.Una revista para todo cristiano · Nº 6 · Noviembre - Diciembre 2000
PORTADA

Tal como ocurrió en los tiempos del Antiguo Testamento, toda vez que se violan los principios bajo los cuales Dios espera ser servido, se introduce muerte en la Casa de Dios.

¡Pecado en el Santuario!

Dios es santo. Todos los hijos de Dios saben que uno de los principales atributos de Dios es la santidad. Sin embargo, la imagen de un Dios santo suele ser muy difusa en el corazón de muchos hijos de Dios. ¿Qué significa que Dios sea santo?

Obviamente, significa que Él no tolera el pecado, que no tiene comunión con las tinieblas. La santidad de Dios explica el hecho de que haya tenido que ofrecerse el Hijo de Dios como ofrenda para expiar el pecado de los hombres, y posibilitar así el retorno del hombre al seno del Padre. Sólo porque Cristo derramó su sangre ha sido posible que un hombre pecador pueda llegar a ser hijo del Dios santo.

Esto es así, sin duda, y es la primera gran verdad tocante a la santidad de Dios que ha de quedar clara en nuestro corazón.

Sin embargo, quisiéramos aquí referirnos a cómo la santidad de Dios exige una forma de caminar y de servicio en los hijos de Dios, y de cómo la santidad de Dios es resguardada por Dios mismo. Cómo Dios se santifica en sus siervos.

Para revisar tan importante asunto, iremos primeramente al Antiguo Testamento, y tomaremos de allí algunos casos ejemplares y ejemplarizadores.

Nadab y Abiú
(Levítico cap. 10)

Nadab y Abiú pertenecían a una clase especial de israelitas: ellos eran hijos de Aarón, hermano de Moisés y sumo sacerdote. El mismo día que Aarón fue ungido, con toda la solemnidad que el caso ameritaba, también lo fueron sus cuatro hijos: Eleazar, Itamar, Nadab y Abiú.

El oficio de ellos era escogido. Aarón era el único que podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año, en el día de la expiación; en tanto, sus hijos, eran los únicos que podían ministrar en el Lugar Santo. Ellos ministraban al Señor en las santas tareas que se realizaban en el lugar más santo de la tierra. Sin embargo, ellos no podían ministrar individualmente. No podían tomar la iniciativa por sí mismos. Ellos habían sido llamados a ayudar a su padre en el servicio de Dios.

Así, pues, este servicio era la gloria de la familia de Aarón, hermano de Moisés. Ellos poseían privilegios que muchos hubiesen querido tener. Ellos llevaban vestiduras especiales. Ellos tenían un estilo de vida diferente. Su dignidad era muchísimo mayor. Pero también lo eran sus responsabilidades.

En Levítico 21 se registran las exigencias especiales que Dios había impuesto a los sacerdotes para santificarse a sí mismos.

Primero, no debían contaminarse por los muertos.
Segundo, debían ser santos en su cuerpo y en su vestimenta. No debían hacerse tonsuras en su cabeza, ni cortar la punta de su barba (los egipcios hacían esto cuando adoraban al sol), ni hacerse rasguños en su cuerpo (esto lo hacían los africanos).
Tercero, debían ser santos en su matrimonio.
Cuarto, para el sumo sacerdote, las exigencias eran mayores. Ni siquiera podía contaminarse por sus padres.

Un día aciago, sin embargo, Nadab y Abiú hicieron algo que rompió el orden en el santuario: ellos tomaron cada uno su incensario, pusieron en ellos fuego, sobre el fuego pusieron incienso y ofrecieron delante del Señor fuego extraño, que Dios nunca les mandó.

Entonces ocurrió algo trágico para ellos: fueron consumidos por el fuego del Señor. Acto seguido, el Señor dijo: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado.” (10:3).

El Señor ordenó a Aarón que no hiciera duelo por sus hijos. Aunque Aarón les amaba, y como padre legítimamente hubiera querido guardar luto, no podía hacerlo. ¿La razón? El aceite de la unción estaba sobre él y debía abstenerse de expresar afectos humanos.

El no era una persona común, él había sido separado para Dios. La santidad de Dios implica separación.

¿Por qué ofrecieron fuego extraño?

Después del juicio que efectuó en ellos, Dios dijo a Aarón: “Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis ..., para poder discernir entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio.” (10:9-10).

Los estudiosos de la Biblia coinciden en afirmar que Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño porque estaban borrachos. Mientras el pueblo podía beber vino y sidra, los sacerdotes de Dios no podían hacerlo. Su función era delicada y debían estar perfectamente sobrios. Las instrucciones que Dios había dado acerca del servicio en el tabernáculo no admitían equivocación. Todo tenía un significado espiritual. ¿Cómo podía la carne y la sangre ser introducida allí? Donde Dios habita no hay lugar para ellas.

El vino y la sidra nos hablan del placer. La presencia de ellas en el santuario introducían un elemento extraño a la santidad de ese lugar. Otros podían beber vino y sidra, pero ellos no. Otros pueden regocijarse en sus placeres (el vino habla de regocijo), pero los que ministran delante de Dios no.

La gente que sirve a Dios está bajo un régimen especial, para poder distinguir entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio. Aunque esto no significa que los que sirven a Dios deban separarse del resto de los hermanos y adoptar un encierro ascético; no obstante, hay períodos de servicio especial en que no pueden caer en la liviandad o el desenfreno.

Ninguno puede representar bien a Dios si no se santifica a sí mismo. Nadie puede expresar la voluntad de Dios si mantiene una comunicación muy relajada con la gente. Cuanto mayor es el privilegio en el servicio, mayor es la separación. Debemos aprender a separarnos de lo inmundo y profano.

¿Cómo Dios se santifica en sus siervos?

Dios se santifica por medio de la disciplina y el juicio. Nadab y Abiú fueron objeto del juicio inmediato de Dios, que se expresó en la muerte de ellos. Otras veces, Dios se santifica mediante la disciplina de sus siervos. Sea mediante el juicio y la muerte, sea mediante la disciplina, el nombre de Dios queda limpio del pecado de sus siervos, y es así santificado.

El nombre de Dios no sólo ha de ser santificado por causa de la conciencia de los hombres y por el testimonio hacia los hombres, sino también debido a otras conciencias espirituales. El “acusador de los hermanos”, el diablo, que los acusa de noche y de día es un fiscal implacable, y suele presentarse ante Dios para argumentar en contra de los hombres. Entonces, el nombre del Señor debe ser santificado.

¿Cómo podría cometerse un pecado secreto, sin que venga la disciplina? ¿Podía Dios consentir en cubrir un pecado sólo porque ocurrió en lo íntimo? Dios ama la verdad y la santidad también allí. (Salmo 51:6).

El castigo por el pecado secreto de Nadab y Abiú debía santificar al Señor delante de toda conciencia espiritual. Dios se santifica en los que a Él se acercan. ¿Cuál es el privilegio de los que se acercan? Ministrar al Señor. ¿Cuál es su gran responsabilidad?

Representarlo bien. Conducirse con temor y temblor, porque Dios es santo, y de ninguna manera tolerará el pecado, la liviandad, o la indolencia, menos aún en los que le sirven. (Jer.48:10 a).

Uza
(2 Samuel 6:6-9).

Cuando David decidió llevar el arca a Jerusalén creía estar obrando de acuerdo a la voluntad de Dios. Su intención era la mejor, su espíritu rebosaba de gozo. Sin embargo, ni él ni los sacerdotes tomaron en cuenta las instrucciones de Dios para hacerlo.

Habiendo visto que los filisteos habían puesto el arca sobre un “carro nuevo” para volverlo a Jerusalén, ellos también deciden hacerlo así (2 Sam.6:3). Pero eso significaba violar la orden expresa de Dios, quien había establecido que los levitas debían llevar el arca (Números 4:15). Al llevarla los levitas (y no un carro tirado por bueyes), se debía ofrecer sacrificios en cada descanso de ellos. ¿Cómo podría hacerse si los bueyes no necesitaban descanso? Dios podía excusar la ignorancia de los filisteos, pero no la de su pueblo.

Ellos condujeron el arca con regocijo, con sonido de toda clase de instrumentos y con danzas, pero habían olvidado las trompetas (Números 10:1-10). Un detalle, pensará alguno, sólo un detalle. Pero no es tal. Nada en la Palabra de Dios es accidental.

Los bueyes tropezaron, y Uza extendió la mano para evitar que el arca cayera. Entonces, se desencadena el juicio de Dios, y Uza cae muerto. El juicio de Dios se manifiesta inmediatamente, pues cuando se trata de los siervos que se acercan a Él para servirle, Dios no les permite introducir ningún elemento humano en el culto que se le ofrece.

David se molestó con esto, y juzgó a Dios demasiado severo. David pensaba que bastaba con que la intención hubiese sido correcta. Así que, pospone la conducción del arca a Jerusalén, y la desvía a la casa d Obed-edom. Posteriormente, el Señor hace entender a David cuál ha sido su pecado, de manera que la próxima vez, toma las precauciones, se ajusta a la Palabra, e instruye a los sacerdotes y levitas (1 Crónicas 15:12-13). Esta vez Dios aprueba la acción y el pueblo se goza en su Dios. (2 S. 6:12-19).

¿Qué nos enseña este triste episodio en la vida de David? Que Dios se santifica en los que a él se acercan. Que en el servicio de Dios no cabe la opinión humana, ni siquiera las buenas intenciones. Dios se encargará de hacer prevalecer su santidad, a riesgo de que sus siervos sean heridos. Porque Él es Dios, y nosotros somos sólo sus siervos.

Uzías

Uzías fue uno de los grandes reyes de Israel y uno de los más prósperos. Es, en muchos aspectos un rey ejemplar. (2 Crónicas 26:1-15). Pero en los últimos días de su largo reinado de 52 años contrajo una enfermedad que sufrió hasta su muerte: la lepra.

¿Por qué contrajo la lepra? Porque él pecó contra el testimonio del Señor en el santuario.

Uzías llegó a hacerse muy famoso y, habiendo sido ayudado maravillosamente por Dios, llegó a hacerse poderoso. “Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso.” (2 Crón. 26:15-16).

En vano trataron los sacerdotes de disuadirlo. En vez de aceptar el sabio consejo, se encendió en ira. Entonces, la mano del Señor vino sobre él en juicio y brotó inmediatamente la lepra en su frente, por lo que tuvieron que sacarlo apresuradamente del santuario.

Uzías fue leproso hasta su muerte. ¿Severo Dios? ¿Implacable? El pecado contra el santuario ofende la santidad de Dios en los que a él se acercan.

Ningún hombre puede acercarse a Dios para servirle infringiendo sus normas, por muy grande que sea. Si lo hace, no lo dude que recibirá la sanción que corresponde al pecado del santuario.

El pecado del santuario

El Señor había dicho a Aarón: “Tú y tus hijos ... llevaréis el pecado del santuario ...” (Núm.18:1). ¿Qué es el pecado del santuario?

Es llevar al servicio de Dios algo que excede a la vida de resurrección. Es servir a Dios con los recursos naturales, que no han pasado por la muerte y la resurrección.

Hay mucho servicio realizado delante de Dios con la fuerza de una mente muy despierta, de una voluntad muy férrea o de unos afectos muy vehementes, pero que Dios nunca ha demandado. No sirven delante de Él los recursos de la carne y de la sangre, tampoco los muchos dones naturales. Hacerlo con tales herramientas es incurrir en el pecado del santuario.

A menos que nuestro ministerio sea aceptable a Dios, se enfrenta con la muerte. No la muerte física, como en el caso de Nadab, Abiú, o Uza, pero sí la muerte espiritual, en un servicio incapaz de impartir la vida de Dios.

Uza tuvo una reacción perfectamente natural, pero que no estaba en conformidad con la orden de Dios. Fue un servicio a Dios, pero en contra de la manera o método de Dios, puesto que fue hecho de la manera que lo quiso el hombre, y salió de la mente y fuerza del hombre.

El rey Uzías se arrogó a sí mismo lo que Dios había otorgado sólo a los sacerdotes. Así que Dios respondió inmediatamente con la lepra, que simboliza la muerte.

¡Que Dios nos abra los ojos para ver cuán abominable es servirle con la fuerza del hombre, con aquello que procede de la antigua creación, por muy buen aspecto que luzca! Porque sólo lo que procede de Dios puede ser utilizado en el servicio de Dios.

¡Líbrenos el Señor de ministrar al Señor cuando Dios no nos ha llamado a hacerlo; y líbrenos el Señor, si es que somos llamados, de hacerlo con la energía natural!

El Señor nos permita andar y servir en el poder de la resurrección, para no incurrir en el pecado del santuario.

¡Que Dios tenga misericordia de nosotros, y se agrade de nuestro pobre servicio!

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