.Una revista para todo cristiano · Nº 13 · Enero - Febrero 2002
PORTADA

Un mensaje de padres cristianos a padres cristianos, en el amor de Dios y en la esperanza de que, al exhortarnos mutuamente y al acogernos a la gracia de Dios, seremos salvados de la avalancha infernal que viene sobre el mundo.

Carta a los padres

Estimados padres cristianos, amados hijos de Dios:

Permítannos una muestra de confianza, y hablarles de corazón a corazón. Vivimos días tales, que no podemos hablar con caretas ni rodeos.

En el mundo, las familias están zozobrando en el mar de los divorcios, separaciones, y desajustes matrimoniales. Satanás está sacando a relucir sus más sofisticadas armas para la destrucción de los matrimonios y las familias. Y lo hace con tal astucia que no es posible ver el daño; antes bien, éste llega en medio de risas, entretenimiento y jolgorio. Pero nosotros no podemos caer en ese juego. Es preciso que estemos apercibidos. Hay esperanza para los padres cristianos, porque tenemos dentro el potencial para vencer en medio de los tiempos que vivimos.

Sin embargo, es preciso descubrir las maquinaciones del diablo, y ver cómo opera en el mundo. Es preciso saber que Satanás está preparándose para establecer un gobierno espiritual y político sobre el mundo entero, y que hoy está preparando astutamente la generación que servirá a sus intereses.

¿Qué harían ustedes, estimados padres, si supieran que Satanás está buscando enrolar a los niños, a vuestros amados hijos, para conformar una generación que sirva a sus planes mañana? ¿Una generación malévola, despiadada, soberbia, menospreciadora de la fe de sus padres? ¡Esto no es una suposición antojadiza, fruto de un espiritualismo enfermo o de una mente desbocada!

Cuando miramos la descripción que hace Apocalipsis del carácter de los hombres del mañana, esos que presenciarán los juicios de Dios en días del Anticristo, nos asombra la dureza de su corazón: “Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera ... ; y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.” (Apoc.9:20-21). Cuando Dios desata las plagas postreras, ellos –dice– “blasfemaron el nombre de Dios .... y no se arrepintieron para darle gloria” (16:8-9), “y blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y no se arrepintieron de sus obras.” (16:11), “y los hombres blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo ...” (16:21). ¿Cómo pueden llegar a reaccionar así los hombres, sabiendo de quién proceden los juicios, y el fin que les espera si no se arrepienten?

Pongámonos en la siguiente situación. Si pudiésemos escuchar los acuerdos que se tejen en los cuarteles generales del infierno para formar esa generación de gente despiadada, ¿dónde y cuándo comenzarían? ¿No pretenderían acaso formar esa generación desde su infancia? ¿No es el árbol mucho más manejable cuando está tierno y nuevo? ¿No es acaso la mente infantil una pizarra donde se puede escribir todo lo que uno quiera? Por supuesto que sí. Eso sería precisamente lo que oiríamos allí. Ellos estarían afirmando que deben comenzar desde la niñez.

¿Y saben? ¡Ellos ya comenzaron su trabajo con los niños! ¿Lo hemos podido percibir? Miremos lo que pasa a nuestro alrededor. Atendamos, por un momento, a lo que nuestros hijos aprenden en los colegios, ven en la televisión, juegan en sus juegos, conversan con sus amigos y oyen en la calle. Veamos el entorno en que están creciendo, todo saturado de un mensaje que subyace más allá incluso de las palabras. Es un mensaje de escepticismo, de rebeldía, de violencia, de incredulidad. Es la Nueva Era que se ha infiltrado en todos los ambientes, en todas las edades.

Muchas veces este mensaje, para hacerse más efectivo, se disfraza como algo bueno e inocuo. El mal, si se viste siempre de perversidad, no podría engañarnos, entonces se disfraza “como ángel de luz”, para seducirnos, como si se tratase de algo mejor, incluso, que lo que Dios nos ofrece. No olvidemos que el enemigo de nuestra fe es experto en ardides, en estratagemas y maquinaciones, y él es el que “engaña al mundo entero” (Apoc.12:9).

Una madre cristiana hace poco nos escribía diciéndonos que no sabía qué hacer con su hijo de 20 años, cuando se dio cuenta que era aficionado de la música satánica, porque desestimaba sus advertencias y sus lágrimas. Nosotros tuvimos la impresión que sólo un milagro de Dios podía revertir eso. Era ya demasiado tarde para enderezar el árbol. ¿Contra cuántos años de deformación habría que luchar ahora para corregir lo dañado? ¿Por cuántos años su mente se “programó” para el mal, al que ahora se había entregado sin escrúpulos?

Si nosotros tomamos hoy las decisiones correctas, si nos apresuramos a poner las debidas restricciones, entonces no tendremos que lamentar mañana.

Si miramos atentamente, podremos darnos cuenta que el discurso que están oyendo nuestros niños es de un absoluto menosprecio y olvido de la persona del Señor Jesucristo, y de su sacrificio expiatorio. El mensaje de moda en el mundo trae un dios impersonal, panteísta, hecho a la medida del hombre, sin mandamientos, ni restricciones. Un dios que deja hacer lo que el hombre quiera.

Junto con eso, viene la idea de que el hombre es bueno en sí mismo, que hay que “escuchar” la voz interior, y aprender a seguir sus dictados. Como supuestamente no hay pecado original, juicio, ni infierno, entonces no hay necesidad de un Salvador.

Si nuestros hijos no son capaces de ver, mientras son niños, que ellos son pecadores, y que necesitan de un sacrificio expiatorio, de un sustituto en la cruz y de una sangre derramada para la limpieza de sus pecados, ellos tal vez no lo vean nunca después. Al menos, mientras las cosas vayan como van en el mundo.

Ellos tienen que ver que sólo Jesucristo es el Salvador de los hombres, que la sabiduría de Dios es Cristo, y que la locura de la predicación es la forma que Dios quiso usar para salvar a los hombres de la condenación.

Concretamente, ¿qué están leyendo nuestros hijos? ¿Leen sólo lo que les cae a las manos en el colegio o entre los amigos?
Eso no es suficientemente confiable.

Tal vez ellos no tienen otras lecturas, porque los padres no se las hemos procurado. ¿Cuánto hace que no visitamos una librería cristiana para ver qué lecturas podrían ser convenientes para nuestros hijos? ¿Qué están viendo por televisión, o en el video? ¿No hay videos cristianos, películas cristianas?

Alertemos a nuestros hijos acerca de la Nueva Era, mostrémosle que sus postulados son falsos (ver recuadro adjunto), y que es peligroso dejarse conducir a los juegos de meditación, a la invocación de seres extraños, a la música que induce a la imaginación guiada, etc.

Es preciso también, ahora más que nunca, encontrar instancias de diálogo, de comunión familiar y espiritual, en la lectura conjunta de la Palabra o de textos cristianos, y en el servicio en medio de la iglesia.

El ejemplo de nuestra propia devoción hablará muy fuerte a la conciencia de nuestros hijos, más que mil palabras. El compromiso nuestro con el Señor y con la iglesia, y la generosidad de nuestro corazón, será un espejo en el cual ellos se mirarán en algún momento.

Una sincera consagración al Señor, la firmeza de nuestra fe, la seguridad de nuestro camino, serán argumentos irrefutables para ellos en el día en que el mundo se les muestre tal como es, y necesiten echar mano a los recursos del cielo.

Cada día el cuarto secreto espera por nosotros para, desde allí, elevar las más sentidas plegarias por ellos al Dios de toda gracia. Las oración y las lágrimas de los padres son argumentos de mucho peso en el trono de Dios. No descuidemos un recurso tan vasto y seguro.

Estimados padres cristianos, luchemos ardientemente por la fe que nos ha sido dada, luchemos para defender nuestras familias, implantemos en el corazón de nuestros hijos la buena semilla y opongámonos a todo intento del diablo por quitarla.
El Dios de nuestra salvación nos oirá, y nos socorrerá.

Afectuosamente, vuestros hermanos en Cristo,

Los Editores