.Una revista para todo cristiano · Nº 10 · Julio - Agosto 2001
PORTADA

Bocadillos de la Mesa del Rey

¿Quiénes son los bienaventurados?

Jesús está enseñando a las multitudes. Todos le escuchan, extasiados. ¡Nunca habían oído hablar a un hombre así! De su boca sale un río de palabras de sabiduría que responde a las necesidades de todos los hombres.
De pronto, una mujer alza su voz, entre las demás voces de admiración y asombro:
—¡Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste!
Todos guardan silencio. Lo que dijo la mujer ha estado antes en el corazón de todas las mujeres ahí reunidas; ella las interpreta a todas. ¿Quién no hubiera querido tener un hijo así?
Todos esperan una respuesta. ¿Cuál será la que corresponda a una expresión de alabanza tan legítima e indiscutible? Entonces, Su voz se oye clara y firme:
—Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.
Desconcierto. Asombro. ¡Qué respuesta extraña!
Es que la mirada de los hombres se posa sobre cosas concretas y externas. El asombro que este Hombre produce se traduce en alabanza hacia la madre que le trajo y los senos que mamó. Sin embargo, el Señor hace que toda mirada se alce para mirar a Dios. La tendencia del hombre es deificar lo externo asociado a Dios. En cambio el interés de Dios es alcanzar el corazón del hombre.
Esta mujer consideraba dichosa a la madre de Jesús. Otros después considerarían dichosos a quienes tocaron a Jesús; más adelante lo serían quienes tuvieran un pedazo de la madera de su cruz, o un puñado de la tierra que Él pisó. Cosas externas asociadas a Dios, pero que no tienen un valor trascendente, espiritual, transformador. Deificar el objeto, transformarlo en dios es propio de la religión vana e inútil que no salva, que no llena el vacío del alma.
Los que sí son bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan. Ellos han encontrado la dicha de conocer a Dios, creerle y amarle. Ellos han dado importancia a lo que realmente la tiene.

 

Poema

A LOS OJOS DE DIOS
(Josué 7:13, 20-23)

A la vista de Dios transitamos,
bajo el sol, con el pueblo elegido,
nada oculto nos es permitido:
¡Santidad!, es camino acordado.

Si ambicioso un “Acán” ha tomado
la fracción anatema de muerte,
a los ojos de Dios ha pecado:
todo el cuerpo ha sufrido la peste.

Si el espejo divino está en Cristo
y los juicios de Dios son perfectos,
nada turbe el andar del cristiano
ni el engaño del ojo se acepte.

¡Que la cruz esté siempre presente,
para el alma es mejor que deleite!
¡Despertad a la vida del cielo:
apartarse del mal es prudente!

Contener la pureza de Cristo
es aroma de suave aliciente,
sustancial al espíritu nuevo
que en el hombre interior se difunde.

¡Si a los ojos de Dios caminamos,
en su firme Palabra fundados,
del pecado es justicia apartarse:
la gracia de Cristo ha triunfado!

Claudio Ramírez Lancién