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Para meditar Es
asombroso que muchos crean que Dios nos ama incondicionalmente mientras
somos pecadores; pero tan pronto entramos a formar parte de su familia,
su amor queda condicionado a nuestra manera de actuar. Tal
como hubo en Cristo, en su naturaleza santa sin pecado, un aprender obediencia
a través del sufrimiento, hasta que culminó en la entrega
de su voluntad hasta la muerte, así también puede haber
en el creyente que procura seguir a su Señor en plena conformidad,
tal crecimiento, que el cristiano es llevado a conocer de modo experimental
lo que es ser crucificado con Cristo y muerto para el yo y su voluntad. Verdaderamente,
hay un gran misterio en el mundo: Que la justicia que yace en una Persona
en el cielo pueda justificar a un pecador en la tierra. Las
cosas diferidas durante mucho tiempo y por fin obtenidas por la oración,
son las que resultan en bendiciones más consoladoras, constantes
y estables; y los pesares por los que el corazón pasó a
causa del aplazamiento, son recompensados por un más seguro, constante,
puro y suave goce, pues la oración lo ha perfumado durante largo
tiempo, y la bendición está impregnada de este perfume,
resultando en extremo grata. Pensamos
a veces que nos bastará ganar una vez una buena batalla sobre el
enemigo, evitar categóricamente un peligro, una tentación,
etc. Pero la realidad es otra. Sólo en Cristo tenemos la seguridad
y la certeza de la victoria, pero debemos vigilar continuamente; no tenemos
la promesa de que la batalla se acabará mientras estemos sobre
la tierra. Tú
diste un día de tu vida por lo que hiciste hoy, ¿valió
la pena? *** |