.Una revista para todo cristiano · Nº 9 · Mayo - Junio 2001
PORTADA

El tribunal de Cristo será una rendición de cuentas, de todos los creyentes, ante la presencia del Señor Jesucristo, como Juez, sobre la base de las obras, a fin de recompensar a cada cual por el servicio prestado al Señor. Este juicio no es para verificar si merecemos el cielo o el infierno. Todos los comparecientes allí son salvos. Es un juicio a creyentes lavados y justificados por la sangre de Jesús.

El tribunal de Cristo

La misma naturaleza nos enseña que lo bueno debe ser premiado y que lo malo debe ser castigado. Así también lo es en el plano espiritual. La desobediencia, la mala voluntad, la negligencia, el egoísmo, el desamor, la carnalidad, el medrar la Palabra, las malas obras, son dignas de castigo; en cambio, la obediencia, la buena voluntad, la diligencia, el servicio de amor, la obra de fe, el amor al Señor, la espiritualidad, el guardar la Palabra, la lealtad, las buenas obras, necesariamente deben ser premiadas.

Es justo que así sea. No puede ser que lo malo tenga el mismo fin que lo bueno.

El fuego equivale a juicio (1ª Cor.3:13-15)

En este pasaje tenemos el juicio a los creyentes en el Tribunal de Cristo. Aquí, el fuego equivale a juicio. No es un juicio a personas, sino a las obras de las personas. Se califican las obras según los materiales: oro, plata, piedras preciosas y madera heno y hojarasca. Es fácil ver que unos son materiales duraderos y los otros perecederos; unos resisten el fuego-juicio y los otros se queman ante el fuego-juicio; unos son pesados y los otros livianos; Así, el fuego prueba las obras de las personas.

Queda demostrado que aquellos creyentes que se presentaron con madera, heno y hojarasca, pierden su recompensa, pero no su salvación; tal vez ni una de sus obras fue aprobada, pero fueron salvos por la sola fe, aunque “así como por fuego”; pero los otros, son creyentes cuyas obras fueron halladas en alabanza.

Los creyentes han de tener claro que la salvación es sólo por Cristo, sólo por fe y sólo por gracia; además, la certeza de ella se obtiene aquí, ahora y no cuando se presenten al Tribunal.

La figura de Lot

Los creyentes salvados así como por fuego están representados en Lot, el sobrino de Abraham (Gén.19:1-29). Lot es prototipo de los cristianos que viven allegados al mundo; un poco en Dios y un poco afuera.

El hecho de que Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad, implica que había escalado posición en esa ciudad, llegando a tener un puesto de autoridad. (Sin embargo, de Abraham se dice “por la fe habitó como extranjero morando en tiendas”, Heb.11:9). Lot “afligía cada día su alma justa” (2ª Ped.2:8), lo que indica que no gozaba de una comunión diaria con el Señor.

Cuando Dios va a destruir la ciudad, le comunica a su siervo Abraham sus pensamientos; en cambio a Lot le envía mensajeros. El hecho de que los mensajeros no quieren entrar en la casa de Lot, implica el pobre grado de comunión que tenía con Dios. La forma como los ángeles responden a Lot es una manera de condenar la posición que tenía en la ciudad. Que Dios salvara a Lot se debe a la relación estrecha que tenía con Abraham.

Dios no puede simpatizar con el corazón mundano de los que, como Lot, se establecen en medio de la corrupción de este mundo. Ellos caminan a medias, y serán salvos así como por fuego. Ellos perderán la recompensa de reinar aquí en la tierra por mil años con nuestro amado rey y Salvador Jesucristo.

Los creyentes infieles

¿Habrá castigo para los creyentes infieles en el Tribunal de Cristo? ¿Qué tipo de sanciones recibirán los creyentes negligentes? ¿Perderán, acaso, en ese momento la salvación? ¿Qué sentido tiene el hecho de afligir las almas de los creyentes ya salvados exigiéndoles una rendición de cuentas?

Para unos cuantos creyentes irresponsables con su servicio al Señor, éste será un día de lloro y crujir de dientes. Los castigos serán temporales y no eternos; ellos no serán hallados merecedores de reinar con Cristo mil años. No verán la Gloria del Mesías Rey.

Para ser salvos, todos éramos ineptos; pero para reinar con Cristo hay que ser apto. “Ninguno que poniendo su mano en el arado, mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc.9:62). “...Gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz... y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo” (Col.1:12-13).

En este momento tenemos las arras de nuestra herencia, pero viene el día en que recibiremos la totalidad de la herencia y para eso necesitamos ser fieles a la carrera en la que Dios nos puso: “...Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:27). ¿Eliminado de qué? ¿de la salvación? ¡No! De reinar con Cristo en el milenio y quedarse, en cambio, en las tinieblas de afuera, como el siervo que escondió el talento durante todo el tiempo que Cristo estuvo ausente.

Recién al final del milenio, éstos que estuvieron fuera serán incluidos con los vencedores de la fe para entrar juntos a la eternidad. Los mil años que estarán separados del Señor les servirá para purificar sus almas antes de reinar eternamente con Él.

Debemos aspirar a ser galardonados

Es lícito aspirar ser galardonado: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra" (Ap. 22:12). Pablo amaba ese premio; luchaba y combatía para lograrlo. Tal como Cristo tenía delante de Él un gozo, el cual era la iglesia, por el cual fue capaz de sufrir la cruz y el oprobio (“Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho”, Is.53:11), del mismo modo, Pablo tenía un gozo puesto delante, una meta: el “premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús“ (Fil.3:14). Esa meta no era, obviamente, la salvación, sino reinar con Cristo en el milenio. Es una justa y lícita aspiración el ser “guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts.5:23), y entrar así en el reino.

Una preparación para el reino

El Tribunal de Cristo servirá para afligir las almas de los santos antes de que entren a gozarse con Él. Esto tiene un símbolo en el “Día de expiación” y “Conmemoración al son de trompeta”, ambas fiestas de santa convocación para Israel, mencionadas en el capítulo 23 de Levítico. Esta fiesta mira proféticamente el futuro de Israel seguida por el mandamiento de: “Afligiréis vuestras almas”. Esto se cumplirá cuando este pueblo muestre su arrepentimiento de haber rechazado al Mesías, previo a la “Fiesta de las cabañas”, que son figura del milenio.

Es similar, entonces, al hecho de que la iglesia deba ser juzgada antes de pasar a reinar con Cristo en el milenio.

El Juez

El Señor Jesucristo, personalmente, presidirá este juicio, pues “el Padre todo juicio dio al Hijo” (Jn.5:22). La sentencia que pronunciará el Señor, será indiscutida e inapelable. Se considerarán todos los hechos, palabras, pensamientos, pecados de hecho y pecados de omisión. Habrá lugar para el más profundo examen. Mas no temáis, amados de Dios, porque el mismo que será nuestro Juez, es también nuestro amado Salvador.

El juicio allí estará lleno del amor restaurador y purificador, pues nos espera un futuro glorioso al lado de nuestro Rey, y hemos de recibir, necesariamente, una preparación para estar junto a Él. Todas las pruebas que hemos pasado aquí en el desierto de este mundo, han sido también una preparación para administrar justicia y ejercer el reinado con Él allí. “...Si sufrimos, reinaremos con él” (1ª Tim.2:12 a).

Necesariamente habrá una medida de dolor por aquellos que pierdan su recompensa; pero habrá gozo por los que serán premiados. “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo... de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Rom .14:10-12).

Los creyentes serán escrutados en lo más íntimo de su corazón respecto de lo que hicieron con su cuerpo, dones, palabras, pensamientos y anhelos del corazón. Las parábolas de los talentos y de las minas, son una manera de advertir lo que será este juicio. Jesús, el que tiene ojos como llama de fuego, penetrará con su mirada hasta lo más recóndito del corazón y sopesará lo oculto y más escondido del alma: “...Sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón“ ( Ap.2:23).

El Señor enfrentará a cada siervo para que dé cuenta de su mayordomía. Las parábolas de los mayordomos nos relatan lo que será ese momento. Si cada cristiano vive pensando que no se pertenece, necesariamente dependerá del Señor; pero si no es así, lo más probable que tomará su vida para sí y hará de ella lo que quiera. Esto será sancionado en el Tribunal (2 Cor.5:14-15).

¿Qué hizo usted con el talento? ¿qué hizo con las minas? Los que recibieron premios por haber administrado las minas, reinarán sobre tantas ciudades como minas hayan ganado. En la parábola de las minas (Luc.19:11-27), Jesús habló de un señor que se fue lejos para recibir un reino heredado y volver; y dejó a sus siervos el cuidado de sus bienes. Mientras iba y volvía, debían negociar, multiplicar los bienes. Esto es lo que hemos estado haciendo cuando en nosotros mismos se reproduce el carácter de Cristo y colaboramos para que se forme en otros. Es una manera, la más hermosa, de multiplicar los bienes del Señor.

¡Qué gozo se siente al servir a Cristo! Cuánto más será aquel día cuando recibamos los premios por la misión cumplida. Allí nadie tendrá celo de los méritos de otros, ni envidias por los premios de otros. Aquélla será una comunión gloriosa y santa.

Sanciones y recompensas

En el Tribunal habrá sanciones. Para evitar ser sancionado, es bueno y saludable juzgarse cada día. Dios mira el corazón de las personas; si Él ve que tu corazón es recto, que lo traes humillado cada día ante Él, Dios considerará aquello.

En el Tribunal habrá recompensas y premios. “...Si permaneciere la obra de alguno... recibirá recompensa” (1Cor. 3:14). Sin embargo, ningún creyente tiene derecho a exigir ser recompensado, porque “cuando hubiereis hecho todo lo que os he mandado, decid: siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer...” (Lc. 17:10). Si alguna gracia tuvimos en realizar obras para Dios, el mérito es de Él, porque sin El nada podemos hacer. “...¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor.4:7).

Hemos aprendido a gloriarnos en Cristo, y no desmedidamente, como si por nuestro empeño y habilidad hubiésemos hecho algo. ¡No! la gloria es de Dios. David dijo: “...¿Quién soy yo y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer de nuestra voluntad cosas semejantes? Pues todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos“ (1 Crónicas 29:14).

Pero de todas maneras, lo que por derecho no nos corresponde, Dios nos lo otorga por gracia. “Cosas que ojo no vio, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. En aquel día, como en un gran estadio y delante de todos los santos espectadores, escucharás tu nombre resonar por la potente voz de un ángel que te llamará al proscenio, y entonces la dulce voz de tu Salvador y Rey, te dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mat. 25:23). Mayor será la gloria cuando seas coronado por las propias manos del Señor Jesucristo, y tengas el gozo de echar tus coronas a los pies de Aquel que ofreció la suya por ti y por mí, cuando se humilló al encarnarse.

Las coronas

Allí se entregarán diversos tipos de coronas. La corona incorruptible, para el cristiano que se guardó de los placeres carnales y se abstuvo de participar de los deleites que lo pudiesen corromper (1 Cor.9:25). Corona de gozo, para el cristiano que multiplicó su fe al llevar a otros a los pies de Cristo (1 Tes.2:19). Corona de gloria, para los pastores que sirvieron con fidelidad al Señor (1Ped. 5:2-4). Corona de justicia, para los creyentes que amaron la venida del Señor (2 Tim.4:8). Y corona de vida, para los que amaron al Señor (Ap. 2:10). Cuando el Señor Jesucristo se dirige a la iglesia en Filadelfia, le recomienda que tenga cuidado “...para que ninguno tome tu corona” (Ap.3:11).

Una iglesia gloriosa

En el tribunal de Cristo se quemarán todas las obras y aspectos de nuestro carácter que ofendan a la santidad de Dios. Entonces se cumplirá la palabra profética de Efesios 5:25-27: “...a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. La iglesia ha sido lavada de sus manchas por la preciosa sangre de Cristo, por la Palabra revelada a los apóstoles y profetas, y, finalmente – en el Tribunal de Cristo– por la destrucción de las malas obras realizadas durante la carrera en el servicio a su Señor.

El Señor no obtiene la iglesia gloriosa aquí abajo, sino que la obtiene del Tribunal. En aquella reunión de miríadas de miríadas de santos se producirá una alabanza grandiosa para el Cordero que con su Sangre lavó nuestros pecados y nos justificó.

Después que el último de los vencedores de la fe sea coronado en el Tribunal de Cristo; y luego que se haya hecho la separación entre los que tienen coronas y los que no la tienen, y el último de los distinguidos sea vestido de lino fino, entonces se llevará a efecto esa grandiosa celebración que esperan los cielos: las bodas del Cordero. Temamos nosotros ante la inminencia de tales hechos.

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