Lo que nos dice Acán
Siguiendo
el desarrollo que hemos venido haciendo de la historia del pueblo de
Israel como alegoría del caminar del creyente, en este número tratamos
el problema de Acán.
En
la toma de posesión de la Tierra Prometida, el pecado de Acán no pasó
inadvertido para Dios, ni para el pueblo, porque fue un serio revés
que detuvo abruptamente su avance triunfal. La derrota ante Hai fue
inesperada y desconcertante. ¿Qué había pasado? La explicación es simple:
cuando se transgreden los principios establecidos por Dios, el pueblo
de Dios no puede vencer. No hay nada de valor espiritual que él pueda
conquistar. Por el contrario, se cosecha la derrota vergonzosa, aun
ante enemigos despreciables.
¿Qué
nos habla hoy el pecado de Acán? ¿Tiene algún mensaje para nosotros?
Al mirar aun someramente nuestro estado y el de la cristiandad vemos
que no estamos libres de la plaga de Acán. Más aún, pareciera que es
un mal que está asentado en nuestras zonas más neurálgicas y que, desde
allí, está vastamente ramificado.
Hay
en Acán un problema de rebeldía, de apego al mundo; hay desobediencia
a la Palabra, hay insensibilidad a la voz del Espíritu e incapacidad
de arrepentimiento. Aun antes de que el pecado se hubiera manifestado,
había una incubación de concupiscencia, una alianza tenebrosa y secreta
con los apetitos engañosos del corazón. (Santiago 1:14-15).
También
en nuestros días hay una manifiesta rebeldía a la Palabra de Dios, porque
no se le sigue con fidelidad, antes bien, se la reemplaza por la opinión
de los sabios de este siglo; hay un relativismo moral generalizado,
una relajación de la ética cristiana, que lleva a los cristianos a vivir
con un doble estándar entre la conducta pública y la privada; hay adulterio
con el mundo, porque se ama y se imita su opulencia y fastuosidad. Todos
éstos son asuntos estrechamente relacionados, que están provocando severos
remezones en medio del pueblo de Dios.
¿Qué
decir de la conciencia? Ella se ha embotado. Sus límites son difusos,
si es que le quedan límites. Ya no es capaz de encender una luz de advertencia
que pueda detener la carrera loca hacia “las tinieblas de afuera”.
En
medio de todo esto, ¿qué piensa, qué siente nuestro bendito Dios? ¿Hemos
entrado en su secreto para saberlo? (Jeremías 23:18). Permitámosle que
nos hable por su Palabra, roguémosle que nos hable al corazón y que
nos persuada por su Espíritu. Pidámosle que quebrante nuestra alma.
Sólo
así seremos salvos de esta plaga.