.Una revista para todo cristiano · Nº 9 · Mayo - Junio 2001
PORTADA

Muchas clases de oración se ofrecen delante de Dios, y todas ellas ocupan un importante lugar en la vida cristiana. Sin embargo, la oración de autoridad, en la cual no se pide, sino se manda, tiene una importancia capital, especialmente para enfrentar ciertos problemas que proceden de la carne, del enemigo y del mundo.

La oración de autoridad

En las Escrituras encontramos muchísimas oraciones que se realizaron en las más variadas formas, circunstancias y lugares. Moisés oró frente al mar, acosado por una situación imposible; Elías oró en la cumbre de un cerro ante millares de espectadores; Jonás oró desde el vientre de un pez; Jesús lo hizo en lugares desiertos de noche y de día; y Pablo desde un barco en medio de una tormenta.

Entre todas ellas, existen tres tipos de oración claramente diferenciadas: la oración penitente, la oración intercesora y la oración de autoridad. En la oración penitente el pecador se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios; si es un creyente que ha caído en pecado, se vuelve a Dios, humillado y arrepentido, suplicando ser restaurado en la comunión con Dios y su pueblo. La oración de intercesión, por su parte, es aquella oración sacerdotal en la que nos ganamos en la brecha, entre Dios y los hombres necesitados; pedimos a favor de otros, traemos a Dios a los hombres y a los hombres a Dios, desde nuestra posición “en Cristo”.

La oración de autoridad, por su parte, es aquella en que la petición se transforma en una orden, que no se dirige tanto a Dios cuanto al objeto que está estorbando adelante. Es el ejercicio de la autoridad de Dios para atar y desatar.

A este último tipo de oración quisiéramos referirnos brevemente.

Atar y Desatar

“... A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (Jn. 20:23). “... Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mt.16:19; 18:18).

El texto de Juan coincide con los de Mateo y se trata de la disciplina en el cuerpo de Cristo. Aquí se trata de la autoridad concedida a los apóstoles, primeramente, y luego a los que presiden en la iglesia local. A los ancianos les es dada la responsabilidad de incluir o excluir de la comunión de los creyentes a los que andan desordenadamente. La misma autoridad se le concede a los delegados apostólicos: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo” (Tito3:10).

En tal caso, el abrir o cerrar la comunión a los hermanos, es un acto de atar y desatar; se ata a los que causan divisiones y sostienen herejías; se desata a los que –arrepentidos– vienen buscando hacer la voluntad de Dios. Los hermanos que presiden en el Señor, luego de tener el testimonio del Espíritu Santo, ejercen autoridad espiritual a través de la oración, la cual absuelve del pecado y restaura la comunión en el cuerpo de Cristo.

La ministración del perdón no es prerrogativa exclusiva de los ancianos o delegados apostólicos: cualquier hermano o hermana maduros en la fe, están en condiciones de absolver de culpas al que se arrepiente, pero se requiere que ese acto de restauración sea observado por el cuerpo y aprobado por los hermanos responsables del gobierno de la iglesia.

Cuando la iglesia discierne que algo no es de Dios, acude al trono de Dios para atar una situación que evidentemente es contraria a la voluntad de Dios en la tierra. Dios oirá esta oración, y esa acción quedará detenida en los cielos.

Muchas veces tenemos que desatar a cristianos que han sido afectados por falsas doctrinas de hombres o doctrinas de demonios, sectas heréticas que han bloqueado la mente de tantos creyentes. En estos casos, la oración de autoridad es sumamente efectiva.

Atamos lo que no es de Dios y desatamos lo que es de Dios. Atamos al diablo y a los demonios y a todo hombre que actúe de parte de Satanás. Resistimos las fuerzas del maligno con oraciones que, cual flechas de arqueros, dan con certeza en el blanco. Acometemos contra toda oposición enemiga, sea de la carne, del mundo o de Satanás. Todo lo que no es de Dios hay que derribarlo. Cual iconoclastas nos levantamos para destruir los altares de los ídolos. No se trata de derribar imágenes físicas, pues ellas son insignificantes: se trata de derribar los ídolos que hay en el corazón de los hombres, tales como la sensualidad o la avaricia.

Toda disciplina ejercida de parte de Dios a través de los hermanos que presiden en la iglesia local, ha de tener el sentido último de rescatar del error al que se ha extraviado. Pablo dijo a los que presidían en Corinto: “Reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (1Cor.5:4-5). Este hombre, al ser excluido de la comunión de los santos, quedó a la intemperie espiritual. Sin embargo, la disciplina cumplió su fin, que era la rehabilitación del hermano. En la segunda epístola a los Corintios 2:6 señala lo siguiente: “Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él... y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo he perdonado”. Indudablemente este párrafo se refiere al mismo hombre que había sido disciplinado.

Muchas veces al disciplinar a un hermano tendremos que llorar por él y con él; pues no somos jueces de los hermanos. Sin embargo, hemos de guardar la santidad de la casa de Dios, considerándonos a nosotros mismos, pues también podríamos ser tentados, y extraviarnos.

Derribar y Edificar

“...He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano , oh casa de Israel. En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar y destruir. Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar” (Jer.18:6-9).

La obra de Dios es la formación de Cristo en nosotros. Dios trabaja para conseguir lo que Él mismo se propuso en la eternidad pasada. Para conseguir esto, necesariamente, Él tiene que derribar para luego edificar. Tiene que derribar la entereza de nuestra alma, la testarudez, la obstinación, la rebeldía, el ensimismamiento ...; en definitiva, el egocentrismo de nuestra naturaleza. En la medida que vamos siendo derribados de nosotros mismos, vamos siendo incrementados del carácter de Cristo.

Dios usará nuestros fracasos para derribarnos ... ¡benditos fracasos! La defección de nuestra alma es muy grande, así que tenemos que aprender a despreciar nuestro carácter, a renunciar al amor desmedido por nosotros. La cultura humanista nos dice: “¡Tú puedes! ¡Anímate... levántate! En tus propias fuerzas, a partir de ti mismo...”. El Señor, en cambio, nos dice: “...Sin mí, nada puedes hacer”. Pablo también nos dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Nuestra edificación es en Cristo, por lo cual hemos de ser restados de todo lo nuestro, a fin de que se produzca el milagro de esta metamorfosis: el ser conformados a la imagen de Cristo.

¡Cuánto podríamos avanzar en el desarrollo como creyentes si tan sólo orásemos para derribar lo que es de la carne! Los que tienen revelación de Dios, saben que Él edifica destruyendo primero.

Los cristianos inmaduros querrán evitar los sufrimientos, como aquel hombre que observaba un gusano de mariposa envuelto en su capullo. Él veía con qué dificultad la mariposa luchaba para zafarse de aquella cárcel, entonces quiso ayudarla, rompiendo cuidadosamente el capullo. Infelizmente, aquella mariposa quedó atrofiada y jamás pudo volar.

El sufrimiento, las dificultades, las pruebas en la vida, son necesarias para nuestro desarrollo, y cuando nosotros o alguien quiere evitarlas, nos causa un grave daño. Usted puede ayudar orando para derribar la vida del alma, aunque esto le traiga una cuota de dolor, pero será una manera eficaz de que los creyentes levanten sus alas espirituales.

Conocida es la anécdota de un joven ministro que fue donde un anciano pastor, para que le bendijese y orase por él para que tuviese más paciencia. El anciano puso las manos sobre su cabeza y levantó esta oración: “¡Señor, te ruego que envíes más aflicciones sobre este tu siervo!”. Es obvio que ese anciano conocía el principio de Dios en cuanto a derribar para luego edificar. Pablo nos dice: “...Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2Cor.4:16).

Montes y Valles

“Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” (Is.40:4); “...Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí para allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mat.17:20); “Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Ex.14:15).

Los montes representan a las personas grandes en sí mismas, y los valles a los que son pequeñas en sí mismas. ¡Cuántos hombres llenos de sí mismos suelen estar al frente de la obra de Dios! Estos deberían ser bajados ... ¿cómo? Por la oración de autoridad. Oremos para que Dios levante a los que le representan a Él y baje a los que se levantan en sí mismos.

Dios quiere levantar su iglesia gloriosa y no líderes particulares. Hoy abundan los ministerios de hombres carismáticos que brillan por sus dones. Pero los dones no justifican nuestras deficiencias como siervos de Dios. Dios no está interesado en levantar hombres, sino su iglesia. Y en la iglesia abundan los valles, los pequeñitos que tienen apenas un talento. A éstos Dios quiere alzarlos. Él quiere que tengan un lugar en la casa espiritual; quiere que todos estos le sirvan; que los de muchos talentos den lugar a los que tienen menos talentos. Que los montes sean bajados y los valles alzados.

Las dificultades

En otro sentido, los montes representan las dificultades que se nos presentan en la vida diaria. El creyente maduro sabe distinguir de dónde le viene la aflicción. Las pruebas vienen de Dios, los problemas los ocasionamos nosotros y las trampas o estratagemas nos vienen del maligno. Ante esto hemos de discernir cuál es la fuente de cada aflicción. ¿Las ocasionamos nosotros? Arrepintámonos y pidamos perdón a Dios reconciliándonos con Él. Si la prueba viene de Dios, pidamos fortaleza para soportar, y que la paz del Señor sea suficiente para pasar esos momentos de muerte. Ahora bien, si las aflicciones vienen de parte de Satanás, es hora de echar mano a la oración de autoridad para mover esas montañas de problemas, diciéndoles: “¡Desarraigaos! ¡Apartaos de mí! ¡Fuera de aquí!”.

Cuando Moisés y el pueblo de Israel estuvieron frente al mar Rojo, y el ejército de Faraón acechaba desde la retaguardia, Moisés fue impelido a orar en busca de socorro. En ese momento, Dios le dice: “¿Por qué clamas a mí? Di al pueblo que marche.” No era un momento apropiado para hincarse de rodillas y pedir, sino para echar mano de la oración de autoridad y hablarle a la dificultad que estaba al frente. Así, muchas veces nos veremos rodeados de opresiones del enemigo; será el momento de usar el poder de la palabra para deshacerlas.

Las Armas de Nuestra Milicia

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales , sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Cor.10:45).

La oración de autoridad cuenta con un arsenal espiritual tremendamente poderoso. De acuerdo a este texto, la mayor dificultad está en nuestra propia naturaleza carnal. El peor enemigo que tengo, soy yo mismo. Toda la artillería va dirigida contra mí mismo. Se levantan fortalezas mentales de todo tipo; a veces para dudar, otras, para maquinar situaciones contrarias al conocimiento de Dios; y otras en donde la mente se introduce en la obra de Dios como queriendo ayudarle.

La mente es como un vientre materno donde se concibe la maldad, a causa de la concupiscencia del corazón: “He aquí, el impío concibió maldad, se preñó de iniquidad, y dio a luz engaño” (Sal.7:14). Todo el proceso de dar a luz un bebé, se da en el impío que presta su mente para encubar y dar a luz el pecado. Es lo que dice Santiago: “...cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido , da a luz el pecado; y el pecado siendo consumado, da a luz la muerte” (1:13-14). ¿Se da cuenta, cuán grande enemigo tenemos dentro de nosotros mismos? Pero gracias a Dios por las armas espirituales con que Él nos ha capacitado para hacerle frente.

La oración de autoridad es la más poderosa y efectiva arma contra la enemistad hacia Dios que se levanta en nuestra mente. ¡Querido hermano: di la palabra! Un poco de fe, mueve montañas y las traslada al mar. No es cualquier palabra mágica, sino la palabra de fe, la cual nos ha sido dada por la revelación de Jesucristo, por su vida y por su Espíritu que está en nosotros.

¿Cómo es que nuestra mente se vuelve enemiga de Dios? Es por causa de nuestras debilidades. Muchas veces no nos damos ni cuenta cómo el enemigo de Dios y de nuestras almas, Satanás el diablo, se introduce con sutiles estratagemas, y con engaños, y logra infiltrar pensamientos en nuestra cabeza; y nosotros no lo percibimos o bien somos negligentes en rechazarlos. ¡Dios nos socorra! La mente es una ciudadela que hemos de defender y guardar para Dios. Es vulnerable y dócil al llamado del enemigo.

Pero cuando el creyente maduro ha conocido el daño causado por el enemigo, y, al oír la voz de Dios, prorrumpe con voz de guerrero, atando al enemigo, y rompiendo sus cadenas con oraciones de autoridad, nacidas de una fe revelada, por la palabra de Dios, el creyente lo expulsa de su mente y se purifica para Dios. Y si no lo logra por sí mismo, entonces acude al cuerpo para ser socorrido, y abrirá su corazón, confesará su pecado. Esto dará lugar al triunfo de la luz sobre las tinieblas. Así, la oración de autoridad esgrimida contra el enemigo será eficaz para cortar con toda oposición.

Notemos, entonces, cuán importante es la oración de autoridad por lo que abarca: La disciplina en la iglesia, la resistencia de toda fuerza del enemigo, el derribamiento de las dificultades, la edificación de los hermanos y la purificación de la mente.

Dada la importancia de este tipo de oración, prestémosle la debida atención, tanto en lo personal como concertados con otros hermanos.

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