.Una revista para todo cristiano · Nº 10 · Julio - Agosto 2001
PORTADA

¿Qué lugar ocupa la confesión en la vida espiritual de un hijo de Dios? ¿Es innecesaria luego que ha sido limpiado por la sangre de Cristo? Si debe realizarla, ¿cómo hacerlo? ¿ante quiénes? ¿basta la confesión sola, o debe acompañarse de restitución?

Confesión y restitución

Desde que creímos en el Señor, debemos desarrollar el hábito de confesar nuestros pecados y faltas. Y no sólo esto: debemos aprender a restituir o a compensar por el daño causado cuando corresponda.

Por una parte, debemos confesar las ofensas a Dios, y por otra, debemos confesarla a los hombres y reparar el daño. Si un cristiano no se confiesa ante el Señor, y no pide perdón ni hace restitución al hombre, su conciencia fácilmente se endurecerá.

Una vez que la conciencia se endurece, se crea un problema serio y fundamental: se hace difícil que la luz de Dios brille en el corazón del creyente. La confesión y la restitución nos permite tener una conciencia sensible delante del Señor.

Con frecuencia ofendemos a otros. Si pese a esto, no tenemos ningún remordimiento en nuestra conciencia, entonces ella debe estar enferma, o padece de una seria anormalidad. ¿Cómo podemos comprobar si es este nuestro caso? Si ha transcurrido un largo tiempo desde nuestra última confesión, entonces tenemos problemas. El tiempo transcurrido desde nuestra última confesión indica si existe un problema entre nosotros y Dios. Si ha pasado un largo período, falta luz en nuestro espíritu; si el tiempo es corto, nuestra conciencia sigue siendo sensible. A fin de vivir bajo la luz de Dios, necesitamos de una conciencia sensible, y para que ésta permanezca sensible, necesitamos condenar al pecado continuamente. Necesitamos confesarnos ante Dios, y también necesitamos confesar al hombre la ofensa y reparar el daño.

Ahora bien, si hemos ofendido a Dios, y la ofensa no tiene nada que ver con el hombre, no necesitamos confesar nada al hombre. En esto no debemos errar. Si confesamos una ofensa al hombre cuando sólo Dios tiene conocimiento, podemos afectar al hombre.

Hay un principio fundamental que ha de regir nuestra conducta cuando ofendemos al hombre: No basta con hacer confesión a Dios; también tenemos que confesar al hombre y hacer restitución, si es el caso.

Este principio se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

La enseñanza en Levítico

Levítico 6:1-7 nos enseña que una persona que haya ofendido a alguien o transgredido contra alguien en cosas materiales debe arreglar el asunto con los hombres antes de ser perdonado. Resolver el asunto delante de Dios no es suficiente. Este arreglo implica confesión y restitución.

En este pasaje aparecen seis clases de transgresiones contra el hombre: mentir al prójimo con respecto a un depósito encomendado, mentir al prójimo con respecto a lo dejado en su mano, robar al prójimo, explotarlo (es decir, tomar ventaja ilícita sobre él valiéndonos de la posición o el poder que tengamos), encontrar algo perdido y mentir al respecto, y jurar en falso. En resumen, si hay algo deshonesto en cualquier cosa que hagamos, si hemos adquirido algo a expensas de otros, o si hemos obtenido algo por uno de estos seis medios, hemos pecado, y debemos solucionar el asunto delante de los hombres.

¿Cómo restituir? Levítico 4:6 dice: “Entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó” (v.4). Restituir significa devolver al hombre por lo que se le quitó. ¿Cómo debe hacerlo? “Lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación” (v.5).

Debemos hacer restitución completa (no una mera disculpa), y, además, añadir la quinta parte... ¡lo más pronto posible! ¿Qué significa esto de la quinta parte? ¿Significa que literalmente hemos de añadir una quinta parte? El principio es que debemos restituir abundantemente. No debemos ser mezquinos al disculparnos con las personas ni al devolverles lo que les hayamos hurtado. Debemos ser amplios y generosos.

Algunos se disculpan diciendo: “Reconozco que en esta ocasión yo lo ofendí, pero no siempre ha sido así; al contrario, usted me ha ofendido a mí.” Esto no es una confesión, sino un ajuste de cuentas. Al confesar, seamos generosos. No nos disculpemos menos de lo que debemos. Al confesar no debemos ser renuentes ni calculadores. Si cuando confesamos nuestra falta nos preocupa la cantidad de dinero que debemos devolver, nuestro comportamiento no es el de un verdadero cristiano. No retengamos nada en nuestra confesión y procuremos ser amplios.

Añadir una quinta parte a nuestra restitución debe recordarnos que ofender a otros es un problema y que no debemos hacerlo de nuevo. Cuando un cristiano ofende a alguien, debe darse cuenta que aunque por el momento haya obtenido ganancia, al final sufrirá pérdida.

Después de la disculpa y la restitución, todavía es preciso algo más. Levítico 6:6-7 dice que hemos de acudir a Dios y buscar su perdón por medio de la sangre del Señor. Este es un asunto muy serio. Si nos descuidamos, tomaremos ventaja de los demás y pecaremos contra ellos. Los hijos de Dios deben devolver lo que pertenece a otros, y pedirle perdón a Dios.

La enseñanza en Mateo

Hemos revisado lo que enseña Levítico. Pero, ¿qué dice el Nuevo Testamento al respecto? ¿Hay una enseñanza diferente? Mateo capítulo 5 toca este asunto, y, por supuesto, no contradice el Levítico. Más bien lo complementa, porque mientras Levítico trata de las transgresiones contra el hombre con respecto a posesiones materiales, Mateo 5 va más allá de lo material.

En los versículos 23 al 26 se refiere específicamente a las contiendas que hay entre los hijos de Dios. Si usted le está ofreciendo algo a Dios, y se acuerda de que su hermano tiene algo contra usted, esta memoria es la voz de Dios. El Espíritu Santo con frecuencia nos recuerda cosas que han pasado. Cuando esto suceda, no haga este recuerdo a un lado, creyendo que no tiene importancia.

Si recuerda que su hermano tiene algo contra usted, esto quiere decir que usted ha pecado contra él, tal vez siendo injusto con él. El énfasis aquí no está en asuntos materiales, sino en lo que ha hecho que otros estén en su contra. Un cristiano debe comprender que si ofende a alguien y no le pide perdón, se verá en problemas tan pronto como la parte ofendida mencione su nombre y clame delante de Dios. Dios no aceptará su ofrenda ni su oración. Si hacemos que otros clamen ante Dios por causa nuestra, nuestra espiritualidad y nuestras ofrendas a Dios serán anuladas.

Si deseamos ofrecer algo a Dios, hemos de reconciliarnos primero con nuestro hermano, entonces podremos presentar nuestra ofrenda. Dios desea muestra ofrenda, pero primero debemos reconciliarnos con los que hemos ofendido. Reconciliarse con el hermano significa disipar el enojo del hermano. Posiblemente necesitaremos disculparnos o devolver algo, pero lo más importante es satisfacer al hermano. No es un asunto de añadir la quinta o la décima parte, sino de reconciliarse. Reconciliarse es satisfacer las exigencias del ofendido.

Si usted ha pecado contra su hermano, y él está molesto y piensa que usted actuó injustamente, y si usted ha hecho que clame a Dios, la comunión espiritual entre usted y Dios se interrumpe. Posiblemente no piense que está en tinieblas, y crea que tiene la razón, pero la ofrenda que presenta ante el altar carece de significado. No podrá pedirle ni darle nada a Dios.

Puede haber ofrecido absolutamente todo en el altar, pero Dios no se complacerá en ello. Aprenda a satisfacer tanto los justos requisitos de Dios como los de su hermano. Sólo entonces podrá presentar su ofrenda a Dios. Esto es un asunto muy serio.

Debemos cuidarnos de ofender a los demás, particularmente a los hermanos, porque si lo hacemos, caeremos de inmediato bajo el juicio de Dios, y no será fácil ser restaurados.

Todavía estamos en el camino

En el versículo 25, el Señor nos habla en términos humanos y nos muestra que nuestro hermano es como el demandante en un tribunal. La expresión “mientras estás con él en el camino” es maravillosa. Hoy todavía estamos en el camino. Nuestro hermano no ha muerto y nosotros tampoco. Ambos estamos en el camino. Un día nosotros no estaremos en el camino o nuestro hermano no estará. Mientras estemos, tenemos la oportunidad de hablar y de pedir perdón. La puerta de la confesión no estará abierta para siempre. Muchos hermanos lamentan haber perdido la oportunidad de confesar sus ofensas unos a otros. Tenemos que ponernos a bien con nuestro hermano mientras aún estemos en el camino. Una vez que una de los partes no esté, nada se podrá arreglar. ¡Tenemos que ver cuán serio es este asunto!

Luego, en 25 b y 26, el Señor no habla de un juicio futuro, ni de ser echado en una prisión física. Lo que Él quiere es que nos reconciliemos hoy, que paguemos todos los cuadrantes hoy. No debemos posponer el asunto esperando que después se resuelva. No debemos permitir que un hermano tenga ninguna queja contra nosotros. No debe haber ningún reproche en nuestra conducta ni pensar que los demás están equivocados y que nosotros tenemos la razón. No se deben pasar por alto las quejas de los demás ni tratar de justificar las acciones de uno.

Si nuestra confesión es amplia, y restituimos hasta satisfacer al agraviado, entonces podemos descansar, porque la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. En algunos casos, hay enfermedades que serán sanadas cuando hacemos confesión de nuestros pecados. (Santiago 5:16). Después de confesar nuestros pecados y restituir cuando correspondiere debemos tener paz, no debemos sentirnos condenados por nuestra conciencia. Tampoco debemos permitirle a Satanás que nos acuse.

El Señor nos ayude para mantener nuestra conciencia limpia. Si tenemos la conciencia limpia, podremos experimentar un progreso considerable en nuestra búsqueda espiritual.

W. Nee (condensado)