tú vives en mi corazón;
por tanto, yo también obedezco, en tu Nombre! Si confías
en el Señor Jesús, no sólo podrás obedecer
a tus padres, sino también a tus profesores, y a todos los que
el Señor ha puesto sobre ti. ¡Gracias a Dios, por su ayuda! ¡Gracias a Dios por su amado Hijo que vive dentro de nosotros! El
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