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El hijo devuelto En
una ciudad llamada Naín vivía una viuda que tenía
un solo hijo. Ella se llamaba Abigail, y el niño Joab. Cada vez
que Abigail miraba a Joab, se acordaba de su marido, porque a medida que
el niño crecía se le parecía más. Joab era amoroso con su madre, y también era esforzado. Trabajaba para el mercader de la esquina, primero en los pequeños mandados, y ahora en algunos pequeños negocios. Joab iba creciendo. Su patrón estaba contento, y su madre, orgullosa. Pero un día, Joab enfermó. De nada valieron las oraciones, ni los consejos de la abuela Atara, experta en brebajes medicinales. Joab cayó en un extraño sopor, del que jamás despertó, pese a los gemidos de Abigail junto a su lecho. Abigail casi murió también. Sus vecinas lloraban con ella. Se esforzaban por consolarla leyéndole los salmos de David, pero ella sentía un dolor tan profundo como un abismo. Los hombres del vecindario la ayudaron para el entierro. Se ofrecieron para cargar el cuerpo de su hijo. La ciudad entera se conmovió y se unió a la viuda en ese momento. La comitiva comenzó a avanzar por las estrechas calles de la ciudad. Abigail apenas podía caminar, sostenida por sus vecinas. Era de veras una comitiva de muerte. De pronto, en un recodo del camino, se encontraron con otra comitiva que venía en sentido contrario. En ese tramo, el camino era estrecho, así que tuvieron que detenerse. Por un momento, quedaron unos frente a otros. Los que iban con el muchacho muerto intentaron seguir, pero el hombre que iba al frente de la otra comitiva hizo un ademán y los detuvo. Las miradas de todos se posaron en aquél que había alzado su mano. Los que cargaban el muerto, con estupor; los que seguían al hombre, con expectación. La mirada del hombre se detuvo en la viuda. Se acercó a ella, y le dijo, con voz compasiva: Mujer, no llores. Abigail no hubiera escuchado esas palabras de no ser porque tras el ademán del hombre se hizo un silencio total. Aquellas palabras produjeron un efecto especial. Fue como cuando en un día oscurecido por tenebrosos nubarrones se asoma el sol. Ese no llores equivalía a una esperanza, a una consolación real. Entonces Abigail vio por entre las lágrimas cómo el hombre se acercaba al féretro y decía: Joven, a ti te digo, levántate. Lo que sucedió entonces alteró todo el orden natural de los sucesos. No fue necesario que la comitiva prosiguiera ni que el sepulcro se abriera para recibir al cuerpo inerte del muchacho. Las lágrimas de dolor se detuvieron de golpe. Todo se mudó en sorpresa, temor, gozo, gratitud, arrobamiento. Abigail corrió hacia su hijo, que ya se sentaba en el féretro. Los que le llevaban le pusieron en el suelo, como hipnotizados. Los que estaban más lejos se acercaron corriendo para ver qué pasaba. Los que seguían al Hombre, prorrumpieron en alabanzas a Dios. El recodo del camino dejó de ser un simple tramo de camino polvoriento y deslucido. Pareció como una antesala del cielo. La muerte huyó, y toda lágrima se secó. Abigail rejuveneció de golpe, sus manos ora acariciaban a su hijo, ora tocaban con arrobamiento los pies del Hombre aquél, luego de postrarse ante él. Alguien oyó decir que el Hombre era Jesús de Nazaret, y entonces su nombre corrió entre los circunstantes, hasta que llegó a ser como un murmullo en las voces que se entremezclaban. Su nombre iba repitiéndose con algarabía de boca en boca, y los milagros que había hecho en otros lugares se contaban con recogimiento. Entonces las voces exclamaciones, alabanzas, elogios y el suave llanto de gratitud fueron como una maravillosa sinfonía, que el Padre desde los cielos dirigía en honor de su Hijo... Un gran profeta se ha levantado entre nosotros decían unos. Dios ha visitado a su pueblo decían otros. Desde ese día Abigail no sólo tuvo a su hijo consigo, y la memoria de su marido muerto, desde ese día guardó la figura del Hombre que había consolado para siempre su alma. Desde ese día una mujer de Naín miró al vida de otra manera. Un día no muy lejano, Jesús volverá a la vida a todos los Joab que han partido, a todos los maridos y las esposas que le conocieron. Ese día todos sabrán que el milagro ocurrido en el camino aquél en las afueras de Naín, fue sólo un anticipo de la consolación eterna que tendremos en Jesucristo, el bendito Hijo de Dios. (Historia basada en Lucas 7:11-17) La hormiguita y el lirio Había una vez una hormiguita muy trabajadora y servicial. Se la pasaba acarreando hojitas de día y de noche: casi no tenia tiempo para descansar. Así transcurría su vida, trabajando y trabajando. Un día fue a buscar comida a un estanque que estaba lejos de su casa, y para su sorpresa al llegar al estanque vio como un botón de lirio se abría y de el surgía una hermosa y delicada florecilla. - Hola, ¿sabes? eres muy bonito... ¿qué eres? - Soy un lirio contestó la florecilla - Gracias, sabes eres muy simpático, ¿Qué eres? - Soy una hormiga. Gracias también. Y así la hormiguita y el lirio siguieron conversando todo el día, haciéndose grandes amigos. Cuando iba anochecer, la hormiga regresó a su casa, no sin antes prometer al lirio que volvería al día siguiente. Mientras caminaba, la hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, que lo quería muchísimo, y se dijo: «Mañana le diré que me encanta su forma de ser». Y el lirio, al quedarse solo, se dijo: «Me gusta la amistad de la hormiga, mañana cuando venga se lo diré». Pero al día siguiente, la hormiguita se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior. Así que decidió quedarse a trabajar, y se dijo, «Mañana iré con el lirio; hoy no puedo, estoy demasiado ocupado, mañana y le diré, además, que le extraño». Al día siguiente amaneció lloviendo, y la hormiga no pudo salir de su casa y se dijo: Qué mala suerte, hoy tampoco veré al lirio. Bueno, no importa; mañana le diré todo lo especial que es para mí. Al tercer día, la hormiguita se despertó muy temprano y se fue al estanque, pero al llegar encontró al lirio en el suelo, ya sin vida. La lluvia y el viento habían destrozado su tallo. Entonces la hormiga pensó: ¡Qué tonta fui, desperdicié demasiado tiempo; mi amigo se fue sin saber cuánto lo quería. Así fue como ellos nunca supieron lo importante que eran el uno para el otro. No esperes el mañana para amar. El Señor pone en tu camino a las personas para que les demuestres Su amor, y por ningún motivo dejes de hacerlo. Primero tus padres, y también tus hermanos, tus amigos, y todos cuantos te rodean. Preguntas que los niños suelen hacer Quiero saber qué espera Dios de mí Nos alegramos de saber que estás interesado en saber la voluntad de Dios para tu vida. Aunque eres todavía pequeño, ¡es bueno que conozcas lo que agrada a Dios! Te diremos algunas cosas: Dios te ama. ¿Puedes creerlo? Dios te amó antes de crear el mundo. Decidió que tú llegaras a existir. Él quiso que tú nacieras en una cierta familia (la que tienes, claro está), y tuvieras los padres y los hermanos que tienes. Dios te entregó a tus padres para que ellos te amaran y te criaran. De verdad, tú le perteneces a Dios, pero, por algún tiempo, tú estás bajo el cuidado de tus padres. (Cuando seas grande no estarás al cuidado de tus padres. Cuando estés en el cielo, tampoco). Por ahora, tú estás bajo el cuidado de ellos. ¿Qué es lo que Dios espera de ti hoy? ¡Qué
tu ames a tus padres! Ellos son
responsables de ti ante Dios. Por ahora,
mientras eres un niño, Dios no espera grandes cosas de ti. Gracias a Dios, porque podemos agradarle. El
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