.Una revista para todo cristiano · Nº 15 · Mayo - Junio 2002
PORTADA

"Tesoros" · Suplemento Infantil
Para niños que aman a Jesús

Un padre afortunado

Cierta vez vino al Señor Jesús un hombre muy importante. Sus ropas y su porte eran distinguidos. Sin embargo, su rostro revelaba un profundo dolor. Tanto era así, que cuando vio al Señor, se postró a sus pies, y le dijo:

— Mi hija se está muriendo; ven a poner tus manos sobre ella, para que sane y viva.

El Señor en ese momento parecía concentrado, y se quedó mirándolo como si no le hubiese escuchado. El dolor de muchos estaba en su corazón. Entonces el hombre –que se llamaba Jairo– volvió a decirle, con lágrimas, las mismas palabras.

Entonces el Señor Jesús fue con él. La gente, que escuchó hablar a Jairo, quiso ir para ver qué sucedería, y siguió al Señor, apretujándole por todos lados. A Jairo le parecía que la multitud molestaba al Señor, al impedirle caminar más rápido. En su mente sólo estaba la imagen de su querida hija, su única hija, que apenas respiraba en su camita.

De pronto, en medio del camino, el Señor detiene y habla con una mujer que, al parecer, le ha tocado y ha quedado sana. Se arma un nuevo tumulto. Pero Jairo apenas oye. Todo lo que siente es el dolor por la demora.

Precisamente en ese momento ocurre lo que Jairo temía. Por entre la multitud se acercan unos amigos y le dicen:

— Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas más al Maestro?

El Señor Jesús, que había oído estas palabras, le dice a Jairo:

— No tengas miedo; cree solamente.

La multitud, al oír estas palabras se llenó de expectación. ¿Qué haría Jesús? ¿Podría ayudar a ese hombre atribulado?

Pero, sorpresivamente, el Señor despidió a la multitud, y mandó que le acompañasen sólo tres de sus discípulos: Pedro, Jacobo y Juan.

Al llegar a la casa, vieron que la familia estaba desesperada. Incluso las vecinas habían venido para llorar con la madre. El Señor entró, y dijo:

— ¿Por qué hacen tanto ruido y lloran de esa manera? La niña no está muerta, sino duerme.

Por supuesto, estas palabras les parecieron una burla a esa gente, y se rieron del Señor. Sin embargo, él no se estaba burlando de ellos. El estaba simplemente expresando su confianza.

Entonces, el Señor hizo salir a todos, excepto al padre y a la madre de la niña, y a sus tres discípulos, y entró a la pieza donde estaba la hija, y tomándola de la mano, le dijo:

— Talita cumi (que significa “Muchacha, a ti te digo, levántate”).

Al momento, la niña, que tenía doce años, se levantó y pudo caminar. Salió hacia donde estaba la gente, ¡Todos estaban admirados! Los padres, luego de reponerse de su asombro, la besaban y abrazaban, y se postraron a los pies del Señor, para adorarle.

Jairo había oído de los milagros del Señor, pero nunca había prestado verdadera atención. Sin embargo ahora, cuando su hija necesitó un milagro del Señor, el Señor lo hizo. ¿Cómo no iba a alegrarse? ¿Cómo no iba a creer en él con todo su corazón?

El Señor Jesús aún hoy sigue estando muy atento a las necesidades de los hombres, y desde su trono de gloria, escucha las oraciones que se le dirigen con fe.

(Marcos 5:22-42)


Preguntas que los niños suelen hacer

Me cuesta obedecer a mis padres... ¿Qué debo hacer?

La desobediencia es un gran problema para un niño (y también para un adulto).

Cuando Dios hizo a Adán le dijo que no comiera de cierto árbol.

Tú sabes cuál fue la respuesta de Adán. ¡El comió exactamente de ese árbol! ¿Terrible, no?

Todos los que descendemos de Adán tenemos un gran problema: ¡¡¡Nos cuesta obedecer!!! Así que lo que a ti te sucede no es extraño. Y Dios lo sabe.

Bueno, pero ¿qué solución hay para esto?

¿Sabes? Dios nos ha dado la solución.

Tú sabes que el Hijo de Dios nació como hombre: se llamó Jesús. Él vino para hacer lo que Adán no pudo.

Jesús vino para corregir el mal que Adán nos transmitió a todos. Vino para obedecer en todo. Jesús fue perfectamente obediente al Padre.

¿Y sabes? Jesús vino para vivir dentro de nuestro corazón. Cuando Él está dentro de nuestro corazón, todo lo que es suyo pasa a ser nuestro.

Así que, no sólo somos descendientes de Adán, el desobediente. Sino que también tenemos a Jesús, el Obediente.

¿Qué haremos cuando no podemos obedecer?

¡Simplemente esto! Diremos:

¡Señor Jesús, tú eres obediente, y tú vives en mi corazón; por tanto, yo también obedezco, en tu Nombre!

Si confías en el Señor Jesús, no sólo podrás obedecer a tus padres, sino también a tus profesores, y a todos los que el Señor ha puesto sobre ti.

¡Gracias a Dios, por su ayuda! ¡Gracias a Dios por su amado Hijo que vive dentro de nosotros!


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