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Recortes
de la WEB
El náufrago El único
sobreviviente de un naufragio llegó a la playa de una diminuta
y deshabitada isla. Pidió fervien-temente a Dios ser rescatado,
y cada día escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero
no parecía llegar. La otra orilla ¿Por qué miras siempre hacia el otro lado? ¿Por qué piensas siempre que los otros, amigos, conocidos y vecinos, son más dichosos, y dices con ligereza: a los otros les va mucho mejor, y yo, que doy lo mejor de mí, no llego a nada? La otra orilla siempre es más bella. Yace muy lejos. Como petrificado, miras fijamente hacia la bella claridad. Jamás tuviste en cuenta que también los de la otra orilla te observan y piensan que posees mucha más felicidad, pues ellos sólo ven tu parte agradable. No conocen tus pequeñas y grandes preocupaciones. La felicidad no está en la otra orilla... ¡está en tu forma de ver tu orilla! Aprecia la orilla donde Dios te puso, y no creas que la otra es la mejor, pues Dios te puso donde debes estar. No cortes un árbol en invierno Recuerdo que un invierno
mi padre necesitaba leña, así que busqué un árbol
muerto y lo corté. Pero luego, en la primavera, vi, desolado, que
al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos. Mi padre entonces
dijo: Yo estaba seguro
de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las
hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las ramas se
quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una
pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en
aquel tronco. Y volviéndose
hacia mí, me aconsejó: Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más importantes decisiones cuando estás en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá. Sólo una huella Una noche, un hombre
soñó que caminaba por la playa junto al Señor. En
el cielo se veían reflejadas escenas de su vida. Ante cada escena
veía en la arena dos pares de huellas: las de él y las del
Señor. Luego de que pasara ante él la última escena
de su sueño, se volvió a mirar las huellas en la arena.
Notó que en muchas ocasiones, a lo largo de su vida, sólo
había un par de pisadas. Se dio cuenta de que había sucedido
en los momentos más tristes y oscuros de su vida. Aquello lo turbó
mucho, y le inquirió al Señor: Señor,
dijiste que una vez que decidiera seguirte, caminarías conmigo
hasta el final. Sin embargo, he notado que en los momentos más
difíciles de mi vida sólo se ve las huellas de dos pies.
No entiendo por qué me abandonabas cuando más te necesitaba.
El Señor le
respondió: Hijo, mi hijito querido; yo te amo y jamás te abandonaría. En tus momentos de prueba y sufrimiento, cuando viste que sólo había dos pisadas, era porque yo te llevaba en mis brazos. *** |