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Recompensas El ser
humano suele actuar motivado por un interés personal. ¿Qué
provecho puedo sacar de esto? se pregunta permanentemente,
y según el provecho que piensa obtener de algo, así actúa.
Esto, que pudiera parecer reprobable, no lo es tanto, porque uno tiene
que vivir con provecho, y no derrochando. Aun más, el mismo Señor
Jesús, en su Sermón del Monte, tocó el asunto de
las recompensas. En el
capítulo 6 de Mateo encontramos varias veces esta palabra. Allí
el Señor está hablando acerca de las obras de justicia (obras
justas) que realizan los hijos de Dios, y menciona tres de ellas: la limosna,
la oración y el ayuno. El Señor
enseña aquí que al realizar estas obras justas, es importante
la motivación con que se hacen, qué clase de recompensa
se busca al realizarlas. Hay dos
clases de recompensas: la que viene de los hombres y la que viene de Dios.
La recompensa que viene de los hombres se recibe cuando la buena obra
se realiza y se exhibe ante los hombres, es decir, públicamente.
La recompensa que viene de Dios, en cambio, se recibe cuando la buena
obra se realiza en secreto, delante de Dios. La recompensa
de los hombres consiste en ser vistos y alabados por ellos. En el mismo
momento que uno es visto y alabado realizando una buena acción,
ya está recibiendo la recompensa. (La expresión ya
tienen su recompensa, del v.2, 5, y 16 significa ya están
recibiendo su recompensa). La recompensa se agota en el mismo momento
en que se realiza la acción justa. La que
viene de Dios consiste, sin embargo, en un reconocimiento público
que ocurre en algún momento después de que ha concluido
la obra justa. No inmediatamente, sino después. No se trata tampoco
de recibirla en el Tribunal de Cristo, más allá de nuestra
vida terrena, sino en una recompensa pública aquí, pero
más tarde. ¿Cómo ocurre esto? No lo sabemos. Es un
resorte de Dios, y ocurre a la manera de Dios. Pero sabemos que, en algún
momento determinado (que no se busca) el cristiano se sabe honrado por
Dios en público, y en ese momento recibe un gozo y una paz sobrenaturales:
ahí está la recompensa. ¿Qué
nos debe enseñar esto? Que debemos andar delante de Dios, y no
delante de los hombres. Que debemos buscar la gloria de Dios y no la de
los hombres (Juan 5:44). Que tenemos que andar por fe, y no por vista
(2ª Cor.5:7). Un joven que es justo delante de Dios y para Dios, será un joven muy afortunado. Humillaos El Señor Jesucristo
quiere utilizarnos, pero sólo podrá hacerlo cuando comprendamos
que nada hay en nosotros que pueda servirle. Cuánto tiempo hemos
vivido tratando de servir al Señor en lo que nosotros creemos que
es servir al Señor, en lo que nosotros consideramos que el Señor
quiere, pero si nuestra carne no muere, el frasco de alabastro no se quebranta
y el Señor que es el grato perfume interior no puede
salir. Humillaos, dice el Señor. Humillaos parece ser la clave para que Él sea exaltado. Cuando creamos que somos humildes, entonces comencemos a preocuparnos. Un hombre o una mujer de Dios no tienen tan buen concepto de sí mismos, pues han visto la santidad y hermosura de su Señor y, por ende, también han visto su propia falta, su precariedad. ¿Nos consideramos simpáticos, bonitos, amorosos, tiernos, etc.? Miremos al Señor y veamos nuestras virtudes comparadas con las del Señor; de seguro que las nuestras son como un trapo de inmundicia. El mayor ejemplo El Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, eterno, todopoderoso, magnífico, incomparable. Sin embargo, Él fue la persona más humilde que ha pisado la tierra. En el evangelio de Juan cap.13 del versículo 3-5 dice: Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Realmente, este es un símbolo de humildad tremendo. El Señor, o sea EL SEÑOR de todo el universo y de todo lo creado, lavó los pies (muy sucios por las tierras polvorientas y por el uso de sandalias) de todos sus discípulos. En el versículo
3 lo que se quiere destacar es: Sabiendo Jesús que el Padre
le había dado todas las cosas en las manos, y que había
salido de Dios y a Dios iba... O sea, por favor, entendamos que
Él es el DUEÑO ABSOLUTO DE TODO y más encima Él
SABÍA que VENÍA DE DIOS Y SE DIRIGÍA A DIOS. ¿Hay
aquí alguna inseguridad, algún temor, algún mínimo
espacio para la duda? No, terminantemente, no. Él sabía.
Ni siquiera dice que estaba súper convencido; dice
Él sabía, simplemente. No necesitaba más. Por eso
el Señor pudo humillarse, porque Él sabía que lo
tenía todo en sus manos. ¿Lo perdería acaso por lavar
los pies a sus discípulos? ¿Perdería algo de su dignidad
y su nobleza por realizar esta acción digna de un sirviente? NO;
el Señor sigue siendo el mismo. Pero ¿nosotros? ¿Por qué nos cuesta tanto humillarnos? ¿Por qué no queremos perder nuestra dignidad, nuestro nombre, nuestro status, o aquello a lo que nos estamos aferrando? ¿No dice el Señor que el que pierda su vida, la ganará y el que gana su vida la perderá? Si no perdemos nuestra dignidad el Señor no nos puede dar de Su dignidad. Es lo mismo que al recibir nuestra salvación: si no queremos perder nuestra justicia propia no podemos recibir la justicia de Dios. Nos espera el mismo
fin ¿No somos acaso
nosotros hijos de Dios? ¿No somos acaso justos y santos por medio
de la salvación que es en Cristo? ¿No ha ido el Señor
al cielo a preparar morada para nosotros, para que nos sentemos en los
lugares celestiales y con Él reinemos? Y una cosa muy importante
... ¿no vamos nosotros, al igual que Jesús, al Padre? ¿No
es acaso lo que nos espera algo glorioso? AMÉN, HERMANO, SÍ
A TODO. Y viendo esto, ¿todavía nos cuesta humillarnos en
este mundo, si tenemos tan glorioso fin, y súper asegurado más
encima? Si vemos con los ojos del Señor, entonces dejaremos de luchar nosotros por humillarnos. Si nos tomamos de la humildad de Cristo, si nos tomamos de esta revelación gloriosa y dejamos a Cristo actuar, entonces podremos servirle en espíritu. Su hermosura y
nuestra pequeñez Cuando nos aburramos
de nosotros mismos, cuando nos cansemos de nuestra torpeza, de nuestras
ganas de agradar, de nuestras buenas intenciones, y de nuestro repetidos
fracasos, no nos entristezcamos, sino gloriémonos en nuestras debilidades,
porque nuestro amado Señor nos ha mostrado su hermosura y nuestra
pequeñez. Darse cuenta de esto es primordial para tener un corazón
contrito y humillado delante del Señor y para poder sujetar nuestra
carne a nuestro espíritu. Amado joven, si nos
estamos dando cuenta de nuestros defectos, de nuestras debilidades, de
nuestro orgullo o falta de humildad, entonces... ¡Gloria al Señor!
Él nos quiere utilizar para su obra, y por eso quiere limpiar nuestro
corazón. Por eso nos muestra estas falencias, y hasta las virtudes
que creíamos tener ahora se han transformando en ex - virtudes
y sólo anhelamos a Cristo en nosotros. Nada más de nosotros,
sólo a Cristo. D. A., 21 años, Temuco Sin alardes No
muy lejos de donde vivo hay un riachuelo. Después de fuerte lluvia
se puede oír desde lejos el ruido de las aguas, pero al cabo de
unos días de buen tiempo, el arroyo guarda silencio casi completo.
Pero hay también un río profundo cerca de mi casa, cuyas
aguas nunca he oído, a pesar de su curso majestuoso y abundante
todo el año. Así, no son más piadosos los que más
alarde hacen de piedad. La
aprobación del entrenador Tiempo
de gratitud El
nieto y su abuelo Sin
máscaras delante de Dios Para
una ocasión especial Grandes personajes de la Biblia DAVID David fue el pastorcillo
valiente que mató al león y al oso, fue el soldado que venció
a Goliat y a todos sus enemigos, fue el dulce cantor de Israel, y también
fue el más amado de los reyes de Israel, el rey conforme
al corazón de Dios. Sus hechos demuestran
que poseía una fe y un valor singular; en tanto, sus palabras,
inspiradas por el Espíritu Santo, anunciaron claramente los sufrimientos
y las glorias del Hijo de Dios. Pese a sus errores, fue un hombre ejemplar. Te invitamos a que leas en los libros de Samuel los principales episodios de la vida de David y luego desarrolles las actividades que hay a continuación. 1. ¿Cuál
fue la experiencia de David como pastor? (1 Samuel 17:34-36) Hermano joven: te invitamos a enviar colaboraciones para el Suplemento. Todo aquello que te inquieta, escríbelo y envíalo a nuestra dirección. Pueden ser poemas, reflexiones o verdades de las Escrituras que el Señor te haya dado. Así, otros jóvenes serán bendecidos con lo que tú has recibido. El
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