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Bocadillos de la mesa del Rey El siervo hebreo Un
siervo entra a servir en casa de un amo. Su compromiso es servirle por
seis años, y al séptimo saldrá libre. Pero en el transcurso de esos años el amo le da una mujer, con al cual se casa, y en la cual procrea hijos. El amor lo cautiva, los lazos se refuerzan, el corazón del siervo se desborda en afectos hacia su mujer y hacia sus pequeños hijos. Pronto llega el séptimo año. La ley está a su favor, tiene la prerrogativa de irse, pero deberá irse solo. Entró solo, y deberá salir solo. Puede
obtener su libertad, pero a cambio de su soledad. ¿Qué hará? Para
él ya no hay duda. Aunque otros no lo entiendan, y le tachen de
loco, él se inclina a favor de los que ama. Entonces dice: Yo
amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre:
Lo comunica a su amo, y éste, de acuerdo a la ley, solemnemente,
lo lleva ante los jueces, le hace pararse junto a la puerta o al poste,
y le horada la oreja con lesna, y lo declara su siervo para siempre. Un
hombre libre se hace a sí mismo esclavo por amor. Un hombre libre,
que trabajó seis años la servidumbre dulce de un amo cariñoso
se convierte a sí mismo en siervo perpetuo. ¿Podéis
reconocer en este siervo a aquel Siervo excelentísimo, hecho siervo
por amor después de dejar la gloria de su Padre, de despojarse
de su forma de Dios para tomar forma de siervo? Él se despojó
a sí mismo, y bajó todo lo que había que bajar para
hacerse hombre. Jesús
amó tanto a la esposa que Dios le dio la Iglesia que
aceptó asumir la servidumbre, y llevar sus marcas en su cuerpo
de carne para siempre. Su
existencia en el trono del Padre por todas las edades estará sujeta
a su forma de hombre, y en su oreja por así decirlo
está la marca de una lesna que le hirió vivamente en la
Cruz del Calvario. Él fue quien mejor dijo aquellos palabras: Yo amo a mi Señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre ¡Oh, qué vivo amor! ¡Oh, y qué cruel martirio sufrió a causa de sus nobles afectos! *** |