El camino de la cruz
Es de gran utilidad para el creyente
conocer la diferencia que hay entre las expresiones la obra de la cruz
y el camino de la cruz, y las importantes realidades espirituales que
se esconden tras ellas.
La obra de la cruz
es referida enteramente al Señor Jesucristo, la cual realizó
el día en que su cuerpo fue clavado en la cruz del Calvario.
Ese día ocurrieron dos cosas fundamentales: La sangre que Él
derramó allí fue plenamente eficaz para el perdón
de nuestros pecados; y su muerte sustitutiva dio fin al pecado y a la
carne como principios dominantes en el hombre, de acuerdo a las palabras
de Pablo: Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado
juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido,
a fin de que no sirvamos más al pecado (Romanos 6:6).
Esto es lo que se
conoce como la obra de la cruz, y está absolutamente consumada.
Ningún hombre participó ni colaboró en ella, ni
nadie puede agregar nada a lo que el Señor hizo perfectamente.
Pero está
también el camino de la cruz.
El camino de la
cruz tiene que ver con llevar la cruz el creyente. Es decir,
es nuestra cooperación diaria en la aplicación de la muerte
al hombre natural, a las facultades y energías del alma, para
que la vida de Dios que ya mora en nosotros, pueda manifestarse progresivamente.
El camino de la
cruz está implicado en las palabras del Señor: Tome
su cruz cada día (Lucas 9:23), y es un proceso interior,
subjetivo y diario. No se trata de crucificar el alma, el
alma es el asiento de nuestra existencia individual y como tal no puede
morir sin que muramos también biológicamente sino
que se trata de llevar las energías y las dotes del alma a la
muerte, para recibirlas luego de parte de Dios en resurrección.
Sólo cuando
esto ocurre, el alma estará sujeta al Espíritu y será
de eficaz colaboradora en la obra de Dios.
Siendo éste
un asunto de primordial importancia para todo cristiano que desea servir
a Dios, hemos querido tocarlo, aunque sea brevemente, en los artículos
centrales de este número.
Esperamos que Dios
nos conceda, en su gracia, conocer algo más de este fructífero
aunque a veces también doloroso camino, y sobre todo
vivirlo, para la gloria de Dios.