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Un mensaje de padres cristianos a padres cristianos, en el amor de Dios y en la esperanza de que, al exhortarnos mutuamente y al acogernos a la gracia de Dios, seremos salvados de la avalancha infernal que viene sobre el mundo. Carta a los padres Estimados
padres cristianos, amados hijos de Dios: Permítannos
una muestra de confianza, y hablarles de corazón a corazón.
Vivimos días tales, que no podemos hablar con caretas ni rodeos.
En el
mundo, las familias están zozobrando en el mar de los divorcios,
separaciones, y desajustes matrimoniales. Satanás está sacando
a relucir sus más sofisticadas armas para la destrucción
de los matrimonios y las familias. Y lo hace con tal astucia que no es
posible ver el daño; antes bien, éste llega en medio de
risas, entretenimiento y jolgorio. Pero nosotros no podemos caer en ese
juego. Es preciso que estemos apercibidos. Hay esperanza para los padres
cristianos, porque tenemos dentro el potencial para vencer en medio de
los tiempos que vivimos. Sin embargo,
es preciso descubrir las maquinaciones del diablo, y ver cómo opera
en el mundo. Es preciso saber que Satanás está preparándose
para establecer un gobierno espiritual y político sobre el mundo
entero, y que hoy está preparando astutamente la generación
que servirá a sus intereses. ¿Qué
harían ustedes, estimados padres, si supieran que Satanás
está buscando enrolar a los niños, a vuestros amados hijos,
para conformar una generación que sirva a sus planes mañana?
¿Una generación malévola, despiadada, soberbia, menospreciadora
de la fe de sus padres? ¡Esto no es una suposición antojadiza,
fruto de un espiritualismo enfermo o de una mente desbocada! Cuando
miramos la descripción que hace Apocalipsis del carácter
de los hombres del mañana, esos que presenciarán los juicios
de Dios en días del Anticristo, nos asombra la dureza de su corazón:
Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun
así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar
a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de
piedra y de madera ... ; y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de
sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.
(Apoc.9:20-21). Cuando Dios desata las plagas postreras, ellos dice
blasfemaron el nombre de Dios .... y no se arrepintieron para darle
gloria (16:8-9), y blasfemaron contra el Dios del cielo por
sus dolores y por sus úlceras, y no se arrepintieron de sus obras.
(16:11), y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del
granizo ... (16:21). ¿Cómo pueden llegar a reaccionar
así los hombres, sabiendo de quién proceden los juicios,
y el fin que les espera si no se arrepienten? Pongámonos
en la siguiente situación. Si pudiésemos escuchar los acuerdos
que se tejen en los cuarteles generales del infierno para formar esa generación
de gente despiadada, ¿dónde y cuándo comenzarían?
¿No pretenderían acaso formar esa generación desde
su infancia? ¿No es el árbol mucho más manejable
cuando está tierno y nuevo? ¿No es acaso la mente infantil
una pizarra donde se puede escribir todo lo que uno quiera? Por supuesto
que sí. Eso sería precisamente lo que oiríamos allí.
Ellos estarían afirmando que deben comenzar desde la niñez. ¿Y
saben? ¡Ellos ya comenzaron su trabajo con los niños! ¿Lo
hemos podido percibir? Miremos lo que pasa a nuestro alrededor. Atendamos,
por un momento, a lo que nuestros hijos aprenden en los colegios, ven
en la televisión, juegan en sus juegos, conversan con sus amigos
y oyen en la calle. Veamos el entorno en que están creciendo, todo
saturado de un mensaje que subyace más allá incluso de las
palabras. Es un mensaje de escepticismo, de rebeldía, de violencia,
de incredulidad. Es la Nueva Era que se ha infiltrado en todos los ambientes,
en todas las edades. Muchas
veces este mensaje, para hacerse más efectivo, se disfraza como
algo bueno e inocuo. El mal, si se viste siempre de perversidad, no podría
engañarnos, entonces se disfraza como ángel de luz,
para seducirnos, como si se tratase de algo mejor, incluso, que lo que
Dios nos ofrece. No olvidemos que el enemigo de nuestra fe es experto
en ardides, en estratagemas y maquinaciones, y él es el que engaña
al mundo entero (Apoc.12:9). Una madre
cristiana hace poco nos escribía diciéndonos que no sabía
qué hacer con su hijo de 20 años, cuando se dio cuenta que
era aficionado de la música satánica, porque desestimaba
sus advertencias y sus lágrimas. Nosotros tuvimos la impresión
que sólo un milagro de Dios podía revertir eso. Era ya demasiado
tarde para enderezar el árbol. ¿Contra cuántos años
de deformación habría que luchar ahora para corregir lo
dañado? ¿Por cuántos años su mente se programó
para el mal, al que ahora se había entregado sin escrúpulos? Si nosotros
tomamos hoy las decisiones correctas, si nos apresuramos a poner las debidas
restricciones, entonces no tendremos que lamentar mañana. Si miramos
atentamente, podremos darnos cuenta que el discurso que están oyendo
nuestros niños es de un absoluto menosprecio y olvido de la persona
del Señor Jesucristo, y de su sacrificio expiatorio. El mensaje
de moda en el mundo trae un dios impersonal, panteísta, hecho a
la medida del hombre, sin mandamientos, ni restricciones. Un dios que
deja hacer lo que el hombre quiera. Junto
con eso, viene la idea de que el hombre es bueno en sí mismo, que
hay que escuchar la voz interior, y aprender a seguir sus
dictados. Como supuestamente no hay pecado original, juicio, ni infierno,
entonces no hay necesidad de un Salvador. Si nuestros
hijos no son capaces de ver, mientras son niños, que ellos son
pecadores, y que necesitan de un sacrificio expiatorio, de un sustituto
en la cruz y de una sangre derramada para la limpieza de sus pecados,
ellos tal vez no lo vean nunca después. Al menos, mientras las
cosas vayan como van en el mundo. Ellos
tienen que ver que sólo Jesucristo es el Salvador de los hombres,
que la sabiduría de Dios es Cristo, y que la locura de la predicación
es la forma que Dios quiso usar para salvar a los hombres de la condenación. Concretamente,
¿qué están leyendo nuestros hijos? ¿Leen sólo
lo que les cae a las manos en el colegio o entre los amigos? Tal vez
ellos no tienen otras lecturas, porque los padres no se las hemos procurado.
¿Cuánto hace que no visitamos una librería cristiana
para ver qué lecturas podrían ser convenientes para nuestros
hijos? ¿Qué están viendo por televisión, o
en el video? ¿No hay videos cristianos, películas cristianas?
Alertemos
a nuestros hijos acerca de la Nueva Era, mostrémosle que sus postulados
son falsos (ver recuadro adjunto), y que es peligroso dejarse conducir
a los juegos de meditación, a la invocación de seres extraños,
a la música que induce a la imaginación guiada, etc. Es preciso
también, ahora más que nunca, encontrar instancias de diálogo,
de comunión familiar y espiritual, en la lectura conjunta de la
Palabra o de textos cristianos, y en el servicio en medio de la iglesia. El ejemplo
de nuestra propia devoción hablará muy fuerte a la conciencia
de nuestros hijos, más que mil palabras. El compromiso nuestro
con el Señor y con la iglesia, y la generosidad de nuestro corazón,
será un espejo en el cual ellos se mirarán en algún
momento. Una sincera
consagración al Señor, la firmeza de nuestra fe, la seguridad
de nuestro camino, serán argumentos irrefutables para ellos en
el día en que el mundo se les muestre tal como es, y necesiten
echar mano a los recursos del cielo. Cada
día el cuarto secreto espera por nosotros para, desde allí,
elevar las más sentidas plegarias por ellos al Dios de toda gracia.
Las oración y las lágrimas de los padres son argumentos
de mucho peso en el trono de Dios. No descuidemos un recurso tan vasto
y seguro. Estimados
padres cristianos, luchemos ardientemente por la fe que nos ha sido dada,
luchemos para defender nuestras familias, implantemos en el corazón
de nuestros hijos la buena semilla y opongámonos a todo intento
del diablo por quitarla. Afectuosamente, vuestros hermanos en Cristo, Los Editores |