|
|
|
¿Qué lugar ocupa la confesión en la vida espiritual de un hijo de Dios? ¿Es innecesaria luego que ha sido limpiado por la sangre de Cristo? Si debe realizarla, ¿cómo hacerlo? ¿ante quiénes? ¿basta la confesión sola, o debe acompañarse de restitución? Confesión y restitución Desde que creímos
en el Señor, debemos desarrollar el hábito de confesar nuestros
pecados y faltas. Y no sólo esto: debemos aprender a restituir
o a compensar por el daño causado cuando corresponda. Por una parte, debemos confesar las ofensas a Dios, y por otra, debemos confesarla a los hombres y reparar el daño. Si un cristiano no se confiesa ante el Señor, y no pide perdón ni hace restitución al hombre, su conciencia fácilmente se endurecerá. Una vez que la conciencia
se endurece, se crea un problema serio y fundamental: se hace difícil
que la luz de Dios brille en el corazón del creyente. La confesión
y la restitución nos permite tener una conciencia sensible delante
del Señor. Con frecuencia ofendemos
a otros. Si pese a esto, no tenemos ningún remordimiento en nuestra
conciencia, entonces ella debe estar enferma, o padece de una seria anormalidad.
¿Cómo podemos comprobar si es este nuestro caso? Si ha transcurrido
un largo tiempo desde nuestra última confesión, entonces
tenemos problemas. El tiempo transcurrido desde nuestra última
confesión indica si existe un problema entre nosotros y Dios. Si
ha pasado un largo período, falta luz en nuestro espíritu;
si el tiempo es corto, nuestra conciencia sigue siendo sensible. A
fin de vivir bajo la luz de Dios, necesitamos de una conciencia sensible,
y para que ésta permanezca sensible, necesitamos condenar al pecado
continuamente. Necesitamos confesarnos ante Dios, y también
necesitamos confesar al hombre la ofensa y reparar el daño. Ahora bien, si hemos
ofendido a Dios, y la ofensa no tiene nada que ver con el hombre, no necesitamos
confesar nada al hombre. En esto no debemos errar. Si confesamos una ofensa
al hombre cuando sólo Dios tiene conocimiento, podemos afectar
al hombre. Hay un principio fundamental
que ha de regir nuestra conducta cuando ofendemos al hombre: No basta
con hacer confesión a Dios; también tenemos que confesar
al hombre y hacer restitución, si es el caso. Este principio se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La
enseñanza en Levítico Levítico 6:1-7
nos enseña que una persona que haya ofendido a alguien o transgredido
contra alguien en cosas materiales debe arreglar el asunto con los hombres
antes de ser perdonado. Resolver el asunto delante de Dios no es suficiente.
Este arreglo implica confesión y restitución. En este pasaje aparecen
seis clases de transgresiones contra el hombre: mentir al prójimo
con respecto a un depósito encomendado, mentir al prójimo
con respecto a lo dejado en su mano, robar al prójimo, explotarlo
(es decir, tomar ventaja ilícita sobre él valiéndonos
de la posición o el poder que tengamos), encontrar algo perdido
y mentir al respecto, y jurar en falso. En resumen, si hay algo deshonesto
en cualquier cosa que hagamos, si hemos adquirido algo a expensas de otros,
o si hemos obtenido algo por uno de estos seis medios, hemos pecado, y
debemos solucionar el asunto delante de los hombres. ¿Cómo
restituir? Levítico 4:6 dice: Entonces, habiendo pecado
y ofendido, restituirá aquello que robó (v.4).
Restituir significa devolver al hombre por lo que se le quitó.
¿Cómo debe hacerlo? Lo restituirá por entero
a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte,
en el día de su expiación (v.5). Debemos hacer restitución
completa (no una mera disculpa), y, además, añadir la quinta
parte... ¡lo más pronto posible! ¿Qué
significa esto de la quinta parte? ¿Significa que literalmente
hemos de añadir una quinta parte? El principio es que debemos restituir
abundantemente. No debemos ser mezquinos al disculparnos con las personas
ni al devolverles lo que les hayamos hurtado. Debemos ser amplios y generosos. Algunos se disculpan
diciendo: Reconozco que en esta ocasión yo lo ofendí,
pero no siempre ha sido así; al contrario, usted me ha ofendido
a mí. Esto no es una confesión, sino un ajuste de
cuentas. Al confesar, seamos generosos. No nos disculpemos menos de lo
que debemos. Al confesar no debemos ser renuentes ni calculadores. Si
cuando confesamos nuestra falta nos preocupa la cantidad de dinero que
debemos devolver, nuestro comportamiento no es el de un verdadero cristiano.
No retengamos nada en nuestra confesión y procuremos ser amplios. Añadir una
quinta parte a nuestra restitución debe recordarnos que ofender
a otros es un problema y que no debemos hacerlo de nuevo. Cuando un cristiano
ofende a alguien, debe darse cuenta que aunque por el momento haya obtenido
ganancia, al final sufrirá pérdida. Después de la disculpa y la restitución, todavía es preciso algo más. Levítico 6:6-7 dice que hemos de acudir a Dios y buscar su perdón por medio de la sangre del Señor. Este es un asunto muy serio. Si nos descuidamos, tomaremos ventaja de los demás y pecaremos contra ellos. Los hijos de Dios deben devolver lo que pertenece a otros, y pedirle perdón a Dios. La
enseñanza en Mateo Hemos revisado lo
que enseña Levítico. Pero, ¿qué dice el Nuevo
Testamento al respecto? ¿Hay una enseñanza diferente? Mateo
capítulo 5 toca este asunto, y, por supuesto, no contradice el
Levítico. Más bien lo complementa, porque mientras Levítico
trata de las transgresiones contra el hombre con respecto a posesiones
materiales, Mateo 5 va más allá de lo material. En los versículos
23 al 26 se refiere específicamente a las contiendas que hay entre
los hijos de Dios. Si usted le está ofreciendo algo a Dios, y se
acuerda de que su hermano tiene algo contra usted, esta memoria es la
voz de Dios. El Espíritu Santo con frecuencia nos recuerda cosas
que han pasado. Cuando esto suceda, no haga este recuerdo a un lado, creyendo
que no tiene importancia. Si recuerda que su
hermano tiene algo contra usted, esto quiere decir que usted ha pecado
contra él, tal vez siendo injusto con él. El énfasis
aquí no está en asuntos materiales, sino en lo que ha hecho
que otros estén en su contra. Un cristiano debe comprender que
si ofende a alguien y no le pide perdón, se verá en problemas
tan pronto como la parte ofendida mencione su nombre y clame delante de
Dios. Dios no aceptará su ofrenda ni su oración. Si hacemos
que otros clamen ante Dios por causa nuestra, nuestra espiritualidad y
nuestras ofrendas a Dios serán anuladas. Si deseamos ofrecer
algo a Dios, hemos de reconciliarnos primero con nuestro hermano, entonces
podremos presentar nuestra ofrenda. Dios desea muestra ofrenda, pero primero
debemos reconciliarnos con los que hemos ofendido. Reconciliarse con el
hermano significa disipar el enojo del hermano. Posiblemente necesitaremos
disculparnos o devolver algo, pero lo más importante es satisfacer
al hermano. No es un asunto de añadir la quinta o la décima
parte, sino de reconciliarse. Reconciliarse es satisfacer las exigencias
del ofendido. Si usted ha pecado contra su hermano, y él está molesto y piensa que usted actuó injustamente, y si usted ha hecho que clame a Dios, la comunión espiritual entre usted y Dios se interrumpe. Posiblemente no piense que está en tinieblas, y crea que tiene la razón, pero la ofrenda que presenta ante el altar carece de significado. No podrá pedirle ni darle nada a Dios. Puede haber ofrecido
absolutamente todo en el altar, pero Dios no se complacerá en ello.
Aprenda a satisfacer tanto los justos requisitos de Dios como los de su
hermano. Sólo entonces podrá presentar su ofrenda a Dios.
Esto es un asunto muy serio. Debemos cuidarnos de ofender a los demás, particularmente a los hermanos, porque si lo hacemos, caeremos de inmediato bajo el juicio de Dios, y no será fácil ser restaurados. Todavía
estamos en el camino En el versículo
25, el Señor nos habla en términos humanos y nos muestra
que nuestro hermano es como el demandante en un tribunal. La expresión
mientras estás con él en el camino es maravillosa.
Hoy todavía estamos en el camino. Nuestro hermano no ha muerto
y nosotros tampoco. Ambos estamos en el camino. Un día nosotros
no estaremos en el camino o nuestro hermano no estará. Mientras
estemos, tenemos la oportunidad de hablar y de pedir perdón. La
puerta de la confesión no estará abierta para siempre. Muchos
hermanos lamentan haber perdido la oportunidad de confesar sus ofensas
unos a otros. Tenemos que ponernos a bien con nuestro hermano mientras
aún estemos en el camino. Una vez que una de los partes no esté,
nada se podrá arreglar. ¡Tenemos que ver cuán serio
es este asunto! Luego, en 25 b y 26,
el Señor no habla de un juicio futuro, ni de ser echado en una
prisión física. Lo que Él quiere es que nos reconciliemos
hoy, que paguemos todos los cuadrantes hoy. No debemos posponer el asunto
esperando que después se resuelva. No debemos permitir que un hermano
tenga ninguna queja contra nosotros. No debe haber ningún reproche
en nuestra conducta ni pensar que los demás están equivocados
y que nosotros tenemos la razón. No se deben pasar por alto las
quejas de los demás ni tratar de justificar las acciones de uno. Si nuestra confesión
es amplia, y restituimos hasta satisfacer al agraviado, entonces podemos
descansar, porque la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. En
algunos casos, hay enfermedades que serán sanadas cuando hacemos
confesión de nuestros pecados. (Santiago 5:16). Después
de confesar nuestros pecados y restituir cuando correspondiere debemos
tener paz, no debemos sentirnos condenados por nuestra conciencia. Tampoco
debemos permitirle a Satanás que nos acuse. El Señor nos
ayude para mantener nuestra conciencia limpia. Si tenemos la conciencia
limpia, podremos experimentar un progreso considerable en nuestra búsqueda
espiritual. |