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La muerte y la resurrección son los dos principios que operan permanentemente en todo siervo de Dios y que le permiten ser verdaderamente fructífero. La cruz está en el punto exacto de intersección entre estos dos polos. Si no hay cruz, no hay muerte y no hay resurrección. Si no hay resurrección no hay nada de Dios, absolutamente nada. Entre la muerte y la resurrección Un hombre de Dios ha dicho: Nadie puede ser un verdadero siervo de Dios sin conocer el significado de la muerte y de la resurrección. Esto es una verdad fundamental, que tuvo su aplicación también en el apóstol Pablo e incluso en el Señor Jesús. El
Señor Jesús Antes de comenzar
su ministerio público, el Señor Jesús fue bautizado.
Por supuesto, no lo hizo porque tuviera algún pecado o algo de
lo cual necesitara limpiarse. El bautismo del Señor tuvo un significado
simbólico, que apuntaba a la muerte y la resurrección. El Señor Jesús no conoció pecado, sin embargo, en cuanto Hombre, Él tuvo una voluntad independiente de la del Padre. En la expresión: He venido, no para hacer mi voluntad sino la de mi Padre, hallamos estas dos voluntades claramente diferenciadas. Él tenía su propia voluntad, como el Padre la Suya. Él podía hacer su propia voluntad si así lo hubiese querido. Nunca hizo eso, pero
estaba en condición de hacerlo, porque, como Hombre, tenía
su propia Personalidad. De manera que el bautismo
del Señor Jesús nos habla de muerte, de la muerte al yo,
a los deseos propios, a la expresión de la voluntad propia, para
vivir de ahí en adelante bajo el principio de la una voluntad distinta:
la voluntad del Padre. Después del
bautismo, Satanás vino a tentarle. Y en la tentación atacó
este mismo principio fundamental. Si eres Hijo de Dios ...
le dijo Satanás, para luego pedirle que lo demostrara con algunos
hechos concretos. Todo ellos estaban revestidos de un manto de legitimidad,
porque estaban bajo la potestad del Señor: él podía
transformar piedras en pan, podía lanzarse sin daño desde
el pináculo del templo, y podía recibir los reinos del mundo,
porque era el Hijo de Dios. Sin embargo, hacerlo habría significado
obrar desde sí mismo y no por voluntad del Padre. Habría
implicado infringir el mismo principio que recientemente había
establecido con su bautismo. El Señor Jesús,
a diferencia de Adán y Eva, no cayó en la trampa que Satanás
le tendió. Su proceder confirmó como lo haría
durante todo su ministerio las palabras que Él mismo enseñó:
El Hijo no puede hacer nada de sí mismo (o que
sale de sí mismo). Toda la obra que hizo
el Señor Jesús sobre la tierra fue una total y absoluta
negación a la vida natural. Todo lo que Él hizo lo efectuó
sobre la base del principio de la muerte y de la resurrección.
Ahora bien, si esto fue así con Él, ¿cuánto más ha de serlo con nosotros? Pablo En Filipenses capítulo 3 encontramos la amplia dotación natural que poseía el apóstol Pablo. Siete elementos contiene ese listado, que podríamos denominar el currículum de Pablo en cuanto a la carne. Sin embargo, al final de esa prolífica enumeración, él dice: Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo ... a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte (7-8,10). Sólo la cruz
obrando radicalmente en Pablo podía hacer que él desconfiara
de tal manera en sus dotes, al extremo de decir, como dice en otro lugar:
Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo,
y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y
mucho temor, y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con
palabras de humana sabiduría, sino con demostración del
espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada
en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios
(1ª Corintios 2:2-5). ¿Por qué es Pablo tan radical en su juicio contra estas cosas que procedían de la vida natural, de la vida anímica? El
problema de los afectos El alma es el asiento
de los afectos, y muchas veces ocurre que nuestras decisiones están
influidas por ellos, apartándonos de la voluntad de Dios. Por eso
el Señor dijo a los que le seguían: El que ama
a padre o madre más que a mí, no es digno de mí;
el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí
(Mateo 10:37-38). Aquí el camino
de la cruz es señalado como el camino normal para los que siguen
a Jesús. Luego, en el mismo pasaje, Él agrega: El
que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa
de mí, la hallará. (10:39). La palabra vida
aquí es psyche en el griego original, la cual significa
alma también; por tanto, este versículo nos
habla acerca de salvar o perder nuestra alma, más exactamente,
la vida del alma, los deseos o apetitos del alma. Perder el alma aquí significa, entonces, renunciar a lo que ella busca o anhela, aunque sea un afecto perfectamente legítimo. El
deseo de conservación Cuando el Señor
anuncia a los discípulos su próxima muerte, Pedro, en su
amor por el Señor, interviene para tratar de evitar que eso ocurra.
Pero el Señor le contesta con la misma firmeza con que le contestaría
a Satanás. (Marcos 8:31-37). Aquí hallamos otro de los anhelos del alma: el afán de conservación. Hay algo en el alma que grita por sobrevivir, por sustraerse a la muerte. Para evitarlo, suele echar mano a buenas y poderosas razones, a todos los resquicios imaginables. Ciertamente, ella
estará dispuesta a cualquier otro sacrificio con tal de no morir,
pero la voluntad de Dios pasa indefectiblemente por la cruz. El deseo de Pedro era sin duda un buen deseo, pero no concordaba con la voluntad de Dios; tenía una procedencia extraña, que no agradó al Señor. Y es que los gemidos de la carne no tocan el corazón de Dios, ni pueden hacer variar su propósito. Muchas cosas buenas tienen este mismo origen, aun en la propia obra de Dios, por tanto, son inservibles, y deben ir a la cruz. ¿Dónde
está el corazón? En Lucas 17:26-36
tenemos un pasaje muy ilustrativo sobre el problema de los afectos del
alma. Allí hallamos una descripción del tiempo previo al
arrebatamiento de los creyentes, que se asemeja a los días de Noé
y de Lot. Los versículos 32 y 33 dicen: Acordaos de la
mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y
todo el que la pierda, la salvará. Como sabemos, la mujer
de Lot se volvió estatua de sal en el momento en que ella miró
hacia atrás. ¿Qué significa esa mirada de la mujer?
Esa mirada demostró dónde estaba el corazón de ella
a la hora de ser arrebatada del juicio sobre Sodoma. Esa mirada es una
advertencia para los que vivimos en los días previos a la venida
del Señor. ¿Dónde está nuestro corazón?
¿Dónde
está el tesoro de nuestro corazón? En la tierra puede que haya muchas cosas preciosas que nos aten, y que tengan subyugado el corazón. A la hora que Dios nos llame para hacer su voluntad, no estaremos en condiciones de seguirle. Entonces, la cruz tiene que operar en nosotros una verdadera y radical separación espiritual que nos libre de todo y de todos excepto del Señor mismo. La
vida escondida El Señor ha
puesto su preciosa vida dentro de nosotros. Ella tiene el potencial de
bendecir a muchos tal como lo ha hecho con nosotros. Sin embargo, parece
que está constreñida dentro de gruesas paredes en nuestro
corazón. ¿Qué sucede? El Señor dijo
que el grano de trigo tiene que morir para que la vida contenida adentro
pueda salir y dar nacimiento a otros. (Juan 12:24-25). La dura corteza
de nuestra alma impide que la vida de Dios escape para bendecir a muchos.
Por eso tenemos que morir a nuestros propios deseos, negarnos a obrar
por nuestras facultades o nuestra fuerza, para que la vida divina pueda
fluir desde nosotros hacia otros. Los padecimientos de la cruz resquebrajarán
la corteza y liberarán la preciosa vida de Dios. La cruz es la que hace posible que esta obra se realice. Pablo lo explica hermosamente: Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida (2ª Corintios 4:11-12). La
noche oscura del alma Pero hay algo mucho
más profundo aun que lo que vemos diciendo. Se trata de una experiencia
decisiva. El título de una obra del poeta místico español
Juan de la Cruz Noche oscura del alma ilustra
muy bien la experiencia fundamental, debilitadora y demoledora de la cruz
en el alma del cristiano. Es una vivencia crítica y sumamente dolorosa.
Su metáfora es la vara de almendro de Aarón que pasó
una noche entera ante el tabernáculo en el desierto antes de reverdecer
(Números cap.17). En aquella ocasión,
el pueblo puso en duda si el ministerio de Aarón había sido
ordenado por Dios. Entonces el Señor dispone que las varas lo digan
con su propio lenguaje. Se ponen doce varas muertas frente al santuario,
y quedan allí toda la noche. Por la mañana, el pueblo supo
perfectamente a quién Dios había escogido, porque la vara
de Aarón reverdeció, floreció, dio brotes y frutos. ¿Qué
significa esta alegoría? Significa que es la muerte y la resurrección
lo que caracteriza un ministerio venido de Dios. Que Dios reconoce como
ministros suyos sólo a los que han pasado por la muerte a la resurrección. Veamos en qué
consiste esta muerte. En la vida de todo
siervo de Dios que se ha puesto en sus manos para hacer su voluntad hay
una crisis que afectará profundamente todo su caminar posterior.
Es un tiempo una noche que puede durar meses o años
en que todo el antiguo frescor desaparece, en que las fuerzas que nos
caracterizaban se agotan, en que somos tocados en nuestro muslo
hasta descoyuntarnos. (Gén.32:25). Nada parece suceder entonces. En ese tiempo, Dios
nos demuestra que nuestro amor y nuestro celo por Él eran más
aparentes que reales, que la consagración de que nos gloriábamos
era un vano intento por sobresalir de los demás (o algo por el
estilo), que los recursos usados eran nuestros y no de Dios; que, en fin,
todo lo que constituía nuestra justicia delante de los hombres
estaba corrompida, por lo que se viene abajo estrepitosamente. Pero hay más. Sentiremos incluso que Dios nos abandonó, que los hermanos nos abandonaron, y que hemos venido a ser objeto de oprobio y de vergüenza de todos. Sentiremos que los demás son bendecidos, y que nosotros no. Todo se ha perdido. Nada ha permanecido en pie. Esta es la noche oscura del alma. Es el mismísimo sabor frío y taladrante de la muerte. La
mañana de resurrección Pero, aunque sea larga
la noche, y oscura, y fría, la resurrección vendrá.
Sin duda alguna. (Sólo que suele tardar más de lo que hubiéramos
imaginado). Al final de ella, se verá de nuevo al luz, y las cosas
que se perdieron tan dolorosamente serán devueltas, con mayor gloria.
¡Aleluya! ¡Grandes son las misericordias de Dios! Sólo quienes
han vivido todo esto pueden después decir, junto con Pablo, porque
nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos
a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en
la carne (Filipenses 3:3). Entretanto, mientras
estamos pasando por la noche oscura, o sea que ya estemos del otro lado,
conviene que nos inclinemos ante Dios como un junco, o como una caña
cascada. Si estamos aún allá, puede ser que, si le place,
se acorte el tiempo de nuestra restauración. Pero, sea como fuere,
veamos esto: el objetivo de Dios es limpiarnos de lo nuestro, para que
se establezca en nosotros lo mejor, lo que proviene de Cristo. ¡Bendito es el propósito de Dios para con nosotros! ¡Bendita es la obra de la cruz que la lleva a cabo! *** |